Diario de una soltera convencida Capítulo 44
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Capítulo 44

La semana pasó volando, y el fin de semana todo rodó según lo previsto. Adrián volvió a jugar después de la lesión e incluso pudo marcar un gol. Había vuelto al cien por cien y con más ganas que nunca de demostrar su valía y recuperar el tiempo perdido.

La semana siguiente las cosas fueron aún mejor.

El miércoles, después de meses de duras negociaciones, de miles de problemas y de lo que parecía una misión imposible, Adrián firmó su contrato con Adidas.

Un contrato millonario que le aseguraba un lugar preferente en el universo futbolístico y que, sin duda, suponía la antesala perfecta para el anuncio inminente de su fichaje por el Real Madrid.

Todo era de color de rosa; incluso quedarme atrapada en el ascensor, algo que en un tiempo pasado me habría provocado un importante ataque de pánico, se convirtió en una mera anécdota más que contar a Darcy en nuestras conversaciones nocturnas.

Como ya os he contado, Adrián firmó, por fin, el contrato con Adidas.

Nuestra primera intención era hacer una gran celebración esa noche por todas las buenas noticias de los últimos días: la recuperación de Adrián y el contrato, pero al final decidimos posponerla para el sábado, tras el partido de Liga de esa semana.

Además de Pablo y yo, que nos habíamos vuelto habituales en cada partido, también vinieron un par de amigos de Adrián; Marta, la hermana de Pablo, y su marido, Lucas, y mi hermana, Diana.

Todos disfrutamos al máximo con el partido.

Vibramos con cada jugada y, cuando en el último minuto Adrián marcó su tercer gol y el que daba la victoria al equipo, chillamos como si hubiéramos ganado la Copa de Europa.

Con la emoción en todo lo alto, salimos del estadio y acudimos a la zona de privilegio para esperar al gran protagonista de la noche.

Una nube de periodistas lo rodeó al salir del vestuario.

Era su noche, y me sentía feliz de poder formar parte de ella.

Al vernos, nos dedicó una gran sonrisa y comenzó a responder a las preguntas de los reporteros.

Sin embargo, de vez en cuando podía atisbar cómo su mirada se cruzaba con la mía, y algo dentro de mí se removía al ver cómo sus ojos me escrutaban.

—Por fin han terminado con las preguntas —dijo Adrián al acercarse—. Pensaba que no iba a poder salir de ahí en toda la noche —bromeó y saludó a todos.

—Hermano, hoy te has salido. —Pablo lo abrazó.

—Gracias, no ha estado mal —dijo devolviendo el abrazo con cariño.

—Te habrás llevado el balón.

—Por supuesto, lo tengo dentro. —Señaló la bolsa de deporte que colgaba de su hombro—. Ana. —Había llegado mi turno.

Al sentir sus brazos alrededor de mi cuerpo, esa sensación volvió a invadirme.

La misma que había sentido en Nochevieja; la misma que había hecho que todo mi ser temblara y se agitara; la misma que había hecho que me replanteara muchas cosas.

Cerré los ojos y suspiré, tratando de alejar esos pensamientos de mi cabeza.

«Ana, ¿qué estás haciendo? No vuelvas por ese sendero… ».

—Hola, Adrián —reaccioné por fin—. Gran partido, enhorabuena. Estoy muy orgullosa de ti.

—Gracias. Tenía ganas de demostrar a todo el mundo que no me he olvidado de jugar al fútbol y que aún me queda mucho por hacer. Ya sabes, quería tapar muchas bocas que no creían que pudiera rendir a tope después de la lesión.

—Estoy segura de que has conseguido silenciarlas todas —fue lo único que pude decir. «¿Por qué me mira así? ¿Por qué ha vuelto esa sensación?».

Adrián siguió saludando a todos, pero yo era incapaz de apartar los ojos de él. Al girar la cabeza, me encontré con una mirada reprobatoria de mi hermana. No hacía falta que me dijera nada, sabía lo que estaba pensando, y yo misma me reprendí mentalmente.

—Bueno, es hora de irnos. Nos espera una suculenta cena y un poco de fiesta, ¿no? —intervino Pablo, alejando el hilo de pensamientos que discurrían por mi mente y que no eran los más adecuados.

—Sí, vamos —secundó un eufórico Adrián.

