Diario de una soltera convencida Capítulo 64
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Capítulo 64

No habían sido imaginaciones mías, no. Mi novio, mi prometido, había estado acostándose durante años con mi mejor amiga. Y ella había estado trabajando cada día a mi lado, haciéndome creer que era de fiar, mientras se tiraba a mi futuro marido. ¡Si hasta me había ayudado a preparar la boda!

Empujada por una fuerza interior desconocida para mí hasta ese momento de mi vida, me acerqué a Paola y le propiné una sonora bofetada.

A la que ella respondió dándome otra. Cuando me quise dar cuenta, nos hallábamos en mitad de una pelea, a voz en grito en medio de la oficina.

Alarmados por los chillidos, varios de mis compañeros se apresuraron a separarnos; entre ellos estaba Ricardo.

—¿Se puede saber qué significa esto? Ahora mismo las dos a mi despacho. —Nos separamos y entramos detrás de él—. ¿Alguna puede explicarme por qué razón os estabais comportando como dos locas en medio de la oficina?

—No ha sido mi culpa. —Paola fue la primera en hablar—. Ha sido ella quien se ha lanzado como una chiflada contra mí.

—¿Cómo puedes tener tan poca vergüenza? —contesté, lanzándome de nuevo a por ella.

—¡Basta ya, Ana! Paola, fuera de mi despacho. Más tarde me ocuparé de ti; quiero hablar a solas con Ana.

La aludida salió del despacho, no sin antes echarme una mirada retadora.

—Ahora explícame qué está pasando, porque no lo entiendo. Paola y tú siempre habéis sido grandes amigas.

—Son cosas personales, Ricardo, y te ruego que me perdones, pero no te lo voy a contar. —No tenía por qué relatarle toda mi vida a mi jefe, aunque él había sido amigo de Diego y seguro que…

—Ana, no son asuntos personales, como tú dices, cuando estáis peleando y gritando en el trabajo. Además, sabes que somos amigos, y puedes contarme lo que sea.

—¿Amigos? ¡Seguro que tú también estabas enterado!

—Ricardo me miró atónito—. Seguro que estabas al tanto de que tu querido socio y amigo, Diego, se estaba tirando a medio Madrid a mis espaldas antes de casarnos, entre ellas a Paola.

¿Vas a negar que lo supieras? Diego y tú os contabais todo, lo sé.

—¿Cómo? —dijo con cara de sorpresa—. Ana, no tenía ni idea.

No voy a negar que supiera que Diego no te era fiel, pero de Paola no sabía nada, te lo prometo.

De todas formas, como tú misma has dicho, este no es ni el sitio ni el momento para tratar un tema como este, ¿no crees?

Recuerda que esto es un lugar de trabajo.

—Es un lugar de trabajo, pero no voy a quedarme callada mientras esa zorra sigue aquí, no después de lo que me hizo. La quiero fuera de la empresa ya.

—No voy a despedirla, Ana. Es una buena trabajadora, y lo que haga con su vida privada no es motivo de despido.

—¿Qué? ¿Privada? Ricardo, ¡se estaba tirando a mi novio! —grité con furia. No podía creer que él se pusiera de su parte—. La quiero fuera de aquí.

—Ana, no voy a hacerlo. Por favor, deja de chillar y vuelve a tu trabajo. Concéntrate de una vez en lo importante, creo que es lo mejor.

—¿Qué me estás queriendo decir? ¿Que no estoy concentrada? Estoy descuidando mi trabajo, ¿estás queriendo decir eso, Ricardo?

—Pues mira, ahora que lo dices, sí. Ana, no sé qué te ocurre últimamente, pero en estos meses has estado más pendiente de Adrián que de otra cosa.

Te he permitido total libertad respecto a ese tema siempre que no afectara al resto de tu labor, pero no ha sido así.

Has faltado a trabajar, has llegado tarde…

—Espera, ¿estás poniendo en duda mi profesionalidad?

