Capítulo 73
—Hola, Ana —saludó Pablo cuando abrí la puerta—. Sé que probablemente soy la última persona a la que esperabas ver, pero necesito hablar contigo. ¿Puedo pasar?
—Sí, claro, pasa. —Me aparté a un lado y entró en la casa que un día compartimos—. ¿Cómo estás? Adrián me contó lo del accidente.
—Bien, ya estoy recuperado.
—Me alegro. ¿De qué querías hablar, Pablo? Ceno donde mis padres y debería salir ya.
—Siempre directa, ¿eh? He venido para hablarte de Adrián.
—No, Pablo, las cosas entre nosotros están muy claras. Ya no siente nada por mí, me lo dejó muy claro anoche, y yo debo continuar con mi vida. Lo nuestro nunca pudo ser. Cuando una historia tiene tantos impedimentos es porque está predestinada a no tener un final feliz.
—¿Que ya no siente nada por ti? Adrián nunca ha dejado de estar enamorado de ti, y se está volviendo loco con toda esta situación. Ha llegado a casa esta mañana; no lo habíamos visto desde que ayer nos dejó a Dani. Me ha contado todo, está destrozado.
—Yo también lo estoy, pero esta vez fue él quien se marchó. Además, me dijo que había otra persona en su vida. He vuelto de Londres por él, para recuperarlo, pero…
—Ana, te creía más inteligente. ¿De verdad no lo entiendes?
¿No sabes lo que supuso para Adrián que te marcharas?
Todas las personas importantes de su vida lo han abandonado antes, Ana, y tú, la única mujer de la que se ha enamorado de verdad, la mujer a la que adora, de la noche a la mañana desaparece del mapa sin dar señales.
¿No crees que eso ya lo había vivido antes?
Una imagen de lo que parecía siglos atrás cruzó mi mente. Pablo y yo sentados en un restaurante mientras él me contaba la historia de Adrián. Entonces lo comprendí todo.
—¡Mierda, su madre!
—Exacto, Ana. El dolor lo está comiendo por dentro, lleva meses sin ser él mismo. No hay nadie en su vida; no se ha acercado a una mujer desde que estuvo contigo. Te aseguro que no podría estar con alguien cuando solo tiene ojos para ti. Adrián te ama y daría la vida por ti, esa es la única verdad.
—Yo también lo quiero, Pablo. —Noté cómo mis mejillas estaban ya húmedas—. Lo quiero con toda mi alma. Eres la última persona a quien debería decir esto, pero nunca he querido a nadie así en toda mi vida.
—¿Se lo has dicho?
—No —tuve que admitir.
—Hazlo, Ana, lucha por Adrián, lucha por vuestro amor. Ambos os lo merecéis. No dejes que el miedo o el orgullo acaben con un amor como el vuestro.
Me abracé a él. Ese era el hombre del que una vez creí enamorarme y al que, por mis propios miedos y dudas, hice tanto daño.
—Bueno, yo también tengo que irme. Cenamos todos en casa de Adrián, por si te interesa. —Me guiñó un ojo y fue hacia la puerta. Antes de salir se dio la vuelta—. ¿Te puedo hacer una pregunta? —Asentí—. Has dicho que jamás has amado a nadie como a Adrián, ¿llegaste a quererme en algún momento?
—Sí, Pablo, te quise mucho, pero…
—Ya, el amor es otra cosa, y para ti es Adrián. Contra eso no se puede luchar.
—Lo siento, nunca te he pedido perdón por el daño que te causé. Fui una egoísta, me comporté como una niña e hice aquello que siempre había criticado en los demás. Al final, solo conseguí que todos saliéramos heridos.
—El pasado es pasado, Ana. Miremos solo al futuro, ¿de acuerdo? —Se acercó y me dio un beso en la mejilla—. Feliz año, Ana.
—Feliz año, Pablo. Y gracias.
Eran las siete de la tarde y seguía dándole vueltas a las palabras de Pablo.
Le había contado todo a Diana, pero únicamente me miró y me dijo que hiciera lo que mi corazón me dictase.
Si amaba a Adrián, sabía lo que tenía que hacer.
Estaba buscando un pañuelo en el bolso cuando mi mano tropezó con un trozo de papel; me quedé mirándolo extrañada, y entonces lo reconocí.
Era el autógrafo que, hacía más de un año, Adrián me había firmado en aquella cafetería.
Debí de haberlo guardado en ese bolso, donde había permanecido todo ese tiempo.
Ni siquiera sabía qué había puesto. Lo abrí y leí lo que había escrito:
La felicidad es la ausencia de miedo. Atrévete a buscar cada día la tuya.
Adrián
Lo releí cien veces y, entonces, me percaté de que había terminado con el miedo.
Pablo tenía razón, y mi hermana también: si quería recuperar a Adrián, tenía que ser sincera y exponerme.
Abrir el corazón y el alma y decirle de una vez que lo quería.
Y sabía cómo hacerlo. Saqué del bolso el móvil y el discurso que me había preparado para Adrián, y empecé a escribir un WhatsApp detrás de otro.
Adrián, lo siento. Durante años cerré mi corazón con llave y la tiré al pozo más profundo que encontré, y entonces llegaste tú.
