Días oscuros DJANGO #3
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DJANGO #3

Detrás de la casa de Liam había una parcela con dos alpacas. Django y su amigo iban allí después del colegio, perseguían a los animales y jugaban a «esquivar el escupitajo».

—¡Venga, Seepy ! —gritó Liam mientras se daba palmadas en los muslos con las manos—. ¡Pspsps! ¡No me vas a dar aunque quieras! ¡Pspsps!

Eran unas criaturas extrañas, con cara de oveja tonta, cuerpo de burro y el cuello largo.

Django siempre se reía cuando les veía los dientes torcidos, que les conferían un aspecto muy ridículo.

Las alpacas eran mansas y no solían escupir, pero, si te situabas justo delante de ellas dando saltos y soplándoles, se ponían nerviosas.

El truco para esquivar el escupitajo era agacharse a tiempo.

Eso fue justo lo que hizo Liam cuando Seepy echó la cabeza hacia atrás y escupió.

—¡No me has dado! —se burló, y Django empezó a carcajearse.

Aún riendo, Liam hizo amago de abrazar a Seepy , pero el animal se asustó y las dos alpacas salieron corriendo.

En el extremo más alejado de la parcela, podías trepar por la valla, tras la que había un sendero que rodeaba la propiedad de Gray Júnior y llevaba de nuevo a Bird Street.

Acababan de llegar allí cuando, desde el otro lado de la calle, papá bajó corriendo por el camino de entrada.

Sonrió a los chicos, pero su semblante estaba serio.

—¡Django! A Kaila le ha pasado algo. Tengo que ir a Fairfax. Quédate con Liam hasta que mamá llegue a casa, ¿vale?

—¿No puedo ir contigo? —preguntó.

Su padre metió la bolsa de Kaila en el asiento trasero y negó con la cabeza. Su hermana estaba bajo supervisión; no podía salir. Y Django no podía visitarla.

—Tiene que descansar. Esta gente sabe lo que hace.

Django sabía lo que era Fairfax: un centro de crisis psiquiátricas.

En efecto, esa gente sabía lo que hacía, porque Kaila había vuelto a casa la última vez.

Su padre dijo algo más, pero Django miró el Forester y, en su mente, se puso a tocar a Duke Ellington.

El señor Hendrickx tenía razón: no sonaba como antes.

Era como si la melodía flotara a su alrededor y se desvaneciese, igual que las gotas de lluvia al otro lado de la ventanilla del coche cuando habían vuelto a casa el sábado.

—Liam, diles a tus padres que luego los llamo.

Los chicos pasaron junto al bungaló de los Aikman, donde el bosque se tornaba más denso.

Olía bien: a tierra y madera, con un ligero dejo a humo porque alguien había encendido una hoguera en algún sitio.

A cierta distancia de la carretera, al final de un bosquecillo donde solían construirse casas en los árboles durante verano, se encontraba la valla de alambre.

Todavía no se veía, pero más adelante se acercaba a la carretera.

—¡Mueve el culo! —gritó Django—. ¡Camina o te pego un tiro aquí mismo!

Marchaban en fila india entre los helechos húmedos que les golpeaban los pantalones. Django le clavó una rama entre los hombros a Liam. Ese era su rifle.

—Tío, nunca les dirían que van a pegarles un tiro. Si se lo dijeran, nadie seguiría adelante.

—¡Avanza!

El señor Hendrickx le había explicado que los soldados alemanes obligaban a los judíos a cavar hoyos.

Hoyos a cuyo borde serían ejecutados, un método eficaz para que cayeran dentro.

Puf. Esa imagen había perturbado mucho a Django.

No lo reconocería jamás ante Liam, pero incluso había tenido pesadillas al respecto.

Durante su siguiente visita, papá le había pedido al anciano que suavizara sus historias de guerra.

Cuando llegaron a la valla, Django le ordenó a Liam que se diera la vuelta.

Levantó el rifle y apretó el gatillo. Liam salió disparado hacia atrás, chocó contra la malla metálica y cayó de rodillas con gran dramatismo.

Gimió mientras moría. «Murió como la rata que era —pensó Django—. En el suelo sucio del bosque».

Después, se sentaron con la espalda apoyada en la valla y se turnaron para jugar al Minecraft en el Samsung de Liam.

Tenía un protector de pantalla antirreflejos, así que sus padres lo consideraban seguro.

La valla cedió un poco. Medía dos metros de altura y estaba coronada con alambre de púas… Eso era todo. No pasarás.

Cuando Django levantó la vista, se horrorizó al ver que el crepúsculo se había asentado bajo los árboles. En aquella época del año, se te echaba encima sin que te dieras cuenta. Puede que su madre ya estuviera en casa.

—Tenemos que irnos.

Liam cerró la pantalla del Minecraft.

—A mí no me da miedo escalar la valla —dijo—. Es fácil, mira.

Empezó a trepar embutiendo los dedos y la punta de las zapatillas en los huecos con forma de diamante que trazaba el alambre.

Avanzaba despacio. Django apretó los puños y sintió un cosquilleo de inquietud.

Liam siguió trepando hasta rodear la parte superior de la valla, por debajo del alambre de púas, con las manos pálidas.

«No pienso cruzar la valla jamás —pensó Django—. Las manos se te quedarán atrapadas en el alambre de púas y te cortará los dedos si te caes. Los oirás caer al suelo del bosque, paf-paf, pero ya no tendrás nada con lo que buscarlos a tientas en la oscuridad. No pienso cruzar la valla jamás».

