Diario de una soltera convencida Capítulo 46
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Capítulo 46

Me lavé la cara, recompuse un poco el maquillaje, rehíce la coleta y salí del baño dispuesta a hacer frente a la crisis que se nos había venido encima a causa de las benditas fotos.

Ironías de la vida. A esas horas deberíamos haber estado celebrando el fichaje de Adrián por el Madrid y, sin embargo, allí estábamos, sin fichaje y después de haber tenido la primera bronca importante con mi novio por culpa de su mejor amigo.

Adrián seguía en mi oficina cuando regresé.

Ricardo y Paola estaban con él; su cara no había mejorado.

—Ricardo, Paola, ¿podéis dejarnos solos, por favor?

—Sí, por supuesto —dijo Ricardo—. Vamos, Paola.

Antes de salir, esta última me miró y, con un gesto que pasaría desapercibido para cualquiera, me preguntó si estaba todo bien. Asentí y salió de la oficina para dejarnos solos. Yo aún no había mirado directamente a los ojos a Adrián y, al hacerlo, vi dolor, rabia y, ante todo, vergüenza.

—Lo siento, Ana —empezó a decir.

—Basta de lamentos, Adrián. Quiero la verdad; estoy cansada de ir descubriendo las cosas cuando todo me explota en la cara. Hemos llegado a un punto en el que nada me sorprende. Sabes que puedes confiar en mí, así que explícame todo lo relacionado con esas fotos.

—Confío en ti, tanto como en Pablo. Te juro que no tenía ni idea de la existencia de esas fotos.

No sé quién las ha filtrado y ni siquiera sé si son reales.

Ana, cometí muchas estupideces cuando era más joven; Pablo ya te contó todo lo relacionado con mi familia.

—Asentí y me senté enfrente de él—. Pero te prometo que yo no he estado en mi vida con ese tipo de mujeres.

Quizá lo que te voy a decir te suene pretencioso, pero soy futbolista y nunca he necesitado pagar por sexo.

Ni lo he necesitado ni lo he hecho, así que esas fotos no sé ni cómo ni de dónde han aparecido.

—¿Estás insinuando que son falsas?

—Sí, Ana, tienen que serlo.

—¿Pero estás seguro? Es muy serio lo que estás diciendo. Creo que nuestra mejor baza sería denunciar a la publicación por intromisión en tu honor, intimidad e imagen pública. Si estás seguro de que esas fotos están trucadas, nos daría justo la ventaja que necesitamos.

—Estoy seguro. Nunca he ido con putas, te lo juro.

—¿Y el resto?

—El resto no lo sé. En esa época sí cometí muchas locuras, y más de un día acabé borracho y metido en alguna pelea. Quizá sean verdaderas, o quizá no.

—Esto es lo que vamos a hacer, si estás de acuerdo, por supuesto: presentaremos una demanda, como te he dicho.

A todos los efectos, esas fotos son falsas; que sean ellos los que demuestren que son verdaderas y ya veremos qué pasa.

—Miré el reloj, ya eran más de las dos de la tarde—.

Es hora de comer; si te parece bien, pediré a Paola que nos traiga algo para los dos, y nos ponemos manos a la obra.

—¿Para hacer qué?

—La demanda, Adrián. ¿T ú me escuchas cuando te hablo?

—Sí, pero no sabía que fueras a ser tú quien la preparara.

—Vale, perdona. —Me quedé cortada—. Me he adelantado dando por hecho que querías que fuera yo quien se encargara de todo, pero si prefieres que lo haga otro abogado, no hay problema.

—No, no. Me refiero a que no sabía que tú pudieras redactarla; no que no pudieras, sino que… Me estoy liando. Me refiero a si Ricardo te va a permitir hacerlo, si entra dentro de tus…

—Adrián, soy licenciada en Derecho, y antes de trabajar aquí estuve en un bufete de abogados, así que sé cómo preparar una demanda, y claro que Ricardo me lo permite.

En tu caso, tengo libertad absoluta de movimientos, además…

, ¿quién piensas que redacta los contratos y se encarga de todos esos temas aquí?

