Capítulo 54
Estaba en mi último año de carrera cuando la universidad organizó unas jornadas sobre nuestro futuro laboral tras la graduación.
Ahí conocí a Diego Bianchi, el hombre más importante de mi vida hasta ese momento.
Diego era brillante, inteligente y, sobre todo, un seductor nato.
Se notaba a primera vista su ascendencia italiana, destilaba seguridad y confianza en sí mismo en todo lo que hacía.
No era guapo, pero poseía ese atractivo, ese algo especial que hace que ineludiblemente te atraiga del mismo modo que a una polilla la luz.
Así me sentí yo cuando lo conocí. A pesar de tener poco más de treinta y cinco años, ya había fundado su propia empresa y tenía un futuro más que prometedor.
Durante los cuatro días que duraron las conferencias, acudí a todas sus charlas; aprovechaba la menor oportunidad para acercarme a él y plantearle mil preguntas.
Me tenía fascinada en todos los sentidos, y debo reconocer que empecé una intensa campaña de acoso y derribo para conquistarlo.
Nunca había hecho nada parecido por un hombre, sin embargo, Diego era diferente.
Tras la última jornada estaba previsto un cóctel de despedida para todos los participantes en las charlas, así que me puse mi mejor vestido y, recurriendo a todas mis armas de mujer, al final pasó lo que tenía que pasar y nos acostamos.
Al día siguiente, desapareció sin dar más explicaciones.
No volví a verlo hasta dos años después.
Por ese entonces, yo trabajaba ya en un despacho de abogados, pero ese empleo no me llenaba.
Me enteré de que una empresa pionera, dedicada a la asesoría y consultoría de todo tipo de negocios, buscaba gente para ampliar su plantilla, y allí, currículum en mano, me presenté para una entrevista.
—Señorita Serrano, puede pasar —me indicó la secretaria.
Entré en un enorme despacho decorado con buen gusto; en la esquina un hombre hablaba por el móvil de espaldas a mí. Cuando colgó y se dio la vuelta, casi me caí para atrás al ver frente a mí a Diego.
—Volvemos a encontrarnos, Ana. Es un placer verte de nuevo —dijo a la vez que me deslumbraba con esa expresión misteriosa que al final tan bien llegué a conocer.
—Lo mismo digo —fue lo único racional que pude pronunciar.
Como ya habréis deducido, ese puesto era para mi empresa actual. Conseguí el trabajo, y no solo eso, sino que también conseguí a Diego.
No obstante, nuestra relación nunca fue un camino de rosas, ni mucho menos.
En ese momento, Diego estaba en pleno proceso de divorcio de su primera mujer; era trece años mayor que yo, mi jefe y un mujeriego empedernido, pero yo estaba tan ciega y enamorada de él que lo perdoné todo, incluyendo varias infidelidades.
Rompimos muchas veces, sin embargo, al final siempre volvía a su lado; era como una droga para mí, y estaba totalmente enganchada a él.
A pesar de eso, las cosas en el trabajo no me podían ir mejor. La empresa era todo lo que yo había querido, y poco a poco fui haciéndome con más responsabilidad, con un número mayor de clientes, y me gané el respeto de mis jefes, tanto de Diego como de Ricardo, su socio y mejor amigo.
Cuando me quise dar cuenta, eran más de las seis de la mañana.
Me levanté del suelo, donde llevaba horas recordando, y fui a la cocina a prepararme una taza de té con el álbum aún en la mano.
No había vuelto a ver aquellas fotos desde la muerte de Diego.
No había tenido fuerzas suficientes para verlas, y ahora, después de tres años, me di cuenta de algo.
Aún dolían, pero no tanto como esperaba.
Al contrario, podía mirarlas y recordar los buenos momentos vividos con una sonrisa en la cara.
Allí estaban las fotos de nuestros viajes, de nuestros primeros besos, cenas, cumpleaños, aniversarios.
Toda una vida se reflejaba en ellas. Nuestra vida, la vida que Diego y yo habíamos construido y que la fatalidad se encargó de destruir.
Tras seis meses de relación, nos habíamos ido a vivir juntos.
La noticia cayó como una bomba en mi casa; Diego no era santo de devoción para nadie en mi familia, aunque al final no les quedó otra que aceptarlo.
Él era mi pareja, la persona que yo había elegido.