Liam tomó impulso y bajó de nuevo al suelo de un salto. Django lo miró con el corazón desbocado.

—En otro momento.

Cuando volvió a casa, su madre hizo tortitas. Nadie hacía las tortitas mejor que mamá.

—Espero que Kaila vuelva a casa esta noche —dijo—. Le guardaremos unas cuantas, eso le levantará el ánimo. Venga, come.

Tenía los ojos enrojecidos. Debía de haber llorado, pero aun así preparó un montón enorme de tortitas bien doradas, con plátano y canela.

Django se echó un buen chorro de sirope de arce en las suyas.

Por lo general, su madre le habría dicho que no se pusiera tanto, pero hoy todo era confuso y ni siquiera lo comentó.

El chico aprovechó la oportunidad para coger una Cherry Coke en lugar de leche. Eso también pasó desapercibido.

—Me siento fatal por ella —dijo mamá—. No lo hemos visto venir. Tan pronto, quiero decir. Tú estás bien, ¿no?

—¿Qué cuchillo usó? —preguntó él.

—Django, ¿qué más da eso? Esas cosas no se preguntan.

—Pero ¿tenía intención de suicidarse?

—No, eso es muy distinto. No pretendía hacerse daño. A veces las personas como ella tienen brotes psicóticos. Eso significa que pierden el control y ya no saben lo que hacen. Kaila me ha dicho que fue como si dejara de sentir el cuerpo y que se asustó muchísimo. Por eso se cortó: para sentir algo.

«Kaila se ha rajado la barriga —pensó Django—.

Con un cuchillo. ¿Con ese que mamá usa para cocinar y da tanto miedo?

¿Con el de pelar manzanas? Solo te rajas la tripa para deshacerte de un bebé que no quieres tener.

O si quieres asesinar a alguien. No si quieres sentir algo.

¿Por qué no escucha jazz si lo que quiere es sentir algo? ».

—¿Has acabado? —preguntó mamá—. Acábate la leche. Recogeré la mesa y luego podrías tocar algo. Después, te dejaré jugar a la consola hasta que papá llame para decirnos si Kaila vuelve a casa.

«Ha sido con el cuchillo de pan. El que tiene tantos dientes. ¿Hubo mucha sangre?».

2 DE NOVIEMbrE

Kaila era bipolar. Por lo general, no suponía ningún problema, pero a veces las cosas se ponían muy feas.

Sobre todo durante los Días Oscuros. Había vuelto a casa desde Fairfax la noche anterior, muy tarde, así que aquel día la habían dejado faltar a clase y quedarse tumbada en el sofá.

Sin embargo, como todos estaban muy afectados, había dicho papá, Django tampoco tenía que ir al colegio.

Su madre había llamado al trabajo para decir que estaba enferma.

Su padre no iba a trabajar pasara lo que pasase: estaba de permiso sabático.

A la hora del almuerzo, Kaila se sentó a la mesa de la cocina en bata, con el pelo cayéndole a los lados del rostro pálido. Django le lanzaba miradas furtivas a la barriga.

—Come un poco más, Kaila —suspiró mamá—. Ya te has saltado el desayuno esta mañana.

—Mamá, es muy agobiante que estés tan encima de mí. Jax hace lo mismo, me envía mensajes cada diez minutos para decirme que me quiere. ¡Aaaarggg!

—Cariño, solo está preocupado por ti —dijo su padre—. Como todos.

—No voy a suicidarme, ¿vale? Estoy bien.

Pero no estaba bien. Si ya no sabías lo que hacías, no estabas bien. La medicación hacía que se sintiera mejor, había dicho mamá, pero no la curaba. La «estabilizaba». Pero no era tan grave como para que tuviera que mudarse, como hacía dos años. En aquella ocasión, tuvieron que «internarla».

Django no sabía muy bien qué decirle a su hermana. Le daba miedo pedirle que le dejara echarles un vistazo a los vendajes, porque entonces vería lo grande que era el agujero que se había hecho en la tripa.

Mamá soltó el tenedor.

—Ralph, ¿estás seguro de que podemos ir esta noche?

—Por supuesto —contestó papá—. Kaila se quedará en casa de Jax, sus padres ya saben que va a ir. Y él te echará un ojo, ¿a que sí?

La chica puso los ojos en blanco.

—Por decirlo suavemente.

—Uf, no sé… Me gustaría que pudiéramos cancelarlo…

—Mamá, en serio, ¡id! Estoy deseando librarme del rollo tan deprimente que hay por aquí.

—Bueno, vale. Pero llámanos, ¿eh? Y le pediré a Jax que él también nos llame.

Mamá y papá tenían la cena con los vecinos. Django y Liam se quedarían a dormir en casa de Noah, lo cual era bastante guay, porque la Xbox de Noah admitía el Psychonauts 2 .

Cuando aquella tarde Django levantó la cabeza del piano y salió de la habitación de atrás, Kaila le dijo:

—¿Estabas tocando «Sorry»?

Se puso rojo como un tomate.

—Solo estaba improvisando.

—Sonaba superbién, hermanito. Sobre todo con tu estilo. Porque esa es la canción más cutre del mundo.

Y le sonrió. Subió las escaleras aturdido. Había hecho sonreír a Kaila. Era capaz de hacerlo. Él era su medicina.

Duke Ellington o Justin Bieber: tócalos con el ritmo adecuado y los dos molan.

3 DE NOVIEMbrE