Diario de una soltera convencida Capítulo 56
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Capítulo 56

Durante todo el cóctel, tanto Adrián como yo jugamos al ratón y al gato, tratando de no cruzarnos en ningún momento. Sin embargo, cuando Rafa y Cris se acercaron a nosotros con la intención de tomarse una foto con todo su grupo de amigos, las chispas comenzaron a saltar.

—Ay, me estás pisando el vestido. ¿Te importa apartar tu pie? —protesté cuando terminamos de hacernos la foto, pero Adrián no me hizo ni caso—. Perdona, ¿estás sordo? ¿Te importa quitar tu pie de encima de mi vestido, Adrián? —insistí.

—No sabía que estabas aquí —dijo con cierto retintín. Por fin se apartó, pero al hacerlo tropezó con uno de los camareros, que no lo pudo esquivar, y tiró al suelo todo lo que llevaba en la bandeja—. ¿Ya estás contenta? Mira lo que ha pasado por tu culpa.

—¿Yo? Ahora voy a ser yo la razón de que seas un patoso y no sepas moverte sin causar daño a los que están a tu alrededor. Si eres torpe, yo no tengo la culpa.

—Haya paz —intervino Pablo, viendo que nuestros tonos empezaban a subir más de lo correcto y que la gente nos miraba.

—Díselo a tu novia, aunque, pensándolo mejor, me voy yo, no le vaya a dar por sacar la cámara. Todos sabemos lo mucho que le gustan las fotos.

—No voy a molestarme en contestarte, Adrián, ya he gastado demasiada saliva contigo. —Me alejé y, después de coger una copa de vino, salí a fumar.

Fuera la noche estaba cayendo. Había salido tan acalorada que no advertí cómo había bajado la temperatura y agradecí el fresco, pero tras unos minutos empecé a tener frío.

Había dejado el bolero en el guardarropa y no tenía ganas de estar molestando de nuevo.

Me froté los brazos para entrar en calor y entonces noté que alguien ponía una chaqueta sobre mis hombros.

Pablo, mi caballero andante, siempre dispuesto a cuidar de mí.

Me di la vuelta para darle un beso de agradecimiento cuando me encontré con otra persona. Adrián.

—Muchas gracias, pero no lo necesito. —Me quité la chaqueta y se la devolví.

—No seas cabezona, te vas a quedar helada. —Me giré para volver dentro, pero me agarró la mano haciendo que me detuviera—. Ana, ¿podemos hablar?

—No tengo nada que hablar contigo. —Quité su mano de mi brazo.

—Encima de traidora, prepotente —dijo lo suficiente alto para que pudiera oírlo.

—¿Qué me has llamado? —pregunté intentando controlar mis nervios.

—Lo has oído perfectamente: prepotente y traidora. Y se me ocurren unas cuantas cosas más.

—Mira, ¡qué casualidad! A mí también se me ocurren unas cuantas cositas que llamarte.

—Gilipollas, ¿no?

—Pues mira por dónde, sí, esa es una de ellas. Junto a imbécil, engreído, niñato y maleducado —lo solté todo de golpe mientras lo fulminaba con la mirada.

—Habló la santa. Tienes más veneno que las víboras. Ten cuidado no vayas a morderte la lengua y te envenenes tú sola.

—¡Qué comentario tan agudo! ¿Se lo has copiado a tu pareja? Ah, no, espera, que no tienes, has venido solo.

—Ya sabes lo que dice el refrán: «Más vale solo que mal acompañado».

—No podría estar más de acuerdo, aunque los floreros que estás acostumbrado a llevar del brazo no se pueden catalogar precisamente de acompañamiento. Yo diría que sirven más de decoración.

—No todo el mundo tiene tu don de palabra ni tu capacidad para clavar puñales por la espalda.

Si las miradas matasen, en ese momento deberíamos estar muertos los dos, porque la mirada que nos echamos el uno el otro fue de las que dejan sin habla.

Pablo había estado observando en la distancia toda la conversación, pero al ver que no solucionábamos nada, sino que, al contrario, parecía que en cualquier momento uno de los dos, o los dos nos íbamos a lanzar a la yugular del otro, hizo acto de presencia junto a su amigo Julián.

—Hola, chicos, ¿todo bien por aquí?

—De maravilla —fue nuestra respuesta simultánea.

—Hola, guapo, ¿cómo estás? —saludé a Julián, uno de los amigos de Pablo y Adrián con el que mejores migas había hecho desde que lo conocí. Me dio un abrazo.

—Muy bien. ¿Y tú? Déjame ver esa preciosidad de vestido que llevas. —Di una vuelta para que admirara el vestido—. Dime que no es un Elie Saab de alta costura.

—No puedo decírtelo, porque lo es. —Julián era un experto en moda, no solo por ser gay, sino porque era un entusiasta de su trabajo en ese mundo. Le guiñé un ojo—. Espera, que no has visto lo mejor. —Me levanté el dobladillo un poco para que viera los zapatos.

—Ay, madre del amor hermoso. ¡Qué preciosidad de Manolos!

—Aunque la mona se vista de seda… —escuché en un murmullo. No me hacía falta mirar, porque sabía de dónde procedía.

—Bueno, preciosa, voy a felicitar a los novios. Te veo ahora, que estamos sentados a la misma mesa.

—Claro que sí. —Le devolví el abrazo.

—Cuidado con los cuchillos, no te los vaya a clavar —volvió el murmullo de Adrián.

—Si tienes algo que decirme, hazlo a la cara —lo encaré cuando Julián se había alejado—. Pablo, vámonos dentro, por favor, o voy a tirar la copa de vino encima de la cara de cierto amigo tuyo. Imbécil —fue mi despedida al abrir la puerta y entrar.

—Traidora —escuché su última palabra.

Fin del primer round . Resultado: tablas.