—No lo sabía. Eres una caja de sorpresas, Ana. Por supuesto que quiero que lo hagas. ¿Crees que dejaría mi futuro en las manos de alguien que no fueras tú?

Tras llamar a Paola y pedirle algo de comer para los dos, me quité la chaqueta, me remangué las mangas de la blusa y me senté delante del ordenador.

Las cosas no habían salido como teníamos planeado, pero de nada servía ya lamentarse.

Las lágrimas habían quedado olvidadas, y era hora de contraatacar.

Eran más de las siete de la tarde y seguíamos en mi despacho, pero la demanda ya estaba lista.

Habíamos trabajado sin descanso durante más de cuatro horas y estábamos agotados.

No sabía si era por el cansancio o por las horas de angustia pasadas, pero los ojos de Adrián estaban brillantes, y su verde era más intenso que nunca.

«¿A qué vienen esos pensamientos ahora?», me regañé mentalmente.

—¿Te apetece una Coca-Cola? —Adrián me hizo señas.

—Perdona, ¿qué decías?

—Que si quieres una Coca-Cola.

—Sí, gracias. Por cierto —traté de alejar esos pensamientos mientras se acercaba a la mesa de las provisiones que Paola nos había traído—, no me has contado qué ha dicho exactamente el Madrid.

—Posponen el fichaje hasta que aclaremos todo este lío.

No quieren arriesgarse a sufrir más problemas con jugadores de su plantilla; dicen que ya tienen bastante con fiestas de cumpleaños y carreras de coches.

La verdad, lo entiendo. Yo tampoco confiaría en mí en estos momentos, dadas las circunstancias.

—Te prometo que solucionaremos este embrollo.

—¿Cómo voy a poder agradecerte lo que estás haciendo por mí? —Me miró a los ojos y yo tuve que apartar la mirada.

—Ya se me ocurrirá algo —intenté bromear.

—Lo que tú quieras, seré tu sirviente de por vida.

A pesar de todo, sonreí ante sus palabras. Él era así. Podía arrancarme una sonrisa incluso en un momento tenso, y, dada toda la tragedia de las últimas horas, agradecí sinceramente ese instante de normalidad.

—Ana, ¿te puedo preguntar una cosa? —Asentí mientras tomaba un trago del refresco—. Antes, cuando has visto las fotos, ¿por qué te has puesto así?

—No sé, creo que ha sido la forma de que saliera toda la tensión acumulada. Llevaba nerviosa toda la mañana. Cuando he llegado, me han enseñado las fotos y os he visto a los dos, ha sido como si el muro de mis emociones se viniera abajo. Lamento el bofetón.

—No pasa nada, tranquila, me lo merecía. Quizá si alguien me lo hubiera dado hace unos años, no tendría este problema hoy.

—Bueno, el pasado es pasado, y no se puede hacer nada por cambiarlo. Lo importante es el futuro.

—De verdad, Ana, no sé cómo aún me soportas después de todo lo que ha pasado, ni cómo puedes mirarme a la cara.

Algo en su forma de dirigirse a mí cambió en décimas de segundo. ¿Cuándo se había acercado tanto? Estaba a unos centímetros escasos, y podía sentir cómo una corriente eléctrica se instalaba entre nuestros cuerpos.

«Tengo que salir de aquí, alejarme de él… ¡ya!».

—No sigas por ahí, Adrián…

—No sé a qué te refieres —dijo a la vez que las comisuras de sus labios se torcían en una sonrisa embaucadora, encantadora y, sobre todo, seductora.

—Sí, lo sabes. Creía que ya habíamos aclarado hace mucho este asunto, y te puedo asegurar que hoy no es el día.

—Tú también lo sientes, ¿verdad? ¿Notas esa corriente que surge siempre que estamos cerca? Dime que no es solo cosa mía.

Adrián se acercaba cada vez más a mí; mis músculos se tensaron ante la proximidad de su cuerpo. Tenía que salir de allí en ese instante, pero mis piernas se negaban a responder.

—¡No! —conseguí articular por fin. Agarré mi bolso y salí del despacho, dejándolo allí sin margen alguno de reacción—.

