Capítulo 39
Ya está, lo había dicho, ¿y sabéis qué? Me sentía realmente bien.
Las palabras habían salido solas de mis labios, pero no me arrepentía de ellas.
Pablo me miraba como un niño mira sus regalos en la mañana de Reyes.
Esa sonrisa y esa mirada terminaron por convencerme de que todo aquello era lo correcto. Sí, lo quería, y no podía negarlo más.
—Perdona, ¿puedes repetir lo que has dicho? Creo que no te he entendido bien —bromeó, acercándose a mis labios.
—He dicho —remarqué claramente mis palabras—: te… quiero. ¿Quieres que lo repita? —Mientras con mis manos sujeté su cara frente a la mía, él asintió—. Te… quiero.
—Y yo a ti.
Me abrazó y me dio un beso de película; yo me sentí en una nube. Después de las dudas de los últimos días, de mis miedos y de todo lo que había pasado con Adrián y con Darcy, era feliz. Pablo era el hombre indicado.
Salimos del restaurante y paseamos cogidos de la mano por las calles de la bella ciudad romana.
Paramos en la Fontana, nos hicimos fotos y pedimos a una amable señora que nos sacara una juntos.
Y, por supuesto, lanzamos nuestras monedas, esperando y deseando que esas mariposas en mi estómago duraran para siempre.
Los días siguientes fueron sencillamente perfectos.
Roma era una ciudad preciosa y desprendía un encanto especial en cada uno de sus rincones.
Pablo y yo hicimos turismo como dos enamorados más, siempre de la mano o con su brazo rodeándome.
Me encantaba la sensación de sentirme protegida bajo su cuerpo, como si el mundo exterior no existiera y nada importara, salvo él y yo.
Como si nada pudiera destruir nuestra burbuja.
Pero como todo lo bueno se acaba, tuvimos que volver a Madrid y la realidad se impuso.
Y mi realidad era volver al trabajo y lograr que ese bendito contrato de Adrián se firmara.
Además, aún tenía un asunto pendiente que resolver con el amigo de mi novio.
Tenía que dejar las cosas muy claras para que no se repitieran escenitas como las de Año Nuevo, pero aún no sabía cómo se suponía que debía hacerlo.
Al día siguiente de nuestra vuelta era el día de Reyes, y aún me quedaban algunos regalos por comprar, así que nos levantamos temprano para lanzarnos al maravilloso espectáculo de Madrid y sus tiendas a menos de veinticuatro horas de la noche de Reyes.
Os podéis imaginar lo que pasó: colas espantosas en todas partes, gente por doquier y empujones, pero yo seguía en mi burbuja particular al lado de Pablo, hasta que él mismo se encargó de explotarla.
—Esta tarde he quedado con Adrián para asistir a la cabalgata de Reyes de mi barrio —dijo mientras terminábamos de comer en un restaurante del centro.
—¿A la cabalgata de tu barrio? —Lo miré entre extrañada y divertida—. ¿No os da vergüenza? Ya sois mayorcitos como para pelearos con los niños por unos cuantos caramelos —ironicé.
—Pues no, graciosilla, no vamos a recoger caramelos, sino que vamos a lanzar unos cuantos —puntualizó—.
Adrián y yo participamos todos los años en la cabalgata.
Nos hace ilusión volver a sentirnos niños por una vez.
Además, este año tiene un aliciente especial.
No sé cómo consiguieron convencerlo, pero Adrián será uno de los Reyes Magos, y te puedo asegurar que ese espectáculo no me lo pierdo por nada del mundo.
—Adrián, ¿un Rey Mago? No me digas más, ¡Baltasar! —Empecé a reír al imaginarme la situación.
—Siento decepcionarte, pero creo que representará a Melchor. ¿Vendrás conmigo?
Después de lo ocurrido la noche de Fin de Año y la mañana posterior en mi casa, aún no había vuelto a tener noticias de Adrián, y todavía no sabía si estaba preparada para verlo y hablar con él.
Se suponía que las cosas ya estaban aclaradas entre nosotros, incluso habíamos pasado la Nochevieja juntos, por lo que no había ninguna excusa creíble que dar a Pablo.
Tampoco me iban a servir de mucho las excusas, ya que tarde o temprano tendría que enfrentarlo.
Yo era la encargada de las negociaciones de su contrato, y pese a lo que hubiera, o no hubiera, casi ocurrido entre nosotros, no iba a poner en juego ese negocio, ni mucho menos su carrera.
—Por supuesto que te acompaño. —Traté de mostrarme firme, aunque por dentro me moría de los nervios—. No me perdería por nada del mundo a Adrián vestido de Melchor.
«Y que Dios nos pille confesados», rogué en mi interior.
Hacía un frío espantoso cuando llegamos al barrio de Pablo y Adrián, pero al menos la lluvia había dado una tregua y los niños podrían disfrutar de la cabalgata sin problema.
Pablo también iba a colaborar en la carroza en la que desfilaría Adrián como Melchor, así que, cuando llegamos, me dejó sola para ir a prepararse.
—Tú quédate aquí. Prometo traerte muchos caramelos si te portas bien. —Me dio un beso rápido y se fue.
No podía evitar sentirme inquieta; sabía que en algún lugar cercano estaba Adrián y no sabía cuál iba a ser su reacción al verme allí, ni tampoco sabía cuál iba a ser la mía cuando lo tuviera delante.
Era obvio que no le había contado a Pablo nada de lo sucedido en mi casa, ya que este en ningún momento de los últimos días en Roma me había dicho nada.
Al menos, en ese sentido podía estar tranquila.
Además, tampoco había nada que contar, no había pasado nada.
