Diario de una soltera convencida Capítulo 50
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Capítulo 50

Había dos días que estaban marcados en negro en mi calendario; uno era mi cumpleaños. Ese año no había sido tan malo como los anteriores, aunque no hace falta que os cuente cómo terminó.

Ese día Pablo tenía programado un viaje a Segovia para visitar a un par de fotógrafos conocidos suyos que nos estaban ayudando en el tema de Adrián. Mi despertar no fue el esperado, ya que cuando abrí los ojos, Pablo no estaba a mi lado; solo había una rosa y una nota.

Cariño, estabas tan dormida que no he querido molestarte. Prometo compensarte esta noche. Te quiero. Un beso. Pablo.

P.D.: Tienes el desayuno en la cocina.

Salí corriendo de la cama. En la cocina había una bandeja con un servicio de desayuno y otra nota, pero ni rastro de nada comestible.

¿ Qué tal la carrera hasta la cocina?

Me conocía demasiado bien. Sonreí y seguí leyendo.

Tranquila, nadie se ha comido tu desayuno. No seas impaciente, estará a punto de llegar.

Llamaron a la puerta y salí corriendo otra vez. « Soy demasiado ansiosa, tengo que aprender a controlarme » . Abrí para encontrarme con un mensajero.

— ¿ Ana Serrano? —Asentí sin poder disimular mi entusiasmo—. Esto es para usted. Si me echa una firma aquí, por favor. —Firmé y me entregó mi paquete—. Muchas gracias. Feliz San Valentín.

—Gracias, igualmente.

Era un paquete enorme; lo dejé sobre la encimera y lo abrí. Dentro había un desayuno completo: un termo de café, otro de leche, zumo, fruta, boller ía de todo tipo y otra nota.

¿Te gusta tu desayuno? Espero que la respuesta sea «sí». Me habría encantado poder tomarlo contigo en la cama y después… Disfrútalo y nos vemos esta noche. Te quiero.

Estaba loca por él, era el novio perfecto, y, sin embargo, mi mente no paraba de dar vueltas a la discusión con Adrián del día de mi cumpleaños.

No habíamos vuelto a hablar desde entonces.

Tampoco había habido novedades respecto al asunto de las fotos, y el único día que nos habíamos visto fue cuando pasé a recoger a Pablo por su casa y ni siquiera se acercó a saludarme, así que yo tampoco hice el intento de quedar bien.

Si él estaba enfadado y era demasiado orgulloso, yo lo estaba aún más.

El que se había comportado como un crío egoísta y prepotente había sido él, y no sería yo quien se rebajara.

Si quería saber algo más de mí, tendría que ser él quien diera el primer paso.

Con ese pensamiento, terminé mi delicioso desayuno y, después, llamé a mi novio para desearle un feliz día de San Valentín y darle las gracias por su regalo antes de ir a la oficina.

Después de los últimos meses, en los que mi rutina laboral se había convertido en un caos como consecuencia de las idas y venidas del contrato de Adrián, en los últimos días había vuelto la normalidad, y mi ritmo de trabajo era el de siempre, aunque las jornadas ya no eran tan maratonianas como antes.

Tras muchos años en los que mi única vida la constituía el trabajo, el hecho de tener una existencia fuera de las cuatro paredes de la oficina era una novedad muy agradable.

Estaba sumergida en el último informe que me había pasado Ricardo cuando apareció Paola con un ramo enorme de flores.

—Jefa, ha llegado esto para ti —dijo con una sonrisa inmensa en la cara—. Tienes loquito a tu novio, ¿eh?

—Eso parece. —No pude ocultar mi sonrisa al recordarlo. Sí, en verdad tenía un novio increíble; sin embargo, una sombra de duda atravesó mi mirada.

—¿Qué te pasa? —¿Os había dicho alguna vez que Paola las pilla al vuelo? Sí, creo recordar que sí.

—Nada, solo estoy un poco sobrepasada por este tema de San Valentín. Hacía muchos años que nadie me regalaba nada. Además, yo aún no le he comprado el suyo, y lo peor es que no sé qué regalarle.

