Diario de una soltera convencida Capítulo 57
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Capítulo 57

Las bodas simbolizan alegría y diversión, un canto al amor y, sobre todo, comida y bebida a raudales.

En esa boda, necesitaba mucho de lo último para soportar estar sentada a la misma mesa que Adrián y no lanzarme a su cuello para darle un par de bofetadas.

Durante toda la cena tuve que aguantar sus pullitas tras cada uno de mis comentarios.

¿Habéis sentido alguna vez que tenéis ganas de matar a alguien, pero además con ensañamiento?

Eso era justo lo que sentía yo esa noche hacia Adrián.

Lo peor era que no podía apartar los ojos de él; la camisa blanca le sentaba fenomenal, destacaba el tono ligeramente bronceado de su piel.

Cada vez que se levantaba, dejaba un reguero de suspiros y admiraciones femeninas a su paso.

Cris y Rafa ya habían abierto el baile, y yo estaba esperando a que me sirvieran una copa en la barra libre cuando las cosas empezaron a cambiar. Cerca de mí se había formado un pequeño grupo de mujeres haciendo lo que más nos suele gustar en estas ocasiones: cotillear.

—¿Habéis visto al futbolista? —preguntó una.

—¿Adrián Castillo? Sí, está tremendo. —Puse los ojos en blanco al escucharlas; el guaperas de Adrián, como siempre, causando estragos.

—La verdad es que está muy bueno —oí que decían.

—Sí, es muy guapo, pero míralo, está totalmente solo —añadió otra.

—Pues yo le veo mala cara —fue el comentario de una de las mujeres.

—Eso debe de ser de todo lo que se mete. ¿Habéis visto las fotos? Qué vergüenza, menudo deportista. Así son todos; menudo ejemplo da.

—Y ahora resulta que tiene un hijo; a saber, de quién es.

Según iba escuchando los comentarios, la rabia iba creciendo en mi interior.

¿Cómo se atrevían a decir eso de Adrián?

No lo conocían, no sabían nada de su vida ni lo mucho que había tenido que luchar para llegar donde estaba.

Los comentarios de ese tipo continuaron durante unos minutos, y cuando no pude aguantarlo más, me acerqué a ellas.

Una cosa era que yo hubiera discutido con él y no lo soportara, y otra, que alguien lo insultara delante de mí sin que yo hiciera nada al respecto. Eso sí que no lo podía consentir.

—Perdonad que os interrumpa, no he podido evitar oír que hablabais de Adrián. Aparte de que es realmente guapo, lo que salta a la vista, os puedo asegurar que es mejor aún por dentro. No puedo entender cómo, sin conocerlo, lanzáis ese tipo de acusaciones, y más estando él delante.

—¿Tú quién eres? ¿Su guardaespaldas? —soltó una mirándome por encima del hombro.

—No, solo soy su amiga. Lo conozco, y ni esas fotos son verdaderas ni Adrián se mete nada, como habéis dicho.

No es más que un futbolista, un chico de barrio que ha tenido que luchar mucho para llegar donde está; nadie nunca le ha regalado nada.

Así que, antes de hablar de la gente, ¿por qué no os informáis un poco de la realidad y dejáis de hacer caso a las estupideces que se vierten en los programas del corazón?

—¿Y tú por qué mejor no te metes donde te llaman?

Sentía calor en las mejillas. No quería montar un numerito, y menos en una boda, pero me estaba enfadando. Entonces una mano se posó sobre mi hombro.

—Disculpad a mi amiga. —Reconocí esa voz. Adrián, con serenidad, miraba a las cuatro mujeres—. De vez en cuando le sale su vena de defensora de causas perdidas.

—No, lo sentimos nosotras —se intentó disculpar una de ellas—. No deberíamos haber dicho nada.

—Tranquila. Disfrutad de la boda. Vamos, Ana.

Me agarró del brazo y guio mis pasos para que me alejara de allí. Salimos y me puso su chaqueta sobre los hombros; esta vez no me la quité. Vi cómo se dirigía al recipiente que los novios habían dejado con cigarros y un mechero para los invitados. Me tendió uno y acercó el mechero para darme fuego.

—Gracias —dije mientras le daba una calada y me sentaba en uno de los bancos.

—Gracias a ti por defenderme de esa manera. Después de todo lo que he dicho y he hecho en los últimos tiempos, eres la última persona que pensaba que saldría en mi defensa y, sin embargo, ahí estabas sacando las garras por mí.

—Adrián, que tú y yo hayamos discutido y tengamos nuestros problemas no es motivo para que tolere que otras personas que no te conocen hablen así de ti.

Y mucho menos me voy a quedar callada. Lo siento, pero no podía consentirlo.

Eres mi amigo, y nadie habla así de las personas que me importan. —Volví a dar una calada al cigarrillo.

—¿Aún sigues considerándome tu amigo? —Me dedicó esa mirada tan suya al decirlo. Esa mirada que sabía cómo derretirme.

