Días oscuros
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RALPH
La mujer enferma. Los buenos samaritanos de Bird Street.
Se está mejor en casa que en ningún sitio.
La mujer tenía pinta de querer morir. Tenía pinta de que, aunque no la ayudaran aquella tarde, iba a morir de todos modos. Pero allí estaba, en manos de los vecinos de Bird Street, que la llevaban al bosque.
El caso de Ann Olsen Dickinson estaba más claro que el agua: estaba preparada.
La prueba no se encontraba solo en los estragos de su devastadora enfermedad —la pelusa blanca del cuero cabelludo; las manos escuálidas y con forma de garra de león; el rostro marchito y hundido, sumergido en la bufanda de lana como una luna desinflada—.
Mientras cargaban con su palanquín entre los alerces y bajo la lluvia torrencial, la señora Olsen Dickinson se sentía dichosa.
No paraba de hablar.
—Ay, fijaos en eso —dijo con la voz de un cuervo—. Cuántas luces. ¡Y música! ¿Habéis hecho todo esto por mí?
Elizabeth sonrió desde debajo de la empapada capucha amarilla.
—Claro, Ann. Todo tiene que ser perfecto. No nos conformaríamos con menos.
—Es maravilloso. —Ann cogió una bocanada de aire sibilante que estalló en un ataque de tos.
Elizabeth le puso una mano en la espalda, esperó a que el acceso remitiera y luego vertió té caliente en la tapa de un termo y se la pasó.
La enferma se la acercó a la boca y consiguió sorber un poco—.
Eres un ángel —dijo con la voz ronca—. Todos vosotros sois buenos samaritanos.
A Ralph le picaba el cuero cabelludo, una conexión de nervios le enviaba vibraciones de inquietud por todo el cuerpo. Sí, todo tenía que ser perfecto. Elizabeth no había mentido al decirlo. Querían ofrecerles un último destello de trascendencia a los que llevaban al bosque.
Esa parte del Bosque Nacional de Snoqualmie —la reserva que lindaba con Lock Haven, Washington, que estaba cercada por una valla metálica alta y cubierta de maleza y que era propiedad del clan McKinley— se extendía a lo largo de kilómetros por la vertiente occidental de la cordillera de las Cascadas.
Había un único camino de acceso, conocido en la zona como el sendero South Sunday.
Comenzaba al fondo de la finca McKinley, al otro lado de una verja de hierro oxidada que interrumpía el muro y que permanecía cerrada con llave todo el año.
La semana anterior, Graham McKinley Júnior y su hermano Maurice («Uf, qué capullos», era la reacción habitual de Luana al oír esos nombres, y Ralph estaba más que de acuerdo con su esposa) habían desenrollado unas enormes bobinas de cable eléctrico desde la caseta del generador, situada junto a la verja, y los habían escondido entre los arbustos a lo largo del sendero.
Marc Wachowski, el vecino de enfrente, colaboró con la decoración.
Habían colocado de manera estratégica unas trescientas luces LED a ambos lados del sendero; brillaban con suavidad y se atenuaban al ritmo de paisajes sonoros meditativos reproducidos a través de decenas de altavoces protegidos por carcasas impermeables.
Se habían adentrado sistemáticamente en el bosque desde la verja hasta el Lugar de la Calma (que Maurice McKinley insistía en llamar el Lugar de la Ejecución; «una de las razones —decía Luana—, aunque sin duda no la única, de su capullismo»).
Y, por último, habían colgado de los árboles más de mil doscientos tarros llenos de lucecitas eléctricas.
El resultado era mágico: a lo largo de sus más de tres kilómetros de extensión, el sendero South Sunday era un viaje entre luces hechizantes que parpadeaban en tonos rosas, azules y verdes al compás de la música.
Si cerrabas los ojos, te imaginabas caminando por un túnel de fuegos fatuos.
Ralph descubrió que tantísimas luces centelleantes juntas engañaban a los sentidos.
Casi dejabas de oír la lluvia torrencial.
Casi dejabas de ver las ramas sombrías y desnudas de noviembre que se balanceaban como brazos esqueléticos al límite de tu campo visual, y lo que se escabullía a toda prisa más allá.
Casi dejabas de ser consciente del hedor de la maleza y del subsuelo.
Eran una procesión de seis.
Ralph y Harry Aikman arrastraban entre ambos el palanquín, en cuyo asiento cubierto viajaba la señora Olsen Dickinson.
Harry delante, Ralph detrás. No pesaba mucho —la mujer estaba en los huesos—, pero la caminata era cuesta arriba y a Ralph se le habían entumecido las manos por la lluvia.
Elizabeth, la esposa de Harry, correteaba junto a la mujer enferma como un pomerania fiel, pero la estrechez del sendero la obligaba a esquivar los árboles o a caminar entre helechos que le llegaban hasta las rodillas y se había resbalado más de una vez.
Juliette McKinley, la tolerable hermana de los intolerables hermanos McKinley, iba delante con un farol.
Su esposa, Olivia Davis, cerraba la fila y Ralph la oía respirar con nerviosismo.
Aquel era el tercer año de Olivia en Bird Street y saltaba a la vista que se sentía incómoda. No era de extrañar.