Venga, venga, sube ya, maldito ascensor —repetía.

En cualquier momento, Adrián saldría por la puerta, y necesitaba escapar de allí antes de que él llegara—.

Planta catorce, solo queda una, vamos, por favor.

—La puerta se abrió y entré. Por suerte, estaba vacío.

Me apoyé contra la pared del fondo, intentando que mi respiración volviera a la normalidad. ¿Por qué no se cerraban las malditas puertas? Tardé en darme cuenta de que no había apretado el botón para bajar, por eso el ascensor no se movía. Pulsé, y las puertas empezaron a cerrarse.

La sucesión de segundos posteriores se desarrolló a velocidad superlenta. Las puertas cerrándose, una mano que se cuela en el último momento, las puertas que vuelven a abrirse y el cuerpo de Adrián metiéndose dentro antes de que se cierren por completo y el ascensor comience a descender.

—Tenemos que hablar, Ana.

—No, no tenemos nada de qué hablar, Adrián. Yo ya he dicho por mi parte todo lo que tenía que decirte. Creo que lo he dejado muy claro, y, a menos que sea para discutir asuntos relacionados con la demanda y el contrato, tú y yo no tenemos nada más que tratar.

—Ana, por favor…

—Adrián, ¡no! Se acabó. Te he dado mil y una oportunidades, y al final has acabado defraudándome siempre. Por favor, no hagas que me arrepienta también de seguir en este barco, porque te aseguro que estaría encantada de mandarte a la mierda, y si no lo hago, es por Pablo.

—¡Deja de decir eso! ¡Maldita sea, olvídate de Pablo! ¡Olvídate del contrato!

—¿Que me olvide de Pablo? Te recuerdo que es mi novio y tu mejor amigo, o al menos eso se supone, aunque me estás demostrando que tu sentido de la amistad y de la lealtad está…

Las palabras se quedaron atrapadas en mi boca ante la sacudida del ascensor. La luz se apagó, dejando todo en tinieblas hasta que se encendieron las pequeñas luces de emergencia.

—¡Mierda! Lo que me faltaba, que este maldito ascensor se volviera a estropear. No me puede estar pasando esto…

—Tranquila, Ana, será un problema sin importancia y lo solucionarán enseguida.

—¡No me pidas que me tranquilice, maldita sea, Adrián! ¡Odio los ascensores y odio la oscuridad!

—Lo sé, pero ahora vas a hacer lo que yo te diga.

Respira, Ana. —Se acercó a mí y me cogió la mano; la retiré, pero volvió a tomarla mientras con los dedos masajeaba el dorso y la palma—.

Tranquila, mira, hay luz. —Señaló los pilotos de emergencia, que ya estaban encendidos—.

Voy a llamar al interfono para comunicarme con la central de ayuda, todo se va a solucionar en un momento.

Ahora, ven —dijo mientras me obligaba a bajar al suelo y sentarme—. Siéntate aquí y respira hondo.

Como me había dicho, Adrián llamó por el interfono; un par de segundos después estaba hablando con una voz que salía por el altavoz. Yo seguía sentada en el suelo, intentado respirar y no pensar que estaba encerrada en un ascensor, a oscuras y, sobre todo, con Adrián.

—Ya están avisados. Se ha producido un pequeño problema eléctrico, pero ya lo están solucionando. No creen que tarden más de unos minutos en arreglarlo.

—Gracias —fue lo único que fui capaz de decir.

—Bueno, al menos ahora tenemos tiempo de hablar, y, ya que no vas a poder salir huyendo de nuevo, me escucharás.

—Yo no he salido huyendo, Adrián, pero no quiero hablar. Te agradezco lo que has hecho por mí, que me hayas tranquilizado, pero eso no cambia el hecho de que no quiero volver a tocar ese tema nunca más. ¿Lo has entendido?

—Lo he entendido, aunque no voy a parar hasta que me escuches.

Se sentó a mi lado; su pierna rozando la mía fue suficiente para que otra vez esa corriente intensa recorriera todo mi cuerpo. Me levanté y fui hasta la otra punta del ascensor. No podía estar a su lado. No, si quería ser fuerte. No, sabiendo que mi cuerpo me traicionaría si él se acercaba más.

