Diario de una soltera convencida Capítulo 58
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Capítulo 58

Mi ánimo el lunes por la mañana estaba por las nubes.

Fuera lucía un sol espléndido y los pájaros cantaban, la primavera estaba despertando y yo me sentía, por primera vez desde San Valentín, serena.

A mi lado dormía un hombre extraordinario, que me amaba, que me había hecho recuperar la ilusión y que era el culpable de la sonrisa de boba que adornaba de nuevo mi cara desde el sábado por la noche.

¿Cómo podía ser que en cuestión de horas hubiera pasado de ver todo muy gris, incluyendo mi relación con Pablo, a volver al color de rosa?

La respuesta era sencilla, y no es la que estáis pensando.

Vale, no voy a negaros que una buena sesión de sexo increíble con Pablo hubiera podido ayudar, pero no consistía solo en sexo.

Habíamos estado hablando de nuevo, como hacíamos al principio de nuestra relación.

Nos habíamos pasado horas en la cama, entre besos y largas conversaciones, entre caricias y risas.

Antes del sábado, tenía la sensación de que todo había sido tan intenso durante los meses anteriores que no habíamos disfrutado al completo del hecho de estar juntos.

Puede que solo lleváramos juntos cuatro meses, pero habían pasado tantas cosas que era como si el tiempo se hubiera multiplicado por diez.

Salí de la ducha con solo una toalla cubriendo el cuerpo y otra en el pelo, y fui a la cocina a preparar el desayuno.

Pablo aún dormía, y no quería despertarlo.

Mientras preparaba café y unas tostadas, no podía dejar de darle vueltas a lo tonta que había sido.

¿Cómo había podido dudar de mis sentimientos? ¡Estaba loca por él!

Cuando terminé de elaborar todo, lo puse en una bandeja y me encaminé a mi habitación.

Pablo dormía boca bajo; apenas entraban unos tímidos rayos de sol por la ventana que se reflejaban en los músculos de su espalda y en su pelo.

Se me secó la boca ante tal imagen. Me tumbé a su lado y, con los nudillos, empecé a hacerle cosquillas en la nariz.

—Cariño —dije con la voz más melosa que pude—, aún es pronto, me queda un rato para ir a la oficina, y mira —coloqué su mano sobre la piel desnuda de mi pierna—, todavía estoy sin vestir, solo llevo una toalla, pero ya que no te levantas, voy a tener que empezar a vestirme…

Entonces su mano me atrajo hacia él y, con un rápido movimiento, tiró de la toalla para que cayera al suelo, dejándome desnuda bajo su cuerpo.

Se acercó a mi boca, primero recorriendo mi labio inferior con su lengua, para después besarme.

Cuando nos separamos, tardé unos segundos en recobrar la respiración.

Guau, eso era un beso, y lo demás, tonterías.

—Buenos días. —Sonreí tumbándome sobre su pecho—. Estás perezoso esta mañana, ¿eh? Ya veo que no hay nada como amenazar con ponerme la ropa para que te despiertes.

—Ni se te ocurra vestirte aún. —Acercó su nariz a mi melena—. Me encanta cómo huele tu pelo —repitió el gesto sobre mi piel— y me encanta cómo hueles tú.

Poco a poco sus manos se perdieron en mi cuerpo, y las mías, en el suyo. Entre besos y caricias ambos nos amamos con cada centímetro de piel, mientras el tibio sol del día primaveral empezaba a entrar por la ventana y bañaba nuestros cuerpos desnudos.

Una ducha, un café y cada uno salimos para nuestras obligaciones diarias. Estaba entrando en la oficina cuando mi móvil sonó; era un WhatsApp de Pablo.

¿Te he dicho que te quiero? Te quiero, te quiero, te quiero… Gracias por hacerme tan feliz, eres maravillosa. Nos vemos esta noche en casa. Luego te llamo. Un beso.

Ayyy, ayyy, ayyy… Esos eran mis suspiros de amor. Contesté enseguida:

Sí, me lo has dicho, pero me encanta que me lo repitas. Yo también te quiero. Nos vemos luego, un besito.

Y con la misma cara de felicidad que si me hubiera tocado la lotería, entré en mi despacho, dejé el bolso y encendí el ordenador con las energías renovadas y llena de optimismo. El mundo era un lugar maravilloso cuando se está enamorado, ¿verdad?

Un par de horas después peleaba con el dosier del último contrato que Ricardo me había entregado, un verdadero aburrimiento, una empresa especializada en ordenadores que quería extender sus negocios, cuando mi móvil sonó de nuevo. « Pablo », pensé, pero esa vez me equivoqué: era Adrián.

Hola, Ana, ¿recuerdas que tenemos una conversación pendiente? ¿ Me paso por tu despacho a las 14:30 y comemos juntos? Tú eliges el restaurante, y yo invito.

Tecleé mi respuesta al momento.

