Días oscuros LUANA
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LUANA

Reunión en la sala de trofeos. São Paulo. Cinco opciones.

La llegada del Contable.

Sus hijos eran su mayor fuente de felicidad. Por eso odiaba mentirles. Mentirles sobre lo que iban a hacer esa noche. Sobre lo que iban a hacer al día siguiente, en el bosque de detrás de su casa.

—Solo un año más —dijo Ralph mientras las luces traseras desaparecían por la lluviosa carretera del bosque.

—No digas eso. No quiero pensar en ello.

Él le dio un beso en la coronilla.

—De acuerdo, no pensaremos en ello todavía. Venga, vamos a cambiarnos.

Pero no les quedaba más remedio que pensar en ello.

Al año siguiente, Kaila cumpliría dieciséis.

Tendría que tomar una decisión. Y eso fue lo que hizo que Luana se retrotrajera al día anterior, al cuarto de su hija, a Kaila con el cuchillo de pelar patatas.

El daño físico, gracias a Dios, no había sido grave, pero Luana no era capaz de librarse del recuerdo de sostener a su niña mientras le presionaba una toalla húmeda contra el estómago, la mecía con suavidad y le susurraba palabras de consuelo para sacarla de la crisis.

Ni de llevarla después en coche hasta Fairfax porque Ralph aún estaba volviendo a casa desde el juzgado.

«“Driving Home for November”, casi como la canción. No es divertido. Es profético, en realidad. Cierto: el veranillo de san Miguel ha dado paso al frío de noviembre sin que nadie se diera cuenta. Las estaciones han cambiado demasiado rápido. Y ahora los Días Oscuros ya están aquí».

Aquello le erizó la piel de los brazos. No se le había pasado cuando, veinte minutos más tarde, bajó las escaleras con la mirada clavada en el frente para no tener que fijarse en los espacios vacíos que habían dejado los espejos.

No era la ausencia de reflejo lo que le afectaba: no le hacía falta ver lo hundidos que tenía los ojos ni cómo le colgaba la piel.

Su retirada le hacía cobrar conciencia de que habían dejado atrás la normalidad. Nada de eso era normal.

—¿Qué opinas?

Levantó un sobrio vestido negro con la mano izquierda y luego lo cambió por el jersey azul marino de cuello alto que llevaba en la derecha.

—Son bonitos —dijo Ralph mientras sacaba una revista de su envoltorio de plástico—. Los dos me parecen bien, cariño.

—No me estás ayudando. —Las perchas le temblaron con irritación en las manos—. Elige uno, por favor.

—El jersey de cuello alto. Es mil veces más espectacular.

Luana no era propensa a dudar sobre asuntos triviales, pero entonces estiró el brazo para observar la ropa y le lanzó a Ralph una mirada amarga.

—Eso es falso.

—Ergo: ya te has decidido.

Volvió a besarla, esta vez en el cuello. Luana se quedó paralizada. ¿Cómo era capaz de quedarse ahí plantado, abriendo el correo como si no pasara nada?

«No hablamos de ello. Así que no existe».

Así era como habían salido adelante en Brasil, y así era como salían adelante en Bird Street.

Luana Perreira da Silva había llegado a Estados Unidos hacía dieciocho años, y no solo hablaba un inglés perfecto e idiomático, sino que también era profesora de cultura, literatura y antropología brasileñas en la U-Dub de Seattle.

No era exactamente psicología, pero resultaba innegable que su mecanismo de supervivencia no había cambiado en todos esos años: atrapada por su intelecto, se sumergía en asuntos triviales.

Cualquier cosa con tal de no tener que pensar en lo que, al fondo del patio trasero, detrás de la valla cubierta de hiedra, se acercaba de una forma tan inevitable.

—Les he comprado una botella de Pleasant Hill Cellars —dijo. Con la ropa colgada del brazo, se dirigió a la isla de la cocina, en calcetines y sin hacer ruido, y cogió una caja de madera—. Pero no estoy segura de si les gustará, teniendo en cuenta que los McKinley son unos entendidos…

—Claro que les gustará. —Ralph dejó la revista y se acercó a ella para quitarle la caja de entre las manos—. A ver.

—Fue caro, así que debe de ser bueno, ¿no?

—Vaya, un Cabernet Sauvignon de 2013. Es imposible que te equivoques con algo así.

Ralph tiró de la tapa corredera, que cedió de repente. La botella saltó de su lecho de paja, se le resbaló y se hizo añicos contra el suelo de la cocina. Luana gritó, Ralph contuvo un taco. Una mancha de color rojo intenso con un olor dulzón se extendió por las baldosas.

Se miraron el uno al otro. Luana se mordió el labio.

—Ahora sí que será curioso ver si les gusta, juez.

Ralph se echó a reír.

—No pasa nada. Cuidado, no te muevas de donde estás o pisarás los cristales.

Al quitarle la ropa de las manos y dejarla sobre la encimera, aplastó un trozo de cristal con el zapato.

Les sentó bien reírse de aquello. Eran cosas que pasaban, y más en esa época.

