Capítulo 47
—¿Señorita? ¿Señorita? —El taxista tuvo que insistir varias veces hasta que fui consciente de que se dirigía a mí—. Ya hemos llegado.
—Disculpe, ¿cuánto le debo?
—Son dieciocho con veinte.
—Quédese el cambio. —Extendí un billete de veinte euros.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, muchas gracias, no se preocupe. Buenas noches.
Salí del coche y caminé hasta mi portal como un autómata.
Llegué a mi casa en estado de shock . Realmente no podía haber pasado lo de ascensor, ¿verdad?
Era solamente mi imaginación jugándome una muy mala pasada.
No me había tirado sobre Adrián como una loca desesperada, y tampoco lo había besado como si me fuera la vida en ello. «¡Mierda! Sí, lo he hecho».
Las imágenes volvieron con total nitidez a mi cabeza…
«¡Lo he besado! ¡Mierda, lo he besado! Y vaya beso», añadió mi inoportuno subconsciente, como siempre encantado de torturarme.
Me senté en el suelo mientras trataba de poner en orden los mil y un pensamientos que me asaltaban en ese momento.
¿Cómo había podido ocurrir? ¿Cómo había podido pasar de estar redactando una demanda a estar besándolo en el ascensor?
¿Qué iba a hacer ahora? ¿En qué momento del día había perdido por completo la cabeza?
El problema era que no tenía una respuesta adecuada a ninguna de esas cuestiones, y la única que me venía a la mente no era nada satisfactoria, al menos no para mi relación con Pablo.
Me mentiría a mí misma, y a vosotros, si negara que había pensado en la posibilidad de besar a Adrián desde Nochevieja.
Estaba claro que lo había hecho, ¿no? Pero eso no significaba que fuera a llevarlo a cabo.
Una cosa era pensarlo y otra muy distinta, hacerlo, y ese día había cruzado la línea.
Dios mío, ¿cómo iba a volver a mirarlo a la cara?
¿Y qué iba a hacer con Pablo? ¿Cómo iba a estar con él de nuevo sabiendo que había besado a su mejor amigo, a su hermano?
Y si no hubiera llegado a ponerse en marcha ese ascensor, sabe Dios qué más habría hecho.
Una oleada de calor inundó mis mejillas al recordar sus manos en mi espalda y sobre mis muslos.
Podía sentir su tacto y su olor invadiendo mis fosas nasales, ¿qué estaba pensando? Definitivamente, me había vuelto loca.
El sonido del telefonillo hizo que diera un brinco. No, por favor, en ese momento no podía ver a nadie, y menos a Pablo, y muchísimo menos aún a Adrián. No iba a abrir; era mejor que pensase las cosas antes de hacer frente a cualquiera de los dos.
Silencio. No sonó de nuevo; se había ido. Pero el silencio duró apenas un minuto, entonces fue el timbre de mi casa el que sonó.
—Ana, sé que estás ahí. —Era la voz de Adrián la que se oía al otro lado de mi puerta—. He visto la luz encendida y sé que estás ahí dentro. Abre, por favor, tenemos que hablar.
Ya era tarde para apagar la luz, sabía que estaba dentro. ¿Qué podía hacer? No podía permitir que entrara, ya que tenía miedo, no me fiaba de mí misma, y menos aún de mi traicionero cuerpo, que se había encendido solo con el sonido de su voz.
—Ana, por favor. Puedo oír tu respiración, sé que estás junto a la puerta. Por favor, abre.
¿Pero cómo podía saberlo? ¿Tanto se oía? Hasta ese momento no me había dado cuenta de hasta qué punto estaba alterada.
—Está bien, si quieres que sea así, me sentaré aquí —pude sentir cómo se apoyaba contra la puerta de mi casa y resbalaba— y no me moveré hasta que abras y decidas actuar conmigo como una persona adulta.
—Adrián, vete, por favor —al fin hablé.
—No, no me voy a ir hasta que me abras y me escuches.
—No tengo nada que escuchar.
—Tienes que escucharme, solo te pido eso.
Déjame hablar, solo una vez, y te prometo que nunca más volveré a sacar el tema, y lo del ascensor será como si nunca hubiera ocurrido.
—Solté el aliento que había estado reteniendo al oír esa última frase.
No era posible que él me dijera algo así, aquello no podía estar pasando.
Me sentía como la víctima de una broma de cámara oculta, pero no tenía ni la menor gracia.
«El amor solo trae complicaciones», pensé. ¿Veis como tenía razón y debería haber seguido con mi ideario de soltera convencida?
—Ana, ¿vas a decir algo o vas a dejarme entrar?
—No puedo, Adrián.
—Solo quiero hablar, te prometo que no voy a intentar nada. Te lo ruego, necesito verte. No quiero que esto cause un distanciamiento entre nosotros. Si hay algo que me importa y por lo que voy a luchar, es tu amistad, más allá de lo que pueda o no pueda sentir por ti.
¿Por qué tenía que ser tan insoportablemente encantador y decir justo eso en ese momento?
—Adrián, solo hablar, ¿prometido?
—Palabrita del niño Jesús. Estoy haciendo una cruz en mi pecho, aunque no puedas verlo, ¿quieres una foto para que me creas?
Incluso en una situación así no podía evitar que su humor saliera a flote.
—No hace falta.