«Eso te gustaría a ti», me recriminó mi maldito subconsciente, haciéndome recordar los intensos momentos vividos durante la noche de Fin de Año en casa de mis padres, en los que habíamos estado a punto de…
«¡Basta ya, Ana! Deja de pensar en esas cosas y concéntrate en Pablo y en vuestra relación».
Todo había sido tan bonito en Roma. Aún se me iluminaba la cara al evocar nuestros paseos por la ciudad y, sobre todo, las maravillosas noches de amor.
La forma en que Pablo me acariciaba y me besaba cuando hacíamos el amor me hacía estremecer.
Sus miradas y sus palabras susurradas entre caricias eran lo más bonito que me había pasado, y poder disfrutar de todos esos momentos mágicos a su lado en una ciudad como Roma todavía se me antojaba un sueño.
Estaba rememorando nuestra última noche allí cuando una voz a mi espalda me sobresaltó.
—Hola. —Había llegado el momento de enfrentarme a esa realidad llamada Adrián.
—Hola. —Me di la vuelta para saludarlo—. Te veo bien. —Señalé el disfraz que ya llevaba puesto.
—Gracias. Si te soy sincero, pica un poco, pero bueno, habrá que soportarlo por los niños. —Parecía que actuaba con normalidad—. Me alegro de verte, pensé que no querrías volver a saber nada de mí después de lo que hice la última vez. —Perfecto, eso me pasaba por pensar antes de tiempo.
—Olvidemos eso, ¿de acuerdo?
—Ana, tengo que pedirte perdón por mi forma de actuar; me comporté como un estúpido, y no me extraña que me echaras de tu casa. Siento haber estropeado lo que teníamos, no sé por qué…
—Calla, Adrián. De verdad, no tienes que disculparte, ya está todo olvidado por mi parte, tranquilo. Tenemos que trabajar juntos y, además, te considero un buen amigo; las cosas no tienen por qué ser diferentes a cómo eran. —Extendí mi mano—. ¿Amigos?
—Amigos —dijo estrechándola—. Gracias, Ana. Tengo que irme; me están esperando, porque creo que el espectáculo no puede comenzar sin el rey Melchor, ¿no?
—Totalmente de acuerdo. —Sonreí; me alegraba haber aclarado las cosas—. Venga, a hacer tu trabajo.
—Te traeré unos cuantos caramelos. —Salió corriendo hacia donde se ubicaban las carrozas.
—¡Adrián! —grité, y él se dio la vuelta—. Yo también me alegro de verte.
—Te veo en un rato. —Me guiñó un ojo, se puso la corona y se subió a su lugar en la carroza; la cabalgata ya empezaba.
Si había algo que me gustaba de las fiestas navideñas era la noche de Reyes y sus cabalgatas, mirar a los lados y contemplar cientos de caritas felices y emocionadas viendo pasar a Sus Majestades de Oriente.
Caras de inocencia y sinceridad que aún no conocían las cosas malas que pasaban en la vida, caritas asombradas e impacientes.
Niños recogiendo caramelos por todo el recorrido, y las sonrisas de adultos que, por un rato, olvidaban sus problemas y se dejaban llevar por ese ambiente mágico.
Cuando todo terminó, me quedé esperando hasta que recibí un mensaje de Pablo diciéndome que tenía que cambiarse y que llegaría en unos veinte minutos.
Para no congelarme, entré en uno de los bares que había cerca del lugar donde Pablo me había dejado y le contesté informándole del nombre del local donde lo esperaría.
Apenas un cuarto de hora después, Pablo entraba por la puerta, ya cambiado de ropa, junto a Adrián.
Me saludaron y se acercaron a la barra a charlar con un grupo de personas que había allí.
Me llamó especialmente la atención observar que no los trataban como en otras ocasiones cuando la gente reconocía a Adrián, sino que era como si los conocieran de toda la vida.
«Se han criado aquí», me di cuenta por fin. «Claro que los conocen de toda la vida».
El primero en venir a la mesa a la que estaba sentada fue Adrián.
—¿Lo has pasado bien? —preguntó mientras tomaba asiento.
—Mucho, me encantan las cabalgatas.
—A mí también. Me traen recuerdos de cuando era niño y la madre de Pablo nos llevaba a todos a ver a los Reyes.
—Me parece precioso que ambos sigáis participando.
—Lo hacemos cada año. Como puedes ver, este barrio es de clase obrera, y si no fuera por toda la gente que ayuda, sería muy difícil poder sacar adelante la cabalgata.
Pablo y yo nos criamos aquí, conocemos a toda esta gente desde niños, nos han visto crecer, y ahora que ambos podemos ayudar, lo hacemos encantados.
—Es un gesto que os honra a los dos, de verdad. Ninguno ha olvidado de dónde viene, y en los tiempos que corren hoy en día parece que eso cada vez tiene menos importancia.
—Y más en el mundo en el que yo me muevo, ¿no? —Asentí—. La verdad es que sí, el mundo del fútbol está rodeado de tanto glamour , tanto dinero y tanto privilegio que resulta muy fácil olvidar y mirar de lado a quien te ayudó en el pasado.
—Pero tú no eres así, y que estés aquí hoy me lo demuestra.
—Gracias, Ana, pero…
No pudo continuar, ya que unos pequeños brazos se agarraron a él con fuerza a la vez que gritaban:
—Papiii.
«¿« Papi » ? ¿Cómo que « papi » ? ».
—Bueno, Ana, creo que ha llegado el momento de hacer las presentaciones. —Señaló al niño de unos cinco años que en ese momento colgaba de su cuello como si fue ra un monito—. Cariño, te presento a mi amiga Ana; es la novia del tito Pablo.
—Oh. —El niño me miró con una tímida sonrisa y unos preciosos ojos verdes. No podía negar de quién era hijo—. Hola.
—Ana, este es Dani, mi hijo —confirmó Adrián.