Habíamos reservado mesa en uno de los mejores restaurantes de Madrid, y allí nos dirigimos todos.

Al llegar, había unos cuantos fotógrafos y periodistas, ¿cómo se habían enterado de a dónde íbamos a ir?

Adrián, con paciencia, contestó de nuevo a las mismas preguntas que llevaba respondiendo toda la noche, mientras nosotros entrábamos en el local y tomábamos sitio en nuestro reservado. Diana se acercó antes de sentarnos.

—Vamos al baño, hermanita. —Me agarró del brazo sin darme opción a réplica—. ¿Se puede saber qué ha significado ese momento con quien tú ya sabes? —soltó nada más entrar en el baño—. Y no me digas que no tienes ni idea de a qué me refiero, porque lo sabes tan bien como yo.

—No lo sé, Diana, no sé qué ha pasado.

—Yo sí. Te lo dije en Nochevieja y te lo repito ahora: te gusta Adrián, y ahora me estoy dando cuenta de hasta qué punto. Ana, esto no es bueno…

—No, Diana, no me gusta, es solo que…

—Es solo que no puedes evitar sentir lo que sientes, ¿no? Estás loca por él, Ana. ¿Por qué no quieres verlo? No me voy a meter en tu vida, ya eres mayorcita, pero creo que deberías aclarar las cosas antes de que alguien salga herido. Estás jugando con fuego, y ya sabes cómo terminan estas cosas.

Sabía que tenía razón, pero no quería reconocerlo, porque hacerlo significaba admitir no solo que me iba a quemar con ese fuego, sino que ya estaba abrasándome en él.

Durante toda la cena me mostré esquiva con Adrián. No podía espiarlo sin sentir que su mirada se clavaba en mí como un dardo envenenado. Era consciente de que me estaba comportando de una forma estúpida, pero no podía dejar que nadie, y especialmente Pablo, se diera cuenta de lo que pasaba.

Apenas si probé bocado, pero lo sustituí por más vino del habitual.

Cuando me levanté para marcharnos, noté que estaba mareada, aunque callé.

Solo me faltaba tener que soportar a mi hermana pequeña echándome la bronca por estar borracha y totalmente embobada con el mejor amigo, casi hermano, de mi guapo y espléndido novio.

No tenía ganas de ir a ninguna parte cuando salimos, pero ya teníamos un reservado preparado en una discoteca de Madrid, así que volvimos a los coches y nos dirigimos hasta allí.

Según avanzaban los minutos, mi mareo iba en aumento y una extraña sensación de angustia me invadía; necesitaba salir del coche y tomar el aire, me estaba ahogando.

Las lágrimas me escocían en los ojos y tenía miedo de que Pablo se diera la vuelta en cualquier momento y descubriera el estado en el que me encontraba.

Entrar en la discoteca fue un suplicio todavía peor.

Estaba hasta los topes; cientos de chicos y chicas gritaban, bailaban y conversaban.

Todos vestidos con sus mejores galas y dispuestos a dar lo mejor de sí mismos con la esperanza de llevarse el gato al agua, o simplemente de pasarlo bien.

Las luces de colores llenaban la pista, un par de gogós bailaban en las tarimas y la música resonaba a todo volumen.

Nada de aquello ayudaba. Sentía que estaba a punto de desfallecer cuando noté una mano que me sujetaba del brazo.

—Ven conmigo. —Era la voz de mi hermana—. Vamos al baño.

Entramos en el servicio y me condujo junto a los lavabos. Hizo que bajara la cabeza, abrió el grifo y me mojó la nuca.

—¿Cómo lo sabías? —pude preguntar tras unos minutos, cuando empecé a notar que el color volvía a mis mejillas.

—Ana, eres mi hermana y te conozco. Llevo toda la noche observándote: no has cenado nada, solo has mareado la comida, y has bebido demasiado vino. Sabía que no te encontrabas bien desde que hemos salido del restaurante.

—Gracias, Diana. Siento…

—Calla, no digas más, lo sé. Yo también siento lo que te dije antes, pero me preocupas; no quiero que vuelvas a ser la Ana de antes de Pablo.

Me da miedo, porque sé que podrías enamorarte muy fácilmente de Adrián y poner fin a una estupenda relación como la que tienes con Pablo.

