Diario de una soltera convencida Capítulo 53
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Capítulo 53

Ya ha pasado un mes desde esa noche y aún tengo frescas en mi memoria las palabras de Adrián.

No sabéis hasta qué punto me hicieron daño.

Pero más que sus palabras, recuerdo su mirada llena de decepción y desconfianza cayendo sobre mí con el mismo peso que una losa.

Los días posteriores fueron un auténtico infierno.

Me sentía atrapada, humillada y defraudada con todos.

Con Ricardo, porque, a pesar del esfuerzo realizado y sus mil y una promesas, no hab ía visto aún por su parte nada que me hiciera pensar en que iba a cumplir su palabra y cederme las acciones.

Con Pablo, porque, aunque no me atacó de la forma en que lo había hecho Adrián, tampoco me mostró el apoyo incondicional que esperaba de mi pareja, lo que fue un duro palo para mí.

Y, sobre todo, con Adrián, por sospechar siquiera que yo pudiera hacer algo tan ruin como exponer de esa manera a su hijo, traicionándolo así.

Es verdad que en nuestra relación hemos tenido nuestros altos y bajos, pero jamás podría hacer nada que le causara daño.

Aunque en este momento me cueste admitirlo, me importa demasiado.

Como si de un mal sueño se tratara, han regresado las nubes negras a mi vida, las mismas que pensaba que habían quedado lejos meses atrás.

Ahora, de nuevo sola y hundida, la vieja Ana, deprimida y triste, ha vuelto a hacer acto de presencia.

Incluso mi familia se ha dado cuenta, pero no he querido agobiarlos con más problemas; ya tienen bastante con los suyos propios.

Solo mi hermana sabe todo lo que ha ocurrido; ella ha actuado como mi paño de lágrimas durante todos estos días.

He llorado tanto que creo que ya no me quedan l ágrimas.

Las fotos corrieron como la pólvora. En un par de días estaban en todos los medios de comunicación; tanto la prensa deportiva como la rosa se habían hecho eco del hallazgo que había supuesto la aparición de un hijo de Adrián Castillo.

Era perseguido a diario a la salida del entrenamiento, en la puerta de su casa.

El acoso al que se veía sometido no tenía límite y amenazaba con anular la poca paciencia que siempre había mostrado en esos temas.

Me quedé mirando el ordenador, la mirada fija en algún punto detrás de la pantalla, como si pudiera ver a través de ella.

De nuevo tuve que secarme los ojos y cerré el archivo que estaba escribiendo.

Estaba cansada de tanto llorar, pero no podía evitarlo.

Mi vida se había tornado de nuevo gris. Aunque no sé de qué me sorprendía; después de todo lo que me había pasado a lo largo de los años debería ser especialista en ese tipo de situaciones.

No era la primera vez que tenía todo y, de la noche a la mañana, lo perdía.

Y entonces, como si de un mal sueño se tratara, el pasado regresó de entre las sombras para hundirme aún más.

El día después de que estallara la bomba de las fotos, Pablo y yo tuvimos una tremenda discusión y decidimos tomarnos con más calma nuestra relación.

—No, Pablo, me niego a volver a tener nada que ver con tu amigo hasta que se disculpe —dije cerrando la puerta de la habitación tras de mí. Llevábamos más de media hora discutiendo y ya empezaba a cansarme de la actitud de mi novio.

—Eso, sal huyendo, deja las cosas a medias. Te estás comportando como una niña —chilló desde el otro lado de la puerta.

—¿Yo, como una niña? —Salí y me enfrenté a él—. Me insultó, me llamó oportunista, me dijo que yo era la causante de todo lo malo que le había sucedido en estos últimos meses, y ahora quieres que encima vaya yo a pedirle perdón. No te lo crees ni loco, Pablo. Él no quiere verme; yo, menos a él.

—Pero es mi mejor amigo, y tarde o temprano tendrás que volver a estar en la misma habitación.

