DJANGO
Prodigio. Halloween en Bird Street. Kaila y el cuchillo.
Lo que pasó con el Steinway.
Era el último sábado antes de los Días Oscuros, y su padre le había dejado ir en el asiento del copiloto hasta casa del señor Hendrickx, en Lakewood.
El señor Hendrickx los estaba esperando en la puerta de su rancho. «¡Adelante, jovenzuelos!», les dijo con esa voz ronca que olía a los Virginia Slims que, según su esposa, fumaba a todas horas, aunque nunca cuando ellos estaban delante.
A Django le hizo gracia que llamara a su padre «jovenzuelo», pero le pareció que tenía sentido.
El señor Hendrickx tenía noventa y seis años y estaba casi ciego.
Era incluso mayor de lo que Jerry Lee había llegado a serlo.
A pesar de que era tan alto como papá, el señor Hendrickx estaba encorvado y torcido.
Al estrecharle la mano, Django imaginó que estaba sujetando una garra de uñas amarillentas, rígida, dura e inflexible.
Le dio pena que el hombre ya no tuviera unas manos normales.
—Es artritis —contestó su padre cuando Django le preguntó una vez al respecto—. ¿Te acuerdas del noviembre pasado, cuando te dolían tanto los dedos que no podías tocar? El señor Hendrickx siente ese dolor todo el año.
—Pero sigue tocando. ¿Cómo es posible?
Papá se encogió de hombros.
—Supongo que es difícil librarse de las viejas costumbres.
Lo cual no fue una gran respuesta.
El viejo Knight del señor Hendrickx, que él mismo se encargaba de afinar, estaba al fondo de la salita.
Aquel día, Django tocó «It Don’t Mean A Thing If It Ain’t Got That Swing».
Como siempre, no supo muy bien lo que estaba haciendo ni adónde lo llevaría la música.
Se limitó a seguir la línea de bajo saltarina, libre para insertar la melodía en el ritmo del gran y brillante zapato negro del señor Hendrickx, que marcaba el compás sobre las baldosas.
Aquel golpeteo… No existía nada mejor que él.
Django quería unos zapatos lustrados como aquellos, porque repiqueteaban y chascaban mucho mejor que sus Nike.
Cuando el piano se detuvo, el señor Hendrickx aplaudió con aire triunfal.
—Increíble. ¡Qué ritmo! Y tiene diez años. ¡Diez! No me lo puedo creer.
Papá rio con modestia, pero Django no. No había sonado igual que Duke Ellington en Spotify. Ni como el señor Hendrickx, para el caso.
—Quiero tocarla como usted.
El señor Hendrickx le puso una mano nudosa sobre el hombro y se sentó en el taburete a su lado.
—Sácate eso de la cabeza ahora mismo, chico. Quiero que toques como lo haces tú. Deja que te diga una cosa sobre el jazz. Y me refiero al swing de los años treinta, no al bebop ni a esas otras mierdas tan sosas que vinieron después, que no son más que un gimoteo interminable sobre dos acordes.
Le lanzó una mirada risueña a papá, que le hizo un gesto para que continuara.
Por eso Django le tenía tanto cariño al anciano.
El señor Hendrickx le enseñaba todo lo que quería saber.
Le hablaba de la guerra y de Hitler, que asesinaba a judíos y a gitanos y detestaba el jazz.
De que él había luchado en el frente francés cuando era un joven soldado, de que por las noches bailaba con las chicas del lugar y de que se había unido a bandas locales en fiestas secretas mientras las ciudades ardían.
De las bombas lanzadas desde los aviones alemanes, que estallaban a lo lejos, y de la estrecha vinculación que existía entre la muerte y la alegría.
Django escuchaba sus historias sin aliento.
—Antes de la guerra, mi madre no me dejaba tener esos viejos discos de 78 rpm de Coleman Hawkins y de Duke Ellington porque no los soportaba.
Y, en Europa, los alemanes los tenían prohibidos.
La única manera en que pude formarme por mi cuenta en el jazz fue escuchando la radio británica y practicando en los bailes.
Repitiéndolo. Tal como tú estás haciendo ahora.
Django tenía siete años la primera vez que escuchó tocar al señor Hendrickx.
En su disco, publicado junto con su diario de guerra.
Su madre se lo había puesto mientras preparaba la cena.
Meneaba las caderas al ritmo de canciones que, más tarde, Django llegaría a conocer como «Lady Be Good», «In The Mood» y «Honeysuckle Rose».
El niño se quedó plantado en el umbral de la puerta, incapaz de moverse.
Pero quería moverse. Hasta la última fibra de su cuerpo.
Al final, el viejo teclado de papá le quitó la incapacidad de expresar sus sentimientos con palabras, aunque no del todo.
Eso solo llegó cuando mamá y papá reconocieron su talento y, en Navidad, le regalaron el Steinway de la habitación del fondo, que pronto se convertiría en una extensión no solo de sus dedos, sino de su alma.
A Django no le interesaba el pop y American Idol le importaba un comino. Pero el swing tenía chispa.
Así fue como acabaron con el señor Hendrickx.
—Lo que intento decirte —continuó entonces el anciano— es que, cuando repitas estas canciones, jamás sonarán igual dos veces.
