Capítulo 59
Al final habíamos decidido que fuera Pablo quien se trasladara a mi ático, puesto que allí había sitio de sobra para los dos, y ese mismo fin de semana comenzamos con la mudanza.
Con Pablo ya instalado, empezó una nueva vida para nosotros.
Hacía mucho tiempo que no compartía casa, y aunque al principio nos costó acostumbrarnos, en menos de un mes éramos la viva imagen de la compatibilidad.
Labores domésticas, controladas al cien por cien.
Si él cocinaba, yo fregaba; si yo ponía la lavadora, él planchaba.
Rutina, cero. Cada día buscábamos algo diferente que hacer.
Discusiones por el mando de la televisión, cero.
Era como si nuestra burbuja se hubiera instalado de nuevo sobre nosotros y el mundo exterior hubiera dejado de molestarnos.
Mi casa, en la que tantas veces me había sentido sola, ahora era un verdadero refugio para mí.
Deseaba salir de la oficina para llegar a mi hogar, simplemente por el placer de compartir un rato de sofá y manta acurrucada junto a mi novio.
Pero, como dice la canción, todas las cosas buenas tienen un final…
Y entonces, la burbuja explotó.
Había salido de la oficina pronto; quería preparar algo especial para cenar, y Pablo aún tenía que regresar de un viaje.
Llamaron a la puerta. Miré el reloj, era tarde para visitas, pero mi hermana se había pasado alguna noche para que la ayudara a preparar los papeles del Erasmus, así que abrí sin mirar.
Pero no era mi hermana quien estaba en el descansillo.
—Hola, Adrián. Tengo el pescado en el horno y se me va a quemar, espera un segundo a que lo baje. Pasa y ponte cómodo.
El aludido entró sin decir una palabra y se quedó en el salón mientras yo iba hasta la cocina.
Cuando regresé, seguía en la misma postura.
Entonces lo miré por primera vez a la cara, y lo que vi me dejó sin habla.
Tenía los ojos hinchados, como si hubiera estado llorando; su gesto era de total indefensión y, sobre todo, dolor. Se me puso la carne de gallina.
—Adrián, ¿qué pasa? —Se acercó y me rodeó con sus brazos.
Pasados unos segundos, su cuerpo se retorcía junto al mío.
Estaba llorando. Sus lágrimas se me clavaron como estacas en el corazón mientras le acariciaba el pelo y trataba de tranquilizarlo—.
Está bien, cariño, respira y cuéntame qué sucede.
Me estoy asustando, ¿ha pasado algo? —Una imagen de Pablo cruzó mi mente—. ¿Le ha pasado algo a Pablo?
—Ha sido él —fueron sus únicas palabras.
Seguí abrazada a él mientras se desahogaba durante más de diez minutos.
Notaba mis músculos agarrotados y la camiseta empapada por sus lágrimas, pero no me moví ni un centímetro.
Solo lo acuné contra mí, y de vez en cuando le daba un beso en el pelo mientras con mis manos seguía tratando de calmarlo.
—Lo siento. —Al fin se apartó y se limpió los ojos en la manga de la sudadera.
—Pablo estará a punto de llegar. Ven, vamos a sentarnos y podrás explicarme qué ha ocurrido.
—Acabo de salir de una reunión y creo que ya sé quién está detrás de todo lo que ha estado pasando. Las fotos de mis supuestas correrías de juventud, las de mi hijo. Ha sido… —el dolor se reflejó en su cara al pronunciar cada palabra— Pablo.
«Espera, espera un segundo», pensé. «Estoy tonta y tan obsesionada con mi novio que no oigo más que su nombre por todas partes». ¿Pablo? Eso era imposible, había escuchado mal.
—Ha sido Pablo, Ana. Esas fotos las ha vendido Pablo.
—No me puedo creer que hayas caído tan bajo como para acusar a tu mejor amigo de algo tan horrible. ¿Qué quieres conseguir con eso?
