Diario de una soltera convencida Capítulo 62 #2
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Capítulo 62 #2

—Pablo, yo…, ¿sabes qué? —Adrián volvió a escena—.

Estoy cansado de mentir, de fingir y de mirar a otra parte.

—«No, por favor», recé. «No digas nada».

Sentí su mirada sobre la mía y sus ojos gritándome «perdón» en silencio—.

He luchado contra este sentimiento porque eras mi amigo y me dolía traicionarte, pero después de lo que he descubierto sobre ti y de todo lo que me has hecho, me da igual.

Sí, tienes razón, estoy enamorado de Ana.

—Tranquilo, puedes quedártela, ya he terminado con ella. —Sin ni siquiera dedicarme una mirada, dio media vuelta—. Vendré a por mis cosas mañana.

De esa forma, Pablo salió de mi casa y de mi vida. Mi corazón estaba destrozado y lágrimas amargas corrían por mis mejillas.

«Pongamos el cartel de The end . La tragedia ha terminado».

Tardé un rato en ser consciente de cómo la cruda realidad me había sacudido, dándome una bofetada en plena cara.

Pablo se había ido, me había dejado. Pablo había sido el causante de todos los problemas de Adrián durante los últimos meses.

Dios, ¿de verdad había pasado lo que creía que acababa de pasar?

Pablo me había dejado, y yo solo podía pensar en reír…

Y fue lo que hice: reír. Primero, una sonrisa tímida apareció en mi cara, y después, una gran carcajada rompió el atronador silencio que se había impuesto entre Adrián y yo.

—¿Ana, estás bien? —Adrián se acercó a mí con gesto preocupado, pero en vez de calmarme, empecé a reír con más ganas—. Ana, por favor, deja de reírte y di algo.

—¿Qué quieres que diga, Adrián? Mi novio acaba de dejarme, tu mejor amigo acaba de confesar que ha hecho todo lo posible para destruir tu carrera, y en lo único que puedo pensar es en que no soy capaz de recordar que ocurrió anoche.

—¿A qué te refieres, Ana? —Me miró con la duda dibujada en la cara.

—¿Qué pasó anoche entre nosotros, Adrián? ¿Nos hemos acostado?

—Ana, no pasó nada, ¿de verdad no lo recuerdas?

—No, lo último que recuerdo es que abrimos una botella de vino y después… no pasó nada —afirmé cuando, al fin, las imágenes surgieron nítidas en mi mente.

—No, ya te lo he dicho. Bebimos mucho vino, es verdad, y también ron. Estuvimos hablando durante horas, y al final te quedaste dormida en el sofá. Te llevé hasta la cama; estaba a punto de marcharme, pero tú…

—Te dije que te quedaras conmigo.

—Sí, lo hiciste. —Asintió—. Me quité la ropa y me metí en la cama contigo, eso es todo. Te prometo que no te toqué ni un pelo.

Un sonido procedente de mi ordenador hizo que se callara; había recibido un e-mail . Me acerqué a ver de qué se trataba, no reconocía la dirección de correo.

Estas son las fotos que te prometí . El correo era de Alfredo y contenía varios archivos adjuntos.

Había olvidado por completo el asunto de las fotos de Diego.

¿De verdad quería ver esas fotos en ese momento?

La respuesta era obvia: sí, tenía que verlas.

Abrí uno de los adjuntos, y ahí estaba la prueba de todas las mentiras de Diego y de todas sus infidelidades.

Seguí pasando fotos, todas con modelos espectaculares, rubias despampanantes de pechos perfectos y piernas kilométricas.

Entonces apareció la foto que lo cambió todo.

Era Diego, sin duda, pero la mujer que lo acompañaba no era una rubia modelo sacada de cualquier revista de tres al cuarto.

No, la mujer que lo acompañaba era morena, más joven que yo.

Conocía su sonrisa y su mirada, pues llevaba años viéndolas a diario.

Me quedé sin respiración, todo se volvió negro, las piernas me temblaban y no me sostenían.

La mujer que lo acompañaba y que lo besaba era mi mejor amiga. La oscuridad me absorbió por completo.

«Ana». Escuché mi nombre, pero no sabía de dónde venía la voz. «Ana, por favor». Sabía que alguien me llamaba, reconocía esa voz, pero parecía tan lejana… «No quiero despertar. Todo es demasiado doloroso y aquí se está muy bien, pero tengo que abrir los ojos».

—Despacio, levántate despacio, apóyate en mí. —Era Adrián.

—¿Qué ha pasado? —pregunté al recuperar la consciencia por completo.

—Te has desmayado. Demasiados descubrimientos para una sola noche.

—Las fotos. —Señalé el portátil—. Es Paola. —Adrián asintió—. Estoy muy cansada, quiero dormir.

Adrián me cogió entre sus brazos y yo no protesté; estaba demasiado agotada para quejarme.

Demasiado hundida para analizar siquiera el significado de esas imágenes.

Me dolía el cuerpo y solo quería dormir, meterme entre mis cálidas sábanas y dejar que todo aquel dolor abandonara mi cuerpo.

Con ternura, Adrián me dejó sobre la cama y apartó las sábanas.

Me ayudó a taparme, se inclinó y me dio un beso en la frente.

—Descansa —susurró cerca de mi oído. No quería que se fuera, así que estiré el brazo y sujeté su mano.

—No te vayas, por favor.

Solo asintió. Apagó la luz de la habitación, se quitó la camiseta y se metió en la cama. Me di la vuelta, acurrucándome contra su pecho, y dejé que todas las emociones del día rompieran los diques y manaran.

—Tranquila, Ana, estoy aquí. No voy a permitir que nadie más te haga daño, te lo prometo.

Adrián me apretó contra él, y, con el suave arrullo de sus palabras, me fui quedando dormida.