—A pesar de que en ciertos momentos de esta noche he tenido ganas de asesinarte —una tímida sonrisa apareció en su cara—, de todas las barbaridades que has dicho, de acusarme de vender las fotos de tu hijo, y a pesar de todas las lindezas que me has dedicado últimamente, sí, Adrián, aún te considero mi amigo. No me preguntes por qué, pero es así.

—Lo siento, Ana.

Un profundo suspiro escapó de sus labios y me pilló por sorpresa.

Se sentó junto a mí con la mirada del niño perdido, solo y asustado que se escondía tras esa pose de chico duro que trataba de poner de vez en cuando.

Yo sabía lo que ocultaba y sabía cómo era en realidad debajo de esa coraza.

Pablo me lo había dicho una vez: Adrián era de los que merecían la pena. Y tenía razón.

—Olvídalo, Adrián, ya ha pasado todo. ¿Tú recuerdas algo? Porque yo, no. —Le guiñé un ojo—. Vamos dentro a disfrutar de la fiesta.

—Ana, tenemos una conversación pendiente.

—Mañana, o mejor el lunes, que mañana no sé cómo estaremos —me reí—, me invitas a comer o a tomar café y hablamos tranquilamente de lo que quieras, ¿vale?

Nos levantamos, y cuando iba a entrar, me atrajo hacia él y me envolvió entre sus brazos.

Al principio me tomó tan de sorpresa que no reaccioné, pero después yo también lo abracé.

Ese mes había sido demasiado duro por muchas cosas, y una de ellas, y no lo podía negar, había sido estar lejos de Adrián.

«Gracias», susurró en mi oído, haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera.

—Por fin. —Oímos la voz de Pablo a nuestra espalda y nos separamos—. Esta vez os ha costado hacer las paces, ¿eh? Por lo que veo, todo aclarado, ¿no?

—Sí. —Me aparté, aun sintiendo el tacto de Adrián sobre mi cuerpo—. Eso parece. Al final la sangre no ha llegado al río. —Me reí y agarré del brazo a mi novio.

Cuando Adrián se hubo marchado, Pablo se acercó y me besó con pasión, como hacía días que no me besaba. Yo aún llevaba la chaqueta de Adrián sobre los hombros, pero Pablo coló sus manos por debajo, recorriendo mi espalda por encima de la tela de mi vestido.

—Estaba deseando hacer eso desde que te he visto esta tarde —dijo mientras seguía besándome—. ¿Te he dicho que eres la más guapa de la boda?

Empecé a juguetear, pasando mis dedos entre los mechones de su pelo.

Quizá Pablo no era tan espectacular como Adrián, sin embargo, sus intensos ojos negros creaban una armonía perfecta con el resto de sus rasgos, sus marcadas facciones y sus labios carnosos.

Me quedé mirándolo fijamente. Una sonrisa iluminó su cara, y entonces me di cuenta de que aún seguía ahí esa chispa.

—¿Qué te pasa? —dijo sonriendo y abrazándome.

—Te quiero.

—Lo sé, yo también te quiero a ti, preciosa. Ana, todo esto de la boda, ver a Rafa y a Cris tan felices me ha hecho plantearme muchas cosas. —Mi rostro reflejó pánico—. Tranquila, no voy a pedirte que te cases conmigo… todavía. —Me relajé—. Pero he pensado, ¿por qué no nos vamos a vivir juntos?

—¿Vivir juntos? Apenas llevamos saliendo cuatro meses. ¿No crees que sea un poco precipitado?

—¿Por qué? ¿Hay alguna norma que no conozca sobre el tiempo que debe transcurrir antes de que podamos irnos a vivir juntos?

—No, pero… —La verdad era que no podía encontrar un motivo para no hacerlo.

—¿Por qué no? En realidad, si lo piensas, no sería tan diferente a como estamos ahora mismo. Ya pasamos casi todos los días juntos, y también casi todas las noches.

—Está bien.

—¿Está bien? ¿Eso es un sí?

—Sí, hagámoslo, vayamos a vivir juntos.

Y en ese momento estaba segura de que ahí era donde quería estar, entre los brazos de Pablo.

Miré a Adrián, que nos observaba a través de los cristales, y le sonreí.

Tímidamente me devolvió la sonrisa, pero en sus ojos atisbé algo que no quería aceptar.

Aparté de mi mente esos pensamientos; había elegido una vez más.

Se había acabado pensar en Adrián y darle más vueltas a la cabeza a ese respecto.

Cuando entramos en el salón, sonaba una canción conocida. Sin dudarlo, me abracé a mi novio y empezamos a bailar como la primera vez que lo habíamos hecho, en la fiesta de Navidad de mi empresa.

Adrián era mi amigo, y lo apreciaba, pero Pablo era mi novio, la persona con la que había decidido compartir mi vida, y esa era mi realidad, ¿no?