Me levanté, cerré los ojos y alargué la mano para retirar el pestillo y abrir la puerta. Ahí estaba Adrián, con esa sonrisa de cien mil kilovatios capaz de arrasar con todo.
—Te lo advierto, Adrián, nada de juegos, que te conozco.
—Palabra de boy scout.
—Pasa. —Me aparté y lo invité al interior—. ¿Quieres tomar algo? —le pregunté, recordando mi buena educación.
—Solo si tú también lo haces.
—Me serviré un poco de vino.
No sabía si dejarlo entrar había sido una decisión inteligente ni si tomar vino era lo mejor en ese momento, pero necesitaba algo que calmara mis nervios ante su proximidad. Serví las dos copas y me senté en una de las banquetas de la cocina.
—Está bien, Adrián, te escucho.
—Ana, sé que debería decir que lo siento. Sé que debería decir que me arrepiento de lo que ha pasado en el ascensor, debería decirte que no ha estado bien porque eres la novia de mi mejor amigo, pero… pero no puedo hacerlo.
—Adrián, por favor.
—Déjame terminar, necesito que lo oigas, aunque solo sea una vez.
—Asentí y me callé—. No puedo decir que me arrepienta —continuó— porque deseaba que pasara eso desde hace mucho tiempo.
No puedo, porque tener tus labios sobre los míos ha sido lo más placentero que he sentido en años.
Lo que estoy empezando a sentir por ti es lo más fuerte que he experimentado en toda mi vida, y me da mucho miedo porque sé que esto va a hacer daño a gente que me importa, pero no puedo negar mis sentimientos.
Creo que me estoy enamorando de ti —terminó, dejándome con la boca abierta y sin opción a réplica.
—Pensaba que habíamos dicho que nada de juegos.
—Ana, te juro que no estoy jugando. Jamás he dicho algo más en serio, a nadie, en toda mi vida.
—¿De verdad no te parece un juego que vengas ahora a decirme que crees que te estás enamorando de mí? No me lo puedo creer. —Un amago de algo parecido a risa se escapó de mi garganta.
—¿Por qué no puedes creer que te estoy diciendo la verdad?
—¡Porque no puede ser, Adrián! —grité—. Soy la novia de tu mejor amigo, ¿por qué no puedes entender que estoy enamorada de él y que entre nosotros no ha pasado ni va a pasar nada?
—Sí, ha pasado, Ana. Aunque quieras taparlo, aunque trates de levantar una barrera delante de todo y aferrarte a ella con todas tus fuerzas. Está ahí. Y no me refiero solo a lo del ascensor, y lo sabes.
—Esto ha sido una equivocación.
Me levanté de la silla y estuve a punto de caerme, pero Adrián fue más rápido y lo evitó.
Entonces fui consciente de que me hallaba de nuevo junto a su cuerpo y que sus brazos me sujetaban.
Olía tan bien como recordaba; era como ese olor a lluvia fresca en las mañanas después de una noche de tormenta, pero también era cálido, dulce y muy masculino.
Era un olor único, era el olor de Adrián.
—Me sentí traicionada al ver las fotos. Pensé que había llegado a conocerte y, al verlas, me sentí realmente engañada, me dolieron mucho. —Las palabras brotaron solas de mi boca.
—Lo sé, pero esas fotos son mentira, Ana.
Nunca haría nada parecido, y menos cuando sé que eso te dañaría.
—Sus dedos se colaron entre mi pelo y me atrajo hacia él mientras con la otra mano dibujaba el perfil de mi cara, mi nariz, mis labios—.
¿Qué has hecho conmigo, Ana? —Apoyó su frente en la mía a la vez que un suspiro se escapaba de sus labios.
El sonido del timbre consiguió que toda la magia se esfumara de golpe y que fuera consciente de dónde estaba y, lo peor, de lo que había estado a punto de volver a hacer. Salí corriendo hacia la puerta y miré por la pantalla del telefonillo.
—Mierda, es Pablo. Adrián, tienes que irte.
—No, ¿por qué? ¿Qué hay de malo en que esté en tu casa?
—Tengo que abrir. Por favor, vete antes de que suba —supliqué.
—Está bien —desistió finalmente—. Pero no hemos terminado de hablar.
Abrí la puerta para que se marchara y ambos nos quedamos mirando el ascensor, que ya subía hacia mi planta.
—Por favor, escóndete, que no te vea. —Señalé la puerta de acceso a las escaleras.
No protestó e hizo lo que le pedí. Cerró la puerta justo en el momento en que Pablo salía del ascensor.
—Hola, cariño. Te vi salir corriendo de tu oficina, te hice una seña, pero no me viste. —Me lancé a sus brazos y, sin poder evitarlo, comencé a llorar. ¿Cómo podía estar haciéndole eso? Yo era una persona horrible—. ¿Qué pasa, cielo? ¿Por qué lloras?
—Solo quiero estar contigo, Pablo, solo abrázame.
—Tranquila —dijo mientras me estrechaba más entre sus brazos y me besaba—. Venga, vamos dentro y me cuentas qué te pasa. Prepararé una ducha y algo de cena. Nos vendrá bien para relajarnos.
Recé para que Adrián hubiera oído todo y pillara la indirecta.
Cuando me giré para cerrar la puerta, vi cómo salía de su escondite en las escaleras. Después de echarme una mirada en la que pude adivinar una profunda tristeza, entró en el ascensor, dejándome el recuerdo de sus palabras y el corazón más roto de lo que era capaz de admitir.