—No, si puedo evitarlo.

—¿Tú te estás escuchando?

—Sí, perfectamente. Eres tú el que parece que no entiende o no quiere entender. Mi novio eres tú, no Adrián, y no quiero volver a saber nunca nada más de tu amigo.

—¡Eres imposible, Ana! ¿Vas a hacerme elegir entre uno u otro? Eso es lo que quieres.

—¡Haz lo que te dé la gana, Pablo!

No hubo réplica, solo un sonoro portazo de mi novio al salir del ático.

Estuvimos tres días sin hablarnos. Después de eso, las cosas no volvieron a ser como antes.

Quedábamos, salíamos a cenar, y de cara al exterior parecía ir bien, pero todo había cambiado.

Nunca se quedaba a dormir en casa; nuestras conversaciones eran superfluas o inexistentes, igual que nuestras relaciones sexuales.

No había vuelto a tocarme desde el día de mi cumpleaños.

Un recuerdo me hizo pensar de nuevo en algo que creí que ya estaba enterrado.

Busqué entre los cajones eso que había estado escondido durante tanto tiempo.

Tenía miedo de que ya no estuviera, pero también temía encontrarlo.

En realidad, no sé a qué le temía más, si a la pérdida o al encuentro.

Tras un par de cajones abiertos y de papeles que no significaban nada…

, ahí estaba. En el fondo del cajón, oculto y cerrado.

Esperando silencioso en el mismo lugar donde lo había dejado tantos años atrás.

Lo tomé en mis manos y sentí cómo todo lo vivido regresaba a mí.

Acaricié sus tapas, que estaban estropeadas, roídas en alguna esquina; el paso de los años había dejado marcas en su exterior, igual que lo había hecho en mi interior.

Al día siguiente se cumplirían tres años del accidente que cambió mi vida, y volvía a sentirme igual de sola que entonces. Pensaba que este año sería distinto: tenía una relación con Pablo, un trabajo que me encantaba, y también estaba Adrián, con todo lo que eso significaba.

Ahora no tenía nada, y cada día me sentía más lejos de Pablo.

Se había ido levantando un muro a nuestro alrededor, y lo peor era que no sabía si merecía la pena tratar de derribarlo.

Por primera vez en mi vida, el trabajo también había dejado de importarme y había pasado a un segundo —o tercer— plano.

Y Adrián…, ¿por qué me dolía tanto? ¿Por qué sentía que me faltaba el aire cada vez que pensaba en él?

Era difícil de explicar, y no dejaba la relación con mi novio en muy buen lugar, pero ni siquiera la indiferencia de Pablo me dolía de la manera en que me lastimaba el silencio de Adrián.

Preferiría su enfado y sus gritos a ese mutismo desgarrador que me hacía añicos por dentro.

Llevaba días sin poder dormir una noche entera, e incluso había tenido que recurrir de nuevo a los ansiolíticos para controlar los nervios.

Eran más de las dos de la mañana cuando abrí el perfil de Instagram de Lizzie.

Darcy también había desaparecido misteriosamente después del vídeo de San Valentín y de su mensaje de esa misma noche.

Estaba a punto de apagar el ordenador cuando el icono al lado de su nombre se volvió verde.

Estaba conectado. Decidí saludarlo; no tenía nada que perder.

Qué más daba ya todo, ¿no? De perdidos, al río.

ELIZABETH: Buenas noches, mi querido amigo Darcy. He sentido tu ausencia este tiempo, ¿qué ha pasado?

Después de dos minutos seguía sin respuesta, aunque había visto varias veces en la pantalla el mensaje de « escribiendo… ». ¿Qué más daba otra pérdida en mi vida? Tras un par de minutos más, por fin apareció su mensaje.

DARCY: Buenas noches, Elizabeth, lamento haber desaparecido. Tú tampoco has estado muy comunicativa en este tiempo. De todas formas, he tenido problemas personales que me han impedido conectarme.

