Capítulo 63
Pasé una noche horrible, en la que apenas pude dormir un par de horas, entre lágrimas y pesadillas.
Adrián permaneció a mi lado todas esas horas, consolándome y tratándome con cariño.
Sus brazos me habían protegido, y sus palabras delicadas y amorosas habían sido como un bálsamo para mi malherido corazón.
Resultaba irónico el hecho de que aquel al que consideré, en un principio, como un niñato malcriado y prepotente había sido quien, al final, se había comportado como un verdadero hombre y, ante todo, como un amigo.
Tuve que realizar un esfuerzo enorme para abrir los ojos.
Sabía que tenía que levantarme de la cama e ir a trabajar, pero me fallaban las fuerzas.
¿Cómo iba a mirar a la cara a Paola después de lo que había descubierto?
Aunque, por otro lado, necesitaba conocer la verdad.
Tenía que explicarme qué significaban esas fotos; tal vez todo se tratara de un malentendido y esas fotos no implicaran nada.
«Qué ingenua eres», me torturó aún más mi yo interno.
Adrián no estaba a mi lado cuando, por fin, me armé de valor para salir de la cama.
Lo había escuchado levantarse y ducharse.
Cerré los ojos por última vez y, como pude, me levanté.
Aún llevaba puesta la ropa del día anterior, por lo que me desnudé y, tras darme una ducha caliente, fui hasta la cocina en albornoz.
El olor a café recién hecho me revolvió el estómago.
Adrián estaba peleando con mi tostador. Me acerqué y pulsé el botón para que el pan descendiera.
—Gracias —dijo dándose la vuelta y dedicándome una de sus sonrisas genuinas—. ¿Quieres café?
—No lo sé. —Me senté en uno de los taburetes y lo observé: solo llevaba puesto el pantalón del día anterior e iba descalzo.
Si no fuera por las circunstancias, despertar y encontrar un hombre así en la cocina sería el sueño hecho realidad de cualquier mujer—.
No tengo el estómago bien, y no sé cómo me sentará.
—Ana, tienes que comer algo, anoche no tomaste nada. Así que dime qué te apetece, y lo prepararé. ¿Quieres una infusión? ¿Una tortilla? ¿Tostadas? Además, ya sabes lo que dicen: las penas, con pan, son menos.
Una tímida sonrisa se dibujó en mi cara; era un verdadero encanto. Me levanté del taburete y me acerqué para darle un beso en la mejilla.
—Gracias. —Me agradó su mirada, interrogante ante mi gesto—. Por todo, Adrián. Si anoche no hubieras estado aquí, no sé si habría resistido sola el golpe.
—De nada. —Parecía que se había ruborizado, y me gustaba verlo así—. Bueno —trató de reponerse—, ¿entonces qué quieres desayunar?
—Creo que un té y una tostada estarán bien.
—Perfecto, marchando un té y una tostada para la señorita.
Volví a sentarme y permití que preparara el desayuno.
Se movía con soltura por mi cocina, y yo no podía dejar de pensar en cómo habían cambiado las cosas.
Unos días atrás era yo quien preparaba el desayuno para Pablo mientras él se sentaba en ese mismo taburete con mirada enamorada.
¿Cómo había estado tan ciega? Aunque no era justo pensar que solo él había sido el causante de todo; yo había tenido mucho que ver en todo eso.
Yo era tan culpable como él y había contribuido a que todo ese asunto se nos escapara a ambos de las manos. El más damnificado había sido Adrián.
—Ana —interrumpió el curso de mis pensamientos—, ¿qué vas a hacer respecto a Paola?
—No lo sé, tengo miedo de entrar en la oficina y encontrármela. No sé cuál puede ser mi reacción, pero debo hablar con ella.
—¿Quieres que te acompañe? Puedo llamar, pedir permiso para llegar más tarde al entrenamiento.
—Muchas gracias, Adrián, pero esto es algo que debo afrontar yo sola.
—Como quieras, pero si necesitas algo, llámame, por favor. —Depositó una taza de té y una tostada delante de mí—. Ahora vamos a desayunar.
Entrar esa mañana en la oficina fue más difícil de lo que pensaba, pero nada comparable al hecho de enfrentarme a Paola.
La persona a la que había considerado mi mejor amiga los últimos años me había traicionado, y nada podía cambiar el hecho de que, en ese momento, ya no sabía en quién podía confiar.
—Paola, por favor, siéntate un momento. Necesito hablar contigo —le pedí cuando entró en el despacho a saludarme, como cada mañana.
—Qué seriedad, mujer. Dime. —Ocupó la silla justo frente a la mía.
—¿Puedes explicarme esto?
Le tendí la foto de Diego y ella que me había enviado Alfredo. Su rostro cambió de color por un segundo, pero al final volvió a ser el de siempre. ¿Cómo podía ser tan fría a veces?
—¿Qué quieres que te explique, Ana? Creo que sabes lo que esa foto significa.
—¿No vas a negarlo?
—¿Para qué? Tienes pruebas, sería una tontería negar lo evidente, ¿no crees? Creo que ambas somos mayorcitas para entender lo que esa foto implica. De todas formas, es pasado, Ana. ¿Por qué removerlo? Sabías que Diego te era infiel.
—Sí, lo sabía, pero con otras mujeres, mujeres a las que no conocía, no contigo. Eras mi amiga, mi mejor amiga. Paola, dímelo, ¿cuándo pasó?
—¿Qué quieres saber? ¿La última vez que me acosté con tu prometido?
—¿La última? Pero… ¿hubo más de una vez? —Noté cómo mi cara se iba poniendo colorada por momentos, y mi voz iba aumentando en decibelios—. ¿Cuántas?
—Ana, por favor, olvídalo.
—No, dímelo. ¿Cuántas?
—Yo qué sé, Ana, no sé cuántas veces me acosté con Diego en dos años.
—¿Dos años? ¿Estuviste dos años tirándote a mi novio?
—Ana, sabía que eras ingenua, pero no me imaginaba hasta qué punto.
Pensaba que era de conocimiento general.
Si no, ¿cómo explicas que una veinteañera sin más formación que un curso de administrativa llegara a ser su secretaria de la noche a la mañana?
Ya sabes lo exigente que era Diego en el trabajo.
Nunca me había parado a pensar en la forma en que Paola había llegado a la empresa; siempre di por hecho que todo lo había logrado gracias a su trabajo y esfuerzo en la oficina.
No sabía lo equivocada que estaba. Lo había obtenido gracias a su trabajo y esfuerzo, sí, pero en la cama de mi prometido.
—De todas formas —continuó la que hasta ese momento consideraba mi mejor amiga sin inmutarse y sin una gota de vergüenza—, es pasado, y lo nuestro ya se había acabado.
—¿Cuándo terminó?
—Ana, no sigas haciéndote más daño. ¿Por qué no lo olvidas?
—¡Dímelooo! —grité fuera de mí.
—Una semana antes de que muriera.