Capítulo 62
Estábamos en mi casa, esperando a que llegara Pablo.
Ni Adrián ni yo habíamos vuelto a decir una palabra desde que habíamos salido de mi despacho, después de haber visto el contenido del sobre.
Las pruebas eran irrefutables. Dentro había una copia de todas las fotos que esa persona había hecho llegar a Alfredo para que las vendiera.
No solo estaban las fotos de las supuestas juergas de Adrián, sino todo un surtido de instantáneas de los dos juntos, de su hijo y de sus anteriores parejas.
Adrián reconoció las fotos que guardaba en su propio ordenador personal.
Solo una persona tenía acceso a esas fotos aparte de él mismo: Pablo.
Aún en estado de shock , y casi como dos autómatas, habíamos salido de mi despacho y vuelto a mi casa. Ninguno de los dos podía creer lo que estaba pasando. Era como una pesadilla y, sin embargo, sabía que, una vez que despertara, la realidad sería peor.
¿Por qué Pablo había actuado de esa manera con quien consideraba su mejor amigo? ¿Cómo había sido capaz de hacerlo? Como si de una mala obra de teatro trágico se tratara, las siguientes horas quedarían grabadas en mi retina para siempre.
Primero, el sonido de unas llaves que abrían la puerta.
El antagonista aparecía en escena con una sonrisa en el rostro y entraba en el salón, donde los dos protagonistas del mal sueño, Adrián y yo, lo mirábamos inmutables.
Yo me quedé al margen como una espectadora asustada e incapaz de articular una palabra.
—Hola, cariño, ¿qué hacéis aquí los dos? ¿Vamos a cenar juntos? Me alegro de verte, hermano.
Hermano. El dolor de la traición se clavó cruelmente como una daga al escuchar esa palabra. Un sobre y unos papeles salieron volando en su dirección, y entonces comenzó el primer acto.
—¿Qué es esto? —preguntó Pablo con los papeles en la mano.
—Tú lo sabrás mejor que yo, hermano —contestó Adrián destilando odio en esa última palabra, pero, sobre todo, dolor ante la traición.
—No sé qué es esto, Adrián, y tampoco sé qué te pasa. ¿Podéis explicarme algo alguno de los dos?
—¿Cómo has podido ser tan cabrón? ¿Puedes explicarme por qué me has traicionado de esa manera?
—Os agradecería que alguno me aclarara qué significa todo esto, y a qué viene este numerito, porque me estoy empezando a enfadar de verdad —dijo Pablo dejando los papeles sobre la mesa.
—No hace falta que sigas fingiendo. Sabemos quién es la mano negra que ha estado a punto de acabar con mi carrera.
—¿Sí? ¿Quién? —No podía creerme hasta qué extremo llegaba su hipocresía.
—¿Cómo puedes…? —Tuve que poner una mano delante de Adrián para frenarlo antes de que se lanzara contra él—. ¡Tú! ¡Has sido tú, Pablo! Y no intentes negarlo; eso que te he dado son las pruebas que necesitaba.
Miró los papeles y, de una manera casi maquiavélica, sus labios se torcieron en una mueca.
Una sonrisa apareció en ellos. Me congelé al ver su expresión; nunca había contemplado una sonrisa ni una mirada tan fría ni, sobre todo, que desprendieran tanto odio.
De repente, la persona que tenía delante de mí era un total desconocido.
No se parecía en nada al hombre dulce, romántico y cariñoso con el que llevaba compartiendo mi vida seis meses.
—Sí, he sido yo —dijo por fin—, no voy a negarlo. Habéis tardado en averiguarlo mucho más de lo que pensaba. Os creía más inteligentes. En especial a ti. —Me miró.
—Tú has estado detrás del asunto de las fotos desde el principio, esas fotos que casi terminan con mi carrera. ¿Cómo las conseguiste?
—No, la verdad es que no tuve nada que ver con las del accidente.
Ese mérito se lo tengo que dar a otro, pero fueron las que me dieron la idea después de ver el caos que provocó su publicación.
Como dijisteis en su momento, imagino que sería uno de los conductores que estaban allí quien las tomó, y después las vendió por unos cuantos euros.
—¿Y el resto? —preguntó Adrián con el gesto contraído ante lo que estábamos descubriendo.
—El resto fueron fáciles de conseguir. Hacía años que conocía la existencia de algunas, desde tu época en Pamplona.
Solo tuve que hacer un viaje allí y mover los hilos adecuados.
Beltrán, ¿verdad? —Adrián asintió. No tenía sentido ocultarlo—.
Cuando lo vi en la boda, imaginé que todo estaba a punto de estallar, pero, sinceramente, ya no me importaba.
De todas formas, sabía que ese imbécil no podría mantener la bocaza cerrada.
—¿Cómo lo has hecho? —siguió Adrián.
—Una vez que tuve las fotos en mi poder, manipularlas con Photoshop fue sencillo.
Las demás tampoco resultaron complicadas de conseguir; las de Dani solo tenía que transferirlas a mi móvil desde el de Ana, y otras pocas estaban al alcance de mi mano en tu ordenador.
Respecto a las demás, por unos euros conozco a ciertas personas que venderían a su madre al mismísimo diablo.
