Diario de una soltera convencida Capítulo 49
63%

Capítulo 49

Todo era perfecto en mi fiesta de cumpleaños: el ambiente, el catering , la música y, sobre todo, la compañía.

Cuando terminamos de comer, sacaron una tarta enorme y preciosa con velas para que soplara y pidiera un deseo.

Miré a mi alrededor y me di cuenta de que ya había hecho mi deseo realidad.

Tenía una familia y unos amigos que me querían, y alguien a mi lado que me amaba, así que cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas que todo se quedara como estaba en ese momento.

Al levantar la vista de la tarta, mis ojos tropezaron con los de Adrián, que me miraba fijamente, y me estremecí al sentir su examen.

Un par de horas después todos bailábamos y cantábamos al ritmo de mi música favorita, desde Rihanna hasta Shakira. Incluso disponíamos de un pequeño karaoke para que todo el que quisiera pudiera demostrar su talento, o la ausencia de este, depende de cómo se vea.

Después de un par de copas, tanto mi hermana como yo ya estábamos desgañitándonos, cantando a voz en grito la última canción de Malú.

—Mira a Luisa, qué lista.

Mi hermana señaló al fondo del bar cuando terminamos, y tras recibir unos inmerecidos aplausos.

No sé si recordaréis a mi amiga Luisa, la misma a la que su marido Rodrigo había dejado hacía unos cuantos meses después de diez años de noviazgo y cinco de matrimonio, y recurriendo a esos tópicos tan manidos de los que ya hablamos.

Allí, en la esquina de la barra, Adrián charlaba más que animadamente con ella.

En realidad, era obvio que ambos estaban coqueteando.

¡Qué rápido se recuperaban algunas de las rupturas!

—Anda, que ha perdido el tiempo, y se ha ido a buscar un mal partido.

—Sí, bueno. —Me di la vuelta, molesta. ¿Pero por qué me afectaba tanto?

—¿Qué te pasa, Ana?

—Nada, voy a pedir otra copa. —Me acerqué a la barra, y Diana me siguió.

—Ana, por favor, no me digas que estás celosa. Tu novio está ahí enfrente, mira lo que ha hecho por ti —dijo barriendo nuestro alrededor—. Lleva más de una semana preparando todo, y ahora tú se lo pagas así, muriéndote de celos al ver a su amigo coquetear con otra.

—¿Qué dices? Yo no estoy celosa.

Adrián se acercó al oído de Luisa y le debió de decir algo muy gracioso mientras esta, sin ningún pudor, se apoyaba en él y le reía las gracias.

Vi cómo Adrián me miraba y giré la cabeza; no tenía nada que ver con él.

Al volver a posar la vista sobre ellos, de nuevo estaban acaramelados, bailando salsa en la pista al son de Marc Anthony.

«Yo también sé jugar a esto», pensé, y me dirigí a donde estaba Pablo para sacarlo a bailar.

Algo que mi novio aceptó encantado. Adrián nos vio y empezó a moverse de manera más sugerente, haciendo que Luisa pareciera toda una experta bailarina.

Si Adrián se acercaba a Luisa, yo me arrimaba más a Pablo, y si Adrián se mostraba sensual, yo lo superaba.

Al final, gracias a mis clases de baile de salón, acabamos por ser el centro de atención de todos.

Cuando terminamos, después de un par de vueltas de agradecimiento y de una ovación, advertí que Adrián y Luisa habían desaparecido.

«¿A qué estás jugando, Ana?», me regañé.

Sin poder evitarlo, me pasé el resto de la noche buscando a Adrián y a Luisa mientras tomaba un mojito detrás de otro y aguantaba las malas caras de mi hermana.

Al final localicé a Adrián, solo en uno de los sillones, y cuando iba, igual que un toro de miura, directa a por él para pedirle explicaciones, mi hermana me frenó y me arrastró al karaoke.

—Ni se te ocurra —me dijo en tono amenazante al oído.

