DJANGO #2
—Django Lee Lewis, estás estupendo —dijo la señora Wachowski—. Y qué homenaje tan bonito. Tócanos algo, por favor.
—Mamá, tenemos que irnooos… —protestó Ethan.
—Bueno, nos da tiempo a una canción, ¿no? Venga, Luana dice que Liam y tú sonáis de maravilla.
Django no tenía tan claro que sonaran «de maravilla», pero sí bastante bien.
De modo que se dirigieron a la habitación de atrás, donde él se quitó el taburete de papel maché para sentarse en el de verdad y Liam dejó la máscara de Demogorgon sobre el Steinway.
Django tocó una introducción afilada y penetrante, surcó las teclas del piano de arriba abajo moviendo los dedos a una velocidad vertiginosa.
Luego, la interrumpió con un riff atronador tocado con la mano izquierda y cantó que « You shake my nerves and you rattle my brain ».
Liam se sumó cantando: « Too much love drives a man insane ».
Se repitieron el uno al otro durante la introducción y Django hizo que el piano respondiera entre cada verso.
Con los brazos extendidos hacia las teclas más agudas y las más graves, las quería todas.
Le temblaba el abdomen. Patullaba el suelo con los pies.
Se mordía la sonrisa de los labios con los dientes y, después de eso, « goodness gracious », era «Great Balls of Fire».
Era imposible estarse quieto. A Liam le temblaban los hombros como si fuera un espantapájaros.
Django se levantó y le dio una patada al taburete para alejarlo de él, porque eso era lo que había visto hacer a Jerry Lee en YouTube.
Y, madre mía, los glissandi , cuando podía deslizar la uña del pulgar por las teclas.
«Bombardeos en picado», los llamaba el señor Hendrickx, y ese nombre era mucho más guay, por supuesto.
Era él quien le había enseñado a hacerlos.
Decía que ya no tenía la velocidad de antes en los dedos, pero si le ponías a Albert Ammons, si le ponías a Lux Lewis o a Jimmy Yancey, el viejo señor Hendrickx lo daba todo.
Django también lo dio todo. Sus padres y los Wachowski bailaban por la habitación de atrás. Hasta Kaila y Ethan sonreían. Puede que el jazz fuera libertad, pero el boogie-woogie era diversión. La propia palabra lo decía todo.
—Lo habéis hecho muy bien —le dijo papá más tarde, mientras Django volvía a engancharse el taburete de papel maché al cinturón—. Deberíais formar un dúo. O un grupo.
—Quizá.
Pero, instintivamente, Django sabía que aquellas canciones no estaban hechas para que las entonara un niño. Requerían de una voz áspera, ronca. Una voz con historia. Como la del señor Hendrickx.
—Recordad —le dijo su madre mientras salían de casa—, en casa a las nueve en punto. A esa hora cerraremos las contraventanas.
—Y lo mismo os digo a vosotros, Ethan y Kaila —añadió la señora Wachowski—. Estaré delante de casa de los Remlinger a las ocho y cuarenta, quiero veros salir por la puerta al instante. Si vuestro trasero no está en el asiento a las ocho y cuarenta y dos, llamaré al timbre.
—Patético —suspiró Ethan al mismo tiempo que ponía los ojos en blanco.
—No te pases, Scooby-Doo.
Liam y Django empezaron por el bungaló de los Aikman. El porche del señor y la señora Aikman estaba decorado con calabazas talladas y telarañas, y les dieron Hershey’s Kisses, Hot Tamales y Tootsie Rolls.
Bird Street serpenteaba a través de un claro que se abría en el bosque y tenía cinco casas bien separadas entre sí.
Tres estaban en la ladera de la montaña: el bungaló de los Aikman, su propia casa y el casoplón de los McKinley.
En el lado de Lock Haven: la casa de Liam, el parque infantil y la villa propiedad de Gray Júnior y Laura No-sé-cuántos.
Vaxxer-algo. Mamá y papá seguían llamándola «la antigua casa Nyholm».
Django no había llegado a conocer a los Nyholm, que se habían mudado cuando él era pequeño.
Pero recordaba vagamente la casa. Recordaba su presencia vacía y oscura.
Liam decía que la habían derribado porque estaba encantada.
Django no se lo creía, pero se alegraba de que ahora hubiera una villa moderna en su lugar.
Ya tenían más que suficiente con una casa espeluznante en la calle.
Los galgos empezaron a ladrar en cuanto llamaron al timbre, y oyeron que Gray rugía:
—¡Abajo, Helmut !
Esa era otra: los perros. No se sabía qué era más raro, si su aspecto o su nombre. El otro se llamaba Schwarzwald .
Al parecer, Laura se había ido al pueblo a pedir caramelos con Aurora (que tenía seis años), mientras que Gray se había quedado en casa con el pequeño Ricky. No habían decorado la casa, pero el hombre les dio a Django y a Liam un Reese’s Peanut Butter Cup a cada uno, así que no pasaba nada.
Cruzaron la calle hasta la mansión que pertenecía al resto del clan McKinley.
Esa no necesitaba parafernalia de Halloween para dar miedo.
