Diario de una soltera convencida Capítulo 70
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Capítulo 70

E stá demostrado que el olfato es el sentido más íntimamente ligado a nuestras emociones. El recuerdo de un olor es capaz de acompañarnos durante toda nuestra vida, permanecer anclado en nuestra memoria sin ser conscientes de ello y surgir de improviso cuando menos lo esperamos.

La noche pasada estuvo lloviendo a cántaros, algo de lo más habitual aquí en Londres, y esta mañana, al despertar, el aroma a tierra mojada ha entrado en mi habitación, trayendo a mi memoria el recuerdo de Adrián.

Su forma de reír, su mirada de ojos verdes, la forma de su cara, sus besos y caricias la única noche que pasamos juntos y, sobre todo, su olor, ese olor que soy incapaz de borrar de mi mente y que me ha perseguido durante todo este tiempo.

Si esto fuera un relato de ciencia ficción, yo tendría una máquina del tiempo que me permitiría regresar a esa noche, frente a la maldita puerta de mi casa.

Abriría sin dudarlo un instante. Pero esto es la vida real.

No hay máquinas del tiempo, no se puede volver atrás y deshacer los errores, solo se puede ir hacia delante, aprender de ellos y tratar de arreglarlos.

Al menos esa es mi intención ahora que regreso a Madrid.

Han pasado más de seis meses desde la última vez que vi a Adrián en persona, y sus palabras en la rueda de prensa de presentación aún resuenan en mi mente.

La distancia y el tiempo me han hecho darme cuenta de que, en esta historia, todos cometimos errores, la primera, yo.

Pasé de ser soltera convencida (o con eso quería engañarme) a lanzarme a una relación cuando las heridas del pasado aún sangraban.

Pero mi mayor error fue creer que la atracción física que sentía por Pablo era amor.

Jugué con él y lo engañé con Adrián. Pablo tan solo abrió una brecha en mi coraza, mientras que Adrián pasó por encima de ella sin miramientos.

Sé que eso estuvo mal, fui débil y cobarde, y debí haber terminado con Pablo cuando los sentimientos por Adrián se hicieron más fuertes.

Después de estos meses soy consciente de que, aunque es duro reconocerlo, me encapriché de Pablo.

Tal vez lo quise, es cierto, pero no de la forma en que amo a Adrián.

Me equivoqué, y ese es uno de mis mayores remordimientos.

Fue poner un pie en Barajas y empezar a temblarme las piernas.

Nuestro vuelo llegó sin retraso a las cuatro de la tarde del día veintidós de diciembre, así que tenía exactamente nueve días para recuperar a Adrián.

Si no, volvería a Londres con mi hermana y lo olvidaría para siempre.

La decisión estaba tomada y no había vuelta atrás.

Mil y una dudas me asaltaron durante los días posteriores a nuestra llegada.

¿Y si él ya me había olvidado? Durante meses estuvo detrás de mí, y cuando por fin pasamos juntos una única noche, mágica y maravillosa, yo terminé con todo, por mi orgullo y mi miedo, por ser una cabezota sin remedio.

Tal vez había encontrado a otra persona, tal vez se había enamorado y era feliz…

Habían pasado más de seis meses, ¿por qué iba a seguir pensando en mí de la misma manera en que yo pensaba en él? «¿Y si…? ¡Basta ya, Ana!».

Ya había sido bastante cobarde una vez al salir huyendo de él.

Incluso fui más allá y salí huyendo, literalmente, del país para olvidarlo.

Se habían acabado los miedos. Mi misión para esas Navidades estaba clara: iba a recuperar al hombre al que amaba.

Como diría la conocida canción de Mariah Carey, lo único que quería por Navidad era a él.

Pasaron la Nochebuena y la Navidad, y aún no lo había llamado.

Cada día cogía el móvil, dispuesta a marcar su número.

Lo buscaba en la agenda y cuando iba a dar a la tecla verde, no podía hacerlo, simplemente el miedo me paralizaba.

Así llevaba ese día más de media hora, sentada en la habitación de mi ático, mirando el móvil casi sin pestañear.

—A ver, hermanita. —Diana se aproximó a donde estaba sentada—.

Si vas a llamarlo, creo que sería buen momento para que lo hicieras.

Llevamos seis días en Madrid, estás mirando todo el día el móvil, y aún nada.

Te voy a contar un secreto —dijo acercándose a mí como si me fuera a desvelar un gran misterio—: por mucho que lo mires, el móvil no marca solo.

Aún no han llegado a inventar ese tipo de aplicaciones.

Dales tiempo, lo harán. Pero de momento tienes que pulsar la teclita verde.

—¡Qué graciosilla eres! Diana…, ¿y si se ha olvidado de mí? ¿Y si no quiere verme?

—Ana, nunca lo sabrás si no haces esa llamada.

Si te ha olvidado, él se lo pierde. Y si no quiere verte, también él se lo pierde.

Ana, llevas meses dándole vueltas a lo mismo.

Hemos mantenido esta charla cientos de veces en Londres.

Sabes que todavía tienes una conversación pendiente con él; lo que pase después solo lo sabrás si marcas esa tecla.

—Gracias. —Le di un beso en la mejilla—. Tienes razón, voy a llamarlo.

—Te dejo sola para que hables tranquila. Estoy en el salón.

Volví a mirar el móvil, tomé aire, marqué el número y, esta vez sí, pulsé la tecla verde. No había vuelta atrás. Un tono, dos tonos y al tercer tono…, su voz. Sentí que el corazón se me paraba y las palabras se quedaban atascadas en mis cuerdas vocales.

