Diario de una soltera convencida Capítulo 45
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Capítulo 45

Serrat cantaba: «Hoy puede ser un gran día». Sin embargo, hay algunos en los que sería mejor no levantarse de la cama, y os puedo asegurar que ese había sido uno de ellos.

La firma estaba prevista para las diez de la mañana.

Incapaz de permanecer más tiempo allí y para aplacar los nervios, decidí acercarme a los alrededores del Bernabéu; sabía que era cuestión de minutos que se anunciara el contrato y quería estar cerca del lugar para un momento tan importante.

El fichaje, por fin, de Adrián por el Real Madrid era un sueño, y quería compartirlo con Pablo.

«Y con Adrián», añadió mi subconsciente, como siempre intentando martirizarme.

Problema de última hora; no se firma. Nos vemos en tu oficina.

Eran más de las doce de la mañana cuando volví a mi despacho y me encontré a Paola y Ricardo como locos.

—Ana, ¿ te has enterado? ¿Se puede saber qué ha ocurrido? —fue el recibimiento de Ricardo al entrar.

—No sé nada, Ricardo. Estaba esperando que Pablo me informara de que ya estaba todo hecho cuando he recibido un mensaje; un problema de última hora, me ha dicho.

—¿No sabes nada?

—No, ¿qué pasa? — Estaba empezando a perder los nervios.

Se acercó a mi ordenador, abrió una página web y señaló la pantalla.

En ella aparecían las imágenes de un par de chicos acompañados por dos mujeres que, por su vestimenta, o por la escasez de esta, no dejaban lugar a dudas sobre su profesión.

En otras aparecía ese mismo par de chicos en medio de una pelea, y en otra, rodeados de botellas de alcohol, tirados en medio de la calle.

En todas las fotos había un denominador común: uno de los chicos me recordaba a alguien a quien yo conocía.

Al principio, no era consciente de qué era lo que tenía ante mí; después lo vi claro. Ese chico era Adrián.

—Ya las has visto. —Giré la cabeza hacia la puerta en busca de esa voz.

Adrián, blanco como la pared, estaba allí. A su lado, Pablo tampoco tenía buena cara. Volví la vista hacia la pantalla.

« La loca juventud del ídolo del momento », rezaba el titular, en letras luminosas, en el encabezado de la noticia. « Alcohol, sexo y quién sabe qué más… ».

—Ana, di algo, por favor —pidió con tono de súplica.

No podía reaccionar. Mi mente se negaba a pasar de nuevo por lo mismo. Una vez había sido demasiado, pero dos ya era una broma de muy mal gusto. No podía estar sucediendo otra vez. Después de todo lo que habíamos luchado por ese contrato, de las horas de trabajo, cuando ya era un hecho…

—Dime que no es verdad. —Podía sentir cómo las lágrimas luchaban por salir y me escocían en los ojos.

—Creo que no puedo —contestó al fin.

Cerré el portátil de un manotazo. Nunca me había sentido más decepcionada y, sobre todo, más traicionada en toda mi vida. Caminé hacia la puerta donde estaba apoyado e hice algo que nunca pensé que haría: le di un bofetón, y después salí corriendo al baño con las lágrimas ya nublándome la vista.

Fue Pablo quien entró unos segundos después y me encontró hecha un manojo de nervios y llorando. Intentó acercarse, pero con un gesto de la mano le indiqué que se detuviera.

—Ahora no, Pablo —conseguí decir.

—Ana, tranquilízate, por favor. No tienes que ponerte así.

—¿Que no tengo que ponerme así? —Lo miré como si hubiera dicho la mayor estupidez del mundo. ¿Aún tenía el valor de decirme que no me pusiera así? —. ¿Sabes lo que esas fotos significan? Significan que va a ser muy difícil que ese contrato se firme, significan que me habéis traicionado y mentido.

—¿Traicionado? ¿Mentido? —preguntó sorprendido—. Nadie te ha mentido. Sabías desde hacía mucho tiempo que Adrián había tenido problemas en su juventud, yo mismo te lo conté.

—Pero… ¿cómo que juventud? —De repente me di cuenta de que algo en todo aquello no me cuadraba.

El rostro de Pablo se tornó serio al comprender mis palabras.

—Esas fotos no son actuales, Ana. Parece ser que son de hace más de siete años, cuando Adrián se mudó a Pamplona.

De forma inconsciente, solté un suspiro de alivio. ¿Por qué me habían molestado tanto esas fotos?

—Si no son actuales, ¿cómo explicas que hayan aparecido ahora? Yo sabía lo de los problemas, de acuerdo, pero ninguno me dijo que había fotos y que podían llegar a salir, ¿por qué?

—Porque ninguno de los dos sabía que esas fotos existían, y porque nadie va contando a una persona a la que casi no conoce que ha sufrido problemas con el alcohol, así como así.

El tono de voz de ambos estaba empezando a subir, y las lágrimas habían dejado paso al enfado.

—¿A alguien a quien casi no conoce? Se supone que soy tu novia, no sé si lo recuerdas.

—¿A qué viene eso ahora? Sí, lo recuerdo, y precisamente por ese motivo estoy aquí dándote explicaciones sobre algo que solo incumbe a mi amigo. Solo él tiene el derecho y la autoridad moral de contar las cosas de su vida que crea convenientes. El tema del contrato con el Madrid no era asunto tuyo.

En ese momento fue cuando el vaso de mi paciencia llegó al límite y rebosó.

—¿Que no era asunto mío? ¿En serio vas a ir por ahí, Pablo?

Perfecto, pues como no es asunto mío, te agradecería que tanto tu amigo como tú salierais ahora mismo de mi oficina.

Mi cometido era conseguir el contrato con Adidas, y ya está firmado, así que el resto es asunto vuestro.

No sé ni siquiera por qué me pongo así. Tengo mucho trabajo pendiente.

—Lo siento, no quería decir eso. —Se acercó para tratar de abrazarme, pero me aparté; me habían dolido demasiado sus palabras—.

Estamos muy nerviosos. Ha sido muy duro lo que ha pasado, y llegar aquí y ver cómo te has puesto me ha cabreado más aún y lo he pagado contigo.

Lo siento, cariño, nunca se me ocurriría decir que nada de esto es asunto tuyo porque todo lo es, y si hemos llegado hasta aquí, ha sido gracias a ti.

—Pablo, no tenías ningún derecho a decirme algo así.

—Lo sé, por favor, perdóname. —En su mirada había sincero arrepentimiento—. Tengo que irme. He quedado con un amigo periodista a ver si puede conseguir información acerca de la procedencia de esas fotos. Te llamo luego, ¿vale?

—Está bien. ¿Adrián también se va contigo?

—No, él me ha dicho que se quedaba contigo por si a ti se te ocurría qué hacer. Por favor, trata de no matarlo, bastante mal está ya.

—Lo intentaré.

—Gracias. —Me dio un beso rápido y se marchó, dejándome sola en el baño, totalmente desorientada y sin ganas de volver a mi oficina y enfrentarme a Adrián.