Diario de una soltera convencida Capítulo 42
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Capítulo 42

No fue complicado localizar el pequeño complejo deportivo gracias a las indicaciones que Pablo me había enviado por WhatsApp.

Estaba formado por cuatro pequeños campos de entrenamiento y un quinto ligeramente más grande y el único que contaba con gradas.

Todos los campos eran de tierra y estaban encharcados tras la lluvia que había estado cayendo durante todo el día, sin embargo, cuando llegué, estaba a rebosar de niños de entre ocho y quince años que corrían como locos detrás de un balón.

«Esta es la verdadera esencia del fútbol», reconocí al ver aquella estampa.

Pablo estaba sentado en la tribuna y agitó la mano cuando me vio llegar, indicándome mediante gestos cómo acceder a las pequeñas gradas que se encontraban en la otra esquina.

—Hola, cielo. —Se levantó a saludarme y me besó—. ¿Qué tal el día?

—Hola, cariño. —Sí, puede que nos hubiéramos vuelto un poco bastante empalagosos, pero me daba igual, estaba enamorada—.

Estresante, como todos últimamente, pero ya está el contrato casi terminado.

Falta que den el visto bueno desde la central y fijar fecha para firmar. ¿Y tú? —pregunté sentándome a su lado.

—De maravilla. Hemos estado reunidos con el Real Madrid hasta hace un par de horas, y es cuestión de días que todo se concrete.

Adrián está recuperado por completo, y este fin de semana posiblemente entre en la lista de convocados para el partido y juegue unos minutos.

Al final, después de todo, creo que vamos a conseguirlo.

—Me alegro mucho. No he dudado nunca de ti. —Le pasé la mano por el pelo y le di un beso rápido—. Bueno, cambiando de tema, ¿por qué estamos aquí?

—Me apetecía ver entrenar a los niños; hacía mucho tiempo que no venía y, al salir de la reunión, como Adrián no tenía coche, me pidió que lo trajera.

—Por cierto, ¿dónde está? —pregunté extrañada al no verlo junto a Pablo.

—Ahí enfrente lo tienes —dijo señalando la figura más alta que destacaba entre todos los principiantes—. No sé quién es más crío, si los niños o él.

—¿No me digas que es el entrenador?

—Por supuesto, ¿quién si no?

—No puede negarse que este Adrián es una caja de sorpresas.

—Si este club sigue vivo y se sustenta, es gracias a él.

Ha invertido el dinero necesario para remodelar los campos y los vestuarios.

Ha comprado la equipación de todas las categorías y, por supuesto, se ofreció a ser el entrenador de los más pequeños.

La verdad es que los dos ayudamos en todo lo que podemos, pero Adrián está involucrado al cien por cien.

Al fin y al cabo, es el equipo en el que empezamos a jugar ambos.

Aquí nos formamos como jugadores, aunque Adrián tuvo más suerte. —Sonrió recordando tiempos pasados.

—Nunca me has contado por qué dejaste de jugar.

—Es una larga historia, pero se resume en una rodilla hecha pedazos.

Una tarde, de camino al entrenamiento, Adrián y yo tuvimos un accidente con la moto, y mi rodilla se llevó la peor parte.

Traté de volver a jugar, pero no pudo ser.

Los dolores resultaban insoportables, no era capaz de aguantar los noventa minutos y el entrenador tenía que sustituirme en cada partido.

Al final, acabé chupando banquillo todos los días y terminé por dejarlo.

—Lo siento. —Tomé su mano al percibir la tristeza en su voz.

—No pasa nada, ya está superado. Eso es pasado.

De todas formas, aún sigo ligado al mundo del fútbol, de otra manera, pero es lo importante.

Además, Adrián ha conseguido triunfar por los dos y, si todo va según lo previsto, en unos días llegará a la cima cuando fiche por el Madrid.

Y siempre puedo jugar unos minutos con los veteranos —bromeó.

En ese momento terminó el entrenamiento y todos los niños salieron corriendo hacia los vestuarios. Adrián se acercó a donde estábamos sentados.

—Estoy agotado, un día de estos acaban conmigo. —Se sentó a mi lado—. Hola, Ana —me saludó con un beso en la mejilla. Algo que en los últimos días había dejado de hacer.

