Capítulo 51
Como ya habréis adivinado, llamé a Pablo.
Bastante complicadas eran las cosas en ese momento como para empeorarlas llamando al otro sujeto en cuestión.
Como ya os he dicho, no estaba enfadada con él, pero si quería mantener las distancias como me había propuesto después de Año Nuevo, creo que era el momento adecuado para empezar a hacerlo, aunque me costara más de lo que me temía que era capaz de reconocer.
La comida con Paola me sirvió para desconectar de la novela en que se había convertido mi vida durante los últimos meses.
Le conté todo lo que había pasado y, sinceramente, fue como una liberación poder hablarlo con alguien.
Eso sí, Paola es muy buena escuchando, pero no siempre ayuda.
Su idea de la fidelidad no es la misma que la mía, y por tanto su consejo fue simple:
—Tírate a los dos y disfruta.
A ordinaria no la ganaba nadie cuando se lo proponía, pero al menos era la única que conseguía arrancarme una sonrisa dada la situación.
Por unas horas, alejaba de mi cabeza la cantidad de extraños pensamientos que me perseguían desde esa mañana.
Después de comer fuimos de compras en busca de algo que regalar a mi novio para nuestro primer día de los enamorados juntos.
Pablo se estaba retrasando, y teníamos mesa para cenar en unos de los restaurantes más románticos de Madrid. Había recibido un correo suyo con la reserva cuando estaba en la oficina para enseñarme la web del sitio y así poder cotillear. Era una verdadera preciosidad.
Ya estaba vestida desde hacía un rato, así que entré en el perfil de Instagram de Elizabeth.
Después de su última declaración de intenciones, no había vuelto a saber nada de mi amigo Darcy, y me extrañaba su silencio.
Al entrar vi que tenía un par de mensajes sin leer y una publicación nueva en mi muro.
Feliz San Valentín, preciosa .
Debajo, un enlace a Youtube.
Era un montaje de vídeo con escenas de la película Orgullo y prejuicio , con una de mis canciones favoritas de su banda sonora como fondo.
Era realmente bonito, y cuando terminé de verlo, tuve que secarme las lágrimas.
Había sido todo un detalle que se molestara en buscar ese vídeo y compartirlo conmigo.
Abrí la aplicación para los mensajes privados y le contesté:
ELIZABETH: Muchas gracias por el vídeo, me ha encantado. Ahora no tengo tiempo para escribirte, pero prometo hacerlo pronto. Un beso. Lizzie.
Estaba tecleando las últimas palabras cuando sonó mi móvil.
—Hola, cariño, ¿dónde estás? —contesté con alegría a mi novio.
—Ana, lo siento, me ha surgido un problema y aún no he podido volver a Madrid.
—Bueno, tranquilo, no pasa nada. Lo dejamos para otro día. —No puedo negar que me quedé un poco chafada; tenía unas ganas tremendas de ir a cenar después de ver el restaurante.
—Lo siento, de verdad, cielo.
—Tranquilo, San Valentín no es más que un día, y vamos a tener muchos más San Valentines para pasar juntos. Además, con tus regalos ya me doy por satisfecha. Eres un encanto, sabes que te quiero, ¿verdad?
—Yo también a ti, pero me apetecía mucho cenar en ese restaurante contigo hoy.
Oye, cielo, he pensado que es una pena perder la reserva y que podrías ir con alguien.
—Un miedo me atenazó al oír sus palabras.
«Que no diga Adrián, que no diga Adrián», recé en silencio—.
Le he dicho a Adrián —¡mierda, lo sabía!
— que pase a buscarte y así cenáis juntos.
A ver si hacéis las paces de una vez. Odio toda esta situación.
Que mi mejor amigo y mi novia se tengan declarada la guerra no es agradable para mí.
—¿Adrián? Pero, Pablo…, es un restaurante romántico, es San Valentín, ¿qué voy a hacer yo allí con él? —Traté de impedir la catástrofe que se avecinaba.
—Pues cenar y hablar. Me han dicho que la tarta de chocolate blanco es una delicia.
Venga, Ana, no seas tonta, así sales un rato y no te quedas en casa sola.