A Django se le ponían los pelos de punta cada vez que la veía, grande y silenciosa, cerniéndose al final del camino de entrada.
La hiedra de las paredes hacía que pareciera que el bosque se la estaba tragando.
Django nunca había entrado, pero sabía que la casa tenía diferentes partes a las que papá llamaba «alas»; en una vivían los viejos McKinley; en otra, su hijo menor, Maurice; y en otra, su hija, Juliette.
Juliette era lesbiana, lo cual significaba que tenía una esposa llamada Olivia, y a Django le caía muy bien Olivia.
Además, era la única persona de color, aparte de mamá, Kaila y él, que había en Bird Street.
Habían asistido a su boda, hacía unos años, en los jardines que había detrás de la mansión.
Fue en primavera, y los cerezos en flor parecían nubes blancas y esponjosas.
Liam llamó tres veces con la pesada aldaba de hierro, pero nadie respondió. Aun así, juraba que había visto movimiento detrás de las cortinas.
—Pues nos colamos —dijo Liam—. Vamos, molará un montón.
—Te estás marcando un farol.
Liam lo pensó.
—Cierto. Pero podemos untarles barro en las ventanas.
—No —decidió Django—. No quiero hacerlo.
Para cuando volvió a casa, se había levantado un viento feroz y una enorme luna amarilla flotaba apenas por encima del bosque.
Su padre y Kaila estaban montando las contraventanas en la parte trasera de la casa.
Dejaron que Django los ayudara con los postigos de la puerta de atrás.
Una vez que los aseguraron con el pestillo, empezó a oír cómo traqueteaban por el viento.
La llave de la puerta trasera desapareció en el bolsillo del pantalón de papá.
Más tarde, la colgaría de un pequeño gancho al fondo de un mueble de su despacho.
Django lo sabía porque los niños siempre sabían dónde escondían sus padres las cosas que querían mantener fuera de la vista.
Papá les había dicho que se reunieran en la cocina, donde olía a tarta de manzana recién hecha. Django fue el primero en bajar.
Error: su madre ya estaba allí. Deambulando por el salón como un fantasma, encendiendo velas para crear un ambiente agradable. Estaba cantando una canción, tal vez para no oír el viento. Se había quitado la peluca y la barba, y tenía el rostro tenso. Si vio a su hijo, no dio muestras de ello.
Mamá y papá habían retirado los espejos.
Las puertas de cristal de la vitrina tampoco estaban.
Debían de haberlas guardado en el garaje, junto con los espejos del baño, la ducha y el pasillo, apilados debajo de los cojines del jardín con un cartón entre uno y otro.
La foto enmarcada que solía ocupar la repisa de la chimenea —los cuatro de vacaciones en Italia— se había visto sustituida por un cuadro de Kaila y Django junto al viejo caballito de balancín que su madre había pintado hacía años.
El gran espejo enmarcado de la pared del salón pesaba demasiado para quitarlo, así que lo habían envuelto en una sábana y lo habían adornado con los dibujos de Django y las cintas de Kaila.
En el salón, Django echó un vistazo por detrás de la cortina. Bird Street estaba tranquila. Un rostro pálido y con los ojos hundidos le devolvía la mirada desde el cristal.
La mano fría de mamá se le posó en el hombro. Lo apartó a toda prisa. Cerró la cortina.
En la cocina, su padre puso la tarta sobre la mesa y le quitó el paño de cocina.
—A partir de ahora, vamos a cuidarnos aún más los unos a los otros. —Cogió el cuchillo de cocina—. Todos estaremos pendientes de los demás e intentaremos tratarnos con mucha amabilidad.
—Kumbayá —suspiró Kaila.
Papá cortó la tarta. Estaba jugosa por dentro y tenía muy buena pinta. Django se puso de rodillas en la silla y apoyó los codos en la mesa.
—¿Kaila tendrá que irse? —preguntó.
Su hermana le dio una colleja.
—Eres tonto, en serio…
—Niños… —advirtió mamá.
—Nadie va a irse a ninguna parte —respondió su padre—.
Ni siquiera tú, Django. Juntos superaremos los Días Oscuros, como todos los años.
—Le sirvió a su hijo un trozo bien grande.
Empezaron a comerse la tarta con los tenedores de bambú en lugar de con los cubiertos de acero, que reflejaban el entorno—.
Bueno, ¿qué casa de Halloween os ha dado más miedo?
Charlaron durante mucho rato y fue divertido.
Aun así, todo parecía alterado. Algo había cambiado dentro de la casa, algo que no eran las contraventanas ni los espejos.
Pero, por más que mirase a su alrededor, Django no identificaba de qué se trataba.
Los mismos muebles, el mismo papel pintado, la misma cocina de siempre. Kaila. Papá. Mamá. Sin embargo…
Bajó la mirada hacia el tenedor y de repente lo entendió. Era él. No veía las cosas del mismo modo que antes. ¿Cómo iba a verlas igual, con los ojos que le habían devuelto la mirada desde el cristal de la ventana?
Eran dos profundos agujeros negros en una máscara distorsionada que ya no se parecía a su propio rostro.
1 DE NOVIEMbrE