Diario de una soltera convencida Capítulo 69
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Capítulo 69

Me dolían más los recuerdos de una sola noche con Adrián que los meses pasados junto a Pablo. Las imágenes de lo que vivimos en esa única velada de felicidad absoluta me persiguieron a diario durante los días posteriores y me torturaban.

Sé que era cruel ese pensamiento, y que no dejaba en buen lugar lo vivido con Pablo, pero me había cansado de ocultar mis verdaderos sentimientos a todos y, especialmente, a mí misma.

Pablo siempre fue lo fácil, lo sencillo, el hombre tranquilo, ideal en todos los sentidos, y Adrián era todo lo contrario.

Adrián era el caos, ese hombre que te alteraba, se enfrentaba a ti y hacía que te replantearas todo.

Ese que había llegado como un tsunami, arrasando todo lo que había de seguro en mi vida y dejando solo los rescoldos.

Así me sentía después de él; sentía un vacío tan agudo en el pecho que varias veces me desperté llorando y gritando en mitad de la noche.

Finalmente, tras varios días de regodeo en mi propio dolor, decidí que era momento de salir de la cama y seguir con mi vida.

Tenía que encontrar un trabajo, pero esa vez quería algo que me llenara.

Contaba con la experiencia y la formación adecuadas, que esperaba que fueran de ayuda para conseguir un puesto a pesar de la situación de la economía española.

A los pocos días, ya había recibido varias llamadas interesantes y había realizado varias entrevistas.

Me habían ofrecido puestos muy buenos, pero ninguno era lo que buscaba; todos tenían algo que fallaba, un pero que poner, algo que no me convencía. Cualquier cosa con tal de evitar tener que tomar una decisión final. Y de ese modo fueron pasando los días y, con ellos, los meses.

Durante ese tiempo regresé a casa de mis padres.

Volvía a odiar la soledad, y siempre que podía buscaba la compañía de mi familia.

Estar sola significaba dejar volar mi mente hacia Adrián, y la vuelta a la realidad era cada día más dolorosa.

En esos meses me convertí en una gran actriz: delante de mi familia, todo eran sonrisas y buen humor, pero cuando ellos se iban, mi fachada se desmoronaba.

Como decía Hugh Grant en Notting Hill cuando Julia Roberts lo dejaba, había demasiadas cosas sobre Adrián; demasiadas fotos, demasiados partidos y noticias, sobre todo, desde que se había anunciado su fichaje.

A pesar de ello, no podía evitar sentirme tremendamente orgullosa de él.

Acababa de comenzar julio, y todos habían salido a hacer cosas mientras yo preparaba la comida.

Sabía que ese día era la presentación de Adrián, y que sería retransmitida por el canal oficial del equipo.

Aunque me moría de ganas de verlo con su nueva camiseta, también era consciente de que, si lo hacía, dolería demasiado.

Miraba el reloj, dando vueltas por la casa sin saber qué hacer.

Solo necesitaba verlo feliz, volver a oír su voz, volver a verlo…

Derrotada por mi propia debilidad, conecté el canal del Real Madrid a través del ordenador.

Tras un fundido en negro, su rostro apareció en la pantalla.

Estaba tan guapo que dolía; el pelo un poco más largo de lo habitual en él; tenía la piel ligeramente tostada, y los ojos verdes reflejaban el sol brillante que lucía esa mañana de verano.

Vestía un vaquero claro y una camiseta en tonos verdes y blancos que resaltaba su perfecto cuerpo.

Yo sabía lo que se escondía bajo esa ropa, lo había visto desnudo, había olido su aroma y recordaba qué tacto tenía su piel.

Sin poder evitarlo, los ojos se me llenaron de lágrimas; se lo veía feliz, por fin estaba cumpliendo su sueño.

Primero, habló el presidente de su nuevo equipo, que le dedicó todo tipo de elogios, destacando de él sus valores, el esfuerzo que había realizado para fichar por el Madrid, su capacidad goleadora y sus ansias de mejorar.

Adrián era el futuro del fútbol español y uno de esos jugadores que estaban llamados a triunfar.

Tras esas palabras, llegó el turno del gran protagonista del día.

Más lágrimas me nublaron la vista cuando la cámara lo enfocó.

—Me gustaría agradecer profundamente a todas esas personas que han hecho posible que esté hoy aquí.

Al Madrid, por el esfuerzo realizado para ficharme y su confianza en mí; prometo dar todo por esta camiseta.

A la persona más importante de mi vida, mi hijo, mi mayor apoyo siempre.

—Emocionado, tuvo que parar y respirar hondo para poder continuar.

Yo agarré un cojín y sollocé sobre él—. Y para concluir, si me lo permiten, me gustaría dedicar estas últimas palabras a alguien más, alguien que puso toda su alma y su trabajo para que esto fuera posible.

Alguien que se jugó incluso el corazón y que, por mi culpa, perdió mucho.

Tú sabes quién eres. Solo quiero pedirte, una vez más, perdón.

Nunca voy a tener suficientes palabras para decirte lo arrepentido que estoy, pero debo hacerlo una última vez.

