Capítulo 60
Un ruido hizo que saltara de la cama. Me dolía todo el cuerpo y sentía que la cabeza me iba a explotar.
Tenía una resaca como hacía años que no padecía.
Miré a mi alrededor: la luz de un nuevo día se colaba en la habitación, el reloj de la mesilla de noche marcaba las diez de la mañana…
¡Mierda, me había dormido! Salí corriendo de la cama y entonces me di cuenta de que había algo que no me cuadraba en la escena.
Me di la vuelta y descubrí por qué. Había alguien durmiendo en la cama junto a mí… y no era Pablo.
«¡Mierda, es Adrián! ¡Y está sin camiseta! ¿Qué he hecho? ¿Me he acostado con Adrián?».
No, no, no, no podía ser… No había podido acostarme con Adrián, en mi casa y en la cama que compartía con Pablo. Entré en el baño hiperventilando, dando vueltas como un ratón en su jaula. No había podido acostarme con Adrián.
Intenté recordar qué había pasado la noche anterior. Recordaba a Adrián y sus lágrimas, la historia de las fotos, la llamada a Pablo y el vino. Recordaba mucho vino, ron y chupitos. ¡Dios mío! ¿Qué habíamos hecho?
Escuché un ruido en la habitación. Adrián había debido de levantarse también. ¿Qué hacía? ¿Salía del baño? O podría quedarme allí, total, había otro baño. Él podía usar el de invitados y yo saldría cuando ya se hubiera ido.
«¡Pues claro que tienes que salir! ¡Sé una mujer!», me dije a mí misma.
Cuando salí del baño, lo que vi me dejó literalmente sin palabras.
Ante mí estaba Adrián; llevaba solo un bóxer negro sobre ese cuerpo que invitaba al pecado.
Los abdominales perfectamente definidos, las piernas de futbolista marcadas, el pelo despeinado y los ojos del verde más intenso que había visto desde que lo conocía.
Estaba como loco buscando algo por la habitación.
—Joder, joder, esto no puede estar pasando. ¿Qué has hecho, Adrián? ¿Qué has hecho? Encima voy a llegar tarde al entrenamiento; me van a matar.
—Buenos días —conseguí vocalizar tras tragar saliva. Adrián se dio la vuelta, sorprendido.
—Buenos días —articuló, por fin, muerto de la vergüenza.
—¿Qué buscas? —pregunté ante la incomodidad que se respiraba en el ambiente.
—El móvil, no consigo encontrarlo, y… mi ropa —añadió en un susurro.
—Creo que está ahí. —Indiqué un bulto en el suelo en el que se distinguían la sudadera y los pantalones que llevaba la noche anterior cuando vino a casa.
—Gracias, tengo que irme ya o voy a llegar muy tarde al entrenamiento, y aparte de bronca, me va a caer una sanción.
—Si quieres, puedes ducharte. —Señalé el baño mientras se vestía.
—No te preocupes, lo haré después de entrenar.
—¿Quieres un café?
¿Pero qué estaba diciendo? Acababa de despertarme en la cama con Adrián, no sabía qué había pasado y solo se me ocurría ofrecerle café.
—No, gracias, no tengo tiempo. —Terminó de vestirse y, antes de que me diera cuenta, estaba ya en la puerta de mi casa—. Te llamo luego para quedar para la reunión. —Se marchó como un rayo, dejándome con la palabra en la boca y totalmente noqueada.
Yo sí que necesitaba una ducha, así que me metí en el baño, no sin antes llamar a Paola y decirle que me iba a retrasar un poco más, pero que en una hora como máximo estaría en la oficina.
Entré en la ducha, dejando que el agua caliente resbalara por mi cuerpo y entonara todos mis músculos. Recapitulemos, ¿qué había pasado?
«Pues está claro, ¿no?», gritó mi subconsciente. «¡Te has acostado con Adrián!».
No, no había podido hacerlo. Además, cuando me desperté, yo llevaba puesto el camisón y la ropa interior, y él estaba con el bóxer, ¿no?