—¿Adrián? —pude decir por fin—. Soy Ana.

—Ya sé que eres tú, Ana. —Su voz sonó fría y distante—. ¿Qué tal?

—Bien, muy bien. A ti no te voy a preguntar, ya sé que todo va genial: la temporada no puede ir mejor, pichichi nacional, y además lo de la Selección.

—Sí, no me puedo quejar, lo cierto es que las cosas me van muy bien.

—Me alegro, te lo mereces. Te he llamado porque estoy en Madrid; he venido a pasar las fiestas con mi familia y me preguntaba si te apetecía que nos viéramos y nos tomáramos un café.

—Pues… —Pude notar sus dudas, ¡mierda, iba a decir que no! —. Déjame que me organice, Dani está en casa para las fiestas. Pero si puedo dejarlo con alguien, te escribo para quedar.

—Vale, me parece bien. Espero entonces tus noticias.

—De acuerdo, Ana, adiós.

—Adiós, Adrián.

La línea se cortó y me quedé escuchando los bips del fin de llamada.

Había sido muy extraño, muy frío, nada que ver con el Adrián que conocía.

«¿Qué esperabas?», me pregunté a mí misma.

«¿Que se volviera loco y te declarara su amor de nuevo tras más de seis meses sin saber de ti y después de cómo te comportaste la última vez? ».

—Ya está —dije de regreso al salón—. Me ha dicho que llamará si puede quedar.

—Bueno, es un paso, hermanita. No quieras hacer todo el camino de una zancada. Ya sabes que: caminante, no hay camino…

—Se hace camino al andar —terminé la famosa frase por ella y sonreí, aunque por dentro me moría de la angustia. Diana tenía razón, ahora solo podía esperar.

Nunca había sido buena esperando, lo odiaba.

Detestaba tener que aguantar colas interminables para un concierto o simplemente para hacer la compra.

Era demasiado nerviosa, demasiado hiperactiva.

Y esa espera me estaba matando. Era treinta de diciembre, y seguía sin tener noticias de Adrián.

La fecha tope que me había marcado se acercaba.

Si no me llamaba, en unos días regresaría a mi vida en Londres y lo dejaría atrás para siempre.

Cada día que pasaba tenía menos esperanzas de que quisiera verme y, aunque dolía, debía aceptarlo.

Yo lo había echado de mi vida, nadie más que yo tenía la culpa de que ahora ya fuera tarde para que él quisiera regresar.

Estaba segura de que ya no lo vería cuando mi móvil sonó.

Lo cogí y me tembló todo el cuerpo al comprobar que era un WhatsApp suyo.

Ana, puedo quedar esta tarde. Dime sitio y hora.

¡Sí, sí, sí! ¡Quería quedar! ¡Iba a verlo! Saqué mis pompones de animadora e hice una danza extraña por toda la casa, metafóricamente hablando.

¿Qué te parece a las seis y media? El sitio ponlo tú; no sé cómo llevas ahora lo de los lugares públicos.

Un par de segundos después tenía su respuesta.

Paso para recogerte por tu casa y ya decidimos a dónde vamos. Nos vemos luego.

¿Mi casa? ¿Aún recordaba dónde vivía? «Pues claro, tonta, ni que tuviera memoria de pez».

OK, perfecto. Nos vemos luego.

Ya era una realidad, iba a volver a verlo.

Ahora quedaba decidir qué ponerme y, lo más importante, qué le iba a decir.

Tenía un discurso ensayado desde hacía meses, pero como dudaba de ser capaz de recordar algo una vez que lo tuviera delante, lo había escrito.

Si veía que no podía hablar, siempre podía dárselo y que lo leyera, ¿no?

A las seis de la tarde ya estaba preparada y sentada en el sofá.

Aún faltaba media hora, pero estaba tan nerviosa que había empezado a prepararme dos horas antes.

Me había dado tiempo a alisarme el pelo, a maquillarme perfectamente y a cambiarme cuatro veces de ropa.

Al final me había decidido por unos vaqueros, unas botas negras de tacón y un jersey negro de cuello alto con un colgante de perlas rosas.

Sencilla pero elegante. Sonó el timbre del telefonillo a las seis y media en punto.

—Bajo ya —respondí antes de tomar aire y salir de mi casa.

Era él, no era un espejismo ni una visión, sino él, en carne y hueso.

Había soñado tantas veces con volver a tenerlo delante que tuve que concentrarme para evitar que las lágrimas arruinaran todo el trabajo invertido en el maquillaje.

Como siempre, estaba tan… perfecto. No había palabras para describirlo.

Pantalón vaquero, camisa de Calvin Klein negra y un abrigo tres cuartos también en negro.

El pelo corto y de punta, ligeramente engominado, y los ojos más verdes y brillantes que nunca. «Respira, Ana», tuve que recordarme.

—Hola. —Se acercó y me dio dos besos en las mejillas. Noté cómo me subía el calor y se tornaban más coloradas.

—Hola, Adrián, me alegro de verte.

—Yo también, ha pasado mucho tiempo.

—Sí, es verdad. —Nos quedamos en silencio, observándonos—. ¿A dónde quieres ir?

—Si quieres, vamos a algún lugar tranquilo; teniendo en cuenta las fechas, todo estará lleno de gente, y me agobian un poquito las multitudes.

—Tú decides.

—Perfecto, ¿vamos entonces? —Me indicó el coche y entramos en un flamante deportivo nuevo. Las cosas sí habían cambiado en esos meses.