Diario de una soltera convencida Capítulo 66
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Capítulo 66

Llevaba toda la noche sin poder dormir, dándole vueltas a los acontecimientos de las últimas horas.

Esa misma tarde habíamos mantenido la reunión con el Real Madrid.

Era la primera vez que Adrián y yo nos veíamos desde mi regreso a casa después pasar la Semana Santa en Granada con mi familia.

Al final, mi hermana había logrado convencerme para acompañarlos, y esos días me habían servido para desconectar y ver la situación desde otra perspectiva.

Pasear por las callejuelas del centro de Granada me ayudó a recuperar el ánimo y, de algún modo, a volver a sentirme en paz conmigo misma.

Durante esos días hablé con Adrián a diario. Él no tenía descanso, ya que ese fin de semana había competición, y se había tenido que quedar en Madrid. Varias veces me sorprendí pensando en cómo habrían transcurrido esos días en esa ciudad tan mágica con él a mi lado.

Sabía que Adrián tampoco estaba pasándolo bien.

De la noche a la mañana se había quedado sin familia y sin el apoyo que Pablo había supuesto para él durante toda su vida.

No podía dejar de sentirme culpable por todo ello.

El resentimiento de Pablo había latido ahí durante años, y sabía que yo no era la razón principal, pero tal vez sí había sido el detonante para que su odio saliera a la superficie.

A pesar de todo, me reí mucho esos días. En cada conversación, Adrián trataba de arrancarme unas carcajadas, y siempre lo conseguía.

—No te vas a creer lo que me ha pasado hoy —me expuso en una ocasión muy serio—.

La chica de la limpieza se ha tomado unas vacaciones, y quería una camisa limpia, así que he pensado que no debía de ser muy difícil poner una lavadora.

—Me eché a reír antes de que pudiera terminar, sospechando la que había liado—.

Calla, no te rías aún —intentó no carcajearse él también, fracasando en el intento—, mira el resultado.

Miré el móvil, y estuve a punto de caerme de la cama donde estaba tumbada al ver cómo había dejado la cocina. La espuma salía a borbotones de la lavadora, todo el suelo estaba empapado, y su ropa flotaba entre el agua y la espuma.

—¡La madre que te parió, Adrián! ¿Qué has hecho? ¿Cuánto detergente has echado?

—Yo qué sé. Yo no sabía cuánto era lo normal, y como no veía que pasara nada, he seguido echando.

Estaba sentado en el salón cuando he oído un ruido; he salido corriendo a la cocina y, de repente, me encuentro las camisas en la puerta, el agua llegando ya hasta el recibidor.

—No podía parar de reír mientras Adrián me contaba su lucha tratando de cerrar la lavadora, chorreando y sin saber qué hacer.

—Para, por favor, Adrián… —supliqué mientras me partía de la risa en mi habitación.

—Pero si no te he contado la mejor: casi incendio el chalé con el microondas.

¿Por qué nadie me había dicho que no se pueden meter los tenedores?

—continuó, riéndose a carcajadas—. Te lo digo en serio, Ana, no pienso volver a quedarme solo en casa.

Si pensaba que al final saldría en las noticias.

« Adrián Castillo aparece ahogado y chamuscado en su casa, atrapado entre las camisas y los calzoncillos ».

—Adrián, por favor, te lo ruego, calla ya. Me duele la tripa de reír.

Y así continuamos durante horas. Charlando sobre tonterías, divirtiéndonos, ayudándonos mutuamente a lamernos las heridas que todo el asunto de Pablo había dejado en nuestros corazones.

En esos días también tuve tiempo para retomar las conversaciones con Darcy.

Después de todo el drama que se había instalado en mi vida en las últimas semanas fue muy reconfortante contar con sus palabras, sus bromas y su opinión objetiva.

Era sencillo sentarse delante de un ordenador y poner en palabras los mil y un sentimientos que afloraban en mi mente cuando pensaba en Pablo y, sobre todo, en Adrián.

No sabía quién se escondía tras ese personaje, pero en esos momentos se convirtió en un paño de lágrimas a quien abrí mi corazón sin tapujos.

Me daba igual que me juzgara, me daba igual lo que pudiera llegar a pensar de mí, solo sabía que me sentía bien dejando salir, de una vez, mis verdaderas inquietudes y todo lo que me rondaba la cabeza desde que había empezado aquella historia con mi futbolista favorito y su agente.

La Semana Santa había pasado en un abrir y cerrar de ojos, de regreso en Madrid me esperaba la gran prueba de fuego: la reunión con el Real Madrid.

El inicio había sido tenso. Aunque las posiciones estaban muy cercanas y parecía casi hecho, la ausencia de Pablo no había gustado a nadie.

Yo tenía la absoluta aprobación de Adrián para poner todas las cartas sobre la mesa, y así lo hice.

Aclaramos el tema de las fotos, sin que el nombre de Pablo saliera como el responsable, y entre los dos nos metimos incluso a los más duros en el bolsillo.

Tras un par de horas de negociación, habíamos llegado a un gran acuerdo.