—¿Lo ves? De nuevo huyendo, Ana. —Él también se puso en pie y se aproximó poco a poco hasta mi esquina.

—Por favor, Adrián, no te acerques.

—¿Por qué?

—Porque esto está mal, porque ni tú ni yo podemos sentir nada el uno por el otro, porque yo estoy con Pablo y lo quiero, y no se merece esto, y yo no…

Era como una pantera acechando a su presa. Sabía exactamente cómo moverse y qué palabras pronunciar; su voz se había convertido en un susurro cuando lo sentí totalmente pegado a mi cuerpo.

—Ana, deja de pensar, por favor. Olvídate de lo que hay fuera de estas cuatro paredes. —Esas palabras me resultaron familiares, pero no le di más importancia, bastante tenía con lograr salir de allí—. Olvídate de Pablo, olvídate del contrato, olvídate de todo y mírame.

—No puedo, Adrián.

—¿Por qué?

—Sabes por qué.

—Dilo.

—Porque si te acercas más, no voy a poder resistirme de nuevo y voy a hacer algo de lo que sé que me voy a arrepentir.

—¿El qué? —susurró, tan cerca de mis labios que pude sentir su respiración sobre ellos. Estaba tan alterada como la mía.

—¡Maldita sea, Adrián! Aléjate, van a venir en cualquier momento y nos van a pillar así.

—Me da igual.

—¿Por qué me haces esto? ¿Quieres hacerme daño? —Las palabras salieron de mi boca casi como un lamento.

—No, Ana, jamás te haría daño, te lo prometo.

—Me tomó de nuevo la mano—. Pero mírame y dime que no llevas pensando en ello desde Año Nuevo.

Dime que no sentiste lo mismo el sábado, ni hace un momento en tu oficina.

Dímelo mirándome a los ojos y te juro que me alejo ahora mismo de ti, me voy a la otra esquina de este ascensor y me olvido de todo.

Ana, ¿qué es eso a lo que no te vas a poder resistir?

—Sus pupilas verdes fijas en las mías, desafiándome—. Dilo.

—¡Besarte, voy a besarte! —grité.

—Pues hazlo, Ana.

Como si una fuerza desmedida se hubiera adueñado de mí y de mis actos, me lancé a sus brazos y busqué su boca con desesperación.

Mi corazón latía desbocado en el pecho, y lo único que podía hacer era besarlo, recorrer cada milímetro de sus labios con pasión.

Noté cómo se apoyaba contra la pared del ascensor y me empujaba hacia él.

Sus manos acariciaban mi cuerpo mientras sus labios recorrían mi boca con deseo.

La abrí y su lengua rozó la mía, mis dedos perdidos entre su pelo.

Sus manos se colaron entre mi ropa y llegaron a la piel desnuda de mi espalda.

Coloqué los brazos en su cuello y me alcé hasta enroscar las piernas alrededor de su cintura; podía percibir cómo subía mi falda y llegaba hasta la fina tela de mis bragas.

La luz del ascensor volvió, y, con una nueva sacudida, este se puso en movimiento.

Me separé de él con el pulso y la respiración acelerados, a la vez que intentaba recomponer mi ropa correctamente.

Sentía los labios hinchados por el beso, y todo mi cuerpo gritaba por el deseo de más.

Quería más, necesitaba a Adrián por toda mi piel.

Cuando las puertas se abrieron en la planta baja, salí apresurada de allí, atravesé el vestíbulo en una carrera loca y alcancé la calle sin aliento. El aire frío me golpeó con fuerza, y por fin comencé a serenarme. Un taxi pasaba justo en ese momento, así que lo paré, subí y di mi dirección.

Arrancó, y en un último vistazo pude ver una figura parada dentro del vestíbulo del edificio. Adrián. Me llevé las manos a los ojos y noté que estaban húmedos; estaba llorando.

Lo que mis ojos no vieron fue otra figura fuera, en la puerta, con el semblante serio y la mirada fija en el taxi que se alejaba.