Diario de una soltera convencida Capítulo 38
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Capítulo 38

Después de que Adrián se marchara, todo sucedió muy deprisa.

De nuevo, la casa se llenó de gente, de gritos y de comida.

Mi sobrino Raúl absorbió todo mi tiempo y atenciones, de modo que los últimos acontecimientos quedaron aparcados en un rincón de mi memoria; ya tendría tiempo de pensar en ellos cuando volviera al silencio de mi ático.

Serían las cinco de la tarde cuando llamaron a la puerta. Seguíamos en la sobremesa, aún con el café y el turrón sobre el mantel. Mi hermana salió a abrir y volvió con una risita misteriosa en la cara.

—Ana, es para ti.

«Por favor, no, Adrián no puede estar aquí de nuevo».

Me levanté del asiento y fui hacia la entrada. Lo primero que vi fue un gran ramo de rosas rojas y, detrás, una sonrisa preciosa, la sonrisa de mi novio. ¡Pablo! Solté el aire que estaba reteniendo y salí corriendo a su encuentro.

—Hola, cariño —respondió a mi abrazo sin poder ocultar la sorpresa ante mi reacción.

Sin importarme el lugar ni estar rodeada de toda mi familia, me acerqué a su boca y lo besé con pasión. Necesitaba sentir sus labios y sus brazos, y en ese momento estuve segura de que había tomado la decisión correcta. Pablo era con quien quería estar.

—Está claro que voy a tener que irme más a menudo para tener un recibimiento así —bromeó mientras me acercaba más a él.

—Te he echado mucho de menos. —Me aparté, ya más tranquila—. No sabes cuánto.

—Yo también te he echado de menos, preciosa.

—¿Qué haces aquí? ¿No volvías mañana? —Al fin reaccioné.

—Eso era lo previsto, pero tenía ganas de verte y de celebrar el año contigo, así que he cogido el coche, y aquí estoy. Tengo una sorpresa para ti. —Hizo una enigmática mueca que quería decir algo parecido a: «Yo sé algo que tú no sabes».

—¿Una sorpresa?

—Sí, así que vamos, no hay tiempo que perder.

—¿Pero a dónde vamos?

—A tu casa. ¿Cuánto tardas en preparar una maleta para tres días?

—¿Maleta? ¿A dónde vamos?

—Sorpresa, sorpresa.

—Pero tendré que saberlo para poder hacer la maleta, ¿no? —Recurrí a la técnica del equipaje para sacarle información.

—Si por mí fuera —se acercó provocadoramente a mi boca—, no haría falta que te llevaras nada, ya que no quiero salir de la cama en los tres días.

—Me guiñó un ojo, y noté cómo el calor subía por todo mi cuerpo—.

Pero como querrás conocer la ciudad, debes meter ropa de abrigo.

No hay tiempo que perder, tenemos que coger un avión.

—¿Un avión? Pero…

—Nada de peros… Tic-tac, estás tardando…

En un tiempo récord, nos despedimos de todos los presentes, fuimos a mi casa, preparé la maleta y cogimos un taxi a Barajas.

Cada vez que miraba a Pablo, me sonreía o me guiñaba un ojo, ocasionando que todo mi cuerpo se derritiera.

¿Cómo había podido dudar de mis sentimientos si estaba loca por él?

De la mano, nos dirigimos a las pantallas de información.

Aún no sabía a dónde íbamos, pero me daba igual.

Todo era tan maravilloso que cualquier lugar sería perfecto.

—Ese es nuestro vuelo.

Señaló en la pantalla el vuelo que salía a las 21:30 con dirección a…

—¡Roma! —Con los ojos como platos, lo miré al tiempo que él me sonreía—. ¿Nos vamos a Roma?

—¿Te gusta? —Dejé caer la maleta a plomo y me tiré a sus brazos para besarlo—. Sí, creo que te gusta —bromeó al separarnos.

—Me encanta, nunca he estado y tenía muchísimas ganas de ir.

—Lo sé —dijo mientras me dedicaba su sonrisa más deslumbrante.

Así que allí estaba, terminando un delicioso gelato italiano de nata y chocolate, mientras observaba cómo cientos de turistas se fotografiaban ante la famosa fuente y lanzaban sus monedas al agua con la esperanza de encontrar el amor o de regresar a la ciudad.