—¿Quién se ha creído que es para comportarse así en mi fiesta? —Traté de librarme de ella hecha una furia.

—Ana, por favor, canta conmigo y olvida a Adrián.

—Está bien, pero elijo yo. —Me acerqué a la persona encargada del karaoke y pedí la canción.

Las primeras notas del Somebody that I used to know 7 de Gotye empezaron a sonar mientras cogía el micrófono y, sin ninguna contemplación, clavé mi mirada en Adrián y comencé a cantar.

Era como si escupiera cada una de las palabras, casi como si se las estuviera gritando a él directamente, y por unos minutos me olvidé de Pablo, me olvidé de todo lo que me rodeaba.

Solo quería dejarles bien claro a esos ojos verdes que me miraban sin pestañear que no me importaba nada de lo que hiciera, y que para mí no era nadie.

Todo ocurrió muy deprisa, y lo siguiente de lo que fui consciente fue de que, cuando mi hermana debería haber empezado su estrofa, era Adrián quien tenía el micrófono en la mano.

Fijó su mirada en mí y empezó a cantar. Tenía que reconocer que lo hacía bastante bien, pero yo no era capaz de reaccionar.

« But I don´t wanna live that way, reading into every word you say. You said that you could let it go   and I wouldn´t catch you hung up on   somebody that you used to know…» 8 .

Dejé el micrófono y salí corriendo de allí. Necesitaba aire y un poco de espacio. Pablo no se había enterado de lo que había pasado en el karaoke, solo me vio salir e hizo ademán de seguirme, pero con un gesto le dije que tenía calor y que necesitaba despejarme, así que se quedó.

¡Mierda! ¿Por qué me afectaba tanto? Había sido yo la que había empezado el juego, y me había explotado en la cara sin darme cuenta. Me senté en un banco y encendí un cigarro.

La puerta se abrió; un instante después Adrián estaba sentado a mi lado. Permanecimos en silencio mientras yo fumaba y los ruidos de la noche se mezclaban a nuestro alrededor.

—¿A qué ha venido eso? —dije por fin mientras me levantaba y apagaba la colilla con el tacón de la bota.

—No sé a qué te refieres. —Me miró enarcando esa sonrisa de suficiencia que odiaba.

—Lo sabes de sobra, ¿por qué has cogido el micrófono?

—No sabía que tenía prohibido cantar. Se suponía que todos podían hacerlo, ¿no?

—Sabes perfectamente a lo que me refiero.

—No, no lo sé, Ana. ¿Lo dices por la canción? —preguntó haciéndose el inocente—. Debo recordarte que la elección ha sido tuya, yo solo he seguido la letra.

—¡Deja de hacerte el tonto conmigo! —grité furiosa—. Llevas toda la semana sin mirarme a la cara y tratándome como a una completa desconocida. Esta noche vienes aquí y te pones a ligar con mi amiga, delante de mis narices, y encima ahora me cantas esa canción a la cara.

—Ana, permíteme que te aclare varias cosas.

—Se acercó a mí aún más—. Primero, te he tratado como lo que eres: mi abogada.

Segundo, soy un hombre libre y puedo ligar con quien quiera, donde y cuando quiera, eso es problema mío y de tu amiga.

Y tercero, has sido tú la que se ha puesto a cantarme esa canción a la cara.

—¿Cómo puedes ser tan…?

—¿Tan qué, Ana? Solo estoy haciendo lo que tú me pediste que hiciera.

Me dejaste muy claro la otra noche en tu casa que no quieres nada conmigo y que solo quieres estar con Pablo —repitió, con énfasis, lo que había dicho mientras él estaba escondido detrás de la puerta de las escaleras la semana anterior—.

Como te decía, yo no tengo nadie a quien dar explicaciones…

—Ya veo lo que significan para ti las palabras, ¡qué rápido olvidas tus promesas!

No sé por qué lo dije, pero esas palabras salieron con rabia y reproche de mis labios. Hacía una semana se había atrevido a jurarme, mirándome a los ojos, que nunca me haría daño y que se estaba enamorando de mí, y ahora…

—No, Ana. —Se acercó tanto a mí que podía sentir su respiración, tan alterada como empezaba a estarlo la mía—.

