Diario de una soltera convencida Capítulo 67
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Capítulo 67

Después del primer asalto en la encimera de mi cocina, nos quedamos sentados en el suelo, desnudos y regalándonos caricias bañadas con un par de copas de vino blanco.

En ese momento no hacían falta palabras, la mano de Adrián jugaba con mis dedos y los besaba lentamente, o se quedaba mirando mis labios antes de besarlos.

Como si se tratase de un acuerdo tácito, un rato después nos levantamos para dirigirnos a la cama.

El segundo orgasmo llegó de forma más lenta, pausada, y ya en la cama, disfrutando y deleitándonos de cada rincón de nuestros cuerpos.

El último asalto, en la ducha, entre risas, bromas y algún que otro resbalón, antes de quedarnos profundamente dormidos.

Estaba tumbada en la cama junto a Adrián, y no podía apartar los ojos de él.

Hacía un rato que me había despertado y lo observaba mientras dormía boca arriba.

Tenía un brazo por encima de la cabeza y el otro reposaba junto a mi cuerpo.

Llevaba unos minutos mirándole con detenimiento la cara; pasé un dedo sobre el arco de su nariz y sus labios.

Sentí un escalofrío de placer al pensar en cómo esos mismos labios, unas horas antes, habían recorrido toda mi piel y me habían regalado unos magníficos orgasmos.

—Me estás mirando —dijo sin abrir los ojos. Me dio un pequeño mordisco en el dedo que estaba sobre su boca, haciendo que me sobresaltara y diera un brinco al notar la leve presión sobre la yema.

—Sí, lo hago. Eres muy guapo.

Sus labios se curvaron en una de esas sonrisas capaces de cortar la respiración. Abrió los ojos y, de un solo movimiento rápido, se puso sobre mí, acercó sus labios a los míos y me besó.

—Tú sí que eres guapa —afirmó tras darme un beso que me dejó sin aliento.

Durante un rato seguimos besándonos y jugando entre las sábanas de mi cama, hasta que la pasión se tornó irrefrenable y volvimos a caer en el deseo sin control.

Con una sonrisa tonta, descansaba sobre el cuerpo desnudo de Adrián después de volver a hacer el amor. Mi cabeza reposaba en su pecho mientras él dibujaba trazos sobre mi espalda.

—Me gusta tu tatuaje. —Levanté la cabeza para poder contemplarlo de frente; al encontrarme con sus ojos tuve que recordarme que debía respirar. Sobre su tobillo derecho había escrita una fecha en números romanos.

—Y a mí el tuyo. —Me dio un ligero beso en la nariz que hizo que se me erizara el vello—. Nunca hubiera imaginado que tuvieras uno. Eres una caja de sorpresas. ¿Tiene algún significado?

—Si tú me cuentas lo que significa el tuyo…

—Es la fecha del día que cambió mi vida para siempre —dijo con una sonrisa enorme—, a ver si eres capaz de adivinarlo.

—¡Ya lo sé! El día que descubriste que te empezaba a crecer barba —bromeé. Adrián me dio un coscorrón en la cabeza—. ¡Ay! —protesté riéndome—, solo bromeaba. Ya sé que es el día en que nació tu hijo. Un poco de números romanos aprendí en el colegio. —Guiñé un ojo.

—Se me olvidaba lo lista que eres, preciosa.

—Se acercó para volver a besarme—. Sí, ese día cambió mi vida para siempre.

Cuando la enfermera puso a Dani entre mis brazos, fue la sensación más maravillosa de toda mi vida, y al mirar su dulce carita durmiendo supe que nada volvería a ser como antes.

Dani me salvó y me convirtió en el hombre que soy hoy en día.

—Esa vez, la que lo besó fui yo; sus palabras y su mirada habían logrado emocionarme—. Bueno, te toca a ti.

—Después del accidente de Diego, me hundí en una profunda depresión de la que tardé meses en salir.

Un día me levanté y el sol brillaba, entonces me di cuenta de que no podía seguir así.

Salí a la calle y acabé en un estudio de tatuajes.

Fue mi táctica para recordar cada día que, tras la tormenta, sale el sol.

Volví a reposar la cabeza sobre su pecho, y ambos nos quedamos en silencio. Tras todo lo ocurrido en los últimos días, no quería pensar en nada que no fuera lo que sentía junto a Adrián. Mi estómago tenía otra idea, y despertó pidiendo comida.

—Tengo un poco de hambre, ¿y tú? —Recuperada del momento, levanté la cabeza.

—Sí, la verdad es que también. Podemos ir a comer a donde quieras.

—Creo que mejor cenar, ¿no? —Señalé la ventana. Fuera era noche cerrada.

—En ese caso, sí, creo que mejor cenar. —Empezó a reír, y su risa fue el mejor sonido que pude escuchar—. Venga, salgamos de la cama antes de que me arrepienta, o volveré a hacerte el amor ahora mismo.

—Eso es muy tentador… —dije mientras le hacía caricias en el pecho.

—Si quieres salir de esta cama, no hagas eso, o vamos a terminar con esa caja de preservativos en solo un día. —Señaló la caja que descansaba sobre mi mesilla de noche. El paquete ya contenía cuatro menos que hacía unas horas.

—Está bien. —Me levanté, segura de mí misma, mientras él recorría todo mi cuerpo con la mirada—. Voy a la ducha. —Volví a su altura y le di un beso rápido en los labios.

