Capítulo 48
Debo de estar volviéndome loca. Hace unos meses era una soltera convencida y ahora hay tres hombres que beben los vientos por mí. ¿Pero cómo es posible? ¿Cómo he podido llegar a esta situación? Recapitulemos: Pablo, mi novio; Adrián, el mejor amigo de mi novio y Darcy, que no sé ni que decir de él.
Dicen que se necesitan tres días para que el universo se desestabilice y otros tres para que recobre el equilibrio; creo que yo debo de estar en uno de esos procesos, aunque no tengo muy claro en cuál.
Empiezo a preocuparme; no sé si estoy liberando alguna clase de hormona invisible que hace que todo hombre que me rodea caiga a mis pies.
Estaréis pensando: «C hica afortunada » .
¡Pues no! Todo este asunto se me está yendo de las manos, y tengo la sensación de hacer equilibrismos sobre una cuerda de la que sé que voy a terminar cayendo.
La situación con Darcy puedo controlarla, al menos de momento, ya que no es real más que a través de una pantalla de ordenador y ni siquiera conozco su nombre verdadero.
No puedo negaros que me preocupa. Me he acostumbrado a nuestras charlas y a nuestras risas nocturnas, pero creo que por un tiempo tendré que prescindir de ellas.
Ojalá las cosas fueran tan sencillas con Pablo y Adrián, pero no lo son, no cuando tengo que verlos todos los días.
Con ellos no puedo simplemente cerrar sesión y olvidarme durante unos minutos; a ellos los tengo en la vida real, en carne y hueso, y eso hace que las cosas estén llegando a un punto de no retorno en el que me da mucho miedo caer, porque sé que, una vez que llegue ahí, todo se volverá aún más complicado.
Cerré el que se suponía que iba a ser mi diario de soltera convencida y que finalmente se había convertido en un diario con más enredos amorosos que los culebrones venezolanos de la sobremesa.
A pesar de ser tan solo las diez de la mañana, ya iba por mi tercera taza de café, esta vez acompañado de un ibuprofeno.
Tenía la cabeza a punto de estallar. La última semana había sido como una tortura china para mí.
Las pesadillas habían hecho acto de presencia otra vez, y cada noche me despertaba empapada en sudor, chillando y hecha un mar de lágrimas.
Las horas pasadas con Adrián en mi oficina perfilando la demanda fueron muy tensas; a pesar de la aparente normalidad, las cosas ya no eran como antes entre nosotros.
Ninguno de los dos miraba al otro a la cara, y ambos evitábamos quedarnos juntos a solas.
Nuestro trato era correcto, pero se había vuelto frío y distante.
Ya no había bromas ni comentábamos nada que no estuviera relacionado con la demanda o las fotos.
En mi interior, sabía que era lo mejor, pero no podía evitar que su indiferencia me doliera y pesara sobre mí como una losa.
Obviamente, después de todo lo sucedido, el mercado de fichajes se había cerrado sin la firma de un acuerdo.
De momento, la negociación con el Madrid estaba paralizada, y no había nada más que yo pudiera hacer a ese respecto.
Tras finiquitar la demanda, regresé a la rutina diaria anterior a todo el tema de Adrián.
Me costó hacerme a la idea; me había acostumbrado a trabajar con ellos.
El mundo del fútbol era mi verdadera vocación, y volver a otro tipo de contratos que nada tenían que ver con ese tema se me hizo bastante cuesta arriba.
Mi humor tampoco ayudaba. Estaba más susceptible de lo habitual, y saltaba a la mínima.
El miércoles había tenido una bronca con Paola, y el jueves le tocó el turno a Ricardo.
Aunque había conseguido el contrato con Adidas, el tema de mi incorporación como socia se estaba demorando, y me ponía muy nerviosa todo ese asunto, ya que tenía la sensación de que Ricardo me estaba dando largas y no terminaba de concretar nada.
Para completar mi semana fantástica, el sábado era mi cumpleaños y tenía varias celebraciones pendientes.
Al mediodía, tenía comida en casa de mis padres, y por la noche, Pablo había reservado mesa para cenar juntos, pero lo mantenía en secreto para darme una sorpresa.
Si normalmente odiaba celebrar mi cumpleaños, ese año la sola idea me hacía querer salir huyendo; no obstante, no podía hacerlo.
—Venga, perezosa. —Algo me estaba haciendo cosquillas en la nariz—. Despierta, cariño, te está esperando una sorpresa.
—No quiero sorpresas —dije con la cabeza aún metida debajo de la almohada—. Ya te he dicho que no quiero celebrar nada. Odio mi cumpleaños.
—Pues vamos a celebrarlo, quieras o no. Es el primero que pasamos juntos; además, no todos los días se cumplen treinta años.
—Calla, no lo digas. Eso significa que lo siguiente que cumpliré ya serán los cuarenta —me quejé de nuevo.