Poco a poco, con detalles, con gestos, con miradas, con tu forma de ser, encontraste esa llave.
Jamás pensé que volvería a enamorarme, pero ahora me doy cuenta de que no podía estar más equivocada, porque jamás en la vida he amado a alguien como te amo a ti.
A pesar de las lágrimas, que me impedían ver con claridad, seguí tecleando.
Sí, Adrián, esa es la única verdad. Te quiero, te quiero y te quiero. Y si es necesario que lo repita mil veces, lo haría por ti, mi amor. Porque ahora sé que la vida no vale nada sin ti, porque el mundo es un lugar demasiado oscuro en el que vivir y necesito de tu luz para guiarme por él.
Tenía que terminar de decirle todo lo que no había sido capaz de decirle en persona.
Adrián, mi orgullo, mi miedo y mi intransigencia hicieron que me marchara una vez; no volveré a hacerlo jamás. Te prometo que, si me perdonas, jamás dejaré de amarte ni me separaré de tu lado. Te quiero.
Los minutos pasaban y no obtenía respuesta. Sabía que Adrián había recibido y leído mis mensajes, el famoso doble check azul aparecía junto a ellos, pero no había respuesta alguna. Ni una palabra, un simple icono…, ¡algo! Apenas si probé bocado durante la cena; no podía, necesitaba a Adrián.
«¡Espabila, Ana! ¿Eso es todo lo que vas a hacer para impedir que el amor de tu vida se escape?».
Y entonces lo hice… Llamé un taxi y salí corriendo de casa de mis padres.
Tenía que ver a Adrián, tenía que decirle que lo quería, que llevaba más de un año haciéndolo.
Que siempre había sido él, a pesar de Pablo, a pesar de todo, él era el único por el que mi corazón latía.
Lo había dejado escapar meses atrás y no iba a permitir que nada ni nadie volviera a apartarme de su lado de nuevo, porque, ahora lo sabía, mi vida no tenía sentido sin él.
Miré el reloj al tomar el taxi, eran más de las once y media, lo que significaba que tenía menos de media hora para llegar.
Faltaba un minuto para que terminara el año, y allí estaba, esperando recomponer las piezas de un puzle que yo misma había deshecho.
Empujé la verja de entrada, que estaba abierta, y subí corriendo hasta la puerta principal.
Desde fuera oía los gritos del interior; estaban a punto de empezar las campanadas.
Respiré hondo y llamé al timbre con fuerza, como si me fuera la vida en ello.
Pude escuchar el repique de los cuartos, pero la puerta seguía sin abrirse…
¡Mierda! Volví a llamar con más insistencia.
Sonó el inconfundible sonido de las campanadas.
¡Talán!… «Por favor, Adrián». Dejé pegado el dedo al timbre. ¡Talán! «Por favor, Adrián, te quiero, abre» … ¡Talán!… No podía perderlo. «Adrián» … ¡Talán!
Y la puerta se abrió al fin, y allí lo tenía, frente a mí, mirándome con sus preciosos ojos verdes. Esos ojos en los que tantas veces me había perdido y que conocía a la perfección, esos ojos que eran mi debilidad y mi pasión, esos ojos que ahora me miraban con sorpresa e incredulidad.
—¿Ana? ¿Qué estás haciendo aquí?
Se terminaron las dudas y los miedos, y el orgullo desapareció y vi un atisbo de sonrisa en sus labios al ser consciente de que estaba allí, frente a él de nuevo. «Solo tenías que llamar a mi puerta y habría sido tuyo», recordé sus palabras.
—Hacer lo que debería haber hecho hace mucho tiempo.
Lo abracé y uní mis labios a los suyos en un beso lleno de amor, de deseo, de admiración y de tantas otras cosas que necesitaría toda una vida para poder explicar.
Un beso que llegaba tarde, pero que finalmente había llegado.
Cuando nos separamos, Adrián apartó un mechón de pelo rebelde de mi cara y lo puso tras mi oreja en el más tierno de los gestos.
—Dicen que más vale tarde que nunca, ¿no? —Me miró con una sonrisa de diez mil kilovatios.
—Te quiero. —Una lágrima resbaló por mi mejilla, y él la recogió con un dedo—. Siento haber tardado tanto en decirlo.
—Est ás aquí , y eso es lo importante. El resto ya no importa, mi vida. Yo también te quiero, Ana. —Me abrazó de nuevo—. Feliz año nuevo.
—Feliz a ño nuevo , mi amor.
Me atrajo de nuevo hacia su cuerpo, cerró la puerta de la casa y me besó. Al hacerlo, me di cuenta de que había llegado al final de mi viaje, porque ya estaba en mi hogar.
Y eso fue todo. Finalmente, mi diario de soltera convencida no había resultado como yo lo había planeado.
Pero eso es lo bueno de la vida, ¿no? Te sorprende de miles de formas diferentes cada día.
Hace de alguien que reniega de los cuentos de hadas, de las princesas y del amor, protagonista de la más bella de las historias.
Porque, sí, había encontrado a mi príncipe azul y, sí, había tenido mi final feliz.