Diario de una soltera convencida Capítulo 52
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Capítulo 52

Si tuviera una bola mágica que me hubiera dicho cómo iba a terminar la noche, no habría salido de casa.

El sitio era perfecto, precioso, todo decorado con un gusto exquisito y con algunos pequeños adornos propios del día.

Estaba lleno hasta los topes; parejas de todo tipo se miraban y sonreían mientras se dedicaban besos y carantoñas.

Echaba de menos a Pablo, pero no podía negar que estar allí con Adrián también resultaba muy agradable.

Habíamos estado hablando durante todo el camino en el coche, y durante la cena seguimos igual.

Aclaramos las cosas y llegamos a la conclusión de que lo ocurrido en Año Nuevo, en el ascensor…

, bueno…, todo, no tenía importancia y quedaría entre nosotros dos como algo pasado.

Estábamos degustando la tarta de chocolate blanco, una verdadera delicia, cuando Adrián me miró muy serio.

—Quiero pedirte un favor.

—Miedo me das —ironicé mientras dejaba la cuchara en el plato después de mi último trozo de tarta.

—La semana que viene tengo una reunión crucial con el Real Madrid y me gustaría que me acompañaras.

—Pero, Adrián, ¿y Pablo? —pregunté asustada.

—Me refiero además de Pablo. Lo hemos estado hablando, y ambos creemos que es lo mejor.

Las cosas se han complicado mucho, y las negociaciones están en un punto en el que ni Pablo ni yo nos vemos capaces de sacar algo adelante.

Creemos que tu ayuda sería muy útil, siempre que tú quieras, por supuesto.

—Pero yo no tengo experiencia, no sé nada de negociaciones en el mercado futbolístico ni estoy preparada.

—Ana, tienes unos conocimientos que ninguno de los dos poseemos y sabes cómo llevar una reunión. Por favor… —Me miró con sus ojos verdes suplicantes.

«Mierda, ¿por qué me mira ahora así? No voy a poder negarme…».

—Está bien, iré con vosotros, pero tenéis que ponerme al día de todo.

¿Lo veis? No puedo negarme.

—Lo haremos, te contaremos todo para que estés al corriente. Gracias. —Sin esperarlo, se lanzó hacia mí y me estrechó entre sus brazos con fuerza.

«Mmm, qué bien huele… ¡Calla!», grité a mi subconsciente.

—Eres una amiga genial. Lo sabes, ¿verdad?

—Por supuesto. —Sonreí tratando de reponerme de su repentina muestra de afecto y, sobre todo, del calor de su cuerpo.

¿Por qué me afectaba de esa manera? —. ¿Sabes que esa reunión es lo que siempre he querido?

—Me dirigió un gesto interrogante—. Mi sueño era convertirme en agente FIFA , pero lo fui posponiendo hasta que al final se quedó en eso, un sueño.

—¿Y por qué no lo intentas? Estoy seguro de que serías uno de los buenos; te he visto salir airosa de reuniones muy complicadas sin despeinarte. ¿Por qué no haces que los sueños se cumplan?

Tenía razón, y lo sabía, pero después del accidente no me habían quedado fuerzas para seguir, y al final ese sueño se quedó aparcado junto con el resto de mi vida.

—Vuelvo enseguida —dije levantándome—. Voy al baño.

—Iré pidiendo los cafés. ¿El tuyo, como siempre? —Lo miré con cara de sorpresa—. ¿Qué pasa?

—¿Sabes cómo tomo el café?

—Ana, hemos tomado unos cuantos cafés a lo largo de los últimos meses. Con leche y corto de café, con la leche muy caliente y dos azucarillos, ¿correcto?

—Sí. —Asentí sin saber qué más decir y me encaminé al baño—. Ahora vuelvo.

Aún no salía de mi asombro: sabía cómo tomaba el café. Pablo siempre tenía que preguntarme cómo lo quería, y era mi novio. Y Adrián lo sabía.

Entré en el baño y me miré en el espejo.

Una negociación con el Madrid, guau, eso sí que no me lo esperaba.

Me hacía muchísima ilusión poder acceder a las oficinas del Bernabéu.

Ver todo por dentro, tratar de meter la cabeza poco a poco en ese mundo.

Tal vez Adrián tuviera razón y había llegado el momento de revivir mi sueño y hacerlo realidad.

Había vivido demasiados años anclada en el pasado, y tal vez era la ocasión adecuada para pasar definitivamente página.

Seguía ensimismada en mis pensamientos cuando llegué a la mesa y me senté. Una descarga eléctrica me hizo saber que algo no iba bien. El semblante de Adrián no era el mismo que cuando me marché. Estaba muy serio, y algo en el ambiente había cambiado.

—¿Me puedes explicar qué significa esto? —Levantó tanto la voz que incluso un par de parejas se volvieron para mirarnos.

