RALPH #2
—Seguro que escribe una canción sobre ellas. «Shoo-ba-dee tirolina».
—«Bebop Parkour Blues» —añadió Ralph. Se rieron—. ¿Qué me dices? ¿Deberíamos empezar a subirte un poco la dosis de litio?
Kaila había asentido con desánimo.
A cambio, acordaron que podía invitar a casa a su novio, Jackson.
Dándole un poco de tiempo, no solía ser difícil hacer que Kaila terminara cediendo.
A veces, gracias a Jax. Pero sobre todo, sospechaba Ralph, porque su hija sabía que después de aquello solo quedaba Halloween.
Su última oportunidad de divertirse un poco.
Después de Halloween, todos los niños de Bird Street se confinaban en su casa.
Luego llegaba noviembre.
Ralph escuchó el repiqueteo de la lluvia contra la capucha de su poncho. La vibración de inquietud que sentía en el cuero cabelludo se le extendió hacia la espalda. Los Días Oscuros se les venían encima.
«Siempre crees que puedes escapar de ello. Siempre crees que no será tan horrible. Pero sí lo es. Y ahora es demasiado tarde para prepararte. Ha empezado. Que Dios nos ayude».
De repente, sintió un deseo casi doloroso de estar en casa.
De ponerse cómodo y jugar a Aventureros al Tren con los niños mientras picoteaban nachos supreme y el pão de queijo de Luana detrás de las contraventanas que impedían el paso de la lluvia, del bosque de Snoqualmie y de todo lo que en él habitaba.
Juliette McKinley se detuvo y la procesión frenó en seco.
En el sendero, ante ellos, había un montón de ramas.
Les bloqueaba el paso.
—¿Podemos rodearlo con ella? —preguntó Elizabeth.
Cuando miró hacia atrás, Ralph vio que tenía el rostro ceniciento. Harry ladeó la cabeza y le lanzó a su mujer una clarísima mirada de: «Más tonta y no naces».
—Saldremos del sendero —decidió Olivia.
Pasó junto al palanquín dando zancadas, agarró a Juliette de la mano libre, la apartó del montón de ramas y buscó un lugar por el que desviarse.
El terraplén de la izquierda era demasiado empinado.
El de la derecha no era mucho mejor y tenía nudos de raíces de alerce retorcidas y resbaladizas, pero no había otra opción.
—¿Va todo bien? —preguntó Ann Olsen Dickinson cuando Harry siguió a Juliette y el palanquín se inclinó hacia atrás.
Aunque Harry resbaló sobre una raíz, Olivia lo sujetó y Ralph reaccionó bien cuando la mayor parte del peso recayó sobre él.
La mujer enferma gritó; luego rompió a reír a carcajadas—.
¡¿Qué me estáis haciendo?! ¿No sería más fácil retirar las ramas? Tampoco son tantas.
—Hay un desvío fácil aquí al lado —mintió Juliette.
—Ay, madre, cuánto lío… Queridos, de verdad que no tenéis por qué hacer esto.
—Sí, tenemos que hacerlo —respondió Elizabeth—. Dentro de un momento verás por qué.
—¡Y con este tiempo! —resolló la mujer—. He visto llover con ganas en Olympia y en la cuenca del Pacífico más de un millón de veces, pero ¡caray, la que está cayendo aquí!
—No pasa nada, señora Dickinson. —Fue Olivia la que habló—. No se preocupe.
—¿Preocuparme? ¿Qué es lo peor que podría pasarme? ¿Que me caiga y me muera?
La mayoría de ellos se unieron a su risa, pero Ralph pensó: «No, puede ser peor».
Dejaron atrás el montón rodeando la primera hilera de alerces y luego volvieron al sendero.
La señora Olsen Dickinson tenía razón: habría sido más fácil retirar las ramas.
Solo llegaban hasta las rodillas. Pero ninguno de ellos se había mostrado dispuesto a hacerlo.
Daba la sensación de que la forma en que estaban apiladas a lo largo del sendero tenía un propósito, era demasiado artificial para ser obra de la naturaleza.
No obstante, ninguno de ellos las había puesto allí.
Y por la mañana no estaban.
Diez minutos más tarde, llegaron al Lugar de la Calma. Elizabeth Aikman se llevó las manos a la parte baja de la espalda y dijo:
—Mira, Ann. ¿Preguntabas por qué tanto lío? Pues aquí tienes la respuesta.
Era un claro bajo un grupo de abetos y arces altos.
Allí, la música relegaba el sonido de la lluvia a un segundo plano.
Ella Fitzgerald cantaba «It’s Only a Paper Moon».
Y, por increíble que parezca, estaba seco.
Cuando te fijabas mejor, atisbabas la lona que Marc Wachowski y los hermanos McKinley habían extendido entre las copas de los árboles, pero en el crepúsculo del bosque la mirada se veía más atraída hacia los cientos de luces ambientales, que centelleaban como un cielo estrellado.
Debajo había fuegos ardiendo en varios braseros.
Una gran pantalla para proyector mostraba el retrato de un matrimonio con tres hijas.
Ralph reconoció a una Ann Olsen Dickinson más joven y mucho más saludable.
En medio de todo se alzaba una espléndida cama con dosel, de un blanco brillante.