Lo recuerdo. Me parece bien, te espero en la puerta. Me da igual, lo que más te apetezca.

Dejé el móvil y continué con el trabajo, pero volvió a sonar.

No, no, eliges tú. Bastante vas a tener con soportar mi charla para que encima la comida no te guste. Además, soy un caballero: la dama elige.

Sonreí y volví a escribirle.

En serio, me da igual. Además, tu charla no es tan aburrida, tienes tus momentos… ¿Te parece italiano?

Un par de segundos ya tenía mi respuesta.

¿Cómo que tengo mis momentos? ¿Me estás llamando aburrido? Vaya amiga que tengo. ;) Me parece perfecto ir al italiano. Un beso.

Y así seguimos durante más de una hora, mandándonos mensajes mientras trataba de leer el dosier.

Había olvidado lo divertido que podía llegar a ser Adrián.

Después de todo el drama y todos los malentendidos, parecía que las cosas volvían a la normalidad.

No, en realidad, eran mejor que antes. Nunca había tenido un amigo con el que poder hablar de la forma en que lo hacía con él, y eso me gustaba mucho.

A las dos y media en punto salí de mi despacho. Adrián ya estaba esperando en la puerta. Se acercó, me dio un abrazo y dos besos.

—Vamos a comer —dijo mientras me ofrecía el brazo y yo lo aceptaba gustosa.

Entrar en un restaurante del brazo de uno de los futbolistas más conocidos del momento era como entrar en misa cuando ya había empezado el sermón: todo son miradas indiscretas, codazos y cuchicheos.

El primer día me sentí violenta, pero después de varios meses ya me había acostumbrado a ese momento embarazoso.

Un silencio incómodo se instaló entre los dos cuando el camarero se alejó con nuestra comanda. Era Adrián quien tenía interés en aquella conversación, así que dejé que fuera él quien decidiera cómo empezar y por dónde hacerlo.

—Ya sé que te lo dije el sábado, pero debo volver a hacerlo —rompió, por fin, el tenso silencio—.

Lo siento, Ana. Siento haberme comportado como un imbécil contigo y haberte acusado de lo de las fotos.

Fue un impacto para mí darme de bruces con las fotos de mi hijo en la prensa; he intentado protegerlo de todo esto, y sentir de repente que había fallado supuso un duro golpe.

Lo pagué con quien tenía al lado en ese momento.

Como se suele decir, siempre pagan los platos rotos las personas con las que más confianzas tienes, y yo lo hice contigo.

Sé que no es motivo para justificar ni mi comportamiento ni mis palabras, pero espero que lo entiendas y que puedas llegar a perdonarme.

—En su voz había un arrepentimiento tan profundo que me llegó al alma.

—Tranquilo, Adrián. —Tomé su mano entre las mías y la apreté—.

Por mi parte, todo está olvidado. Sé lo importante que es tu hijo para ti, y no tienes por qué darme más explicaciones.

Como te dije el sábado, te perdoné hace mucho tiempo, pero yo también soy cabezota y orgullosa; no iba a dar el primer paso para arreglar las cosas.

—Somos dos cabezotas orgullosos —dijo con un tímido amago de sonrisa—. Tenías razón en todo lo que me dijiste el sábado, me merecía cada palabra.

—El sábado ambos dijimos muchas cosas que ninguno de los dos sentía, es lo que pasa cuando estás enfadado.

Siempre se dicen palabras de las que más tarde te arrepientes.

Sabes que en realidad no siento nada de lo que dije.

—Las cosas entre nosotros estaban aclaradas, así que decidí lanzarme hacia otro tema espinoso—.

Sé que no es un tema agradable, pero ¿sabes algo más de las fotos? ¿Sabes cómo han podido salir a la luz?

—Estoy en ello. He conseguido hablar con los responsables de la web en la que se publicaron y, según ellos, las recibieron de forma anónima en una de las cuentas de correo electrónico que utilizan, pero no me lo creo.

Quiero llegar al fondo de este asunto, así que estoy negociando con ellos una posible entrevista a cambio de más información.

Ellos me dan lo que quiero y yo les concedo la exclusiva, la única entrevista, defendiéndome de esas acusaciones.

—¿Estás seguro de eso? ¿Sabes dónde te estás metiendo? —No me hacía ninguna gracia lo que pensaba hacer.

—Creo que es la única solución. Sé que hay alguien detrás de todo esto. Están emprendiendo una campaña en mi contra, y quiero saber quién es el responsable.

—Adrián, ten cuidado, por favor, y si necesitas ayuda, no dudes en pedírmela, ¿vale?

—Lo tendré, tranquila, y muchas gracias… por todo.

Y esa última palabra, y, sobre todo, su mirada al decirla significó más que todas las anteriores. Sabía que todo había quedado olvidado, y una sensación de alivio y alegría me invadió. Las cosas volvían a la normalidad con Adrián, y eso me hacía sentir bien.