Epílogo #2
Hemos preparado un cóctel para comenzar, así Adrián puede ir saludando a todos los que allí se han reunido.
Después de una exquisita cena, y tras los postres, empiezan los brindis, las lágrimas y las risas.
Primero, toma la palabra el capitán del Madrid, y uno de sus mejores amigos en la plantilla.
Tras sus palabras, proyectan en una pantalla, instalada para la ocasión, un v í deo con sus mejores momentos en el Madrid y en la Selección. Después, es Pablo quien coge el micro.
—Para mí, Adrián es más que un amigo; es mi hermano.
Adrián es mi otra mitad. Lo siento, Ana.
—Me guiña un ojo—. Ya sé que pensabas que Adrián era tu alma gemela , pero siento decirte que también es la mía.
Hablando en serio, Adrián es esa parte de mí que ha conseguido triunfar y llegar a lo más alto, y del que me siento muy orgulloso.
Hace unos años estuve a punto de perderlo por culpa de los celos y, después de todo lo que pasó, cuando lo necesité, él estuvo a mi lado sin dudarlo.
Te lo he dicho mil veces en privado, pero hoy quiero hacerlo delante de todo el mundo: lo siento.
Siento haberme comportado como un gilipollas, y, sobre todo, gracias por perdonarme.
Creo que Adrián es una de las mejores personas que he conocido en mi vida, de esas que te llenan con su sola presencia.
Amigo, hoy termina nuestra carrera, pero empieza lo mejor: vamos a disfrutar lo que el futuro nos ha puesto en el camino. Te quiero, hermano.
Tras escucharlo, Adrián se levanta y lo abraza.
Por fin, estoy segura de que todo está olvidado entre ellos, y me alegra ser testigo de ello.
Pablo vuelve a sentarse a su mesa con los ojos enjugados en lágrimas, Ashley, su mujer, se acerca y las limpia con cariño a la vez que le da un beso lleno de amor.
Tras todos estos años, puedo respirar tranquila, pues ellos también han sido capaces de superar todas las zancadillas que la vida les ha puesto por delante y son felices.
Pero los momentos emotivos no han hecho más que empezar. Cuando vuelve a sentarse, llega mi turno. Estoy incluso más nerviosa, si cabe, que el día de nuestra boda. Tomo aire.
—Creo que ha llegado mi turno. No sé si seré capaz de igualar a Pablo —bromeo devolviéndole el guiño—, pero voy a intentarlo.
Hace unos nueve años , yo era una persona diferente a quien soy hoy en día, era una neurótica obsesionada por el trabajo; había dejado de creer en las personas y, sobre todo, en el amor.
Me vanagloriaba de ser una soltera convencida (no solterona), cuando la realidad era que estaba sola.
Entonces apareciste tú, Adrián, y me enseñaste que a personas como yo también pueden pasarles cosas bonitas.
No tengo palabras para describir lo profundamente orgullosa que me siento de ti, porque desde ese momento amé al maravilloso futbolista que eras y que, poco a poco, a base de trabajo duro, había ido cumpliendo sus sueños.
Pero, sobre todo, amé al hombre que querías ser y al hombre que ya eras, el hombre que se convirtió en el amor de mi vida, en un marido increíble y un padre aún mejor.
Adrián, no sabía cómo poner en palabras todo lo que siento por ti y lo que me has dado a lo largo de estos años, así que esta es la mejor forma que he encontrado.
Las luces del salón se apagan, y en la pantalla, con Ronan Keating cantando de fondo su archiconocido When you say nothing at all , nuestra canción, empieza a reproducirse el montaje de fotos que he preparado.
Fotos de todo tipo: de nuestra boda, de nuestros viajes, de navidades en familia, el nacimiento de nuestros hijos, momentos de risas en casa, celebraciones por los triunfos…
Fotos y más fotos de esa maravillosa vida que hemos construido juntos a lo largo de los años.
Creo que cuando la música termina y las luces vuelven a encenderse, m ás de la mitad de la sala está emocionada.
—Adrián —intento continuar, pero se me rompe la voz por la emoción—, hace un rato, cuando ha terminado el partido, me has abrazado y me has susurrado que se acabó. No, cariño, esto solo acaba de empezar. Hoy empieza la segunda parte del resto de nuestra vida juntos. Te quiero.
Adrián se acerca y, con lágrimas en los ojos, me besa y abraza. Después vienen más regalos, un dibujo hecho por Irene de Adrián y todos sus trofeos, y el balón firmado por sus compañeros, que Dani ha cogido tras el partido.
Ha sido una noche intensa, y ambos estamos destrozados cuando llegamos a casa.
Tras acostar a los niños, por fin nos quedamos solos.
Abrimos una botella de vino y nos sentamos en las banquetas que rodean la isla de nuestra cocina.
