DJANGO #4
Papá cerró las cortinas y le dio un beso de buenas noches. La luz del pasillo se derramaba sobre la cama de Django. En cuanto su padre se marchó, la luz se marchó con él.
Se incorporó. Se metió debajo de la cortina.
Ahora estaba en otro mundo. Un mundo secreto: el mundo de Bird Street, donde el viento susurraba y los árboles se mecían.
Al otro lado de la calle, estaban las luces de casa de Liam.
A la izquierda, la luz del porche del señor y la señora Aikman.
A la derecha, casi invisibles detrás de los alerces, las farolas del camino de entrada de los McKinley.
Pero la calle estaba oscura. Tan oscura que podías bailar o morir entre las hojas de la cuneta y que nadie se diera cuenta.
Aunque no esa noche. De pie entre los columpios del parque infantil del otro lado de la calle se encontraba Joyce Wachowski, la madre de Liam.
Una silueta negra con los brazos largos y colgantes.
Costaba reconocerla en la oscuridad, pero era ella.
Miraba fijamente hacia su habitación. A Django se le erizó el pelo.
«No te agaches. No te muevas. No puede verme».
Pero, al fijarse mejor, vio que no lo estaba mirando a él. Estaba mirando hacia la izquierda, más allá de la casa. No se movía. ¿Qué hacía allí plantada?
Sin embargo, no había nada extraño en aquel panorama: todos los vecinos de Bird Street llevaban una vida secreta.
La madre de Liam escribía libros sobre dietas, pero por la noche era espía de la Gestapo.
Salía a la caza de judíos y de discos de jazz ocultos.
El señor y la señora Aikman coleccionaban libros y artefactos antiguos, pero en realidad eran oficiales de las SS.
Con las botas relucientes, Marchaban por la calle arrastrando una cadena de prisioneros desnudos y demacrados, con las mejillas hundidas y los ojos macilentos.
Los respectivos trabajos diurnos de Maurice y Gray Júnior tenían que algo ver con el software y el dinero, pero por la noche gritaban órdenes en alemán —¡ Helmut !
¡ Schwarzwald !— y hacían el trabajo sucio.
Y luego estaba su padre, el viejo Graham McKinley Sénior.
Él era el peor. Graham McKinley era Hauptsturmführer .
Django no sabía muy bien qué implicaba eso, pero no te convenía cruzarte con él por la noche.
Aquellos eran los vecinos de Bird Street. Tras las casas que habitaban se alzaba la altísima valla con alambre de púas. Pero ¿estaban dentro o fuera de lo que se suponía que esta debía contener?
Django no se movió hasta que, veinte minutos más tarde, la madre de Liam empezó a alejarse con paso lento. Desapareció entre las sombras. «Debe de estar cansada», se dijo Django.
Ahora que lo pensaba, ¿cuál era la vida secreta de su padre y su madre?
4 DE NOVIEMbrE
En cuanto llegó del colegio, se dirigió al Steinway.
Abrió la tapa. Se sentó. Acarició el marfil con delicadeza y, sin emitir ningún sonido, pasó un dedo por los sostenidos y los bemoles.
Pisó el pedal hasta el fondo. Una explosión de resonancia hizo que las cuerdas susurraran, como el eco de una tormenta lejana.
En primavera, las ventanas daban a un florido patio trasero. En verano, el sol de la mañana atravesaba las cortinas como los focos de una sala de conciertos. Ahora, lo único que veía eran paneles de madera oscura. ¿Qué había ahí fuera que no podía verse?
Django empezó a tocar «Mood Indigo». El señor Hendrickx se la había tocado la semana anterior y el chico intentó recordarla, intentó imitar sus movimientos, su sonido.
En algún lugar de aquella melodía melancólica se escondían claves de sol y escalas menores, pero Django nunca las había descubierto.
No sabía leer música. Ni siquiera sabía muy bien cómo tocaba.
Desde fuera, cualquier persona pensaría que, cuando se sentaba al piano, estaba sumido en sus pensamientos, pero él sentía que su mente flotaba a media altura por la habitación y que otra persona tomaba el control de sus dedos.
En circunstancias normales, se limitaba a dejar que sucediera, pero aquel día le provocaba una sensación inquietante.
Él, Django, tenía que hacerse con el control.
Cada vez que la canción quería fluir en otra dirección o amenazaba con descarrilarse, trataba de recordar la secuencia correcta de la posición de los dedos.
No podía permitirse cometer errores, tenía que saber con exactitud adónde querían llevar los brazos a los dedos mientras las muñecas los seguían obedientemente.
Pero la libertad que buscaba no llegaba.
