Diario de una soltera convencida Epílogo
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Epílogo

Ocho años después…

Hoy es un gran día para Adrián y para mí.

No, no vamos a casarnos, eso ya lo hicimos hace siete años.

Justo un año después de aquella Nochevieja en la que fui a buscarlo a su casa.

Rodeados de la familia y los amigos más cercanos, nos dimos el «sí, quiero» en una ceremonia preciosa e íntima en un pequeño pueblo de la sierra de Madrid.

Fue simplemente perfecto, la boda con la que había soñado durante toda mi vida.

Tampoco vamos a tener un hijo, de hecho, ya tenemos dos.

Una preciosidad de cuatro años y ojos verdes como su padre, de nombre Irene, y un pequeñajo hermosísimo de apenas cuatro meses, llamado Gonzalo.

Con ellos dos, creo que Adrián y yo ya hemos contribuido, de momento, a mantener la tasa de natalidad española.

Además, también tenemos a Dani, un terremoto de casi trece años que apunta muy buenas maneras futbolísticas.

Su madre decidió regresar a vivir en Madrid, y eso favoreció que Adrián pudiera disfrutar de su hijo mayor, que pasaba largas temporadas con nosotros.

Y no vamos a montar nuestra propia empresa, eso también lo hemos hecho.

Tras conseguir mi carné como agente FIFA — ¡ s í , había hecho mi sueño realidad!

— decidimos abrir una agencia de representación de jugadores, y no nos podemos quejar, porque las cosas no pueden ir mejor.

Tenemos en nómina a algunos buenos jugadores de Primera División, y varias perlas y futuras estrellas.

Mi hermana Diana es nuestra más fiel colaboradora tras terminar la carrera de Derecho.

Entonces os preguntaréis… ¿qué pasa hoy?

Hoy es el último partido de Adrián como profesional.

A pesar de tener solo treinta y cinco años, el mundo del fútbol es así, y no perdona.

La última inoportuna lesión en su maltrecha rodilla ha hecho que llegue el día de la despedida.

Sin embargo, su carrera no ha podido ser más fructífera: ha ganado todos los títulos posibles tanto a nivel de clubs como de selecciones, además de un par de pichichis nacionales y una Bota de Oro europea.

Sé que va a ser un momento triste, y que habrá lágrimas, pero me siento muy orgullosa de él.

Después del partido, hemos preparado una fiesta sorpresa con sus compañeros, la familia y amigos.

Tenía intención de decir unas palabras, así que aquí estoy, delante de una hoja en la que solo he sido capaz de poner: «Adrián es…

» . Esto resulta más complicado que escribir mis votos matrimoniales.

Y eso que los votos me costaron lo suyo.

Aún recuerdo cuando Adrián me propuso que redactáramos nuestros propios votos. En un primer momento, lo contemplé con esa mirada de boba enamorada y me pareció lo más romántico del mundo, pero cuando me puse delante de una hoja a escribirlos, casi quise matarlo.

—Ana, ¿qué estás haciendo ahí sentada vestida de novia? —La voz de Diana había sonado a mi espalda aquel día—. ¡No me digas que estás trabajando el día de tu boda y con el vestido puesto!

—Espera, solo necesito cinco minutos más. —Diana se había acercado, decidida a levantarme, y entonces vio la hoja que tenía delante de mí—. No me puedo creer que no hayas escrito aún los votos. Ana, ¿te recuerdo que te casas en media hora?

—Calla, no me presiones más. No sé qué poner. De verdad, no sé en qué estaba pensando cuando a mi querido novio le dio por proponer lo de los votos, con lo fácil que habría sido un « sí, quiero » . No, ¡qué va! Él tenía que ponerse en plan romántico. Diana, ¿qué hago?

—Yo qué sé, yo no he escrito nunca unos votos y espero tardar en hacerlo . —Me guiñó un ojo—. Pero, Ana, hay una cosa que sí sé: habla con el corazón, y estoy segura de que lo que digas será precioso. —Me dio un beso y salió, dejándome sola delante de la hoja en blanco.

Llegué a la pequeña capilla que habíamos elegido para la boda aún sin saber qué iba a decir. Jamás olvidaré el escalofrío que me recorrió de la cabeza a los pies al ver a Adrián esperándome en el altar, mirándome con sus preciosos ojos verdes brillando de pura y radiante felicidad.

Cuando el cura nos dijo que podíamos recitar nuestros votos, Adrián tomó la palabra el primero:

—Ana, sabes que nunca he sido bueno hablando de mis sentimientos, pero si hay una cosa de la que no tengo dudas es de que te amo.

Te amé desde mucho antes de saberlo, de ser consciente de ello; te entregué mi corazón y mi vida casi desde el primer instante.

Gracias a ti he conocido el verdadero significado del verbo amar y contigo he aprendido a conjugarlo en todos sus tiempos. Ana, te amé, te amo y te amaré siempre.

Con lágrimas en los ojos y la voz ronca por la emoción, lo miré y las palabras brotaron solas:

—Llevo pensando en qué decir hoy desde el momento en que decidimos que cada uno escribiría sus votos.

¿Pero cómo se pone palabras a este amor que siento por ti?

El amor no es lógico ni entiende de reglas ni de pautas.

