Diario de una soltera convencida Capítulo 65
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Capítulo 65

Cuando Diana llegó de la universidad, no podía creer lo que le estaba contando.

—Hombres. Son todos unos cerdos. El mejor, colgado —fueron sus palabras exactas cuando terminé mi narración.

—Diana, no generalices, no todos los hombres son así.

—¿Qué no? —Miró a mi madre—. Excepto papá y Fran, no creo que haya ninguno que merezca la pena.

—Tranquilas las dos. —Miré a mi madre y a mi hermana—. Mamá, tengo que dar la razón a Diana. Aunque Adrián me ha demostrado que es un buen amigo, él también tiene lo suyo. ¿Por qué todos son así?

—Te lo voy a decir yo, hermanita: porque todos piensan con la punta de la…

—¡Diana! —gritó mi madre antes de que mi hermana concluyera lo que ambas estábamos pensando.

—Ahora me vas a decir que es mentira, ¿no?

Siguieron durante un buen rato así, y al final no pude evitar reírme.

Durante unas horas, me animó estar con ellas.

Mi madre y mi hermana eran como el agua y el aceite, totalmente diferentes en todo; cada una veía el mundo y las cosas de una forma distinta y, sin embargo, en el fondo, se llevaban muy bien.

Yo siempre había sido la más esquiva de los tres hermanos, siempre metida en mi mundo.

Cuando tenía un problema, no hablaba con nadie.

Incluso después de la muerte de Diego y del aborto, a pesar de haber estado durante meses en casa de mis padres, me había guardado todo para mí y nunca había hablado abiertamente del tema con mi madre ni con mi hermana; ahora me arrepentía de ello.

Me acerqué a ambas y les di un beso en la mejilla.

—Gracias.

Me miraron extrañadas.

—¿Por qué, hija?

—Nunca os he dado las gracias por todo lo que habéis hecho por mí.

Después de lo de Diego y lo del bebé —se me formó un nudo, pero debía seguir—, estuvisteis todos a mi lado, apoyándome y cuidándome, y yo nunca lo agradecí.

Al contrario, me mostré arisca y os alejé de mí. Siento haberlo hecho tan mal, mamá.

—Ay, hija, no digas esas cosas. —Mi madre me abrazó al borde de las lágrimas—. Tus hermanos y tú sois lo que más queremos en esta vida tu padre y yo, y siempre estaremos ahí para lo que necesitéis.

—Vale, vale. —Se acercó mi hermana también y nos abrazó—. Basta ya de lloros, que se me va a correr el rímel. —Diana, como siempre, intentando sacarnos una sonrisa.

Pasé la tarde en casa de mis padres, y cerca de las diez de la noche volví a mi ático. Ante la insistencia de mi madre y mi hermana, acepté quedarme unos días con ellos. Me iría al día siguiente, ya que tenía que recoger unas cosas. Como no tenía coche, Diana me llevó en el suyo.

Al salir del ascensor, me di cuenta de que había un bulto delante de mi puerta, y solo al acercarme con cierto recelo pude distinguir la silueta de Adrián sentado en el suelo. Al verme, su gesto se relajó, como si hubiera estado sufriendo una angustia terrible.

—Adrián, ¿qué haces aquí? —pregunté al llegar a su altura.

—Menos mal, Ana, ¿estás bien? —Se levantó de un salto para abrazarme.

—Sí, ¿por qué no iba a estarlo? —dije cuando me separé de él. Abrí la puerta y entramos los dos.

—Intenté localizarte en el móvil, pero como no contestabas, llamé a tu oficina.

Allí me dijeron que esta mañana habías tenido una pelea horrible con Paola y Ricardo y que te habías marchado.

Llevo llamándote desde entonces; no sabía dónde te habías metido.

Vine y no había nadie. Llevo dando vueltas por el barrio todo el día.

Al final, he decidido quedarme sentado esperando.

Estaba a punto de marcharme cuando has llegado —espetó de carrerilla y soltando el aire al final, como si hubiera estado aguantando la respiración durante horas.

—He estado en casa de mis padres. —Analicé sus palabras—. Espera, ¿llevas todo el día aquí?

—Sí, pero eso no es lo importante. ¿Qué ha ocurrido?

—¿Cómo que no es importante? ¿Has comido?

—No, pero no pasa nada —dijo, quitando hierro al hecho de que llevara en la puerta de mi casa medio día.

—Te preparo algo de cenar y te cuento qué ha ocurrido.

Entramos en la cocina y, mientras yo preparaba la cena para los dos, Adrián descorchó una botella de vino, sirvió un par de copas y se sentó a mi lado.

Permaneció en silencio durante todo mi relato, atento a mis palabras.

Mientras le contaba lo que había sucedido, su gesto iba cambiando.

Cuando terminé, me quedé mirándolo. No me había fijado, pero, incluso con la sombra de las ojeras que se adivinaban bajo sus párpados, estaba guapísimo.

—Lo siento, Ana. —Vi cómo el sufrimiento se dibujaba, de nuevo, en sus preciosos ojos verdes—.

Deberías estar odiándome, todo esto es por mi culpa.

Nada de lo que está ocurriendo habría pasado si yo no me hubiera cruzado en tu vida.

Si nunca hubiera aparecido, seguirías en tu trabajo y tendrías tu vida, y este dolor nunca habría existido. Lo siento tanto, Ana.

—No, Adrián. —Tomé sus manos entre las mías—.

Mírame. Tú no tienes la culpa de nada. Tienes razón, tendría un trabajo, pero también seguiría con una vida que no me aportaba nada, yendo por el mundo como un zombi que solo se preocupaba por el trabajo y no valoraba lo que tenía alrededor, ni siquiera a su familia.

Seguiría engañada respecto a Paola. Adrián, pese a todo, he vivido más en estos meses que en los últimos tres años, y eso es gracias a ti.

Así que, a pesar del dolor y de las lágrimas, no me arrepiento de nada de lo que ha pasado.

—Pero…

Y de nuevo esa sacudida tan familiar me recorrió el cuerpo.

Ese escalofrío que atenazaba cada músculo cuando él rondaba cerca.

¿Qué estaba haciendo, mirando sus labios?

No podía, después de todo lo que había pasado no estaría bien, pero la realidad me golpeó sin darme cuenta: quería besarlo.

Necesitaba besarlo, sentía que lo necesitaba tanto como respirar.

—Ana —se echó hacia atrás, recobrando la compostura y rompiendo el momento—, tengo que pedirte un favor más.

—Asentí tratando de calmar mi acelerado pulso—.

Después de Semana Santa (el día está aún pendiente de concretar), tengo una reunión definitiva con el Real Madrid, y no puedo ir solo.

Necesito tu ayuda, por favor. Ya sé que es mucho pedir, y que después de todo lo que ha pasado no debería siquiera insinuarlo, pero si pudieras acompañarme, no sabes lo que significaría para mí.

Sabes que yo no soy bueno a la hora de… Todo esto lo llevaba Pablo, y yo…

—No hace falta que me convenzas, iré contigo. Y relájate, ¿vale? Vamos a conseguir cerrar ese fichaje como que me llamo Ana Serrano Marín. El año que viene vas a vestir esa camiseta blanca, aunque tenga que rogar y sacar a relucir todas mis armas.

—Gracias. —Me besó en la mejilla.

—¿Cenamos? —Cogí la ensaladera con manos temblorosas y me dirigí hacia el salón sabiendo que Adrián caminaba justo detrás de mí.

No tenía ni idea de lo mucho que iba a cambiar mi vida en unas semanas.