Diario de una soltera convencida Capítulo 55
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Capítulo 55

Un par de días después, Pablo y yo paseábamos en silencio por el Retiro.

Hacía una tarde espléndida y necesitaba contarle la verdad, necesitaba reconciliarme con él de la misma forma en que lo había hecho con mi pasado.

A pesar de que ese mes de marzo había sido lluvioso y frío, parecía que el tiempo nos había dado una tregua, y lucía un tímido sol que nos animó a salir y nos ayudó a poner las cartas sobre la mesa.

Teníamos muchas cosas que aclarar, y ese era el momento adecuado.

No podíamos posponerlo más. Sentados en uno de los bancos del famoso parque madrileño, me sinceré por completo con él y le confesé todo lo relacionado con Diego.

—¿Por qué no me lo habías contado antes? —Me miró mientras yo me limpiaba los ojos con un pañuelo—. Llevamos más de tres meses juntos y nunca me habías hablado de Diego ni de lo que había pasado.

—No es un tema fácil para mí, Pablo. No se inicia una relación con otra persona diciéndole: «Por cierto, me llamo Ana y hace tres años el hombre con el que me iba a casar murió. Ah, además perdí el hijo que estaba esperando».

—Puedo entender que al principio fuera así, Ana, pero después era distinto. Soy tu novio, se supone que tienes que confiar en mí, o deberías…

—Confío en ti, Pablo, pero no era fácil hacer frente a la verdad. Todas las personas que me rodean conocían a Diego y sabían lo que había pasado, pero que una persona extraña, ajena a mi mundo antes del accidente, pudiera llegar a saber algo sobre Diego me resultaba doloroso.

—Pero ¿por qué? —Pablo me miró y, al fin, entendí muchas cosas.

—Porque durante estos meses he sido muy feliz, tú me haces feliz, Pablo.

Y al estar así contigo sentía que, de alguna manera, lo estaba traicionando.

El día que Diego se fue, una parte de mí murió con él, y después de su muerte pensaba que no tenía derecho a volver a sentirme feliz.

Nunca más volví a ser esa Ana de antes del accidente.

Y entonces apareciste tú, y todo empezó a cambiar y…

—Las lágrimas, una vez más, me nublaron los ojos mientras Pablo sostenía mis manos entre las suyas.

—Cariño, no digas eso, claro que mereces ser feliz.

No creo que a Diego le hubiera gustado verte así.

Su muerte fue un trágico accidente; alguien tan joven y con tanto por delante…

Es cruel, pero la vida es así. Los que nos quedamos aquí solo podemos seguir y recordarnos que cada día es precioso, que cada amanecer es una nueva oportunidad de cumplir nuestros sueños y de estar junto a las personas a las que amamos.

Por favor, Ana, no vuelvas a apartarme de ti de la forma en que lo has hecho este último mes.

No puedo soportarlo, me haces demasiada falta.

No era la primera vez que oía esas palabras en los últimos tiempos, e inevitablemente me recordaron a otra persona. Me regañé a mí misma. Pablo estaba diciendo cosas preciosas, y yo pensaba en otro hombre.

—Lo siento, Pablo, no volveré a hacerlo. Pero tú tampoco has estado muy comunicativo estos días, ¿eh?

—Lo sé. Todo este tema de Adrián y las fotos me está sacando de quicio, no sé cómo actuar. Adrián está insoportable y…

—No sigas, Pablo, por favor. No quiero saber nada más respecto a Adrián, las fotos o cualquier cosa que tenga que ver con el fichaje.

Entiendo que es tu mejor amigo, pero si me respetas y me quieres, te pido, mejor dicho, te ruego que no me hables de él, porque lo único que vamos a conseguir es acabar discutiendo.

Creo que este asunto ya se ha interpuesto demasiado en nuestra relación.

—Como quieras, Ana, pero en algún momento tendrás que ver a Adrián, y lo sabes. Sin ir más lejos, este fin de semana en la boda.

—¿Boda? —Entonces recordé nuestra conversación un mes atrás, cuando me pidió que lo acompañara a la boda de unos amigos—. Lo siento, cielo, pero con todo lo que ha pasado últimamente se me ha ido por completo de la cabeza.