Bueno, realmente no sabía si él lo llevaba puesto debajo de la sábana.
Madre mía, qué cuerpo tenía… ¡Esos pensamientos no ayudaban! Sí, seguro que él tenía el bóxer.
Respiré hondo tratando de recuperar los recuerdos de la noche pasada. Recordaba haber descorchado una botella de vino justo después de colgar con Pablo y después… ¡Mierda! No era capaz de recordar nada más.
Cuatro llamadas perdidas de Pablo, un par de WhatsApps y otras cuatro llamadas perdidas de la oficina era el recuento cuando miré el móvil, pero no tenía tiempo que perder.
—¿Dónde te has metido? —fue el saludo de Paola al llegar a la empresa.
—Luego te lo cuento, ¿está Ricardo muy enfadado?
—Tranquila, no sabe que llegas tarde. Tenía unas reuniones fuera y cuando ha llamado preguntando por ti, le he dicho que estabas al teléfono. Llámalo en cuanto entres.
—Gracias, Paola, eres un cielo —dije accediendo al despacho a la carrera—. ¿Me traes un café doble, por favor? Y un ibuprofeno.
—¿Noche toledana, jefa? ¿Problemas en el paraíso?
—Luego te cuento, de verdad. Voy a llamar a Ricardo, y, por favor, tráeme eso cuando puedas.
Tras colgar con Ricardo, sabía que debía llamar a Pablo, pero no era capaz de hacerlo. ¿Qué le iba a decir cuando ni siquiera sabía qué había pasado? Y además estaba el tema de las fotos; tendría que engañarlo hasta que esa tarde Adrián y yo asistiéramos a la reunión. Me decidí por un WhatsApp.
Cariño, siento no haber dado señales anoche, me dolía la cabeza. Me metí en la cama pronto y esta mañana me he quedado dormida y he llegado tarde a trabajar. Tengo mucho lío. Luego te llamo. Te quiero. Un beso.
En realidad, el dolor de cabeza lo tenía en ese momento, pero bueno, no era una mentira, era una verdad a medias, ¿no? Me sentía como una traidora, estaba engañándolo, y encima lo de Adrián… ¿Por qué tenía que meterme en esos líos?
Por la tarde, estaba tan concentrada en el trabajo que no me percaté de que alguien me observaba desde la puerta de mi despacho. Levanté la vista del documento que revisaba, y ahí estaba él.
—Hola. —Se había cambiado de ropa y llevaba el pelo mojado. Me miraba, pero sin sostenerme la mirada—. Perdona que haya venido sin avisarte, pero me acaba de llamar Alfredo. No quería quedar en un lugar público, así que le he dicho que conocía otro sitio y que quedábamos en veinte minutos.
—Vale, ¿a dónde vamos? —Me levanté como un resorte y cogí el bolso.
—A ninguna parte, la reunión es aquí.
—¿Aquí? —Lo miré con incredulidad—. ¿Pero te has vuelto loco?
—Por favor, Ana, no me quedaba otra opción.
En mi casa no podía ser, y si él no quería en otro lugar…
Tenemos que averiguar qué hay detrás de todo esto.
Si no estás segura de querer involucrarte en este tema, lo llamo ahora mismo y…
—Comenzó a tartamudear, signo de que estaba realmente nervioso y afectado.
—No pasa nada —lo tranquilicé—. Ya casi no queda nadie en la oficina, salvo Paola, y ella es de confianza. Has elegido bien el lugar, así estaremos en nuestro territorio. ¿Cuándo llegará?
—Sobre las seis y media.
—Perfecto. Siéntate y vamos a calmarnos. Le pediré a Paola que nos traiga unas tilas antes de la reunión, necesitamos estar tranquilos para lo que viene —dije apretando su mano, tratando de infundirle un ánimo que ni yo misma tenía.
—Gracias. —Me dedicó una tímida sonrisa—. No sé qué haría sin ti.