—Hasta ahí podíamos llegar—. He faltado al trabajo dos días en los últimos tres años, y fue porque estaba enferma.

Los días que he estado aquí trabajando hasta medianoche para adelantar pendientes, los fines de semana y las vacaciones que no he disfrutado, eso también es no ser profesional.

¿Y a cambio que he recibido? Nada. Tus promesas de hacerme socia hace mucho que quedaron olvidadas.

Me he matado por esta empresa, y lo único que te pido, que es despedir a Paola, no me lo concedes, y encima dudas de mi profesionalidad.

Perfecto, Ricardo, no hace falta que la eches; me voy yo.

—Deja de decir tonterías y vuelve a tu despacho antes de que…

—¿Antes de qué, Ricardo? Iros a la mierda, tu empresa y tú.

¿De verdad acababa de renunciar a mi trabajo? Claro que sí, debería haberlo hecho hacía mucho tiempo. Fui a mi despacho, recogí mis cosas y me marché de allí sin mirar atrás.

Aparqué el coche en el garaje de mi casa y salí a la calle. Solo eran las once de la mañana y ya estaba de vuelta. Perfecto, en dos días me había quedado sin trabajo y sin novio. ¿Podía ir mejor mi vida? ¿Qué había hecho?

Eché a andar sin rumbo fijo. Perdida entre la gente que ignoraba hasta qué punto mi existencia se había desmoronado.

Pensé en llamar a Adrián, pero sabía que estaba entrenando y no quería molestarlo con más problemas.

Las dos últimas noches había estado a mi lado incondicionalmente, a pesar de que todo el asunto de Pablo lo había destrozado.

Madrid estaba lleno de vida a esas horas de la mañana; incluso con lluvia era una ciudad viva que gozaba de su propio ritmo, su propio latido.

Las calles estaban llenas de todo tipo de personas con sus problemas, sin embargo, sentía como si una nube gris se hubiera instalado sobre mi cabeza y me tapara cualquier rayo de sol.

La pregunta que me machacaba una y otra vez en ese momento era qué clase de futuro me habría esperado con Diego.

Una vida de mentiras e infidelidades. Me sentía vacía y hundida.

Había estado llorando durante los últimos años a alguien a quien no conocía en absoluto.

Diego me amó alguna vez, o eso quería pensar, porque la posibilidad de que no fuera cierto era demasiado dolorosa.

Y ahora lo de Pablo. Y Adrián. Había sido tan bueno conmigo las últimas noches…

No se había separado de mí un instante. Me había cuidado y había sido mi paño de lágrimas, sin un reproche, sin verter ningún comentario hiriente sobre Pablo.

Me dolía tanto todo lo que estaba ocurriendo que notaba cómo mi cuerpo se resentía; podía sentir un dolor tan intenso que me doblaba por dentro.

Como si de una revelación se tratara, fui consciente de la verdad.

Había algo que sobresalía por encima de mi propio sufrimiento, y no era la traición de Pablo en sí misma la que lo provocaba, sino todo lo que le había hecho a Adrián.

Eso me producía uno de esos dolores que te desgarran por dentro y te dejan sin fuerzas.

Caminé durante horas hasta que mis pasos me dirigieron a casa de mis padres. Necesitaba hablar con alguien, alguien que no me juzgara, alguien con quien desahogarme y llorar. Sabía que mi hermana se encontraría en la universidad, pero esperaba que aún estuviera mi madre.

—Ana, hija, ¿qué haces aquí? —fue su saludo al abrir la puerta—. ¿No deberías estar en el trabajo?

—He dimitido, mamá. Pablo me ha dejado y he descubierto que Diego me engañaba con Paola.

Lo solté todo de golpe antes de romper a llorar como una niña. Mi madre se acercó y me abrazó. Durante un rato estuve así, en silencio, abrazada a ella, llorando en el rellano de la puerta.

—Vamos, hija, entra —dijo por fin—. Voy a llamar a Conchi para decirle que no me esperen hoy para el paseo.