Tengo el contrato, sabes que es lo que siempre había soñado, pero perdí algo más importante en el camino: a ti. A pesar de todo, aún te sigo queriendo.

«Espera, espera un segundo… ¿Adrián acaba de declararme su amor en directo en un acto que se está retransmitiendo para el mundo entero? ¡No me lo puedo creer!».

—¿Acaba de decir, delante de algo así como mil periodistas, que te quiere? —Era la voz de mi hermana, que me observaba desde la puerta del salón.

—Creo que sí. Ha dicho eso, ¿verdad? —Me di la vuelta.

—Pero, Ana… ¿qué has hecho? ¿Tú te has visto la cara y los ojos?

Me levanté y fui corriendo al baño. Tenía los ojos rojos hinchados de tanto llorar y la cara como si me hubieran dado una paliza. Me lavé la cara antes de regresar al salón.

—¡Basta ya! —dijo mi hermana sobresaltándome y apagando el ordenador—.

Ana, llevo meses viéndote como un zombi, siendo solo una sombra parecida a mi hermana, y no he dicho nada hasta ahora.

Sabía que lo estabas pasando mal por Adrián y que necesitabas tiempo para superarlo, ¿pero no ves que esto está acabando contigo?

Estás más delgada, tienes ojeras porque te pasas las noches llorando.

¿De verdad piensas que no te oigo? Ana, si lo sigues queriendo, ¿por qué no haces algo para volver a su lado?

Él creo que ha dejado bastante claro que aún te quiere.

Si no, sigue adelante, pero haz algo con tu vida, por favor.

—Pues claro que lo quiero, Diana, mucho, y cada día más, si es posible, pero aún no soy capaz de confiar en él. Me da miedo que me vuelva a engañar.

—Entonces, olvídalo. Sigue adelante, ponte una meta y llega a ella.

—Se quedó un rato en silencio; yo sabía que en su cerebro se estaba forjando una idea—.

Se me ha ocurrido algo. A lo mejor te parece una locura, pero…

¿por qué no te vienes a Londres conmigo?

Mientras yo estudio, tú puedes buscar un trabajo allí.

Tienes un buen nivel de inglés y no tendrás problemas en encontrar algo.

En lugar de alojarme en una residencia, como había pensado, podemos alquilar un piso para las dos.

Te vendrá bien salir de Madrid y cambiar de aires.

—¿Lo dices en serio? —Un rayo de esperanza iluminó mi rostro. Quizá cambiar de aires fuera exactamente lo que necesitaba. La distancia me haría ver las cosas desde una perspectiva que no podía alcanzar aquí, en Madrid.

—Totalmente en serio, ¿por qué no? No hay nada que te ate aquí y tienes recursos para permitírtelo. Además, a mí me vendría muy bien tener un apoyo allí; sabes que no me gusta estar sola, y quién mejor que mi hermanita para acompañarme.

Y así fue como empezó nuestra aventura londinense. Diana y yo nos mudamos a finales de agosto a un apartamento pequeñito pero precioso en el centro de Londres, a dos pasos de Oxford Street y de algunos de los monumentos más importantes de la capital inglesa.

Pasaron muchas cosas en esos meses; la más importante era que, por fin, había recuperado la sonrisa y volvía a estar ilusionada.

Tras nuestra llegada a Londres, y antes de que Diana empezara la universidad, hicimos turismo y disfrutamos de todo lo que la ciudad ofrecía.

Fue el día en que visitamos Old Trafford, el grandioso estadio del Manchester United y conocido como el Teatro de los sueños , cuando me di cuenta de que los míos aún estaban por cumplir.

Llevaba media vida preocupada por los demás, por hacer realidad los sueños de otros, y los míos se habían quedado olvidados en el fondo de un cajón.

Así que decidí hacer algo por mí misma, empezando por prepararme el examen de agente FIFA para el año siguiente. Al menos tenía que intentarlo.

Para mí, Londres fue el bálsamo que necesitaba para curar mi malherido corazón.

Paseé durante horas por sus calles bajo la lluvia, y a cada paso que daba me acercaba más al perdón y a la reconciliación conmigo misma, y con Adrián.

Porque en todos esos meses no hubo un solo día en que no pensara en él.

Los primeros días la llaga aún sangraba, pero con el paso del tiempo, ese dolor se fue mitigando.

Me di cuenta de que ya no me dolían su recuerdo ni su engaño ni nada de lo que había pasado, y tan solo lo echaba de menos.

Echaba de menos su presencia, su mirada de ojos verdes fija en mí.

Me dolía no tenerlo a mi lado cada día para abrazarlo y besarlo.

En la distancia aprendí a amarlo como no había hecho cuando estaba a mi lado.

En unos días volvería a Madrid, caminaría por las mismas calles que él, bajo el mismo cielo y en la misma ciudad; ya no habría un mar que nos separara.

Ojalá no fuera demasiado tarde para regresar a su lado.

«Ana, ¿alguna vez vas a dejar de ser tan pesimista?

», me regañó mi subconsciente, al que acallé de un plumazo. Sí, creía que las cosas iban a ir bien.