Diario de una soltera convencida Capítulo 40
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Capítulo 40

Me quedé mirando a Adrián tratando de encontrarle sentido a sus últimas palabras.

Un momento, ¿por qué nadie me había hablado nunca de un hijo?

Retazos de la conversación con Pablo la noche en que me había narrado la historia de Adrián volvieron como flashes a mi memoria.

Sabía que Pablo había omitido ciertas partes, ya que, según sus palabras, le correspondía a Adrián decidir contarlas o no, pero lo del hijo eran palabras mayores. Adrián era padre.

—Papá, ¿puedo ir a jugar un rato con el primo?

—Claro que sí, peque, pero tened cuidado con los coches. Dale la mano para cruzar la calle, pero, primero, ve a darle un beso al tito Pablo, que está allí y no te ha visto aún. —Señaló la barra.

—Gracias. —Se lanzó de nuevo a sus brazos y le dio un beso.

Adrián lo miraba con cara de orgullo, y alcancé a distinguir en sus ojos un amor infinito hacia el pequeño mientras observaba cómo este se lanzaba a los brazos de Pablo de la misma forma en que minutos antes había hecho con él.

—Tendrás un montón de preguntas. —Se giró para dirigirse a mí.

—¿Cuántos años tiene?

—Cumplirá cinco en unos días. Cuando Pablo te contó mi vida y milagros, omitió esa parte, ¿verdad?

—¡Mierda! Aún no nos habíamos sentado a hablar abiertamente de la traición de Pablo al contarme todo; miré en dirección a mi novio—.

Tranquila, no voy a matarlo. Sé que lo hizo por mí, y no puedo enfadarme.

En ese momento, hizo lo que creyó que debía hacer para que no abandonaras, y no puedo estarle más agradecido por ello.

—No, no me lo contó —confirmé.

—Lo sé. Bueno, a ver por dónde empiezo. Creo que por el principio estaría bien, ¿no?

—Solo pude asentir sin añadir nada más—.

Al poco de llegar a Pamplona, conocí a la madre de Dani.

Me acababa de mudar a una ciudad nueva donde no conocía a nadie.

Una noche salí con mis compañeros de equipo y acabamos liándonos, empezamos a tontear y poco a poco nos fuimos enamorando; entonces se quedó embarazada.

»No llevábamos ni un año saliendo. Éramos dos críos, ella apenas si tenía veinte años, pero nos fuimos a vivir juntos.

Al principio todo marchaba bien, sin embargo, con el paso de los meses, nos dimos cuenta de que éramos totalmente incompatibles, solo discutíamos, y cuando nació Dani, las cosas se complicaron tanto que al final decidimos que lo mejor para el niño era separarnos.

Ella se fue a estudiar a un pequeño pueblo a las afueras de Londres y se llevó al niño.

Desde entonces viven allí, gracias a Dios, totalmente ajenos al mundo en el que me muevo y en el anonimato.

»He podido mantener esa parte de mi vida oculta durante todos estos años.

Es duro, porque no puedo verlo todo lo que me gustaría, pero es una gran madre y sé que el niño está perfectamente, nunca le ha faltado nada.

Lo nuestro no funcionó, no obstante, mantenemos una relación muy cordial dadas las circunstancias. Solo te pido un favor.

—No hace falta ni que lo pidas. Dani seguirá siendo un secreto. —Hice un gesto cerrando mi boca con cremallera—. De mis labios no va a salir nada, jamás.

—Muchas gracias, Ana. Si te lo he contado es porque confío plenamente en ti. Hoy en día, hay pocas personas por las que pondría la mano en el fuego, y una de ellas, sin dudarlo, serías tú.

Seguí bebiendo mi Coca-Cola intentando disimular el nudo de emociones que me oprimía en ese momento la garganta.

¿Por qué tenía que decir ese tipo de cosas?

Era capaz de dejarme sin habla. Por suerte, Pablo se acercó a nuestra mesa y se sentó a mi lado, tomándome la mano y haciendo que volviera a centrarme.

—¿Qué tal van las cosas por aquí?

—Perfectamente —contestó Adrián—. No hacía falta que te quedaras en la barra hasta que terminara de contarle la historia a tu novia —bromeó con él—. No iba a descubrirle el secreto de la creación ni a desvelar nada que tú no sepas ya.