Pero entonces Luana sintió el frío del vino tinto que le empapaba los calcetines y le sobrevino una repentina necesidad de llorar.

«No pasa nada», había dicho Ralph.

Pero era noviembre y Luana no estaba segura de que fuera así.

El charco de vino que se extendía a sus pies parecía sangre.

Se reunían una vez al año, los buenos vecinos de Bird Street.

La cita era siempre el 2 de noviembre, y siempre en la sala de trofeos de los McKinley.

Cuatro familias, doce adultos, los niños en otra parte…

Dorothy era la única que seguía ausente.

Doce personas con traje de noche, charlando y riendo.

Una gigantesca cabeza de jabalí los observaba desde la chimenea, un trofeo de caza.

Los Wachowski. Los Aikman. Dos generaciones de los McKinley. Y los Lewis da Silva.

«Somos felices —pensó Luana mientras miraba en torno a la estancia—. Todos, perfecta e indiscutiblemente felices».

El hogar que había al otro extremo de la mesa irradiaba un calor sofocante, pero ella no paraba de temblar.

Como todos los años, dudaba de cómo relacionarse con sus vecinos.

Fue un detalle que Ralph se sentara a su lado.

Su marido había rechazado el gintonic que le había ofrecido Paula —la asistenta de los McKinley— y le había pedido que le sirviera un refresco.

Luana, en cambio, había aceptado la copa para aplacar un poco sus emociones.

En aquel momento, Ralph estaba compartiendo chismes del juzgado con Maurice y Harry Aikman.

Sentado a la cabecera de la mesa, el Graham de cabello blanco escuchaba.

Los tres hombres estallaron en carcajadas y levantaron las copas para brindar por Ralph.

El patriarca del clan McKinley tenía ochenta y un años.

El tiempo no había pasado por él, pero tampoco le había restado fuerzas, más bien todo lo contrario.

Detrás de él había un cuadro pintado al óleo de un hombre cuyos rasgos juveniles mostraban un parecido familiar inconfundible.

Luana conocía la historia: se trataba de su padre, John McKinley, a quien Graham veneraba con una devoción casi religiosa; hijo de James McKinley, fundador de Lock Haven, a quien Graham odiaba con toda su alma.

Aun así, el patriarca era un buen hombre, a pesar de la maldición de su familia.

Trágico, en realidad, porque al mirar a sus dos hijos Luana no pudo evitar preguntarse por qué a veces las astillas eran tan distintas del palo. Y cómo podían pudrirse tanto.

A su derecha, Laura Vaccarelli acababa de terminar de amamantar al pequeño Ricky y ahora lo estaba meciendo para que se durmiera.

El recién nacido era la única excepción a la regla de «prohibido niños».

Luana sentía que tenía poco en común con ella.

Era la directora de ojos ahumados del Correccional de Menores del Condado de King, en Seattle, y sus planes para presentarse a las elecciones al Senado Estatal de 2024 por el Partido Republicano estaban muy avanzados.

Pero respecto al bebé sí que podía identificarse, así que rompió el hielo:

—Qué rápido está creciendo, ¿no?

—¡Ay, es maravilloso! ¡Nuestra nubecita regordeta! El pediatra dice que es precoz en todos los sentidos. Estamos encantados con él. Pero eso no hace falta que te lo diga, Luana. Ya sabes a qué me refiero.

Estuvo a punto de atragantarse con la ginebra. Agarró la servilleta y sonrió con educación.

—¿Me ayudas con el paño para que pueda acostarlo? No quiero que se despierte.

La muselina olía a leche materna; no era del todo desagradable, pero a Luana se le revolvió el estómago.

Laura se levantó, dejó al bebé en su cochecito y subió la capota.

Estaba aparcado bajo una escena de caza bastante perturbadora.

Hombres a caballo, perros corriendo. Un cervatillo muerto, dientes salvajes clavados en la yugular del animal.

Los McKinley procedían de una larga estirpe de cazadores, como a Gray Júnior le encantaba recordar.

Había sido una bala suya la que había matado al jabalí de encima de la chimenea.

Laura cogió la muselina que le tendía y la metió dentro de la bolsa de pañales.

—Gracias, querida, eres un ángel. Uf, qué alegría volver a verte.

«Es cierto —pensó Luana—. Son felices. Cada uno a su manera, que es única».

Por ejemplo, los Wachowski. Marc regentaba una exitosa clínica de bótox en Bellevue.

El último libro de Joyce había estado entre los más vendidos de The New York Times durante dieciséis semanas consecutivas, y el verano anterior había presentado sus consejos dietéticos en Good Morning America .

Cuarenta y dos años, tres hijos preciosos y seguía teniendo un cuerpo de infarto.

Uno se preguntaba cómo lo hacía. Sus bolsos y sus camisas lucían los logos de Vuitton, Gucci y Balenciaga.

Para los niños, nada de caballos, solo alpacas, porque eran ese tipo de gente.

Puede que los Wachowski no fueran muy profundos, pero donaban con generosidad a Médicos Sin Fronteras, al Hospital Infantil de Seattle y a la Fundación Make-A-Wish.

Alardeaban de ello, además, y les hacía inequívocamente felices.