Diario de una soltera convencida Capítulo 71
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Capítulo 71

Aparcamos en el parking de un centro comercial a las afueras de Madrid.

Era uno de esos centros exclusivos, lleno de tiendas de las mejores firmas de moda, donde la clientela habitual estaba compuesta por futbolistas, actores y famosos de todo tipo.

Entramos en una cafetería y nos sentamos en una de las mesas más alejadas de la entrada; si quería hablar con sinceridad, necesitaba estar lejos de miradas indiscretas.

En menos de un minuto, un camarero ya nos había tomado nota, dos capuchinos, y se alejaba hacia la barra.

La cafetería era preciosa: decorada en tonos marrones y ocres, mezclaba lo moderno con toques clásicos a la perfección.

—¿Qué tal está Dani? —pregunté para romper el hielo. En el coche apenas si habíamos cruzado dos palabras.

—Bien, muy mayor. —Se le iluminaron los ojos al hablar de su hijo—. Está muy alto y grande. Teníamos pensado que pasara el verano conmigo, pero ahora, tras la llamada de la Selección y con el Mundial el año que viene, no sé si será posible.

—Ya, entiendo. Estarás emocionado con la idea de debutar con la Selección, ¿no?

—Me hace muchísima ilusión. A ver si todo va bien, no se queda en solo una convocatoria, y puedo llegar a jugar el Mundial.

—Estoy segura de que lo conseguirás.

El camarero nos interrumpió al traernos los cafés. Junto a cada taza dejó unos pequeños bombones; eran mis preferidos.

—Toma —dijo Adrián regalándome su bombón—, sé que te encantan.

¿Aún se acordaba de ese detalle? Era una buena señal, ¿no?

—¿Y tú qué tal? Vi por tus redes sociales que te habías mudado a Londres.

—Sí, mi hermana Diana consiguió una beca Erasmus y después de… —Carraspeé incómoda—. Bueno, de todo, necesitaba salir de Madrid, y ya que no tenía trabajo, decidimos que me mudaría con ella un tiempo.

—¿Y qué tal por allí? ¿Has encontrado trabajo?

—Sí, más o menos. Colaboro en la universidad en la que estudia mi hermana como profesora suplente, y eso me deja tiempo para estudiar. Estoy preparando el examen para agente FIFA . Me presento en la próxima convocatoria.

—Al final te decidiste a hacerlo. —Una sonrisa sincera, la primera que me dedicaba, apareció en su rostro—. Me alegro. Ese era tu sueño, estoy seguro de que lo conseguirás. Si alguna vez necesitas ayuda, algún contacto, dímelo. Estaré encantado de echarte una mano.

—Gracias. Pero primero tengo que aprobar.

—Seguro que no tendrás problema, te conozco.

La conversación parecía normal, pero sabía que no lo era.

Nos tratábamos como dos extraños, demasiado educados, correctos, como si decir una palabra fuera de lugar pudiera destruir ese ambiente de buen rollo que habíamos creado.

Pero yo necesitaba decirle otras cosas. No quería hablar ni de Londres ni del examen ni de otra cosa que no fueran él y el amor que sentía por él.

—Adrián —me lancé por fin—, quería verte, sobre todo, para pedirte perdón.

—Ana, déjalo. —Su gesto se torció al entender mis palabras y lo que estas significaban.

—No puedo, Adrián. Aquella noche me comporté como una niña.

Me abriste tu corazón, y yo no hice nada más que esconderme tras una puerta sin tan siquiera dar la cara.

Me pediste perdón mil veces y, sin embargo, yo no quise escucharte.

Lo siento, Adrián, no sabes las veces que me he arrepentido de no abrir esa puerta y…

—Es pasado, Ana. Ya está, pasó. Te mentí, te engañé, no me perdonaste y se acabó lo nuestro. Ana, el amor no siempre es suficiente para que dos personas estén juntas, y tú me enseñaste eso. No removamos el pasado, ¿de acuerdo?

—Pero yo necesito decirte muchas cosas.

—Ana, no quiero escucharlas, por favor, déjalo.

—¿Hay otra persona? —Noté cómo el miedo a su respuesta comenzaba a atenazarme.

—¿Qué quieres decir?

—Que si estás saliendo con alguien. Si te has enamorado de otra mujer.

—Hay alguien, ya sabes, como siempre, pero nada serio. —Esas palabras cayeron como una losa sobre mí—. Ana, tengo que marcharme —dijo mirando el reloj—. He dejado a Dani en casa de Marta y no quiero ir muy tarde a recogerlo.

—¿Marta? ¿La hermana de Pablo? —Eso sí que no me lo esperaba—. ¿Sigues teniendo relación con ella?

—Sí, aún siguen siendo mi familia. —Se calló un segundo, como si sopesara sus siguientes palabras—. Y Pablo también.

—¿Cómo? —Levanté la voz más de lo que esperaba—. Después de todo lo que pasó, no me puedo creer que…

—Han pasado muchas cosas en estos meses, Ana.

Pablo estuvo a punto de morir en un grave accidente de tráfico.

—Lo miré esperando que continuara—. Iba tan borracho que se saltó la mediana, condujo en dirección contraria varios kilómetros y, al final, chocó con un camión.

Estuvo en coma más de un mes; su hermana me llamó para contármelo, y fui al hospital.

A pesar de todo, Pablo había sido como un hermano para mí, y su familia es lo único que conozco como tal.

Prácticamente me criaron, y no pude dejarlos tirados en esos momentos.

Cuando finalmente Pablo despertó, me pidió perdón por todo, hablamos largo y tendido, y al final nos perdonamos mutuamente.

Las cosas nunca volverán a ser como antes, pero trabajamos en ello cada día.

—Me alegra saber que está bien y que os habéis perdonado, eso es lo importante. Nos vamos cuando quieras.

Pagó los cafés y salimos de la cafetería en silencio.

Según nos íbamos acercando a mi casa, sabía que mi tiempo se agotaba.

Si quería que Adrián volviera a mi lado, iba a tener que recurrir a algo más que un «lo siento».

Dios, ¿por qué me costaba tanto decir que lo quería si cada poro de mi piel lo gritaba sin piedad?

—Ya hemos llegado —dijo cuando paró frente a mi casa.

—¿Quieres subir?

—No, gracias, tengo que irme. Me ha gustado mucho volver a verte.

Se acercó para darme dos besos y se los devolví con el alma en vilo. «¡Hazlo, Ana, díselo!».

Abrí la puerta del coche y, cuando iba a poner un pie fuera, regresé dentro y la cerré.

—No puedo, Adrián.

—¿Qué es exactamente lo que no puedes, Ana? —Su semblante cambió al escuchar mis palabras.

—Dejarte ir así, sin decirte realmente lo que siento. Me arrepentí de no abrir esa maldita puerta antes de que te fueras. Tenía miedo, pero ya no lo tengo. Para mí nada ha cambiado, yo aún siento lo mismo por ti, yo…

—Pero yo, no. Ya no siento nada, Ana.

Un jarro de agua fría cayó sobre mi cabeza, y mi corazón se rompió en mil pedazos al escuchar sus palabras.

—Entonces, si tú ya no sientes nada, no hay más que decir. —Abrí la portezuela de nuevo y salí—. Adiós, Adrián.

—Adiós, Ana.

El coche se alejó, y yo me quedé en medio de la calle sola y hundida; los ojos empezaron a escocerme a causa de la mezcla de lágrimas y rímel. Esta vez sí que ya no había solución, había perdido a Adrián.