—Se acabó esa negatividad. —Pablo me quitó la almohada, se tumbó sobre mí, aplastándome contra el colchón, y empezó a darme besos—.
Estás en la edad perfecta, cariño, eres preciosa y lista, y maravillosa, y sabes que estoy loco por ti, así que deja de decir tonterías y abre los ojos para que pueda felicitarte como Dios manda.
—Está bien. —Abrí los ojos y me encontré con la deslumbrante sonrisa de mi novio.
—Felicidades, cielo. —Me dio un beso—. Y ahora toca tirarte de las orejas…
—¡No, eso sí que no! —Intenté levantarme, pero él era más fuerte y me sostuvo contra el colchón mientras empezaba a hacerme cosquillas y a tirarme de las orejas entre besos y risas.
Tengo que reconocer que la forma de despertar fue muy placentera. Después de una sesión de sexo de felicitación de cumpleaños, Pablo me llevó el desayuno a la cama y me dio su regalo. Una preciosa pulsera de oro blanco con un pequeño corazón en el que estaban grabadas nuestras iniciales.
En casa de mis padres todo era fiesta y alboroto; durante unas horas se me pasó el mal humor de la última semana y me dediqué a reír con las ocurrencias de mi sobrino Raúl y las bromas de mi hermana.
—¿De verdad no vas a decirme a dónde vamos a cenar? —intenté sonsacarle por enésima vez a Pablo mientras me ponía las medias.
—No, es una sorpresa. Lo descubrirás cuando lleguemos, solo debes saber que te va a gustar.
—Seguro que me gusta, pero ya has hecho bastante por mí hoy, creo que no merezco tanto.
Cada vez me sentía más culpable por lo que había sucedido con Adrián. Quería contárselo a Pablo y aclarar todo, pero era tan cobarde que, cada vez que intentaba hacerlo, no podía continuar y desviaba el tema.
—Claro que lo mereces, cariño, esto y mucho más. Así que, vamos —dijo tendiéndome la mano—, es hora de irnos.
Cuando Pablo me dijo que era hora de bajar del coche, me sentía nerviosa.
No sabía dónde íbamos a cenar, odiaba esa incertidumbre.
Soy una controladora nata, y por eso siempre me han disgustado las sorpresas.
El local al que nos dirigíamos parecía estar cerrado; no me sonaba ni el nombre del restaurante ni la zona.
—Pablo, ¿estás seguro de que es aquí? Parece que todo está muy oscuro.
—Tranquila, es solo que es un sitio muy íntimo. ¿No te gusta cenar a la luz de las velas? Venga, pasa.
Abrí la puerta del restaurante, las luces se encendieron y un grupo de voces gritó a coro: «¡Sorpresa!». Tardé unos segundos en reaccionar y darme cuenta de que era una fiesta para mí. Me di la vuelta para ver cómo Pablo se reía a mi espalda, satisfecho de haberme engañado por completo.
—Eres, eres…
—Encantador, ya lo sé. —Me guiñó un ojo.
—Un mentiroso, iba a decir yo, pero también encantador. —Le di un beso.
—Anda, cariño, creo que hay mucha gente que quiere saludarte.
Estaba toda mi familia, los padres de Pablo, su hermana y su cuñado, mis amigas Vanesa y Gema con sus parejas, algunas de mis amigas de la universidad, Ricardo y su mujer, algunos compañeros de trabajo, Paola y, en la esquina, solo, con una copa en la mano, estaba Adrián.
—Felicidades, Ana. —Se acercó a mí después de un rato y me dio un beso en la mejilla sin entusiasmo. Parecía que estaba allí más por obligación que por decisión propia; me pregunté si Pablo no lo habría obligado a asistir.
—Gracias por venir.
—De nada. No me perder ía tu fiesta, pero solo puedo estar un rato, ya sabes que mañana tengo partido. Solo he pasado a felicitarte y a darte tu regalo. —Me entregó un sobre rectangular—. No sabía qué comprarte, y Pablo me dijo que te gustaba.
—No tenías que haberte molestado. —Abrí el sobre y dentro encontré un par de entradas para el próximo concierto de Pablo Alborán.
—Muchas gracias. Me encanta.
—Me alegro. Bueno, creo que hay más gente que te reclama. Voy a tomar algo más y a saludar a tu novio.
Se dio la vuelta y me dejó sola, con un amargo sabor de boca.
Había sido tan frío, y su forma de decir la palabra « novio » se clavó en mí como una estaca.
Aparté de mí esos pensamientos (no era ni el momento ni el lugar para preocuparme por Adrián) y me dediqué a saludar a todas las personas que me querían y que habían elegido pasar ese día a mi lado.
A pesar de todo, el cumpleaños no había sido tan malo. Quizá cumplir treinta años no me hiciera mucha ilusión, pero hacerlo rodeada de las personas a las que quería lograba que fuera menos traumático. Solo fueron necesarias unas cuantas horas más para hacerme cambiar de opinión.