Mi cerebro se negaba a asimilar lo que Adrián estaba tratando de decir.
—Ana, yo tampoco había querido creerlo hasta hoy.
Pero todo apunta a él. No estaría aquí contándotelo si no estuviera seguro casi al cien por cien.
No quería decirte nada hasta que no tuviera una certeza absoluta y en mis manos las pruebas fehacientes, pero cuando he salido de la reunión, estaba tan destrozado que no podía contárselo a nadie que no fueras tú.
Llámame egoísta, pero hoy más que nunca necesitaba tu abrazo y tu presencia. Ana, te necesitaba.
Y no sé si me impactaron más las acusaciones contra mi novio o su forma sincera y abierta de admitir que me necesitaba.
¿Y si decía la verdad? Conocía a Adrián, y jamás sería capaz de inventarse algo así.
Incluso en los peores momentos, siempre había ido con la verdad por delante.
Además, estábamos hablando de Pablo, su mejor amigo, la persona en la que más confiaba del mundo entero, su hermano.
No, aquello no estaba ocurriendo, aquello no era más que una horrible pesadilla.
—No, debe de tratarse de un error, me niego a creer eso que dices. Te han mentido, Adrián. Cuando Pablo venga, lo aclarará todo.
—No va a venir, Ana —dijo tajantemente.
—¿Cómo qué no? Estoy esperándolo para cenar. Hace un rato me mandó un mensaje avisando de que no tardaría en llegar; estará al caer.
—No va a venir, Ana. Imagino que te llamará en un rato para decirte que ha surgido cualquier cosa y que pasará la noche fuera de casa.
—Pero ¿dónde va a quedarse? ¿Tú cómo sabes eso? —En ese momento no sabía qué sentir.
—Porque hoy ha ido a enviar las últimas fotos. Unas fotos en las que salimos tú y yo, cenando el día de San Valentín en un restaurante romántico. Es decir, las fotos de la traición a mi mejor amigo con su novia.
—¡¿Qué?! —grité mientras sentía cómo todo mi cuerpo se hundía en el pozo de la desolación.
—En unos días saldrán publicadas en la prensa. Nos ha traicionado, Ana.
—Explícame qué es lo que está pasando, Adrián. —Me senté en uno de los sillones del salón.
Adrián empezó la narración más horrible que podáis imaginar nunca.
Todo había comenzado el día de la boda de Rafa y Cris.
Tras nuestra pequeña discusión fuera del restaurante, Beltrán, uno de los fotógrafos de la boda y conocido de Adrián, se había acercado a él y le había dicho que no se fiara de las apariencias, que aquellos que parecían amigos eran los que iban clavando verdaderos cuchillos en la espalda.
Durante toda la boda, Adrián no había podido dejar de darle vueltas a esas palabras.
Cuando Beltrán terminó su trabajo, y después de mucho insistir, acabó poniéndolo al tanto de sus sospechas.
Además de sacarse unos euros como fotógrafo en eventos, Beltrán trabajaba como freelance por toda España.
Unos meses atrás había realizado un reportaje en Pamplona de un famosillo y su nueva novia, y tras la última sesión vio a Pablo salir del mismo edificio donde se localizaba la agencia a la que iba a vender esas fotos.
Trató de llamar su atención para saludarlo, pero tras darse la vuelta y reconocerlo claramente, Pablo se hizo el despistado y siguió su camino.
Beltrán no volvió a pensar en ese encuentro hasta que unos días después salieron publicadas en la web las fotografías de las juergas de Adrián en Pamplona. Le extrañó mucho la coincidencia, pero no le dio más importancia.
Hacía un mes, más o menos, estando en la sede de la agencia en Madrid, por casualidad vio las fotos con las que estaba negociando un colega asiduo de la agencia; en ellas aparecía Adrián de nuevo.