—¿Qué pasa, Adrián? Baja la voz, por favor, nos están mirando.

—Eso es todo lo que te preocupa, ¿verdad? ¿Me explicas esto?

Me tendió su móvil. Durante unos segundos no sabía qué estaba mirando; era una página de noticias, y en ella aparecían unas fotos de Adrián con… ¡su hijo! « Nuevo escándalo: el hijo secreto de Adrián Castillo ».

Me quedé boquiabierta, incrédula ante la noticia.

¿De dónde habían salido esas fotos? Nadie conocía la existencia de Dani.

Sin duda, toda esa situación se había convertido en algo más allá de un intento por manchar su imagen: era un acoso y derribo directo.

Lo peor era que ahora habían ido demasiado lejos, habían cruzado una barrera infranqueable.

—¿No piensas decir nada? —me preguntó con una mirada llena de algo parecido al odio, pero no entendía el porqué.

—No sé qué decir, Adrián. ¿Cómo han podido salir estas fotos a la luz?

—Eso me gustaría saber a mí. Mi hijo tiene cinco años y, salvo los más allegados, nadie sabía de su existencia. Hasta ahora.

—¿Qué insinúas, Adrián? —No me gustaba el cauce que estaban tomando sus palabras.

—Eres la única que tiene fotos de ese día.

Míralas bien, ¿no las recuerdas? Estuvimos en el parque, y la única que llevaba móvil eras tú.

Yo me lo había dejado en casa, y Pablo, en el coche.

Estuvimos tomándonos fotos haciendo el payaso.

—Me quitó el móvil de las manos con desdén y, poniéndolo delante de mi cara, señaló la foto que aparecía en la pantalla—.

Fotos como esta —fue avanzando por la galería de imágenes que incluía el reportaje en la web—, y esta, y esta…

—Adrián, yo no tengo nada que ver. ¡Jamás en mi vida haría algo así! ¿Cómo puedes siquiera pensarlo?

Me escocían los ojos y sabía que era cuestión de segundos que me echara a llorar. ¿De verdad dudaba de mí de esa manera? Me dolía descubrir en su mirada la falta de confianza, y eso era peor que cualquier cosa que hubiera podido decir.

—Déjame ver las fotos. —Señaló mi móvil—. Vamos a compararlas. Déjame verlas; solo necesito comprobar que no son las mismas fotos, y todo quedará olvidado.

—No te voy a dejar mi móvil. —Lo agarré ofendida y lo guardé en el bolso—.

Te estoy diciendo que yo no he tenido que ver nada con esas fotos.

—El dolor dejó paso a la rabia—. Debería bastar mi palabra.

Me conoces, Adrián. Hace unas horas me estabas diciendo que soy tu mejor amiga, y ahora mírate. ¿Este es tu sentido de la amistad?

—Antes de que tú aparecieras en escena no había tenido ningún problema con la prensa rosa y… ¡tachán! Empiezas a llevar el tema de mis contratos y aparecen por todas partes. Ahora que lo recuerdo, tú estabas presente el día del accidente en la Castellana.

—Repíteme despacito lo que acabas de decir, porque creo que no te estoy entendiendo bien.

¿Crees que yo soy la responsable de la filtración de las fotos?

—Asintió, y fue como si me clavara un puñal—.

¿Y en qué se supone que me beneficia a mí todo este asunto?

Tu contrato solo me ha traído quebraderos de cabeza, problemas y discusiones con mi jefe.

No sabes lo que he tenido que luchar para que…

—¿Para qué? Tú misma lo acabas de decir hace unos minutos: el mundo del fútbol es tu sueño. Creo que lo habéis planeado entre todos. Una estrategia para sacarme más dinero y, además, meter la cabeza donde siempre has querido estar.

No iba a llorar delante de él, no iba a darle la satisfacción de verme llorar. Saqué dinero del monedero y lo dejé sobre la mesa. Cogí mi bolso y mi abrigo.

—Adrián, ¿sabes una cosa? ¡Vete a la mierda! —Me di la vuelta para marcharme, pero regresé—. Se me olvidaba algo: feliz San Valentín.

Al salir del restaurante, todas las lágrimas contenidas me nublaron la vista y llenaron mis ojos mientras llamaba un taxi y volvía casa, destrozada físicamente y, sobre todo, hundida moralmente.

El portátil estaba encendido cuando llegué, y tenía un mensaje de Darcy en él, justo lo que necesitaba en ese momento.

Después del día que había pasado, solo me faltaba tener que aguantar los desvaríos de otro loco más.

Cerré el perfil de Instagram, apagué el ordenador y me metí en la cama, donde lágrimas amargas volvieron a caer, primero de forma lenta, por mis mejillas, y finalmente como ríos, hasta que el sueño me venció y me quedé dormida entre una nube de pesadillas.