Además, Adrián también necesita distraerse.
Todo este asunto del fichaje lo tiene muy estresado.
No duerme, no sale y está siempre de mal humor.
Hazlo por mí, porfa —dijo haciendo uso de su tono de voz de novio dulce y encantador. Sabía que no me podía resistir.
—Está bien, pero no te prometo que acabe bien la noche. No sé si tras la cena nos dejarán volver a entrar. No me responsabilizo de los platos que nos arrojemos a la cabeza el uno al otro.
—Espero que no, me gustaría ir a ese restaurante. —Se carcajeó sonoramente al otro lado de la línea.
—No prometo que la sangre no llegue al río —bromeé. El telefonillo de mi casa empezó a sonar—. Espera, creo que Adrián ya ha llegado
Miré por la pantalla del telefonillo y allí estaba. Impecable como siempre, y tremendamente sexy . También como siempre .
Una delicia para la vista, no os lo voy a negar.
—Sí, ya ha llegado. Espera —dije a mi novio mientras contestaba a su amigo—. Adrián, bajo en cinco minutos. — Pulsé el intercomunicador—. Bueno, cariño, deséame suerte. Hablamos luego.
Todos mis planes para esa noche se habían ido al traste. Yo esperaba una cena romántica y una charla agradable con Pablo. Al llegar a casa le daría mi regalo, que incluiría sexo, duchas y masajes.
Sin embargo, todo se había torcido, y allí estaba, terminando de ponerme los zapatos para salir a cenar a un restaurante superromántico con el mejor amigo de mi novio, el cual, aparte de ser increíblemente seductor y de tener unos ojos verdes impresionantes, aprovechaba la menor oportunidad para besarme.
«Está bien, la primera vez lo besé yo».
Allá íbamos. Esa no era la forma de terminar el día que tenía en mente, pero era lo que había. Al menos tendríamos la oportunidad de hablar con calma, solos, y de dejar las cosas claras de una vez por todas. «Valor, Ana, y a coger el toro por los cuernos», me repetí mentalmente.
—Hola, Adrián —saludé al salir del portal de mi casa.
—Hola, Ana. —Me devolvió el saludo, pero sin los dos besos habituales—. Tenemos que hablar.
Oh, no, aquello no empezaba bien.
—Está bien, tenemos que hablar. ¿Pero por qué no lo hacemos mejor en el restaurante? Tenemos reserva y si llegamos tarde, la perderemos.
—No voy a moverme de aquí hasta que me digas que me perdonas.
—Cruzó los brazos sobre su pecho y se quedó quieto mirándome—.
Lo siento, Ana. Me comporté, otra vez, como un niñato, y entendería que no quisieras saber nada de mí jamás, pero lo que ponía en la nota de las flores es verdad. Me haces falta.
—Adrián, si vas a ir por ahí, empezamos mal. Voy a tener que darme la vuelta y regresar a mi casa. —Intenté amenazarlo, aunque sabía en mi fuero interno que no iba a cumplirlo.
—No lo entiendes. Me refiero a que eres una de mis mejores amigas, Ana.
Pensándolo bien, eres mi única amiga, y no quiero perder eso.
Por favor, dime que me perdonas; olvida todo lo que ha pasado últimamente, no he sido más que un gilipollas.
Pablo y tú sois dos de las personas más importantes de mi vida, y por nada del mundo me gustaría perderos. Ya he perdido a demasiada gente.
Se me hizo un nudo en la garganta al escuchar sus últimas palabras; no hacía falta que me dijera a qué se refería. Mi corazón no pudo más que ablandarse ante su mirada y su sinceridad.
—Tranquilo, Adrián, ya te había perdonado incluso antes de recibir las flores. Muchas gracias por el detalle, son preciosas. Y ahora, ¿podemos irnos?
—Sí, venga, hace frío y nos espera una suculenta cena.
—Estoy muerta de hambre. Además, estoy deseando tomar el postre. —Sonreí.
—Tarta de chocolate blanco —dijimos los dos a la vez, al tiempo que enlazaba mi brazo alrededor del suyo y una descarga eléctrica me recorría el cuerpo de pies a cabeza.