Eran las fotos de Dani, pero como él ignoraba que Adrián tenía un hijo, simplemente le preguntó de dónde las había sacado, y este no le dio muchas explicaciones, tan solo apuntó que la fuente era totalmente fiable.
Esa misma tarde, cuando salió de la agencia, vio entrar a Pablo de nuevo en las oficinas.
Entonces empezó a mosquearse; sabía que algo estaba pasando allí, y un par de días después, cuando saltaron las fotos a la palestra, todo comenzó a encajar.
Tal y como me contó Adrián cuando comimos juntos, había empezado a negociar con la web que había publicado las fotos una posible entrevista exclusiva; a cambio había pedido información sobre el origen de esa publicación.
Al principio se habían mostrado reticentes, incluso le llegaron a decir que las habían recibido de forma anónima, pero finalmente le proporcionaron el nombre de la agencia que se las había vendido.
Esa misma tarde Adrián había quedado con Beltrán, quien, después de varias llamadas, había conseguido confirmar que esas fotos las había vendido a la agencia un tal Alfredo López, justo el fotógrafo que él había encontrado aquel día con las fotos de Adrián y su hijo.
Además, le habían confirmado que esa misma tarde esperaban unas imágenes muy jugosas de Adrián junto a la novia de su mejor amigo.
—No lo entiendo. Si las fotos las vendió a la agencia el tal Alfredo, eso significa que Pablo se las vendió a él, ¿no?
—Eso cree Beltrán, y eso es lo que me gustaría saber a mí, pero si es verdad, no sé cómo voy a… —Tuvo que callarse, ya que las lágrimas amenazaban con volver a inundarlo.
—No puedo creer que esto esté pasando de verdad —dije tomando aire—.
Todo el mundo es inocente mientras no se demuestre lo contrario, ¿no?
Hasta que no estemos seguros de qué está ocurriendo aquí, no lo comentes con nadie.
Yo te ayudaré, y si realmente ha sido Pablo —se me hizo un nudo en la garganta solo de pensar en esa posibilidad—, ya veremos cómo lo afrontamos.
Lo primero es hablar con Alfredo, ¿tienes un número o una dirección donde localizarlo?
—Me ha costado mucho, pero he podido hablar esta tarde con él. Hemos concertado una reunión mañana, le he dicho que dispongo de unas fotos que le pueden interesar.
—Perfecto, yo te acompaño. Lo segundo que haremos es llamar a Pablo, vamos a ver dónde está.
Cogí el teléfono y marqué el número del móvil de mi novio. Tardó más de lo normal en cogerlo.
—Hola, cariño —contestó, por fin, cuando estaba a punto de colgar.
—Hola, cielo, ¿dónde estás? —Traté de aparentar normalidad.
—Estaba a punto de llamarte. Me ha surgido un problema y al final prefiero quedarme en mi casa a dormir hoy, se ha hecho muy tarde. —Escuché un ruido por detrás—. Cariño, ahora mismo me pillas fatal, te llamo en un rato, ¿vale? Un beso.
Me quedé mirando el móvil sin saber qué decir. Me había colgado y encima no iba a venir. ¿Y si Adrián tenía razón? ¿Y si Pablo estaba detrás de aquel engaño?
—¿Qué ha dicho? Estás blanca.
—Me ha dicho que le ha surgido un problema… y no va a venir. —Haciéndome a la idea de lo que eso suponía, lo miré y pregunté con temor—: Está vendiendo las fotos, ¿verdad?
—Sí, creo que sí —dijo frotándose la cara con las manos—. ¿Y ahora qué hacemos?
Me acerqué a la cocina, saqué dos copas y una botella de vino, y regresé al salón. Le di la botella a Adrián para que la abriera y sirvió el vino en las copas.
—¿Te apetece cenar pescado? —pregunté mientras tomaba una y me la bebía de un trago. Se la volví a tender para que la rellenara. Iba a ser una noche muy larga.