—Pero vas a venir, ¿verdad? Ya les dijimos que iríamos los dos, ahora no podemos hacerles ese feo.

—Lo sé, pero también va Adrián, ¿no?

—Claro. Rafa y Cris eran compañeros de colegio de los dos.

Además, no tiene partido esta semana, así que puede asistir sin problema.

Ana, conoces a bastante gente; mi hermana y mi cuñado también van.

Y conoces al grupo de amigos, Adrián no es el único.

Si no quieres hablar con él, no tienes por qué hacerlo.

Eres mi novia, y quiero que me acompañes.

—Está bien, iré. Pero, por favor, no dejes que Adrián se acerque a mí.

La vida era mucho más fácil antes de Pablo y Adrián.

«Y también más aburrida…», añadió mi subconsciente, como siempre haciéndose notar.

Al menos el tema del vestuario lo tenía solucionado. Mi armario estaba bien nutrido en cuanto a vestidos, zapatos y demás complementos necesarios para ir perfecta. Una cosa era haber olvidado la boda y estar de uñas con Adrián, y otra, no tratar de ir divina.

«No voy a saltar; no voy a hacerle caso; voy a ser totalmente inmune a su presencia; Adrián no existe». Ese era mi mantra mentalmente en el coche camino a la iglesia aquel sábado veintitrés de marzo cuyo cielo gris amenazaba lluvia.

Después de una hora delante del espejo probando diferentes modelos, al final me había decidido por un vestido de Elie Saab de seda en color coral, con escote palabra de honor y una caída espectacular, sencilla y elegante.

Para protegerme del frío, un bolero de piel negro, y como colofón a mi look estelar, la joya de mi armario: unos fabulosos Manolos dignos de la mismísima Carrie Bradshaw en cualquier capítulo de Sexo en Nueva York .

La ceremonia fue preciosa. Los novios estaban guapísimos y radiantes de felicidad, se veía en sus caras el amor que se profesaban y que hacía que en la atmósfera se respirara ese sentimiento.

Hacía mucho tiempo que no asistía a una boda, y era una sensación extraña.

Desde la muerte de Diego, los primeros años no había querido acudir a ningún enlace; dolía demasiado pensar en lo que había pasado y, sobre todo, evocar mi propia boda, que no había llegado a celebrarse.

Al final, me volví insensible y acudía a ellas por mero compromiso, sin un atisbo de emoción ni sentimiento alguno, porque sabía que, si lo hacía, corría el riesgo de no poder soportarlo.

Así que blindé mi corazón tras una armadura y alejé de mí cualquier pensamiento agradable respecto a las bodas, cuando la realidad era que las adoraba.

Desde que habíamos entrado en la iglesia temía el momento de enfrentarme a Adrián, pero no fue hasta que salimos cuando lo localicé entre su grupo de amigos.

Allí estaba él, tan increíblemente guapo que parecía un insulto; nunca me dejaba de sorprender lo atractivo que era.

Llevaba un traje de chaqueta oscuro, con una camisa blanca y corbata en tonos grises.

El conjunto lo coronaban esos ojos del color de la hierba mojada, los ojos más verdes que había visto nunca en mi vida.

«Respira hondo, tranquila, Ana», me dije a mí misma.

«Los nervios que sientes no son más que la rabia contra él, así que contrólate».

Pero al volver a mirarlo y notar cómo él clavaba sus ojos en mí, un estremecimiento familiar me invadió; una palpitación que recorrió mi cuerpo desde la punta de mis maravillosos Manolos hasta el último pelo de mi elaborado recogido.

Durante unos segundos fui consciente de cómo Adrián me escrutaba, como si estuviera haciendo una radiografía y pudiera ver más allá de la tela que cubría mi cuerpo.

Un calor súbito se apoderó de mí al descubrir dibujado en su mirada el deseo, así sin medias tintas.

Y entonces su mirada se volvió fría, se dio la vuelta y me dejo allí, con la respiración entrecortada, la mejilla ardiendo y el corazón totalmente desbocado.

«Esta boda va a ser muy larga», me dije mientras me giraba también y me agarraba de la mano de Pablo. «¡Maldito seas, Adrián!».