Llevábamos cerca de tres años juntos cuando me pidió que me casara con él.
Salí corriendo de la cocina, fui a mi habitación y rebusqué en el armario hasta que encontré la caja que buscaba.
Con un nudo en la garganta y las pulsaciones a mil por hora, saqué su contenido.
Todo estaba igual que el día en que lo había guardado.
Allí estaban, después de todos esos años, mi vestido de novia, el velo, los zapatos, incluso la ropa interior que iba a lucir ese día.
Después del accidente no tuve valor de tirarlo.
Nunca podré olvidar esa mañana en la que se fue una parte de mi vida, porque con Diego murió una parte de mí; la niña inocente que aún creía en el amor y en los cuentos de hadas murió junto a él en aquella maldita piscina.
Nunca olvidaría ese día… Eran casi las once de la mañana, y Diego aún no había llegado a la oficina.
Yo había tenido un par de reuniones a primera hora, y hasta ese momento no me di cuenta de que algo no marchaba bien.
La sensación de que algo malo había pasado me invadió de pronto.
Paola tampoco sabía nada; lo había estado llamando al móvil, pero no contestaba.
Entonces un policía entró por la puerta, y lo supe, no hizo falta que me dijera nada.
Realmente no sé qué dijo, porque yo sabía que algo malo, muy malo, le había sucedido a Diego.
Ahora sí que las lágrimas caían a mares por mi rostro.
Cogí un par de cajas que había junto al vestido y me senté de nuevo en el suelo.
Eran casi las ocho de la mañana y tenía que ir a trabajar, pero no me sentía con fuerzas, así que llamé a Paola y le dije que no iría a la oficina.
Ya me daba igual todo. Si Ricardo quería echarme, que lo hiciera.
Cogí las cajas y volqué todo su contenido.
Allí estaba todo lo que había sido importante durante los años en los que había estado con Diego, incluso mi anillo de compromiso y la estrella rota de nuestro árbol de Navidad.
Esa estrella que llevaba buscando los últimos tres años.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo al recordar quién me había acompañado la última vez, Adrián, pero no dejé que me distrajera.
Durante horas lloré y reí a partes iguales, recordé momentos, y poco a poco fui exorcizando todos esos fantasmas que me habían estado persiguiendo durante años.
Cuando terminé, respiré tranquila; al menos podía decir que esa parte de mi pasado estaba superada.
Sabía que siempre querría a Diego, pero ya nada podía hacer que volviera a mi lado, y tenía que seguir adelante y enfrentarme al resto de mis problemas presentes, esos que sí podía solucionar. Pablo y, por supuesto, Adrián.
Antes de salir rumbo al cementerio, escribí un mensaje privado a Darcy.
ELIZABETH: Querido Darcy, no sé cómo darte las gracias por tu consejo.
Tenías razón, arrastraba demasiadas heridas abiertas de mi pasado que aún no habían cicatrizado y que me impedían seguir adelante y afrontar el presente y el futuro de la forma en que debía hacerlo.
Tras nuestra conversación, me atreví, después de tres años, a abrir esa puerta al pasado, y si bien me ha dolido recordar, también me ha servido para reconciliarme con él y con la chica que una vez fui.
Mi prometido, Diego, fue un hombre fuerte que vivió cada día de su vida al máximo, y yo lo amé cada segundo del tiempo que pasé a su lado.
No todo fueron cosas buenas, no vayas a creer que era un santo, porque no lo era; era un ser humano normal, con todo lo que eso conlleva, sus defectos y sus virtudes.
Pero sé que me amó, y sé que yo también lo amé y que siempre tendrá un lugar en mi corazón, pero gracias a ti he podido mirarlo a los ojos de nuevo y recordar los buenos momentos vividos.
He llorado y he reído al ver nuestras fotos y al reproducir el CD de música que preparé para nuestra boda. Incluso he podido volver a escuchar entera Hasta mi final, de Il Divo (iba a ser la canción con la que abriéramos el baile), y ver mi vestido de novia.
Solo queda una cosa por hacer, y lo voy a remediar ahora mismo: volver al cementerio donde está enterrado. No voy allí desde ese día. Creo que con eso habré completado mi reconciliación con el pasado.
Gracias por abrirme los ojos, eres un amigo de verdad. Un beso. Lizzie.