La señora Olsen Dickinson se llevó las manos a la boca y, a pesar de que Ralph solo le veía la espalda, supo que estaba llorando.
—Oh, esto es maravilloso… —susurró mientras la transportaban poco a poco al interior del círculo de braseros—. La cama… ¡y Ella!
Con una voz sorprendentemente clara, lo bastante buena como para ser la de una cantante de variedades si no fuera por el cáncer, comenzó a entonar la parte sobre el cielo de lienzo y el árbol de muselina, y sobre que no sería falso si creyeras en mí.
Ralph y Harry se detuvieron ante las cortinas de seda que caían del dosel, donde Juliette y Olivia esperaban como guardianas.
Elizabeth sostuvo a la enferma mientras se apeaba, aunque resultaba evidente que podía mantenerse en pie por sí misma.
Envuelta en su bata, parecía el esqueleto de un ratón envuelto en servilletas, pero Ralph se dio cuenta de que aún no estaba tan cerca del abismo como para que su cuerpo se hubiera rendido.
Sencillamente, Annie Dickinson no tenía intención de dejar que las cosas llegaran tan lejos.
Bajaron el palanquín. Rotando los hombros, Ralph se unió a los demás alrededor de la cama, donde Elizabeth ayudó a Ann a quitarse la bata y acomodarse bajo los edredones de plumas.
—Esto es precioso, chicos —dijo—. Muy bonito. ¿Cómo puedo agradecéroslo?
—Gratitud es lo último que necesitamos, Ann —dijo Elizabeth—. Estamos encantados de hacer esto por ti. ¿Necesitas algo?
—No me iría mal un poco más de té.
—Tengo algo mejor —intervino Juliette.
De un baúl que había junto a la cama sacó una bandeja sobre la que colocó seis vasos de chupito y una botella de crème de cassis .
—¡No, un Gabriel Boudier! —Ann aplaudió—.
Para nuestra luna de miel, Stanley reservó un castillo con vistas al río Saona, en Francia, y ¡eso era lo que bebíamos todas las noches!
Igual que Hércules Poirot, me decía. Qué sexy estaba mi Stanley con su traje…
—Preocupada, levantó la mirada del recuerdo—. Pero se supone que no debo beber, ¿no?
Entonces sí se rieron todos, incluso Olivia.
—Si alguna vez hubo un momento para pasar de los consejos médicos, es este, ¿no crees?
Sí, lo creía. Juliette sirvió la bebida y fue pasando la bandeja. A Ralph se le secó la boca cuando llegó hasta él. Juliette se dio cuenta de que vacilaba, pero insistió. En cuanto el juez olió el alcohol, las comisuras de la boca se le inundaron de saliva.
Ann levantó su chupito para brindar por los buenos samaritanos de Bird Street.
—Bueno, salud. Por la vida.
Entrechocaron los vasos. Ralph sintió que una gota le resbalaba por la sien, y esta vez no era de lluvia.
Si bebía ahora, se iría a casa, directo al garaje, y se sentaría en el asiento del conductor del Forester.
Sacaría la botella de Smirnoff y el vaso que tenía escondido debajo.
Lo del vaso era por superstición: Ralph no bebía de la botella.
Le importaban tres cojones el hielo y la lima.
Qué coño, le importaba tres cojones la tónica… Pero no se bebe de la botella.
Ralph Lewis estaba dispuesto a declarar bajo juramento que no era alcohólico, y estaría diciendo la verdad. Pero era noviembre. Todo cambiaba en noviembre.
Después de apurar un vaso aquella noche, lo seguiría otro. No habría Aventureros al Tren. Ni picoteo ni calidez ni ambiente hogareño con los niños. Se pelearían.
De repente, volcó el vaso sobre el suelo del bosque.
Se había resistido.
Por esa vez.
—No esperaba tener miedo —dijo Ann. La voz de la mujer había recuperado la ronquera, y Ralph tuvo que aguzar el oído para captar sus palabras—. Pero lo tengo.
—No hay nada que temer, Ann —dijo Elizabeth.
Ralph le lanzó una mirada a su vecina. Luego se arrodilló junto a la cama y tomó entre las suyas una de las manos huesudas de Ann.
—Sabes que siempre puedes cambiar de opinión.
Ella hizo un gesto con la mano para restarle importancia a sus palabras, como si no fuera a eso a lo que se refería.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—¿Por qué hacéis esto?
Esa pregunta terminaba llegando tarde o temprano, y estaban preparados.
—Porque hay muchos casos en los que la Ley de Muerte Digna no da la talla —respondió Harry—.
Fíjate en ti. Estás sufriendo y, si hay algo que no eres, es incapaz.
Pero solo te ofrecen dos opciones: o aguantas esta vida hasta el final, cosa que sin duda será un tormento, o tú misma te desprendes de ella.
—Te refieres a pegarme un tiro en la boca —dijo Ann con tono objetivo—. Stanley guarda una pistola en la caja fuerte de arriba. Nunca me han interesado mucho las armas, pero, si no hubiera conocido a Elizabeth, creo que la habría usado.
—¿Ves? Eso no nos parece bien. Opinamos que los pacientes deberían tener otra salida. Una más pacífica.
—Bueno, basta ya de hablar de nosotros —intervino Elizabeth al tiempo que daba una palmada—. Tenemos otra sorpresa para ti.