Pero, como te he dicho antes, es tu vida y no me voy a meter.

Por favor, piensa las cosas antes de hacerlas.

Me gusta mi hermanita ahora, la que ríe y es feliz; no me gustaría que volvieras a encerrarte en tu caparazón nunca más.

—Diana —me abracé a ella con fuerza—, te quiero mucho, ¿lo sabes?

—Y yo a ti. —Nos quedamos un rato así, hasta que por fin ella rompió el abrazo—. Vamos, fuera deben de estar preguntándose dónde estamos.

—Sí. —La sujeté del brazo antes de salir—. No dejes que cometa ninguna tontería, por favor —supliqué.

El resto de la noche mejoró notablemente, sin embargo, como podréis adivinar, sí acabé haciendo una tontería. No penséis mal, no ha pasado nada con Adrián ni nada parecido, solo fue un baile…, ¡pero qué baile!

Sobre las cinco de la mañana, del grupo que habíamos entrado al reservado solo resistíamos en la discoteca Adrián, Pablo, mi hermana y yo. El resto se había ido marchando, pero a nosotros aún nos quedaban ganas de fiesta y no teníamos intención de volver a casa.

Después de la conversación con mi hermana en el baño, regresé más tranquila y decidí pasarlo bien y disfrutar con mis amigos.

Bailé y canté todas las canciones con mi hermana y mi cuñada.

Saltamos y reímos como locas e incluso nos aupamos a uno de los podios de los gogós a bailar.

Tras más de tres horas de marcha y agotadas por los tacones, subimos a una de las plantas superiores, donde la música era más suave y había sillones para sentarnos y descansar.

Pablo y Diana se dirigieron a la barra a pedir una última copa, momento en el que Adrián aprovechó para acercarse.

—No hemos podido charlar tranquilos en toda la noche —empezó a hablarme casi al oído, haciendo que se me erizara la piel al notar su cálido aliento junto a mí.

—Bueno, es normal cuando hay un grupo grande, al final no puedes comunicarte con nadie a solas.

—¿Seguro que es solo eso? ¿No has estado rehuyéndome?

—No, claro que no, ¿por qué iba a hacer eso? —¿Tanto se había notado?

—No sé, tú sabrás. Pensaba que todo estaba aclarado entre nosotros —dijo mientras me dedicaba su mirada más verde. ¡Mierda, esa mirada me mataba!

—Perfectamente claro, Adrián. Cristalino.

—Entonces no tendrás problema en bailar conmigo, ¿no? —me puso a prueba.

—¿Ahora? Me duelen mucho los pies.

Se levantó y me ofreció la mano. Sabía que no debía aceptarla, sabía que tenía que salir huyendo de allí, sabía todas esas cosas y más, mi cerebro lo sabía todo, pero mi cuerpo, no.

Mi mano se alargó y agarró la suya mientras me levantaba, y así, de la mano, nos encaminamos a la pista, donde un par de parejas también bailaban.

Adrián rodeó mi cintura y me acercó a él.

Mis manos descansaban sobre sus hombros y podía sentir cada músculo a través de la camisa; me acurruqué sobre su pecho e inhalé su olor.

Entonces el tiempo se paró, y todo a nuestro alrededor dejó de existir.

No me preguntéis qué canción sonaba, porque no tengo ni la más remota idea.

Solo sé que durante esos minutos lo único que podía oír era su respiración junto a la mía y el palpitar de su corazón en mi oído creando la más bella melodía.

La mano de Adrián se deslizaba por mi espalda; cerré los ojos y me dejé llevar.

De pronto una mano me dio un leve toque en el hombro. Abrí los ojos de golpe cuando distinguí la voz de Pablo a mi espalda.

—Cambio de pareja.

Y los brazos que me sostuvieron después eran unos brazos conocidos, unos brazos que me habían sostenido antes, y de repente, me sentí perdida y al borde de las lágrimas, porque no eran los brazos que quería que me rodearan en ese momento.

Quería los brazos y el cuerpo que me habían hecho volar muy lejos apenas unos minutos antes: quería los brazos de Adrián.

Y esa aceptación me dio mucho miedo, porque si me permitía hacerlo, podía darme cuenta de hasta qué punto mis sentimientos hacia Adrián y Pablo estaban cambiando.