RALPH #3
La presentación de diapositivas. «It’s Only a Paper Moon» dio paso a «Dream a Little Dream of Me» y, con pulsar una sola vez su mando a distancia, Elizabeth puso en marcha un carrusel de fotos de la vida de Ann.
Ralph sintió que una oleada repentina de rabia afilada lo recorría de arriba abajo como un viento frío.
«Está yendo demasiado rápido —pensó—. Ya no la está escuchando».
Si hubieran estado en cualquier otro mes, la sensación no habría superado el simple fastidio; sin embargo, en aquel momento sentía una ira real y desenfrenada que se volvió hacia el exterior y le sorprendió con su intensidad.
Oh, los Días Oscuros… Se propagaban como un virus, inadvertidos, pero como todo el mundo andaba por ahí con las mismas manchas rojas, nunca te dabas cuenta de cómo se apoderaban de ti.
Y cada vez te resistías un poco menos a ellas.
Los Días Oscuros eran lo que hacía que Elizabeth presionara a Ann, y los Días Oscuros eran lo que alimentaba la intensa reacción de Ralph.
Ya.
El juez se alejó del círculo de hogueras y cerró los ojos.
Contó hasta diez. Cuando volvió a abrirlos, se sentía un poco más tranquilo.
Elizabeth le había agarrado la mano a Ann.
Se dio cuenta de que era un gesto cargado de compasión verdadera, y eso lo hizo avergonzarse un poco de su reacción.
Elizabeth se hallaba bajo la misma influencia que él: era algo que no debía pasar por alto.
Ahora la pantalla mostraba a las tres hijas de la mujer en los columpios.
A una joven Ann que volvía la cabeza por encima del hombro para mirar atrás, con una exuberante melena que se desparramaba como la luz del sol.
El castillo en Francia, y sí, su Stanley había sido un placer para la vista.
Si no hubiera estado tan embelesada, es posible que la enferma les hubiera preguntado cómo habían conseguido aquellas fotos, pero no lo haría. Nunca lo hacían.
Ralph captó los crujidos más allá de la primera hilera de abetos occidentales, lo bastante intencionados como para oírse por encima de Ella y de la lluvia.
Allí, fuera del círculo de luz y prácticamente en el bosque frío y húmedo, se sintió vulnerable.
Se reunió a toda prisa con los demás y fingió no haber oído nada.
Ann estaba llorando de nuevo, y ahora era Olivia quien le sostenía la mano. Por primera vez, Ralph vio verdadera tristeza en los ojos de la mujer.
—Stanley debe de estar muy preocupado…
Sí. Aunque su paseo lo hubiera llevado nada menos que hasta el estrecho, había muchas probabilidades de que Stanley acabara de volver a su casa de Mill Creek y hubiese descubierto que su esposa, enferma terminal, había desaparecido.
Ya debía de haber llamado a sus hijas y a la policía, y sí, estaría muy preocupado.
Una vez que todo hubiera terminado, le habían dicho a Ann, la dejarían en la misma franja de bosque donde, varias horas antes, envuelta en una capa y encorvada sobre su andador, se había subido al coche anónimo que la esperaba fuera del alcance de las cámaras de seguridad del barrio.
Le habían prometido que la dejarían en medio del sendero para que la encontraran pronto.
Terca como era, debía de haber salido a dar un paseo, algo que Stanley le había prohibido.
En su estado, una caída no tardaría en desembocar en hipotermia y la muerte.
¿Y los medicamentos? No hay de qué preocuparse, Ann.
Las posibilidades de que la sometieran una autopsia, con su enfermedad, eran casi nulas.
Sobre todo si el relato era tan evidente.
—Me siento muy mal por que tenga que ser así —había dicho Ann—. Pero, siendo Stanley tan inflexible, ¿qué cabía esperar?
Ahora, en el momento de su muerte, era Olivia quien la consolaba. Después, Elizabeth se acercó a la cama con un cojín de satén rojo entre las manos. Sobre él descansaban dos jeringuillas.
—Aquí las tienes, Ann. Esta es el sedante y esta es el relajante muscular. No sentirás nada. Te quedarás dormida en cuestión de segundos, como en cualquier otro momento, y ya no volverás a despertarte.
La mujer se quedó mirando las agujas durante un largo rato.
—Casi me da miedo decirlo —murmuró al final con la voz temblorosa.
—¿Qué, Ann? —preguntó Olivia.
—No dejo de pensar en nuestra luna de miel.
