Diario de una soltera convencida Capítulo 68
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Capítulo 68

Forrest Gump decía que la vida es como una caja de bombones, que nunca sabes lo que te va a tocar, pero ¿ sabéis una cosa?

Yo no estoy de acuerdo con él. Hoy en día, en las cajas de bombones tienes una etiqueta donde describen cada bombón, por dentro y por fuera, así que cuando eliges uno, sabes cómo es, qué sabor va a tener, cuál va a ser su textura e incluso su olor.

Pero eso no pasa en la vida real, y mucho menos con los hombres; de ser así, yo habría elegido mejor, ¿no creéis?

¿O no? A lo mejor tengo un imán especial para escoger siempre a los hombres cortaditos por el mismo patrón, es decir, cabrones y mentirosos.

¿Qué más me puede pasar? Siento que mi vida se ha convertido en el guion de una película en la que yo soy la única protagonista, y todos los actores secundarios son un puñado de mentirosos cuya única misión es destrozar mi existencia.

Te pasas media vida buscando a esa persona especial con la que compartirla, con quien ilusionarte y a quien amar.

La encuentras, por fin tienes el valor de admitir que la amas, y de la noche a la mañana, pierdes todo.

Y lo peor es que, esta vez, el dolor es más intenso.

Porque esta vez has amado más que nunca, has sentido más que nunca y, entonces, te das cuenta de que todo tu mundo se ha desmoronado por segunda vez en menos de una semana, y no tienes fuerzas para seguir adelante, ni sabes por dónde empezar a unir los pedazos en los que se ha deshecho tu vida.

Me tumbé en la cama de nuevo, y lágrimas amargas volvieron a llenarme los ojos.

Estaba cansada de tanto llorar, tenía la sensación de que en los últimos meses no había hecho otra cosa, pero no podía evitarlo.

Apenas hacía unas horas estaba sobre esa misma cama haciendo el amor con Adrián.

Me sentía la mujer más dichosa del mundo, y ahora me oprimía el pecho un dolor tan grande que apenas podía respirar.

Miré mi móvil, que permanecía en silencio desde que había llegado a casa.

Tenía veinte llamadas perdidas de Adrián y más de cuarenta WhatsApp.

Ni había querido ni había podido leerlos, aunque imaginaba lo que pondría: «lo siento», «perdóname» …

Las horas pasaban muy lentas. Sabía que era masoquista, pero entré en el perfil de Instagram de Elizabeth; ahí también tenía varios mensajes de Adrián.

Incapaz de leerlos y sintiendo que mi corazón se volvía a partir, cerré para siempre el perfil y borré la cuenta.

Se acabó. La historia de Darcy y Lizzie había llegado a su fin.

Pero… ¿qué había de la historia de Ana y Adrián?

Finalmente me quedé dormida unas pocas horas.

Al día siguiente, las cosas no mejoraron.

Me desperté y la realidad me golpeó con crueldad.

No tenía un trabajo al que acudir, no tenía nada que hacer y no sabía ni por dónde empezar a poner en orden mi vida.

Siempre había sido una persona activa, nunca había podido sentarme delante de la tele, y simplemente dejar que pasase el tiempo, pero eso fue exactamente lo que hice ese día.

Ni siquiera me quité el pijama mientras veía los programas matinales, después un par de series, más tarde un par de realities y más programas del corazón.

Todo ello aderezado con gominolas, patatas fritas, una tarrina de helado y una caja de galletas Oreo.

Ah, se me olvidaba, y una botella de vino.

Una dieta post ruptura de lo más saludable.

¿Por qué a todas nos daba por el helado cuando nos rompían el corazón? ¿Sabéis una cosa? Me daba igual.

Por si no tuviera bastante con todo lo que estaba pasando, mi hermana me escribió para avisarme de que ya estaban publicadas las fotos de la supuesta traición de Adrián a su mejor amigo.

Como ya conocéis mi gusto por la tortura, no pude evitar entrar a verlas, y de nuevo un nudo de emociones me arrasó.

Eran las nueve de la noche cuando llamaron a la puerta. No tenía ganas de ver a nadie y solo esperaba que no fuera… Miré por la mirilla y, efectivamente, era él.

—Ana, por favor, abre, tenemos que hablar. Déjame que te explique todo. Sé que estás ahí dentro. —Mi corazón se desbocó al escuchar su voz.

—Vete, Adrián, no hay nada de lo que tengamos que hablar. Me mentiste. Has jugado conmigo durante meses.

—Lo siento, Ana, pero déjame por favor que te lo explique. Al menos dame esa oportunidad; creo que después de todo lo que hemos pasado, ambos nos la debemos.

—No puedo, Adrián. Creí en ti y, como todos los hombres de mi vida, me has fallado. No puedo confiar cuando sé que para ti es tan fácil engañarme.

—¿Fácil? Ana, no sabes lo difícil que ha sido para mí estar junto a ti durante meses y no contarte la verdad sobre Darcy. Por favor, vamos a hablarlo.

Empecé a llorar y me senté en el suelo con la espalda pegada a la pared; oí cómo, al otro lado, él hacía lo mismo.

Como si de un déjà vu se tratara, habíamos vuelto a la misma situación de unos meses atrás, después del beso en el ascensor.

Sin embargo, algo había cambiado. Ahora no dudaba de mis sentimientos hacia él, pero sí de los suyos.

Si me había mentido durante meses, por qué no iba a volver a hacerlo ahora, y no lo podría soportar. No de nuevo, y no de Adrián.