—Prefería quedarme al margen y que pudierais hablar con tranquilidad. Sé que para ti este tema no es fácil de tratar.

—Gracias, hermano —respondió Adrián alargando la mano para chocarla. Hombres, son como niños—. ¿Qué te ha contado el diablillo de mi hijo que lo he visto un buen rato contigo?

—Me estaba contando que Papá Noel le había traído una consola nueva, que tenía que ir a casa para probarla y que se iba con el primo Sergio a jugar a la placita.

—Vaya dos piezas que están hechos. —Adrián sonrió.

—Menudo peligro tiene juntos, me recuerdan a alguien —comenzó a reír Pablo.

Me gustaba verlos así. Se notaba que entre ellos había algo más que amistad; Adrián lo había dicho hacía unos minutos: eran como dos hermanos.

—¿Tu sobrino Sergio? —interrumpí la conversación.

—El mismo. Aquí todos somos familia de Dani. Mis sobrinos son sus primos y mi madre, su abuela —dijo Pablo con una enorme sonrisa—. Por cierto, me ha dicho mi madre que le gustaría conocerte, ¿te importa que la llame y le diga que vengan a tomar algo con nosotros?

«Ay Dios, ¿conocer a su familia? Pero él conoció a la mía sin problema…».

—Claro que no, me encantará conocer a todos —mentí, ocultando las ganas que tenía en ese momento de salir corriendo a la misma velocidad que el Correcaminos huye del Coyote.

—Perfecto. Gracias, amor.

Se acercó y me dio un beso. Cuando volví a mirar, Adrián tenía un gesto serio y miraba en otra dirección, pero no realizó ningún comentario al respecto, cosa que yo agradecí.

Finalmente, la tarde se convirtió en una cena a lo grande en casa de los padres de Pablo, con toda su familia, Adrián y su hijo.

Tengo que reconocer que, aunque al principio estaba un poco cohibida, al final disfruté de una cena muy divertida.

Los padres de Pablo, y en especial su madre, eran encantadores, y me sentí como en casa.

Era más de la una de la mañana cuando aparcamos en el garaje de mi casa.

Estaba muerta de cansancio; los últimos días habían sido agotadores, y aún faltaba el día de Reyes en casa de mis padres antes de regresar a la rutina diaria del trabajo.

Había desconectado por completo de la oficina y, aunque había respondido a los e-mails de Paola, sabía que la vuelta iba a ser dura.

—¿En qué piensas? —me preguntó Pablo mientras me preparaba un té.

—En la vuelta al trabajo. No quiero ni pensar en lo que me espera encima de la mesa del despacho.

—Pues no lo pienses. —Se acercó a mí y, quitándome la bolsita de té de las manos, me abrazó y empezó a darme pequeños besos por el cuello y la oreja.

—Ya, pero no puedo… mmm. —Dejé que me besara en el cuello mientras las palabras se quedaban flotando en mi mente.

—Te gusta, ¿verdad?

—Ummm, sí —logré articular mientras lo besaba.

—A mí también, pero esto tendrá que esperar. —Paró y yo refunfuñé, ¿cómo que esperar? —. Primero, hay que ver si has sido buena este año y los Reyes te han traído algo —dijo señalando mi habitación.

Como si fuera una niña pequeña, salí corriendo de la cocina. Encima de la cama reposaba un paquete. Le quité el papel con dedos temblorosos y abrí la caja; dentro había una pequeña reproducción de la Fontana di Trevi en cristal junto a una nota:

Ojalá las monedas que lanzamos juntos hagan que todos tus deseos se cumplan. Yo ya he cumplido el mío: estar a tu lado.

Te quiero.

Con lágrimas en los ojos, me quedé mirando la pequeña fuente que tenía en mis manos. Pablo me observaba desde la puerta de mi habitación.

—¿Te gusta? —Se acercó a mí, pero yo era incapaz de pronunciar una palabra. Solo podía releer su nota y mirar esa fuente que tanto significaba para mí—. Ana, ¿qué pasa?

—Me encanta. Te quiero —pude decir por fin, en un hilo de voz, a la vez que me lanzaba a sus brazos en un gesto lleno de amor, y él me rodeaba para perdernos entre besos y caricias.