El amor de verdad, ese que pasa una vez en la vida, ese amor que traspasa la piel y la carne y se mete tan dentro que acaba por llenarlo todo y unirse a ti en cada poro de tu piel, es completa y absolutamente irracional, no entiende de palabras.

Ese es el tipo de amor que siento por ti.

Adrián, eres el gran amor de mi vida, mi presente y mi futuro.

No puedo esperar a comenzar el resto de mi vida junto a ti.

Vale, está bien, lo reconozco, somos unos cargantes, pero al final no me fue tan mal con los votos, ¿no?

Bueno , a mí me parecen los más bonitos que nunca nadie ha pronunciado, será porque son los míos, y son únicos.

Aún se me empañan los ojos cuando recuerdo las palabras de Adri án.

Han pasado muchos años y cada día estoy más enamorada de él. Este hombre me tiene loquita.

Toda la jornada de despedida está resultando tremendamente emotiva: el estadio, lleno hasta la bandera, y presentes todas las personas que quieren a Adrián.

Cuando termina el partido y Adrián da la vuelta de honor acompañado de sus tres hijos, no puedo evitar que se me empañe la vista.

Soy una sensiblera, lo sé, pero amo a mi marido y a mis hijos con toda mi alma.

Nunca pensé que pudiera llegar a ser tan feliz.

Como en cada partido desde hace ocho años , espero en la zona privada del estadio a que termine de vestirse y atienda a la prensa. Cuando llega a mi lado, me abraza con fuerza.

—Se acabó —susurra en mi oído. Me aparto de él, limpio las lágrimas que le bañan las mejillas y le doy un beso.

—No, cariño, ahora empieza todo —le digo mirándolo a los ojos.

—Lo sé, pero aun así duele. Esto es lo que llevo haciendo toda mi vida, desde que tengo uso de razón, y saber que nunca más volveré a pisar el césped de un estadio de fútbol duele.

—Te entiendo, mi vida, pero hay miles de cosas que vamos a hacer.

De momento, vamos a empezar por ir a cenar, ¿te parece?

¿Te apetece que vayamos al restaurante que tanto te gusta, al lado de casa?

Ya que es tu gran día, hoy decides tú. —Entrelazo mis dedos con los suyos de camino al coche y, como siempre, se amoldan a la perfección.

El restaurante está a rebosar de gente cuando llegamos. Hay montones de coches en el parking , pero por suerte Adrián no se da cuenta de que todos son vehículos conocidos.

—Ana, creo que hoy no vamos a poder cenar aquí. ¿Has visto có mo está? Eso significa que está lleno.

—Bueno, vamos a intentarlo. Solo somos dos, entramos en cualquier sitio. Además, me apetece tomar ese risotto de gambas tan rico.

—¿Estás de antojo? ¿No tendrás algo que contarme? —pregunta con picardía. Está deseando tener más hijos. Si por él fuera, ya tendríamos un equipo de fútbol.

—No, tranquilo, cielo. Con Irene y Gonzalo ya he cubierto mi cupo de embarazos.

—Nunca se sabe, cariño. —Me da un beso antes de entrar al restaurante—. Vamos a ver si nos dan de cenar; me muero de hambre.

Entramos y solicitamos una mesa para dos. En cuanto el encargado, que ya está aleccionado, ve a Adrián, sabe lo que tiene que hacer.

—Por supuesto, mesa para dos. ¿Me acompañan por aquí?

Nos lleva a través del comedor hasta el fondo del restaurante. Muchos de los que cenan allí se giran al ver entrar a Adrián; ya estoy acostumbrada al murmullo que acompaña su entrada en cualquier sitio. El encargado abre las puertas de lo que parece un reservado.

—No hace falta un reservado, de verdad, muchas gracias —dice Adrián cuando intuye sus intenciones.

Todos gritan al vernos llegar. Adrián se queda en la puerta, de piedra.

Allí están sus compañeros, nuestros amigos con sus respectivas parejas e hijos y, por supuesto, toda nuestra familia: mis padres y hermanos, además de Pablo y los suyos.

Encima de la que va a ser nuestra mesa hay una gran pancarta que proclama: « Te queremos, Adrián. Mucha suerte, campeón » .

— ¡ Sorpresa! —digo mientras le cojo la mano.

—Pero…

— ¿ Pensabas que alguien te iba a dejar solo en este día? Todos te quieren, y quieren demostrártelo.

—Has sido tú, ¿verdad? —Me encojo de hombros a la vez que me atrae hacia él para abrazarme—. Te quiero, lo sabes, ¿ verdad?

—Sí, cariño. Y yo a ti. —Trato de darle un beso, pero un par de manitas nos separan.

—Papi. —Irene se ha soltado de la mano de mi madre y ha salido corriendo hacia nosotros. Se sube en brazos de su padre, al que abraza y da un beso en la mejilla—. Sorpresa, mira cu á nta gente, es una fiesta para ti.

—Gracias, mi vida —responde al beso de su pequeña.

—Dani y yo tenemos una cosa para ti, pero mamá me ha dicho que es un secreto.

—Vale ya, pequeñaja. —Tomo en brazos a mi hija antes de que nos estropee la sorpresa—. Se lo vas a contar antes de tiempo. Venga —me dirijo a Adrián—, saluda a todos.