ELIZABETH: Lo sé. No estoy atravesando mi mejor momento anímico.

DARCY: ¿Puedo preguntar qué te pasa?

ELIZABETH: Problemas con mi novio, en el trabajo. Mi hermano se ha quedado en el paro, y, además, estos días no son fáciles.

DARCY: Siento escuchar eso. ¿Por qué no son fáciles estos días?

Entonces la duda me invadió. ¿Abría mi corazón de par en par y se lo contaba o continuaba callando como llevaba haciendo toda mi vida?

Era una especialista en el silencio y en ocultar mis sentimientos.

De todas formas, ¿qué tenía que perder? Darcy no era más que un extraño, alguien sentado al otro lado del teclado que no sabía nada de mí y al que seguramente nunca vería.

Y la necesidad de hablar era tan grande que finalmente las palabras salieron solas, como un manantial desbordado cuyos diques se han roto.

ELIZABETH: Hace un tiempo yo estaba preparando mi boda, me quedaban apenas un par de meses para casarme con el hombre de mi vida, y entonces, de la noche a la mañana, todo mi mundo se destruyó.

Ocurrió un terrible accidente, y murió. Mañana hará tres años de su muerte.

Fue un accidente tonto en la piscina. Como cada mañana, había ido a nadar; le encantaba hacerlo.

Decía que lo despejaba y ayudaba a enfrentarse al día.

No sé qué pasó, pero cuando lo encontraron en el agua una hora después, ya no se podía hacer nada por él.

Se había ahogado, y junto a él se ahogaron todas las ilusiones que había depositado en mi futuro.

DARCY: No puedo imaginar lo duro que fue para ti, Lizzie.

ELIZABETH: Fue el dolor más grande de mi vida.

A menos de dos meses de la boda, mi novio murió, y yo me quedé totalmente destruida.

Todo empeoró aún más cuando unos días después del entierro descubrí que estaba embarazada.

Sufrí un aborto a los dos días. En menos de una semana vi cómo toda mi vida y mi futuro se desmoronaban sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.

Entré en una horrible depresión de la que tardé meses en salir.

Cuando lo logré, me convertí en alguien que vivía únicamente por y para el trabajo, adicta al control para que nada escapara de mis manos, un autómata que no se permitía sentir nada.

Hasta hace unos meses, cuando apareció Pablo, y todo lo demás.

DARCY: Me imagino que Pablo es tu novio, pero no sé a qué te refieres con «todo lo demás».

ELIZABETH: Todo lo demás es Adrián.

DARCY: ¿Quién es Adrián?

ELIZABETH: Nadie, ya no es nadie.

DARCY: ¿Pero lo fue?

Ahí estaba la pregunta cuya respuesta ni yo misma era capaz de darme. ¿Qu é había sido Adrián? ¿P or qué me atormentaba tanto todo lo que había pasado con él?

ELIZABETH: No lo sé, Darcy…, y ya nunca lo sabremos.

DARCY: Lizzie, si me permites un consejo de amigo, creo que las heridas de tu corazón aún están abiertas, y deberías cerrar ese capítulo.

Darcy tenía razón, y lo sabía. Había llegado el momento de curar heridas y dejar el pasado en el pasado.

Cogí el álbum de fotos y me quedé mirándolo.

Si lo abría, ya no habría marcha atrás; sabía que lo que iba a encontrar ahí aún eran heridas por cicatrizar, pero estaba decidida a sanarlas por fin.

Había decidido ser valiente, y sabía que mientras no cerrara el pasado, el futuro permanecería siempre en suspenso.

Apreté los párpados y suspiré. Lo abrí, y ahí estaba todo, tal y como lo había dejado el último día.

Entre sus páginas lo contemplé todo de nuevo: la primera mirada, el primer saludo, la primera sonrisa, el primer beso, la primera vez, el primer «te quiero» … y el último.