Intento olvidar, es muy diferente. Cada palabra que pronuncié el otro día era sincera, pero tú has querido que esto sea así.

Ahora atente a las consecuencias. Has decidido, y decidiste Pablo.

Me parece perfecto, pero ahora no te pongas celosa si yo coqueteo con quien me dé la gana.

—¿Yo, celosa? Para poder tener si quiera un atisbo de ese sentimiento tendrías que importarme algo, y no es así. Por mí, como si entras y te tiras a todas mis amigas solteras. Si quieres, conozco alguna más que te puede gustar.

—Eres una mentirosa, y lo sabes. Si es como dices, ¿por qué estás aquí con un ataque de celos en toda regla soltándome toda esa mierda?

—¡Y tú, un cabrón! —grité fuera de mí y a la defensiva.

—Tienes razón, pero no soy el único que está jugando aquí.

—Adrián, ¿sabes qué? ¡Que te den! —Me di la vuelta para marcharme.

—Espera. —Me sujetó de la muñeca y me atrajo hacia él—. Aún falta una parte de mi regalo de cumpleaños.

Sin darme margen de reacción, me besó. Fue un beso totalmente diferente.

No era apasionado, como el del ascensor, sino un beso que destilaba rabia y un deje de satisfacción.

Nuestros dientes incluso llegaron a chocar por el ímpetu con el que atacó mi boca.

Cuando al fin reaccioné, me separé de él y, con toda la fuerza que pude, le di una bofetada que le dejó los dedos marcados en la cara.

—Ni se te ocurra volver a hacer eso en toda tu vida.

Como una furia, volví al interior, dejándolo allí plantado en la calle. Mi hermana me vio y me interceptó por el camino.

—¿Qué te pasa?

—Lo odio, lo odio. —Incapaz de decir nada más, le arrebaté la bebida a mi hermana y me la bebí de un trago.

—Tranquila, hermanita, relájate. ¿A quién odias?

—Al impresentable de Adrián. Primero, tiene el valor de soltarme no sé qué tonterías sobre que estoy celosa, y luego va y me… —Diana me propinó un codazo en el costado—. ¿A qué viene eso ahora? ¿Tú también te has vuelto loca?

—Ana, cariño, ¿estás bien? —me preguntó Pablo mientras me cogía de la cintura.

—Sí, sí, estoy bien. Solo he discutido con Adrián. —Le dediqué una mirada de agradecimiento a mi hermana. Había estado a punto de meter la pata, y hasta el fondo.

—¿Qué os ha pasado ahora? ¿No podéis estar un solo día sin tratar de sacaros los ojos?

—Ya sabes, incompatibilidad de caracteres, pero no voy a dejar que me amargue mi fiesta, así que vamos a bailar.

—Como quieras. Ya se os pasará, como siempre.

Al día siguiente no estaba de humor para ir al fútbol.

Lo que menos me apetecía era tener que poner buena cara delante de Pablo, así que, aduciendo una resaca importante después de la fiesta, me quedé en casa todo el día.

Sin embargo, como soy boba, al final terminé viendo el partido por televisión.

Cuando vi a Adrián saltar al campo, tuve una mezcla de sentimientos difícil de catalogar, empezando por rabia, miedo y dolor.

Aunque lo había intentado con todas mis fuerzas, no podía mostrarme indiferente respecto a él.

De alguna forma se había instalado dentro de mí, y me daba miedo, porque comenzaba a importarme mucho.

«Demasiado», gritó mi subconsciente. Y con ese pensamiento empezó una semana que iba a cambiar muchas cosas.

7 En inglés: «Alguien a quien solía conocer».

8 En inglés: «Pero no quiero vivir así, leyendo en cada palabra que dices. Dijiste que podrías dejarlo ir y no tendría que pillarte obsesionada con alguien a quien solías conocer».