—Ya no estás para seguir el ritmo de veinte niños de ocho y nueve años —se mofó Pablo.

—Tienes toda la razón del mundo, no sé de dónde sacan las fuerzas.

—Son niños —intervine yo.

—Gracias, Ana, ¿me estás llamando viejo?

—Me dio un pequeño codazo en el hombro. Después de los últimos días, en los que había estado muy raro, parecía de buen humor—.

Además, yo solo tengo veintisiete, pero sé de alguna que tiene algún añito más, y no miro a nadie —dijo, fijando la vista sin ningún reparo en mí.

—¿Cómo que algún añito más? Serás… —Me eché a reír intentando mostrarme ofendida.

—Bueno, bueno, haya paz —terció Pablo—. Aquí el mayor soy yo, así que ya vale de edades. Venga, me apetece pegar unas pataditas al balón, ¿quién se apunta?

—¡Yo! —Me levanté, dejándolos a los dos con cara de sorpresa—. ¿Qué pasa? ¿Nunca habéis visto jugar a una mujer, o qué? ¿Acaso me tenéis miedo? ¡Venga, cobardes!

Eché a correr hacia el campo. Adrián y Pablo se miraron divertidos y se levantaron para seguirme entre risas y amenazas de hacerme pagar caro mi atrevimiento.

Estuvimos jugando durante más de media hora, hasta que al final acabé en el suelo al tropezar con el tacón.

El fútbol con tacones no era una buena idea.

—¡¿Ana?! —Los dos se detuvieron, preocupados, y se acercaron a toda prisa a mí.

—¿Te has hecho daño? —Adrián se agachó asustado, pero al ver su cara de angustia no pude evitar romper a reír.

—Ana, ¿estás bien? —lo imitó Pablo—. Ana, por Dios, di algo.

Entonces estallé en carcajadas, mientras me tumbaba en el suelo sin importarme la ropa y me reía sin parar presa de un ataque.

Al ver que me encontraba bien, se sentaron a mi lado y empezaron a reír también ellos dos.

Parecíamos tres locos sentados en medio del campo de tierra, empapados y gritando como niños.

Era una situación totalmente ridícula, pero hacía años que no me lo pasaba tan bien.

Cuando nos levantamos del suelo, tenía el pantalón y la camisa encharcados y con pegotes de barro por todos lados.

Nos metimos los tres en el vestuario a quitarnos el barro y lavarnos.

Adrián me prestó una camiseta y un pantalón de chándal limpios que tenía en la taquilla, y me metí en las duchas mientras ellos se quedaban fuera aseándose.

Cambiada y limpia, salí de las duchas y me sorprendí al encontrar solo a Pablo.

—¿Dónde está Adrián? —pregunté mientras me secaba el pelo con la toalla.

—Se ha ido a casa de mi madre a recoger unas cosas que Dani se dejó antes de marcharse a Inglaterra.

—Qué pena me da que se haya marchado. —Recordé el momento de la despedida del niño en el aeropuerto, y cómo Adrián había aguantado las lágrimas hasta entregárselo a la azafata que lo cuidaría en el vuelo de vuelta.

—Sí, lo cierto es que es un trauma para todos cada vez que se va, pero así es la vida. Espero que algún día su madre decida volver a España y Adrián pueda ver a su hijo todo lo que le gustaría.

—Ojalá. Bueno, yo ya estoy lista. —Arrojé la toalla en el cesto de la ropa sucia—. Podemos irnos cuando quieras. —Se quedó mirándome con una sonrisa insinuante.

—¿Sabes una cosa? Estás muy guapa con esa camiseta y el pelo mojado. —Se acercó lentamente—. Siempre he tenido una fantasía muy interesante sobre los vestuarios y tú.

—Pablo, ni se te ocurra acercarte. —Le devolví la mirada, asombrada al entender sus intenciones—. Puede entrar cualquiera y…

—He cerrado con llave. —Me enseñó la llave que tenía en la mano—.

Estamos solos, y no va a entrar nadie. —Se aproximó más aún—.

Creo que no vas a necesitar esta camiseta en un rato.

—Me agarró y me atrajo contra él con una mano a la vez que con la otra empezaba a levantar el bajo de la camiseta para quitármela—.

Mucho mejor —añadió mientras me besaba con pasión y sus manos se perdían en mi sujetador.