El castillo tenía un patio donde los invitados cenaban y degustaban vinos.
Había un cantante de chanson y un pianista que era mayor de lo que yo lo soy ahora.
¿Y sabéis lo que hizo Stanley? Me cogió del brazo, me levantó de la silla y bailó conmigo por todo el patio.
Todo el mundo se reía y aplaudía. ¡Qué vergüenza pasé!
Pero Stanley no. Él era así. Bastaba con que me mirara para que me tranquilizase.
—Qué bonito, Ann —comentó Olivia.
—Recuerdo que vimos El mago de Oz en el Pacific Crest Theater antes de que lo derribaran.
Cuando Judy Garland dijo: «Se está mejor en casa que en ningún sitio», supe que estaría con Stanley el resto de mi vida.
—Con los ojos llorosos, miró a los buenos samaritanos de Bird Street uno por uno y apartó el cojín de satén—.
Stanley es mi hogar. Creo que no quiero hacer esto, chicos.
Se produjo un momento extraño y cargado de tensión, y Ralph sintió las implicaciones de las palabras de Ann flotando de forma casi palpable entre ellos.
No duró más de un segundo, pero, aun así, Ralph se imaginó una imagen grotesca: Elizabeth agarrando la primera jeringuilla del cojín y clavándosela en la manga a la mujer enferma, ignorando sus gritos de pánico.
No obstante, Elizabeth dio un paso atrás y dejó el cojín sobre el baúl.
—Ann, querida, pues claro —dijo—. Esta decisión es completa, incondicional y explícitamente tuya.
—Lo siento muchísimo…
—Un momento —intervino Juliette—. Hemos llegado hasta aquí. ¿Estamos seguros de que esto es lo mejor? —Vio la cara que ponía Olivia y añadió—: Para ella, quiero decir.
—La señora Olsen Dickinson sabe lo que es mejor para ella —dijo Ralph mientras se volvía hacia la enferma—. Y no tiene por qué disculparse.
—Pero ¿y todo el esfuerzo que habéis dedicado? ¡Los riesgos que has corrido! ¿Quién va a encargarse de desmontar todo esto?
Se incorporó como si quisiera hacerlo ella misma. Pero se movió demasiado rápido y eso le provocó otro ataque de tos.
Cuando se le pasó, Harry dijo:
—No se preocupe por nada, señora Dickinson. Nosotros nos ocuparemos de todo.
—¿Puedo al menos daros algo? ¿Por las molestias?
Elizabeth se acercó a ella y le puso una mano en el hombro.
—No, Ann. No lo aceptaremos. Esto lo hemos hecho por ti y solo por ti.
Y por eso me veo obligada a hacerte esta pregunta.
—Intercambió una mirada con Ralph, que llegó demasiado tarde para intervenir—.
¿Estás segura? Porque Juliette tiene razón.
Sabes por qué estás aquí. Sabes lo que te espera si abandonas ahora.
—Lo sé, cariño —respondió Ann—. Pero no había estado tan segura de nada en toda mi vida. Con Stanley a mi lado, seré capaz de soportarlo. Quiero ver florecer los narcisos una vez más y, si lo consigo, tendré que agradecéroslo a vosotros.
Harry le posó la mano izquierda en la espalda a su esposa, y la derecha en el hombro.
—Me alegro mucho de que hayamos podido ayudarla a encontrar el camino de vuelta a la luz, señora Dickinson.
No fue que Harry apartara a su mujer de la cama, pensó Ralph, pero casi.
En cuanto a él mismo…, ¿se sentía aliviado?
No lo sabía. Pero, de repente, estaba exhausto.
En febrero, Elizabeth recibiría una postal anónima que reconocerían de inmediato. «Ese médico de mierda me dio seis semanas, pero ¡he vivido lo suficiente para ver los narcisos! Aunque siento que el final ya está cerca. Gracias a todos por el tiempo que me habéis dedicado».
En aquel momento, mientras la preparaban para volver a salir del bosque, Ann Olsen Dickinson dijo:
—Merece la pena repetirlo: sois buenos samaritanos. Todos.
Ralph sacó su móvil. Tenía un mensaje de Luana. «¿Cómo ha ido? Te quiero». Le envió una respuesta: «Se ha rajado. Estoy deseando verte. Y a los niños. No tardaré en volver a casa».
Ninguno de los vecinos se preocupó aquella tarde.
Siempre había otros interesados.
Y aún tenían tiempo.
En ese momento, lo tenían.