—¿En qué piensas? —preguntó Pablo al verme distraída, jugando con los restos de helado de la cuchara.

—Estaba pensando en todas esas personas que están ahí tirando sus monedas. Me hace gracia la ilusión con que la gente sigue la tradición, pensando realmente que ese gesto puede ser algo mágico que les traiga el amor o lo que hayan pedido.

—No me digas que no crees en la magia de las monedas —bromeó.

—Ojalá todo fuera tan sencillo como lanzar una moneda a una fuente. —Lo miré mientras notaba una punzada de tristeza en mi interior.

—Bueno, bueno, ni se te ocurra poner esa cara.

Ya sé que no todo es sencillo, pero vamos a disfrutar de lo que hoy tenemos, ¿de acuerdo?

Además, ahora mismo nos vamos tú y yo a lanzar nuestras monedas a la fuente, pero antes tengo una cosita para ti —dijo a la vez que sacaba una pequeña caja y la depositaba a mi lado—. Feliz mes-aniversario .

—Mes… ¿qué? —Puse cara de póker.

— Mes-aniversario . Cariño, hoy hace un mes que estamos juntos.

—¿Eh? Creo que me estoy perdiendo algo —dije, sorprendida y divertida a la vez.

—Hoy hace un mes desde la primera vez que te besé, y para mí cuenta desde ese momento. Así que, feliz mes-aniversario , Ana.

—Estás loco. —Me acerqué y le di un beso rápido en los labios.

—Sí, por ti. —Sonrió—. Desde hace más o menos unos… seis meses.

Al oír sus palabras, la cuchara que aún sostenía en la mano se cayó al suelo, provocando que varias cabezas en el restaurante se volvieran a mirarme. Muerta de la vergüenza, me agaché a recogerla y la dejé sobre la mesa.

—¿Seis meses? —Eso sí que no me lo esperaba.

—Sí, exactamente desde el primer día en que puse un pie en tu oficina.

—Pero tú nunca…

—Te digo la verdad, puedes preguntárselo a Adrián. Siempre se reía de mí porque en las primeras reuniones me ponía muy nervioso, y no era por las negociaciones; tú me ponías muy nervioso.

—Pero ¿por qué nunca me dijiste nada?

—Llámame precavido… o cobarde, como quieras decirlo.

Pensaba que alguien como tú tendría pareja y que yo no tenía nada que hacer, así que decidí mantenerme al margen, pero aquella tarde en la oficina, cuando esperábamos a Adrián, me di cuenta de que tú también podías sentir algo por mí, y entonces casi nos…

—¿Besamos? —terminé la frase por él.

—Besamos, eso es.

—¿Entonces no fueron imaginaciones mías y de verdad ibas a besarme?

—Sí, iba a hacerlo, y lo habría hecho si no hubieran llamado a la puerta.

Apareció Adrián, y estaba tan enfadado con él que me olvidé por un momento de todo, pero cuando volví a mirarte, me maldije por no haberlo hecho.

Entonces me prometí a mí mismo que la próxima oportunidad no la dejaría pasar y te besaría como llevaba queriendo hacer.

Puede que te parezca una locura, pero durante esos meses no pude dejar de pensar en ti.

Las largas horas de negociaciones transcurrían igual que minutos a tu lado; creo que me aprendí de memoria las líneas de tu cara —dijo mientras acariciaba tiernamente mi mejilla—.

Más allá de lo obvio (creo que eres una preciosidad), me atrajo algo más de ti.

Me encanta tu forma de reír y de mirarme.

Siempre me trataste con respeto y profesionalidad a pesar de mis escasos conocimientos en la materia, y confiaste en mí incluso cuando Adrián metió la pata.

Y así, sin darme cuenta, me enamoré de ti.

Me quedé mirándolo sin saber qué decir. Pablo se acababa de declarar. Había estado loco por mí durante meses y yo no había notado nada.

—Di algo, por favor. —Me miró con una extraña nota de miedo y angustia en su cara—. Yo no quería asustarte, Ana, por favor.

—Shhh. —Lo callé poniendo un dedo sobre su boca, y en ese momento lo vi claro. Solo había una cosa que podía decir, y lo dije—: Te quiero.