Diario de una soltera convencida Capítulo 66 #2
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Capítulo 66 #2

—No lo sé, Ana. Después de todo lo que ha pasado, de la reunión, del fichaje, cuando hemos salido de las oficinas, en el coche, he sentido que tú también… Estaba pensando en ti y necesitaba verte, decirte que…

No pudo continuar. Sin más, me lancé a sus brazos con tal ímpetu que apenas tuvo tiempo de reacción, y casi caímos al suelo los dos.

Lo besé como llevaba meses deseando hacer.

Durante unos segundos Adrián se quedó parado, pero finalmente me atrajo más hacia su cuerpo y, sin dejar de besarme, entró en mi casa cerrando con el pie la puerta.

Durante unos minutos nos besamos con pasión, deleitándonos en el sabor de nuestros besos, nuestras lenguas descubriendo los recovecos más secretos, nuestros labios ávidos de deseo, hasta que nos separamos para recuperar el aliento.

Mis manos ya sujetaban el borde de su camiseta cuando una de las suyas se posó sobre la mía, haciendo que me detuviera.

—¿Estás segura? —Clavó sus verdes ojos en los míos.

—Sí. —Puse un dedo sobre sus labios—. No pienses, Adrián. Cállate y bésame.

No fue necesario nada más para que sus manos llegaran al borde de mi camiseta y se deshicieran de ella mientras yo lo imitaba con la suya.

La visión de su pecho desnudo me dejó sin aliento.

No era la primera vez que lo veía así, pero ahora podía tocarlo sin miedo.

Fui depositando besos por todo él, disfrutando de su olor y del tacto de su piel, sus perfectos músculos tensándose bajo mis caricias.

Me retiré para que pudiera quitarme el pantalón y la ropa interior, y él hizo lo mismo para que yo pudiera desnudarlo por completo.

Cuando nos quedamos totalmente expuestos el uno frente al otro, una risa nerviosa escapó de mis labios.

—¿Qué te hace tanta gracia? —dijo mientras recorría mi cuerpo entero con la mirada—.

¡Dios, Ana, me vuelves loco! No me puedo creer que, por fin, vayas a ser mía.

No sabes el tiempo que llevo esperando esto, ni las noches que he soñado con tenerte así, desnuda frente a mí.

He imaginado mil y una maneras de poseerte.

Mira cómo me pones solo con verte. —Señaló su entrepierna.

Mi mirada de pura lujuria fue desde sus ojos verdes hasta su más que despierto y erecto miembro. El deseo me invadía; mordí mi labio inferior ante la imagen.

—Ana, para de hacer eso o te juro que no voy a aguantar mucho más sin correrme. Llevo meses sin hacerlo.

Con picardía volví a morder el labio inferior, esta vez acompañando el gesto de un pellizco sobre uno de mis pezones, que, al instante, respondió irguiéndose y reclamando más atención.

Adrián redujo la distancia que nos separaba, cogió la mano con la que había pellizcado mi pezón y la llevó sobre su miembro.

Mi mano comenzó a moverse por toda la longitud mientras la suya se perdía en mi zona más sensible.

—Despacio, Ana —dijo ralentizando sus movimientos—. Lo digo en serio, llevo meses sin estar con una mujer.

—Ya —traté de hablar, aunque sus dedos torturando mi excitado clítoris me impedían pensar con claridad. Un suspiró se escapó entre mis dientes—. Ahora vas a decirme que has hecho voto de celibato.

—Desde Paola no he estado con nadie. —Seguía con su dulce tortura en mi interior, y ahora también sobre mis pechos—.

Ya veo que Paola no te contó nada, pero digamos que la última vez que estuvimos juntos no fue muy bien.

Creo que nada rompe el clima de una noche de sexo como gritar el nombre de otra mujer cuando llegas al orgasmo.

Su confesión me dejó sin palabras por un momento.

—¿Mi nombre? —pude reaccionar entre los jadeos de ambos, que llenaban todo el espacio de mi ático.

—¿Cuál si no? Ana, llevo soñando contigo noche tras noche desde hace meses.

Enredé mis dedos entre la mata de su pelo mientras él dejaba un reguero de besos por todo mi cuello hasta la clavícula y mis pechos.

—Agárrate a mí —dijo con la voz ronca por el deseo, frenando, por un momento, su invasión en mi interior.

Hice lo que me pedía poniendo mis brazos sobre sus hombros y mis piernas sobre sus caderas.

Sentía su poderosa erección contra mi cuerpo excitado y ansioso de él; necesitaba que me hiciera el amor ya, quería sentirlo dentro de inmediato.

Necesitaba que nuestros cuerpos se unieran en uno solo.

Conmigo en brazos, y sin parar de besarnos, llegó hasta la encimera de la cocina y me dejó sobre ella; sentí el frío en mi trasero.

Vi cómo se alejaba un momento y pude volver a disfrutar de su perfecta anatomía, desnuda y a punto de ser toda mía.

—¡Mierda, no tengo preservativos! —lo oí maldecir.

Bajé de la encimera y fui corriendo a mi habitación. Regresé a la cocina con una caja y se la tiré. La cogió al vuelo.

—Yo sí. —Sonreí y volví a acercarme a él.

—Eres increíble, Ana. —Volvió a besarme y yo me agarré a su cuello para volver a enredar las piernas en torno a su cadera.

Se aproximó de nuevo a la encimera y me alzó sobre ella—.

Llevo soñando con hacerte el amor sobre esta encimera desde la primera vez que vine a tu casa.

—Su voz ronca sonó junto a mi oído, haciendo que mi excitación llegara al máximo.

—Pues hazlo —pude articular.

Cogió uno de los preservativos, se lo puso y entró en mí con fuerza, invadiendo todo mi cuerpo.

Me dejé llevar por miles de sensaciones que nublaron mi mente.

Tener a Adrián dentro de mí, el latido acelerado de su corazón, su pesada respiración junto a mi boca, sus manos por mi piel y sus jadeos en mi oído era lo más erótico que había experimentado en mi vida.

Finalmente sentí cómo todo mi cuerpo se catapultaba en un orgasmo que me hizo gritar, mientras él también llegaba al éxtasis y me llenaba por completo, gritando, esta vez sí el nombre correcto. El mío.