Adrián comienza a besarme con suavidad. Recorre mis labios con tranquilidad, deleit ándose en su forma y su sabor, s in prisa, como los años juntos nos han enseñado a amarnos.
—Gracias —dice apartándose y mirándome con esos ojos verdes que son mi perdición—, y no solo por lo de esta noche. Gracias por haber ido a buscarme esa Nochevieja, gracias por aceptar casarte conmigo, gracias por darme unos hijos tan maravillosos y, sobre todo, gracias por amarme.
—Gracias a ti, mi amor, por ser más de lo que nunca soñé.
—Espera un momento aquí. —Baja de la banqueta de un salto—. Tengo una cosa para ti.
—Pero, Adrián…
No puedo añadir nada má s. Mi marido ya sube las escaleras y ha desaparecido de mi vista, así que me deshago de los tacones sobre los que llevo horas, vuelvo a sentarme y me entretengo quitándome las horquillas del pelo.
No tengo ni la más remota idea de qué está planeando Adrián, pero, conociéndolo, puede ser cualquier cosa.
Apenas unos minutos después baja con una caja en las manos y esa sonrisa pícara que siempre lo ha caracterizado y de la que me enamoré locamente.
—Toma —dice tendiéndome la caja.
—¿Qué es esto? —pregunto extrañada—. Se suponía que hoy eras tú el chico de los regalos, no yo. —Sonrío mientras tomo la caja y empiezo a romper el papel que la envuelve.
—Lo encargué hace meses, pero llegó hace unos días. Tenía pensado dártelo en Navidad, sin embargo, no he podido esperar tanto tiempo.
—Estás muy tonto, cariño.
Me quedo sin palabras cuando veo el contenido de la caja: tres preciosas bolas para el árbol de Navidad elaboradas en cristal, simulando un balón de fútbol, con los nombres de nuestros hijos: Dani, al que siento como mío propio, Irene y Gonzalo.
—Hace unos años, pasamos uno de esos días inolvidables que hemos vivido juntos buscando una estrella para el árbol de Navidad; ese día me di cuenta de que me estaba enamorando de ti.
Llevo desde entonces buscando algo especial, que sea solo tuyo y mío, para que lo tengas siempre, y que al verlo recuerdes todo lo que significas para mí. Eres el amor de mi vida, Ana.
Con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta, me abrazo al hombre que tengo frente a mí y que, de vez en cuando, es tan tierno que parece sacado de una novela romántica.
—Adrián, no sé qué decir. —Alzo la cabeza para mirarlo y hablo mientras sigo unida a su cuerpo—.
No tengo que decirte lo que, en su momento, esa estrella significaba para mí porque me la había regalado Diego, pero después de todo lo que descubrimos sobre Paola y él, y aunque con el paso de los años he aprendido a olvidar y perdonar, quiero que tengas esto muy claro: ni él, ni esa historia, ni esa estrella llegaron nunca a significar ni la millonésima parte de lo que tú representas para mí.
Sabes que te quiero como no he querido a nadie.
Gracias por el regalo que me diste cuando te atreviste a amarme.
Baja la cabeza y me besa con dulzura. No es un beso espectacular ni arrollador, solo un leve roce de labios, pero hace que a mí se me erice hasta el último poro de la piel; ese es el efecto que Adrián siempre ha tenido en mí.
Esa sensación a la que durante un tiempo tuve miedo de poner nombre, y que no es más que, simple y llanamente, amor del bueno.
Seguimos abrazados hasta que empiezo a notar c ó mo el cuerpo de mi marido comienza a sufrir leves espasmos. Me aparto para mirarlo, extrañada; él me mira también y empieza a carcajearse.
—Míranos, ¿cuándo nos hemos vuelto tan moñas? — dice a la vez que se ríe con su sonrisa de diez mil voltios.
—¿Cómo que moñas? —protesto, echándome yo también a reír.
Sí, somos un par de moñas de mucho cuidado, pero no puedo evitar ser feliz.
Llevo ocho años siendo realmente feliz junto a Adrián; ha habido momentos malos, hemos tenido nuestras broncas, no obstante, si algo he aprendido con él, es que todas las cosas malas pasan, y que la risa es la mejor medicina.
Seguimos un rato más así, entre besos y más risas.
Después de una mirada intensa y un silencio previo, vuelve a besarme, esta vez con pasión y deseo.
Agarra el bajo del vestido que llevo para sacarlo por encima de mi cabeza, y, sin separarme de sus labios, me cuelgo de sus brazos y enredo mis piernas en su cintura.
—¿Sabes una cosa? Hace mucho que no te hago el amor ahí. —Señala travieso la encimera.
—Pues hazlo —es mi respuesta mientras le quito la camiseta y me pierdo, una vez más, en su cuerpo.
Fin