Únicamente tenían que seguirte, y tú solito te encargarías de darme lo que necesitaba.
—Pero ¿por qué? No lo entiendo, Pablo. Nos conocemos desde que somos niños, hemos pasado por todo juntos, hemos sido como hermanos durante años —preguntó Adrián con el dolor reflejado en la mirada.
—¿Por qué? Porque no podía permitir que acabaras triunfando en el Madrid.
Tú fuiste el culpable del accidente que acabó con mi carrera y arruinaste mis sueños de convertirme en alguien.
Durante años traté de olvidarlo y te justifiqué, callé y miré para otro lado mientras tú cometías error tras error y te dedicabas a vivir la vida de la forma en que lo hacías.
Juergas, alcohol, drogas, mujeres… Todo eso me daba igual, no te envidiaba, pero entonces el Real Madrid llamó a tu puerta.
El sueño de mi vida, todo lo que había anhelado de pequeño, tú estabas a punto de conseguirlo, y no podía consentirlo.
—El rencor más puro se colaba en cada palabra.
—¿Por qué no me lo dijiste? Podíamos haberlo hablado, podíamos haberlo solucionado, y en vez de eso, decidiste vengarte.
Me sentía en medio de un partido de tenis. Los reproches iban y venían de un lado a otro de la pista, pero sabía que en cualquier momento la pelota iba a caer en un campo y la derrota iba a ser terrible.
—¿Hablar? ¿De qué me serviría hablar? ¿Hablando ibas a devolver mi rodilla al estado en el que estaba antes de ese maldito accidente?
¡Tú tuviste la culpa! —La máscara de frialdad de Pablo se resquebrajó por un instante—.
Te dije que fueras despacio veinte veces, pero no, el niñato de Adrián tenía que hacer lo que le diera la gana, y los demás pagar por él.
—Era un crío, Pablo, solo tenía dieciséis años… El coche se nos echó encima, no pude hacer nada. ¿De verdad crees que no me ha remordido la conciencia durante todos estos años?
—¿Conciencia? Tú no tienes de eso. De ser así, nunca habrías ido detrás de mi novia.
Un momento. Un giro inesperado en la trama. ¿Por qué mi nombre salía a relucir?
—¿Qué quieres decir? —La mirada de Adrián buscó la mía un segundo, pero volvió a centrarse rápidamente en Pablo.
—¿De verdad me creéis tan tonto como para no darme cuenta de lo que estaba pasando entre vosotros? Lo de Ana fue la gota que colmó el vaso de mi paciencia.
—No sé a qué te refieres —trató de defenderse.
—Claro que lo sabes, Adrián. Estás enamorado de mi novia.
No hay que ser un genio para adivinarlo.
Solo hay que tener un par de ojos en la cara para ver la forma en que la miras y cómo te comportas cuando estás a su lado.
Incluso la manera en que peleáis demuestra lo que sientes por ella.
¿Y sabes qué es lo peor? Ella siente lo mismo por ti.
—¡No!
La única palabra que fui capaz de pronunciar en mi defensa. Menudo alegato a mi favor. Comencé a sentir náuseas y decidí sentarme.
—Ana, déjalo, no intentes negarlo. Durante un tiempo, me engañé a mí mismo pensando que solo eran imaginaciones mías, pero entonces esa tarde, la de las fotos, te vi salir llorando del edificio de tu empresa.
Estuve allí, como un necio, rezando para que no fueran más que figuraciones mías, hasta que Adrián apareció y se despejaron las pocas dudas que todavía podía albergar.
No sé lo lejos que habéis podido llegar, realmente ya no creo que eso tenga la menor importancia.
—No ha pasado nada… —comencé, pero callé.
¿De verdad ese iba a ser mi argumento cuando sabía que no era cierto al cien por cien? ¿Podía asegurar que Adrián y yo no nos habíamos acostado la noche anterior? Quizá vacilaba sobre esa noche en concreto, pero no podía negar que sí nos habíamos besado.
—¿Estás segura? —Alargó el brazo y me entregó su móvil—. ¿Entonces quiénes son los que se están besando en esa foto? Porque a mí no me cabe ningún tipo de duda.
No podía ser, ¿cómo tenía esas fotos? Yo esperaba las de la cena de San Valentín, pero junto a esas había una de la noche de mi cumpleaños, justo en el momento en el que Adrián me había besado en la calle.
—Pero ese beso… —Tuve que tragar, notaba la bilis subiendo por la garganta. Respiré profundamente para poder continuar—: No fue nada. Adrián me pilló por sorpresa. Después de eso le di un bofetón y regresé a la fiesta, contigo.
—Oh, gracias por volver conmigo, ¿debo sentirme afortunado?
Ana, por favor, no seas hipócrita. Digamos que te concedo el beneplácito de aceptar que ese momento sucedió como tú dices, pero ¿puedes mirarme a los ojos y jurarme que no ha pasado nada más entre vosotros, que nunca lo has besado?
¿Que no sientes por él nada más que una simple amistad?
Su mirada escrutándome, midiendo mi reacción. Mi cabeza tomó el control instintivo de mis actos y, con un movimiento de negación, terminó mi intervención. Bajó el telón para mi personaje en esta obra.
—Ahí tienes tu respuesta.