—La primera vez que estuve en tu despacho me pareciste insoportable.

—Fue él quien comenzó a hablar—. Me parecías una mujer fría, distante, orgullosa, alguien que solo se preocupaba por su trabajo y por elegir cada mañana el traje de chaqueta perfecto.

Empezaron las reuniones, y mi percepción sobre ti comenzó a cambiar.

Me di cuenta de que, del mismo modo que a mí, te apasionaba lo que hacías, y que bajo esa capa de mujer fuerte solo se escondía alguien que trataba de ocultar sus miedos.

»En aquella reunión, en mi casa, tras la publicación de las primeras fotos, me quedé impactado cuando te vi llegar; con los vaqueros y la coleta estabas preciosa.

Cuando me plantaste cara porque me estaba comportando como un niñato, acabaste de conquistarme por completo.

Pero estaba Pablo; yo sabía lo que él sentía por ti, y también te había visto mirarlo, y supe que no podía hacer nada al respecto. Entonces surgió la idea de Darcy.

»Te juro, Ana, que mi intención nunca fue burlarme, eso jamás se me pasó por la cabeza.

Solo quería llegar a ti. Una noche, después de mil vueltas en la cama pensando en ti, surgió la idea de crear ese perfil.

Había visto los libros en tu despacho y sabía que no podrías resistirte a la idea de un falso Darcy.

Ana, todo lo hice porque necesitaba saber si lo que empezaba a sentir por ti era real, y si tú podrías llegar a sentir lo mismo en algún momento.

Sabes que odio Instagram, pero lo hice por ti y, a pesar de todo, no me arrepiento, porque me dio la oportunidad de conocerte.

Nunca, en ninguna de las conversaciones que mantuvimos, te mentí.

Era yo, y estoy seguro de que tú también lo sabes.

—Adrián, digamos que puedo llegar a entender tus motivos, pero ¿por qué no me lo contaste antes? —Tuve que aclararme la voz y controlar mis manos, que temblaban.

—Estuve tentado de hacerlo mil veces. En cada conversación que iniciaba contigo me prometía a mí mismo que sería la última y que acabaría con ese juego, pero al final siempre volvía a caer.

Después de que me abrieras el corazón de par en par y me contaras lo sucedido con Diego, iba a contarte la verdad, pero todo se complicó, y cuando pude hacerlo, tuve miedo de que salieras huyendo.

Después vino lo de Pablo, las fotos de Diego…

No sabía cómo decírtelo, porque sabía cuál sería tu reacción y tenía miedo.

No podía soportar la idea de volver a hacerte sufrir, y por eso callé.

—Si solo me lo hubieras contado antes… —Busqué las palabras que me faltaban—.

Tal vez me hubiera enfadado, pero siento que me has traicionado.

Adrián, creí en ti como en nadie, confié en Darcy, y tú también me engañaste.

¿Cómo voy a volver a fiarme de ti? No puedo, en estos momentos no puedo creerte.

—Lo entiendo, pero déjame demostrarte que no lo haré nunca más.

—No lo sabes —dije mientras la voz se me quebraba.

Me tomé un momento para recobrar la compostura—.

No sabes si mañana habrá algo que no quieras que descubra, no sabes lo que va a pasar en el futuro, y yo no podría soportar más engaños, ni mentiras, ni verdades a medias.

Simplemente, no puedo más con eso, Adrián.

—Ana, sé que estás pensando en las palabras de Pablo, pero he cambiado.

Tú me has hecho cambiar. Nunca te engañaré, te lo prometo.

Ana, por favor, cree en mí. Te lo ruego, no dejemos que esto que sentimos los dos se pierda.

Estoy loco por ti, y ya no puedo imaginar mi vida sin que tú estés en ella. Te quiero.

Lágrimas amargas volvieron a llenar mis ojos, y un torbellino de emociones me inundó; era la primera vez que me decía abiertamente que me amaba.

Durante un segundo, me imaginé abriendo la puerta que nos separaba.

Volvería a besarlo, a sentir su cuerpo de nuevo junto al mío, y le diría una y mil veces que yo también lo amaba, con todo mi ser, con cada pedazo de mi maltrecho corazón.

Pero la realidad se impuso. Detuve la mano justo antes de tocar el pomo y la apoyé contra la puerta.

Al otro lado no estaba la calidez de su cuerpo, sino el frío metal que nos separaba.

—¿No vas a decir nada? —preguntó—. Te he dicho que te amo. Ana, por favor.

«Yo también te quiero», pensé para mí misma, pero no podía decirlo, las palabras se quedaron atascadas en mis labios. El orgullo, el miedo y mi cabeza eran más fuertes que mi corazón.

—Está bien, me rindo. —Escuché cómo se levantaba del suelo—.

Me voy, quédate tranquila, no volverás a saber de mí nunca más.

Solo quiero que sepas que has sido la mujer a la que más he amado en mi vida.

Por primera vez he sentido lo que significa estar enamorado y, a pesar de todo, no me arrepiento de nada.

Conocerte y estar contigo ha sido lo mejor que me ha pasado.

«No te vayas, por favor. Adrián, yo también te quiero».

«¡Abre esa maldita puerta, Ana!», gritaba y maldecía mi subconsciente.

—Te llevaré siempre conmigo.

Pude oír sus pasos hacia el ascensor, la puerta que se abría y, después, el silencio más atronador. Mi corazón volviendo a destrozarse como nunca. Adrián se había ido para siempre