Diario de una soltera convencida Capítulo 72
96%

Capítulo 72

Ya estaba, todo se había acabado. Adrián ya no sentía nada por mí, lo había dejado muy claro y no solo con sus palabras, sino también con su actitud. «Resignación, Ana». Tuve mi oportunidad con él y la perdí, lo dejé escapar, y ya era muy tarde. Además, había otra persona en su vida.

Desde que habíamos vuelto a Madrid, Diana estaba instalada conmigo en el ático, pero esa noche había salido con sus amigos, así que estaba sola en casa sin ganas de hacer nada.

Tras darme una ducha, simplemente me puse el pijama y me metí en la cama.

No quería hablar con nadie ni tenía ánimo para prepararme la cena.

Las palabras de Adrián aún retumbaban en mi cabeza.

«Pero yo, no. Ya no siento nada, Ana».

Finalmente, caí rendida al sueño hasta que un estruendo me despertó.

Asustada, di un salto en la cama tratando de localizar de dónde venía el sonido.

El ruido me martilleaba la cabeza. ¡El teléfono!

Mala señal; había pasado algo. Miré el despertador de mi mesilla, las tres de la mañana.

Otra vez volvió el ruido, pero no era el teléfono: era el timbre de mi casa.

Salí corriendo de la cama y abrí la puerta sin mirar.

¿Le habría pasado algo a Diana? No me esperaba lo que vi al abrir la puerta, y mucho menos después de lo sucedido.

Era Adrián. ¿Qué hacía allí en mitad de la noche?

Llevaba la misma ropa que esa tarde, sin embargo, la mirada en sus ojos era diferente.

Me miraba como si nunca me hubiera visto, pero también con mucho dolor.

—Adrián, ¿ha pasado algo? ¿Estás bien? ¿Es Dani?

—Están todos bien. ¿Por qué has vuelto? —soltó de sopetón.

—Ya te lo he dicho, he venido a pasar las fiestas con mi familia.

—Ana, ¡basta de juegos! ¿Por qué has vuelto? Y quiero la verdad.

—¿No es obvio, Adrián? He vuelto por ti. No podía seguir alejada. En Londres entendí que mi vida estaba a tu lado, y que tú eras todo lo que necesitaba.

—¿Y tuviste que marcharte hasta Londres para darte cuenta de eso? ¿No podías hacerlo aquí, en Madrid, a mi lado? Tenías que salir huyendo.

—Lo siento, Adrián. No sé cuántas veces voy a tener que disculparme, pero lo haré mil veces si es necesario. Me equivoqué, lo siento…

—¡Si solo hubieras abierto la maldita puerta! —Golpeó la pared, haciendo que yo diera un bote por la impresión.

—Lo sé, Adrián, sé que lo hice todo mal. Me ha costado mucho tiempo darme cuenta de que en esta historia los dos cometimos errores.

—Ana… —Su gesto cambió del enfado al sufrimiento; podía ver cómo luchaba por controlar sus emociones, y sus ojos verdes brillaban presos de esos mil sentimientos—.

¿Sabes lo mal que lo pasé cuando me enteré de que te habías ido?

Ni siquiera tuviste el valor de decirme que te marchabas, tuve que enterarme por tu perfil de Instagram.

¡Por tu Instagram! Así me enteré de que la mujer a la que amaba con todo mi corazón no soportaba vivir no ya en la misma ciudad que yo, ni siquiera en el mismo país.

¿Sabes la cantidad de noches que he acabado delante de tu casa, solo en el coche, preguntándome por qué?

Por qué habías destrozado lo nuestro justo cuando estaba empezando.

Ana, no tienes ni idea de lo que me dolió.

Te declaré mi amor delante de los ojos de medio mundo, y a ti te dio igual.

—¿Que me dio igual? Adrián, no tienes ni idea de lo que he llorado por ti durante estos meses, creo que hasta se me han secado los ojos de todas las lágrimas que he derramado.

—¿Y por qué no volviste? Solo tenías que llamar a mi puerta y habría sido tuyo, sin importarme nada, sin preguntas.

—¿Por qué no entras y hablamos tranquilos? —Noté el frío de la noche filtrándose por la puerta—. Prepararé café, o podemos abrir una botella de vino o…

—No. —Su seca respuesta me dejó aún más helada—. No puedo entrar, Ana. No puedo porque… —vi cómo tragaba saliva— si entro, voy a cogerte en brazos, voy a deshacerme de ese pijama y te voy a hacer el amor sobre esa encimera como lo hice aquella madrugada.

—Pues hazlo. —Sentí que se me cortaba la respiración—. Hazlo, Adrián.

Entró en casa y me atrajo hacia él de un tirón.

Me devoró los labios y yo me dejé llevar, con ansia, con pasión, con deseo.

Oí el ruido de nuestros dientes al chocar por encima de nuestras pesadas respiraciones, cada vez más alteradas.

Quería sentir sus labios por todo mi cuerpo, sus manos sobre mi espalda.

Con un solo movimiento, me quitó la camiseta del pijama, y mis pechos quedaron expuestos ante él.

Besó y mordió con devoción el pezón ya endurecido de uno de ellos, y yo me retorcí ante el contacto.

Me agarré a sus brazos y enrosqué las piernas alrededor de sus caderas; llegamos hasta la encimera y me dejó sobre ella.

Sentía mi cuerpo arder bajo sus manos, y entonces se paró.

—No, no puedo hacerlo. —Se alejó con la respiración tan fatigada como la mía—. No puedo, Ana.

—¿Por qué no, Adrián? ¿Ya no me deseas?

—Claro que te deseo, con cada centímetro de mi puto cuerpo, ¿no lo entiendes? Pero no puedo, tengo que irme, salir de aquí antes de que…

Salió de mi casa cerrando la puerta tras de sí y dejándome sobre la encimera, el pulso a mil y sin poder respirar a causa de la excitación.

Mis ojos se llenaron de lágrimas por el deseo frustrado y la impotencia.

Bajé de la encimera, busqué la camiseta que Adrián me había arrancado y volví a la cama, donde solo pude tumbarme y llorar.

Me había equivocado: no se me habían secado las lágrimas, aún me quedaban muchas.

Así me encontró Diana cuando llegó a casa; entró en la habitación y, sin decir nada, se tumbó a mi lado y me abrazó.

Os podéis imaginar mis ganas de celebrar la Nochevieja después de lo que había ocurrido.

Me quedé mirando mi reflejo en el espejo; con un vestido rojo y negro de manga larga y unos zapatos de tacón, no era capaz de reconocerme en esas facciones.

Me parecía increíble que un año atrás las cosas hubieran sido tan diferentes.

Había pasado un día maravilloso con Adrián, y esa noche, después de las campanadas, había sentido por primera vez ese escalofrío recorriendo mi cuerpo; unas horas más tarde habíamos estado a punto de besarnos.

Miles de recuerdos y de sensaciones se agolparon en mi memoria en ese instante.

¿Qué habría pasado si ese día nos hubiéramos besado?

¿Estaríamos juntos ahora o tal vez no? Todo eso no eran más que preguntas sin respuesta.

Llamaron a la puerta y fui a abrir. Al echar un vistazo por la mirilla, me quedé sin habla; no esperaba esa visita.