—¿Seguro que solo es eso? —Ahí estaban otra vez Paola y sus pesquisas—. Bueno, este no es el sitio para hablar, pero sabes que puedes contarme cualquier cosa, ¿verdad? ¿Qué tal si hoy salimos a comer, nos vamos de compras para buscarle algo a tu novio y así me cuentas qué ronda tu cabecita?

—Me parece buena idea, pero no hay nada que contar, no me ronda nada por la cabeza. Paola, te aseguro que… —Salió de la oficina sin darme tiempo a responder, dejando el ramo encima de la mesa de reuniones.

Me levanté para verlo más de cerca. Era una verdadera preciosidad, y además olía de maravilla.

Al recogerlo para colocarlo sobre mi mesa reparé en que traía una tarjeta.

¡Qué romántico! Al coger la nota sentí cómo todo mi cuerpo se tensaba.

Reconocía la letra, la había visto muchas veces durante los últimos meses, pero no era de Pablo.

Durante unos segundos que me parecieron eternos, miré el sobre en mis manos sin saber si tirarlo a la basura directamente. Al final decidí abrirlo.

Ana, sé que el otro día me comporté como un niñato y un completo imbécil. Espero que puedas perdonarme, porque no quiero seguir lejos de ti. Me haces falta. Un beso.

Adrián.

¿Ahora le hacía falta? Pues no lo parecía cuando estaba intentando llevarse a la cama a mi amiga. Poco le había faltado para comerle la boca delante de mis narices, y ahora me venía con este tipo de tonterías.

«¿Se puede saber qué estás diciendo, Ana? ¿Por qué todo lo que tiene que ver con Adrián siempre acaba sacándote de tus casillas?».

Estaba loco, de todas formas. ¿Cómo se le ocurría enviarme flores a la oficina, y el día de San Valentín, para más inri?

Había perdido completamente la cabeza, no tenía juicio alguno.

¿Y ahora qué se suponía que debía hacer?

¿Lo llamaba para darle las gracias? ¿Los mandaba a él y a las flores a paseo?

Miré el ramo que descansaba sobre mi mesa; las flores no tenían la culpa, además, eran tan bonitas… «¡Y encima tiene buen gusto!».

Releí sus palabras. Espero que puedas perdonarme …

¿Podía hacerlo? ¿A quién quería mentir? Claro que podía hacerlo, de hecho, ya lo había perdonado.

Siendo sinceros, el enfado me duró apenas unas horas, pero estaba esperando una señal de arrepentimiento.

Está bien, yo le había dado una bofetada, pero fue él quien tuvo la brillante idea de besarme en la puerta del bar en el que se encontraba toda mi familia, mis amigos y, lo más importante… ¡mi novio!

Cuando estaba a punto de rendirme y coger el móvil para llamarlo, Paola entró en mi despacho con otro ramo de flores, igual de impresionante que el anterior, y una caja de bombones.

—No me lo puedo creer. ¿Eso también es para mí? —pregunté incrédula.

—Sí, también. Definitivamente, Pablo está enamorado de ti hasta las trancas.

«Si tú supieras de quién es el primero», pensé mientras me levantaba a por el nuevo ramo.

—¿Ana? ¿Te pasa algo? Has puesto una cara muy rara.

—En la comida te cuento, no es el momento. —Cerró y me dejó el segundo ramo encima de la mesa, junto al de Adrián.

«Que no sea de Adrián, que no sea de Adrián», repetía sin cesar, como si hacerlo pudiera cambiar lo que había escrito en esa nota. Cogí la tarjeta y respiré aliviada.

Ana, siento no haber estado a tu lado al despertar. Eres lo mejor que me ha pasado nunca. Te quiero.

Pablo.

Leí la nota y se me escapó una sonrisa, pero también sentí algo extraño en mi interior. ¿Eso era una punzada de decepción? No podía ser que estuviera esperando que el ramo fuera también de Adrián, ¿verdad?

Cogí las dos notas, la caja de bombones y me senté a mi mesa. Me quedé con una nota en cada mano, leyendo y releyendo cada palabra, hasta que me las aprendí de memoria. Guardé una de ellas en el bolso y, con la otra en la mano, hice por fin la llamada.

—Hola, cariño.