Ann Olsen Dickinson era una sexagenaria sana cuando le diagnosticaron cáncer de cuello uterino en 2019.
La cirugía y los posteriores tratamientos de radio y quimioterapia surtieron el efecto esperado y le regalaron a Ann dos años relativamente buenos, aunque dentro de las limitaciones de la pandemia.
Pero en septiembre los médicos le habían descubierto metástasis en los pulmones y los ganglios linfáticos y le habían comunicado que los tratamientos solo aliviarían los síntomas. Le alargarían un poco la vida.
Los vecinos de Bird Street lo sabían porque Elizabeth Aikman era su cuidadora voluntaria a domicilio, asignada por el Centro Médico de la Universidad de Washington.
Ella le había administrado la morfina que, además de quitarle el dolor, la había liberado de cualquier tipo de inhibición.
En Elizabeth, Ann había encontrado alguien dispuesta a escucharla.
—Stanley se enteró de que había preguntado por la Ley de Muerte Digna. Y ¿adivina qué? ¡Ese puñetero imbécil hizo que me declararan incapaz! ¿No te parece increíble? ¡Cuarenta y un años de matrimonio y eso es lo que recibes a cambio! ¡Solo porque vamos a la misma iglesia que ese médico de mierda!
Ah, el grupo de vecinos sabía dos o tres cosas sobre la Ley de Muerte Digna del estado de Washington.
Así que entendían cómo el marido de Ann, tan abrumado por el dolor que había buscado consejo en Dios en lugar de en su esposa, la había utilizado con pericia para impedirle el acceso a un final digno y elegido por ella misma.
—Y ni siquiera está conmigo. Se va a dar largos paseos hasta el estrecho porque es incapaz de soportarlo. Pobre hombre, me da mucha pena. Pero no quiero esperar hasta que se me meta en los huesos. Hasta que mi cuerpo se canibalice a sí mismo gritando de dolor. ¿Qué clase de vida es esa?
Eso no era vida, había convenido Elizabeth.
Pero a lo mejor ella podía echarle una mano.
En aquel momento, la señora Olsen Dickinson estaba tan puesta de morfina que no sentía ningún dolor.
Mientras los vecinos la alejaban de la civilización, ella los deleitaba alegremente con la historia de su vida.
Elizabeth se encargaba de los «ooohs» y los «aaahs».
Ralph empatizaba, más de lo que le habría gustado, pero ir detrás del palanquín le hacía centrarse más en el esfuerzo físico que en el emocional, y eso le permitía dejar vagar la mente.
Se puso a pensar en las ballenas. En las orcas y en las jorobadas que los niños y ellos habían visto retozando por el estrecho de Puget hacía tres semanas.
Eso sí que fueron «ooohs» y «aaahs». Había sido durante una de las muchas excursiones dominicales que Luana y él planeaban todos los octubres con una determinación casi sombría.
Otras los llevaban al parque de tirolinas High Trek Adventure, cerca de Paine Field; al MoPOP y al Chihuly Garden and Glass, en Seattle; al Washington Serpentarium, en Monroe; y al Mini Mountain Indoor Ski Center, en Bellevue.
A sus diez años, Django seguía pensando que todo era genial, sobre todo la iguana que le habían dejado coger en Monroe: «¡A lo mejor me hace caca encima! ».
Para Kaila, en cambio, a sus quince años aquello significaba refrenar un aburrimiento catastrófico.
Argumentaba que las salidas familiares obligatorias la distraían de su rutina en el Aquatic Center del condado de King.
Kaila Lewis da Silva era saltadora de trampolín.
Sus entrenadores la estaban preparando para los Juegos Olímpicos de París 2024 y, de momento, todo parecía indicar que se clasificaría.
—Y, además —dijo una noche de octubre—, solo intentáis comprarme para aplacar la culpa, y no tengo ninguna intención de daros ese gusto.
Kaila era un ángel, una niña maravillosa, pero incluso en sus mejores momentos su franqueza adolescente podía resultar brutal. Luana le había levantado la voz y la había mandado a su cuarto.
—¡Vale! —gritó Kaila—. ¡Iba a irme a mi habitación de todos modos!
Y dio un portazo.
Fue Django quien rompió el silencio:
—Qué locura, ¿eh?
Pero Kaila tenía razón. ¿Acaso las salidas familiares no eran un esfuerzo bastante cursi por redimir lo irremediable?
Una tarde de avistamiento de ballenas o de esquí sobre una cinta transportadora no hacían gran cosa por aliviar el recuerdo de la Unidad de Crisis de Fairfax, la Unidad de Psiquiatría del Hospital Infantil de Seattle o las tres semanas en Stillwater, hacía dos años.
«Obvio», diría Kaila.
Tras dejarla reflexionar durante un lapso breve, Ralph había subido a su habitación.
—No quiero volver a confinarme —le dijo ella cuando ambos se sentaron en su cama—. No cuando mis amigos no tienen que hacerlo, para variar.
—Lo sé, cariño. Pero lo superaremos. Como siempre. ¿Sabes por qué?
—Porque nos queremos. Bla, bla, bla.
—Exacto. Y, oye, no puedes permitir que tu hermano se tire por esas tirolinas él solo. No parará de hablar de ellas en toda la semana.