Se le acalambraron las manos. El ritmo se tornó errático; la melodía, amarga.
No existía nada más que esta canción, pero no era «Mood Indigo».
El jazz podía sostenerte durante una guerra, pero ¿sería capaz de sacarte de los Días Oscuros? ¿Cómo iba a centrarse en la música cuando todo el mundo actuaba de una forma tan extraña?
«Ahí fuera, todo es demasiado peligroso —había dicho papá—.
También la valla. Mantente alejado de ella.
¿Te acuerdas del verano pasado en la isla de Vancouver?
Cuando juegas demasiado cerca del borde de los acantilados, puedes caerte.
Así que ni se te pase por la cabeza hacerlo, porque en el fondo sabes que no es seguro».
El bosque que había detrás de la casa era demasiado peligroso. El patio trasero era demasiado peligroso. En lo más profundo de su ser, Django sabía que era cierto.
No serían más que unas semanas, hasta que acabaran los Días Oscuros. Hasta ese momento, se cuidaban los unos a los otros.
Intentó resucitar la canción, pero tenía los brazos entumecidos.
Era como si sus dedos se movieran por voluntad propia.
Intentó imaginarse a gente bailando por la sala acentuando el primer y el tercer tiempo de cada compás, pero su mente solo consiguió evocar hileras de personas atadas con cadenas de hierro y soldados gritándoles.
Rompió a sudar. El crescendo de la canción terminó convirtiéndose en agresividad, en una obscenidad que Django no dejaba de martillear sin piedad.
El tempo se acercó peligrosamente al punto en que ya no podría refrenarlo.
Si pudiera, dejaría de ver esas terribles imágenes en su cabeza.
Pero la procesión seguía adelante, implacable, llena de rostros tensos.
Si alguien protestaba, los soldados le azuzaban a los galgos.
Los soldados, que tenían la cara de los McKinley.
De los Wachowski. De los Aikman. Y de papá y mamá.
Todo sucedía allí, en el bosque que había detrás de su casa. ¿Era esa la razón de que no pudieras cruzar la valla?
«Basta. Tengo que parar ahora que aún puedo».
Pero no pudo.
Una imagen titiló entre la neblina que tenía ante los ojos.
Django guiaba a Liam por el bosque. Llegaron a la valla detrás del terreno de los Aikman.
Al otro lado había personas, aunque a duras penas encajaban en esa descripción.
Podía contarles las costillas. Metían los dedos a través de la malla.
Cuando Django disparó su arma, Liam salió volando de espaldas contra la valla, pero esta vez le apareció en el estómago un círculo de sangre que crecía deprisa.
Liam lo miró con ojos incrédulos. Aquello no estaba bien, no era eso lo que tenía que pasar.
No era más que un juego. Pero, cuando Liam cayó, lo hizo al otro lado de la valla metálica.
Las personas esqueléticas empezaron a buscarlo a tientas.
La música que brotaba de los dedos de Django no era «Mood Indigo», ni siquiera era jazz.
Era virtuosismo, pero un virtuosismo estridente, aterrador, agobiante.
No conocía la resignación ni el perdón. Solo una pasión negra como el carbón que se negaba a que la domaran.
«¡Basta ya!». Le palpitaba la cabeza. No veía.
El dolor que sentía en los dedos gritaba formando un conjunto instrumental disonante con sus impulsos ciegos.
Alguien gritó:
—Django, ¿qué narices estás…? Ay, Dios.
Pasos rápidos, alguien lo agarró. Las patas del taburete arañaron el suelo hasta que el asiento cayó de lado. El silencio repentino fue estremecedor.
El marfil estaba cubierto de sangre.
Sin poder creérselo, Django levantó las manos. Tenía los dedos desgarrados. Las uñas le colgaban, la sangre le goteaba por las palmas. Chorreaba hasta el suelo.
Alguien le dio la vuelta y de pronto vio el rostro de su madre.
Ella le agarró las muñecas. Django se lanzó a sus brazos llorando como un niño pequeño.
Aun así, se dio cuenta de que mamá cogía una bocanada de aire.
De que los brazos, las manos y los dedos se le ponían rígidos mientras le agarraba el pelo y la piel del cuello.
Su madre se volvió y lo sacó a rastras de la habitación de atrás.
Por eso volvió a ver el Steinway.
En la madera negra y reflectante del instrumento, aún se veían unas figuras oscuras y demacradas que lo miraban fijamente. Sin poder evitarlo, recordó a Jerry Lee Lewis en YouTube, con los bailarines agolpados alrededor del piano.
Solo que aquellas personas no estaban bailando.
Estaban tendiendo las manos hacia él.
Y mamá también las había visto.