—Antes de cenar necesito ir a casa a por algo de ropa; solo tengo la camiseta y el pantalón corto que traje ayer, o esta mañana, bueno, no sé, cuando vine. —Me guiñó un ojo—. ¿Puedo usar tu ordenador un momento? Quiero mirar las noticias.

—Claro, está encima de la mesa del salón.

Puedes usarlo mientras me ducho. Me visto y nos vamos.

—Tiró de mi brazo, me atrajo hacia él y me besó.

Primero, un beso suave que poco a poco fue subiendo de intensidad hasta que sus manos volvieron a deslizarse por mis caderas y por mi espalda—.

Adrián —intenté zafarme mientras me reía—, si no me sueltas, no vamos a salir de aquí en todo el día.

Venga, Adrián, tengo hambre. Además, si quieres que haya repetición esta noche, necesitamos reponer fuerzas.

—Bueno, Anasta… —empezó a decir.

—Ni se te ocurra terminarlo. —Fingí parecer enfadada sin éxito, ya que la felicidad que sentía en ese momento me delataba.

—No te preocupes, cielo, yo también tengo un nombre horrible que no te he dicho nunca. —Lo miré dudando con recelo—. En serio, mi nombre es Adrián Fernando… —Una sonrisa lo dejó en evidencia.

—Serás… —Le di un golpe en el hombro mientras él trataba de sujetarme y besarme. Tras un nuevo beso que me dejó sin aliento, me levanté para ducharme.

—¿Puedo ducharme contigo? —Me escudriñó con esa mirada verde peligrosa que tan bien había llegado a conocer.

—No, Adrián —contesté antes de entrar, haciendo un gran esfuerzo para no dejarme embaucar por su mirada—.

Voy a cerrar la puerta. —Antes de meterme en el baño, volví a la cama —.

Pero si te portas bien, cuando volvamos permitiré que entres conmigo.

Además, se me están ocurriendo un par de sitios en los que nunca he hecho el amor.

Mira las noticias tranquilo, ahora salgo.

—Le di un beso rápido y corrí al baño. Cerré la puerta por dentro sintiéndome en una nube.

Después de que Adrián se cambiara de ropa en su casa, y tras un nuevo asalto en su cama, volvíamos a mi barrio en su coche cuando Adrián formuló la pregunta que menos esperaba.

—¿Quién es Darcy? Lo siento, no he querido cotillear; solo he visto la página de Instagram abierta y una conversación iniciada, pero no he leído nada, tranquila.

—Es solo un amigo, alguien con quien he estado escribiéndome los últimos meses. Solo eso —contesté vacilante.

—¿Pero lo conoces? —insistió—. ¿De qué habláis?

—En persona, no. No sé, es muy raro todo, la verdad.

—¿Y no te preocupa que sea un psicópata?

—No lo creo, es alguien que está muy solo. Si te soy sincera, de una forma extraña le tengo aprecio. Me ha ayudado en muchos momentos a ver las cosas claras. Ha sido una persona con la que poder hablar de todo lo ocurrido estos meses pasados contigo, con Pablo…

—Me alegro de que hayas tenido a alguien con quien hablar. Ahora me tienes a mí —dijo volviendo su mirada verde hacia mí y dándome un beso.

Teníamos pensado ir a cenar cerca de mi casa. Íbamos riendo, cogidos de la mano, después de aparcar el coche en una de mis plazas de aparcamiento, cuando nos encontramos con una visita inesperada.

—Vaya, veo que no has perdido el tiempo. —Era Pablo quien estaba frente a nosotros, cargado con un par de bolsas—. Has tardado poco en meterlo en tu cama, ¿no, Ana? No esperaba menos de ti…

—Ni se te ocurra… —Tuve que poner una mano delante de Adrián para frenarlo—. ¿Qué haces aquí, Pablo? —preguntó con odio a quien en otro tiempo había sido su mejor amigo.

—He venido a recoger unas cuantas cosas que tenía en su casa —dijo mirándome—. Toma, ya no queda nada. —Me dio su juego de llaves—. Buena suerte, Ana. Si piensas que vas a conseguir que sea fiel, no creo que dure más de dos semanas sin tirarse a otra.

—¿Por qué no te vas de aquí de una vez y nos dejas en paz? —sugerí mientras sujetaba a Adrián que temblaba de la rabia.

—Tranquilo, fiera, ya te dejo en paz para que disfrutes de tu chica. Debe ser duro saber que me la tiré antes que tú.

Tuve que recurrir a todas mis fuerzas para detener a Adrián que ya se lanzaba a él sin darse cuenta de cómo todo el mundo a nuestro alrededor nos miraba.

Muerta de la vergüenza noté cómo la rabia me subía por mi cuerpo y llegaba hasta mi garganta.

Me hubiera encantado decirle muchas cosas, pero me callé porque me preocupaba más que la situación se descontrolara por Adrián.

—Vete, Pablo, ya no tienes nada que hacer aquí. No entiendo cómo has podido cambiar tanto. No te imaginas cómo me duele verte así, ojalá seas capaz de encontrar la paz en tu vida y darte cuenta de lo mucho que te has equivocado.

—Si tú lo dices, creo que eres la menos indicada para dar clases de moralidad —dijo dándose la vuelta y marchándose.

Un ambiente frío y un silencio incómodo se instalaron entre Adrián y yo después del encontronazo.

En ese momento me sentía como si una parte de mi ser hubiera salido del cuerpo y me estuviera observando desde fuera, riéndose de mí y de mis tropiezos.

Siendo testigo mudo de cómo mi vida cambiaba de la noche a la mañana sin ni siquiera ser consciente de ello.