La música te brota del alma. Dejas que los acordes te guíen e improvisas por intuición.
Si lo haces bien, la música depende solo de tu estado de ánimo y del ambiente de la sala.
Y tú lo estás haciendo bien, Django. Estás transmitiendo un mensaje.
Si no te hacen caso, tienes que dejar claro tu mensaje.
El jazz ayudó a la gente a superar la guerra porque era liberador. El jazz es libertad con ritmo.
Durante el trayecto de regreso a casa, Django intentó atrapar las gotas de lluvia desde la ventanilla del coche, pero al otro lado del cristal eran inalcanzables. En la lista de reproducción de papá sonaban a todo volumen los Stones y Pink Floyd.
—Rock de carcamales —refunfuñó Django.
31 DE OCTUbrE
El tiempo era bastante templado para ser Halloween.
Aun así, Django sentía que la oscura nube de noviembre se cernía sobre él.
Lo odiaba. ¿Por qué todo el mundo se encontraba fatal de buenas a primeras?
¿Por qué le prohibían de repente salir al patio trasero?
Y ¿por qué todo lo que querías se volvía en tu contra de forma inesperada y sin motivo alguno?
Durante el resto del año, Django era un niño sin preocupaciones que disfrutaba de todo lo que la vida tuviera a bien ofrecerle.
Pero había cosas que no entendía, cosas que se le escapaban.
Como los Días Oscuros. Su madre le había explicado que había épocas buenas y malas.
Los Días Oscuros eran una época mala. Por suerte, solo duraban unas semanas.
Pero a Django se le hacían eternas. No podías hablar de ello en el colegio o habría consecuencias.
Y tampoco podías luchar contra ello. Más te valía sacarle todo el partido posible a Halloween, porque a partir de ahí todo iba cuesta abajo.
El día anterior, en casa de los Wachowski se había producido un acalorado debate sobre la supervisión parental durante el «truco o trato».
—¡Ya tenemos casi once años! —gritó Liam.
—Tienes diez.
La señora Wachowski le dedicó a su hijo una sonrisa que dejaba claro que no le aguantaría ni una tontería a nadie.
—Pero si los Días Oscuros no empiezan hasta después de Halloween —intervino Django—, ¿qué más os da?
Su padre no pensaba picar:
—No hay excusa para la estupidez, Django.
Se decidió que Liam y él podrían ir solos con la condición de que no entraran en ninguna casa y se mantuviesen «más o menos cerca» del señor Wachowski, aunque a saber qué narices significaba eso. El señor Wachowski acompañaría a la hermana pequeña de Liam, Harper, y a sus amigas.
Kaila iba a ir con Ethan, el hermano de catorce años de Liam, a Carnation, a la fiesta de Halloween de un compañero de clase.
Kaila iba disfrazada de bruja. Pero no llevaba un sombrero puntiagudo y una nariz larga, sino los brazos encadenados al cuerpo y puntos de sutura pintados en los ojos y la boca.
Lo había leído en un libro, explicó. Django se ofreció a traerle hilo y aguja para que pareciera más realista.
—¿Y tú de qué vas? ¿De Light de Death Note o algo así? —preguntó ella.
—Soy el zombi de Jerry Lee Lewis —contestó él, indignado, y se dio la vuelta para mostrarle el taburete de papel maché que le colgaba del trasero.
—Ah, claro. Lo va a pillar todo el mundo, hermanito.
Django estaba satisfecho con el resultado: el pelo engominado y con tupé, una camisa abierta, una chaqueta, la boca torcida y, por supuesto, los puntos de sutura llenos de sangre de un zombi. ¿Quién iba a ser si no?
Mamá se había puesto una peluca afro marrón y barba. Papá tenía un aspecto aún más ridículo. Con una especie de forro de lana alrededor de la cintura, era… ¿una oveja?
—Yo soy Bob Ross —afirmó su madre.
—Y yo soy una Nubecita Feliz 1 —añadió su padre.
Apenas podían contener su alegría.
—Pero… ¿Qué? —dijo Kaila.
Mamá cogió una paleta de pintura y un pincel de la mesa y volvió a posar junto a su marido.
—¿Lo veis así?
—Son demasiado jóvenes —dijo su padre—. Seguro que los Wachowski se parten de risa.
Y así fue: los Wachowski estallaron en carcajadas cuando fueron a llevar a Liam.
—¡Estáis graciosísimos! Marc, ¡fíjate!
Joyce Wachowski iba de Miss América («Qué sorpresa», oyó Django que Kaila le decía a su madre aquella noche mientras se lavaban los dientes) y Marc iba de piña.
Liam ya le había dicho de qué se iba a disfrazar, pero superó las expectativas.
Era un Demogorgon de los Seattle Mariners.
Uniforme de béisbol, una máscara que parecía una flor abierta, dientes por todas partes.
Harper iba de bailarina de terror y no paraba de hacer piruetas silenciosas por la habitación sin salirse del papel en ningún momento.
—Y tú, Ethan —se rio mamá—, ¿no vas de ese perro de La Patrulla Canina ?
—De Marshall convertido en Cujo —confirmó Ethan, que gruñó para mostrar la sangre y la espuma que le rodeaban las mandíbulas.