No podía creerme que, por fin, tras todos esos meses, el fichaje fuera un hecho.

A falta de que Adrián pasara el reconocimiento médico y de que se firmara el contrato definitivo, se podía decir que Adrián era ya jugador del Real Madrid.

Por supuesto, el fichaje no se haría oficial hasta que finalizara la temporada.

El sueño se había hecho realidad, y yo me sentía feliz porque, de alguna forma, había contribuido a ello.

Como dos niños, saltamos y reímos abrazados al llegar junto al coche.

La gente que pasaba a nuestro lado nos miraba como si estuviéramos locos, pero no nos importaba nada.

Todo el sufrimiento había merecido la pena solo por ese instante de pura y sincera felicidad.

Nuestras caras se detuvieron la una frente a la otra; podía sentir su respiración sobre la mía y sus ojos fijos en los míos.

Nuestros labios estaban separados apenas por unos milímetros.

De nuevo ese momento: un movimiento, y mis labios estarían sobre los suyos, pero otra vez Adrián se dio la vuelta.

Caminó hacia la portezuela del coche, rompiendo el contacto y evaporando toda la magia.

Horas después, amanecía sobre Madrid y yo aún seguía pensando en lo sucedido.

Tenía sus labios tan cerca y quería besarlo, pero Adrián había huido.

Un par de meses atrás no lo habría dudado y se habría lanzado, sin embargo, hoy no lo había hecho.

Encendí un cigarro y me senté en la terraza.

En uno de los árboles frente a mi casa, unos pájaros cantaban.

Me encantaba escuchar ese sonido. Aún no era de día, aunque tampoco era noche cerrada; « la hora gris », creía recordar que lo llamaba La Reina del Sur de Reverte.

¿Habría dejado Adrián de sentir lo que sentía por mí? No obstante, el pensamiento que de verdad me asustaba era otro: ¿ había sentido algo por mí alguna vez o simplemente era un capricho más para él?

Con el cigarro consumiéndose entre mis dedos, me di cuenta de que antes que analizar su forma de actuar, la cuestión que más me atemorizaba, y que debía resolver en primer lugar, era otra: ¿ qué sentía yo por él?

Durante meses habíamos estado jugando a un tira y afloja continuo.

Yo estaba con Pablo, lo amaba, o eso creía, y, sin embargo, siempre había estado Adrián.

Esa sensación que me inundaba cada vez que él andaba cerca.

Cerré los ojos y las imágenes aparecieron nítidas ante mí, como fotogramas.

Las doce campanadas y el abrazo posterior.

El día de A ño Nuevo y el primer casi-beso.

Ese baile tras la celebración por su vuelta a los terrenos de juego.

El beso en el ascensor.

Mi cumpleaños, y todo lo que ocurrió esa noche.

San Valentín, las fotos y el dolor por sus palabras.

Despertar a su lado tras lo de Pablo.

Y con cada imagen que surgía en mi mente, mi corazón se aceleraba, y ese sentimiento, esa emoción recorría de nuevo mi cuerpo de la cabeza a los pies como un torbellino. De pronto, como si abriera los ojos y por fin hallara la luz, fui consciente de la realidad: estaba enamorada de Adrián.

Entonces el pánico me invadió por completo. No podía permanecer en casa, las paredes me aprisionaban, y si no salía de allí, me iba a ahogar. ¿Por qué era todo tan complicado? ¿Qué debía hacer? ¿Llamar a Adrián y contarle lo que sentía por él? ¿Esperar a que diera el primer paso? ¿Y si no lo hacía?

Decidí salir a correr un rato; quizá el aire fresco de la mañana despejara mi mente y me ayudara a aclarar las ideas.

Me calcé las zapatillas deportivas, una camiseta de manga larga rosa y un pantalón negro.

Cogí mi iPhone; un poco de música no me vendría mal para evadirme del mundo que me rodeaba.

Necesitaba paz para pensar solo en una cosa: Adrián.

Abrí la puerta y creí que mi subconsciente estaba jugándome una mala pasada, pero parecía tan real que temí parpadear y que desapareciera. Frente a mí, vestido de forma muy similar a la mía, estaba él. Adrián me observaba con esos ojos verdes que tanto adoraba, tan sorprendido como yo.

—Adrián, ¿qué haces aquí? —fueron las únicas palabras que pude articular.

—No lo sé. Estaba tan eufórico tras la reunión que no he podido dormir en toda la noche, y después de horas dando vueltas en la cama pensaba salir a correr un rato, pero al final he cogido el coche y he terminado delante de tu edificio —soltó de sopetón, casi sin respirar—.

Uno de tus vecinos ha dejado entreabierta la puerta al marcharse, y he salido corriendo antes de que se cerrara por completo.

Llevo más de media hora aquí, delante de tu puerta, decidiendo qué hacer, si llamar o no, y entonces has abierto tú y…

—Adrián, ¿qué haces aquí? —volví a preguntar, enfatizando mis palabras. Me daba miedo que el corazón se me escapara del pecho en cualquier momento.