Diario de una soltera convencida Capítulo 67 #2
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Capítulo 67 #2

Con la llegada del buen tiempo, las terrazas habían comenzado a inundar las aceras de la ciudad, y cientos de madrileños se sentaban en ellas por las noches, deseosos de disfrutar de las horas de sol y de la alegría que caracterizaba a este tiempo.

Nosotros también estábamos sentados en una de ellas; Adrián estaba a mi lado, pero hacía un buen rato que no nos dirigíamos la palabra, cada uno inmerso en sus propios pensamientos.

Un par de veces lo sorprendí mirándome de reojo, como si quisiera decir algo, aunque al final se había arrepentido.

Ninguno quería romper el silencio que nos acompañaba, como si encontrar las palabras adecuadas fuera la más ardua de las labores.

Él, que siempre tenía el comentario oportuno en el momento más adecuado, parecía que había dejado olvidado su ingenio habitual en un rincón.

Las palabras de Pablo aún retumbaban en mi cabeza.

Después del día tan maravilloso que habíamos pasado juntos, eran como una nube negra sobre nosotros.

El leve sonido de Adrián tarareando en voz baja mientras dejaba el dinero para pagar la cuenta me distrajo. De repente, algo no cuadraba en esa situación, y no sabía qué era. Presté atención a la melodía: me sonaba mucho, aunque no era capaz de reconocerla.

—¿Estás cantando a Il Divo, Adrián? —pregunté al darme cuenta finalmente de qué canción se trataba. No podía ser una mera coincidencia. ¿Por qué Adrián tarareaba esa en concreto?

—No sé, puede ser —respondió de manera escueta—. Venga, es hora de irnos a casa. Mañana tengo que madrugar.

Sabía que algo estaba ocurriendo, trataba de hilar los hechos, pero no podía ser lo que estaba pensando. Sabía que la verdad se encontraba detrás de esa canción, pero era como si un muro se alzara entre mi mente y ella.

—Adrián, mírame. —Al hacerlo, en sus ojos detecté algo diferente—. ¿Por qué esa canción en concreto? Sabes que es Hasta mi final , ¿verdad?

—Sí, creo que es esa canción —comentó Adrián al ver que lo miraba muy seria.

—¿La conoces? —pregunté con sorpresa.

—No la conocía hasta que me hablaste de ella. La busqué en internet y me gustó mucho. Desde entonces, la he escuchado bastante; me recuerda a ti. Pensaba que a ti también te gustaba.

—Sí, claro que me gusta. Iba a ser la canción de mi boda. Hacía años que no podía escucharla entera, era una parte de mi pasado que… —Dejé la frase a medio terminar al darme cuenta de algo—. Adrián, ¿cuándo te he hablado yo de esa canción?

Me quedé mirándolo en silencio. Su cara cambió, noté cómo algo en su cerebro se accionaba al darse cuenta de que había cometido un error. ¿Cómo sabía él eso? Yo no recordaba habérselo contado.

—No sé, creo que me lo contaste un día. No le des más importancia de la que tiene, Ana. No sé —comenzó a tartamudear—, a lo mejor me lo comentó Pablo en algún momento. Me contaba muchas cosas cuando estabais juntos, tal vez me dijo que te gustaba esa canción. —Se levantó de la mesa y echó a andar.

—Adrián, nunca he hablado de esa canción con Pablo.

De pronto lo recordé: solo había una persona a quien se lo había contado en los últimos meses.

Una noche, en una larga conversación a través de Instagram, pero fue a otra persona.

Alguien que, según había llegado a creer, no tenía nada que ver ni con Adrián ni con Pablo.

O al menos eso es lo que siempre había pensado.

¿Sabéis ese momento de toda película en el que la protagonista se da cuenta de que todas las cosas que le han ocurrido tienen un nexo común y todas las piezas comienzan a encajar?

En mi cabeza, como si se tratara de un puzle, estaba viviendo un momento así.

Aquella tarde, meses atrás en mi despacho, Pablo y yo no éramos los únicos presentes en la reunión; había una tercera persona allí, que había permanecido en silencio la mayoría del tiempo.

Entonces, en ese preciso instante, lo supe.

Quien había estado detrás de esas largas conversaciones nocturnas en Instagram, detrás de todas esas confesiones tan íntimas, había sido él.

Había sido real. No había nadie más. Desde el principio solo había habido una persona: Adrián.

—Adrián, para ahora mismo. —Salí corriendo tras él. Se detuvo en seco sin darse la vuelta. Yo sabía que no se atrevía a mirarme—. Dime que no eres tú.

—Yo, ¿quién?

—No te hagas el tonto, Adrián. Tú eres Darcy. Tú, tú —empecé a farfullar presa del enfado—. Maldito mentiroso, ¿cómo has podido hacerme esto? ¿Te has divertido jugando conmigo los últimos meses?

—Ana, déjame que te explique… —Se giró con la angustia dibujada en la mirada.

—¿Qué tienes que explicarme? ¿Que mientras yo te abría mi corazón como nunca lo he hecho con nadie en mi vida, ni siquiera con mi novio, tú te reías de mí?

—Ana, por favor, no pienses eso jamás. Todo empezó como una manera de llegar a ti, y al final se me fue de las manos.

Cuando pasó todo lo de Pablo, no tuve valor para contártelo porque sabía que, si lo hacía, te destrozaría.

Esta tarde, en el coche, quería explicártelo, pero no sabía cómo. Tenía tanto miedo de perderte.

—¿Perderme?

—Ana, piénsalo, era yo quien estaba detrás de todas esas conversaciones, era yo al que abriste el corazón. No puedes negarme que, para ti, todo ese asunto de Darcy fue tan real como lo fue para mí. Tú misma lo has dicho antes: te ayudó en muchos momentos a ver las cosas claras.

—¿Perdona? ¿Estás tratando de decirme que debería darte las gracias por engañarme de ese modo?

Me sentía estafada y defraudada. A pesar de todo lo que había ocurrido entre Adrián y yo a lo largo de los meses, siempre pensé que había ido con la verdad por delante.

—Ana, ¿no lo ves? Siempre fui yo. Tú me lo dijiste: yo era todo lo demás en tu vida.

—¿Cómo puedes decir eso? Has jugado conmigo. ¿Cómo puedes ser tan cínico?

—Lizzie, vamos a hablar tranquilos.

Me acerqué a él y, levantando un dedo amenazante delante de su cara, con la mirada fría como el hielo, le grité:

—Ni… se… te… ocurra… —dije recalcando las palabras con furia— volver a llamarme así en toda tu vida. No quiero verte nunca más, desaparece y vete a jugar con otra. No querías perderme y así me lo demuestras, engañándome. Perfecto, Adrián, acabas de hacerlo. Acabas de perderme.