Diario de una soltera convencida Capítulo 37
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Capítulo 37

Después del numerito del baño, apenas si pude volver a conciliar el sueño. Las imágenes del día junto a Adrián se repetían incesantemente en mi cabeza, y, sobre todo, ese último momento en el que habíamos estado tan cerca de besarnos. ¿Cómo habíamos podido llegar a eso?

Creía en la fidelidad en la pareja, siempre había sido una defensora a ultranza, a pesar de ciertos episodios de mi pasado.

No tenéis más que recordar la bronca que mantuve con el mismo Adrián y con Paola en la fiesta de Navidad.

Sin embargo, mirad cómo me encontraba ahora.

Pablo se iba un par de días fuera y yo había estado a punto de lanzarme en los brazos de otro hombre.

¿Pero qué me ocurría? ¿En qué me estaba convirtiendo? ¿Por qué actuaba de esa manera?

«¿De verdad que no lo sabes? Te gusta Adrián».

Mi subconsciente intervino de forma maliciosa, y lo que más me asustó fue reconocer que creía que llevaba razón.

Era la primera vez que tenía el valor de admitirlo.

Aunque hubiera veces en que no lo soportaba, y lo hubiera matado en más de una ocasión, me gustaba su forma de ser, su manera de ver las cosas.

A pesar de todo, y de mil razones más, no podía negar que me atraía muchísimo.

No era solo el físico, era el conjunto lo que hacía que me sintiera cautivada por él, y, especialmente, la seguridad que desbordaba.

Hacía unos años, Adrián habría sido el tipo de hombre del que, sin duda, me habría enamorado al instante.

Tal vez en otra circunstancia me habría dejado llevar, pero en ese momento Pablo formaba parte de mi vida, y no pensaba traicionarlo, así que a partir de ahí iba a tener que autoimponerme ciertas normas con relación a los espacios cerrados y Adrián.

Eran más de las doce de la mañana cuando decidí salir de la habitación. Había demasiado silencio en la casa, pero escuché ruido de platos en la cocina.

«Mamá ya debe de estar preparando el segundo asalto del banquete de Fin de Año», pensé.

Diana aún dormía, así que salí sin hacer ruido de la habitación y me encaminé a la cocina.

Al abrir la puerta, me quedé congelada; por supuesto, no era mi madre quien estaba allí, sino Adrián.

Con el pelo despeinado, aún llevaba el pantalón del pijama, que le había prestado mi madre la noche anterior, por debajo de la cintura.

Solo el pantalón, sin camiseta, dejando a la vista un pecho magnífico de abdominales perfectamente delineados.

«El universo sin duda me odia».

—Buenos días —saludó a la vez que levantaba la vista de la taza que estaba fregando en ese momento.

—Buenos días —conseguí decir—, ¿dónde está todo el mundo?

—Como aún era pronto para comenzar a preparar la comida, tus padres y tu tía se han ido a dar un paseo; me han ofrecido acompañarlos, pero he preferido esperarte. Ana, tenemos que hablar de lo de anoche, bueno, de lo de esta mañana.

—Adrián, no hay nada de qué hablar. —Intenté que mi voz sonara serena y firme mientras tomaba un vaso de agua—. Olvídalo. No pasó nada, simplemente me hice un corte en el pie y un amigo me ayudó a curarlo. Se acabó, fin del asunto.

—Sabes tan bien como yo que no es así, sabes que está pasando algo…

—No te equivoques ni veas cosas extrañas donde no las hay.

Quizá los dos bebimos más de la cuenta y tergiversamos la situación, pero entre tú y yo no sucede nada.

Te recuerdo que tengo una relación, me gusta mucho Pablo y estoy empezando a sentir algo muy fuerte por él, así que deja de decir tonterías, Adrián.

—¿Pablo lo sabe? ¿Le has dicho que lo quieres?

—Eso no es de tu incumbencia.

—No lo has hecho. Si tan segura estás de lo que sientes, ¿por qué no se lo has dicho aún? ¿Quieres que te dé la respuesta? No estás segura. Desde el principio los dos hemos notado esa conexión, una química que va más allá de una amistad. Por favor, Ana, no lo niegues, tú y yo podemos…

—No tengo que darte explicaciones, así que te agradecería que dejaras ese tema ahora mismo.

Además, no hay un tú y yo, deja de decir tonterías; no existe ni va a existir jamás.

Lo único que hay es un Pablo y yo. Pensaba que habías cambiado, pero veo que sigues siendo el mismo de siempre, solo pensando en ti, y al que no le importa el daño que pueda causar a los demás, ni siquiera a tu amigo del alma. —Salí de la cocina sin añadir nada más.

¿Pero quién se pensaba que era para insinuar que no le había dicho a Pablo que lo quería por él? ¿Cómo se podía ser tan creído? De nuevo, como había sucedido apenas unas horas antes, al abrir la puerta de mi habitación, la mano de Adrián frenó mi huida.

—Si de verdad solo estoy diciendo tonterías, ¿por qué huyes de mí? Creo que somos dos personas adultas y podemos hablar las cosas, pero, por favor, no finjas que esto no está ocurriendo.

—No está pasando nada. —Alcé la voz más de lo que debía—.

Adrián, me estoy empezando a enfadar de verdad.

Tengo novio, que es tu mejor amigo, y lo quiero, y te puedo asegurar que, si tuviera la intención de engañarlo, la última persona sobre la faz de la tierra con quien lo haría serías tú, así que apártate de mi camino y déjame en paz.

—¿Quieres que me vaya? Dilo, y desapareceré ahora mismo.

—Creo que ya he contestado a esa pregunta.

—Está bien, como quieras. —Su tono de voz se volvió frío y distante—. Me cambio de ropa y me voy a mi casa. Gracias por lo de anoche, y feliz año.

Por fin, entré en la habitación, temblando a causa de la ira y con lágrimas en los ojos. Mi hermana estaba despierta, mirándome.

—Ana, ¿qué ocurre?

—Nada —intenté disimular sin éxito—. Lo has escuchado todo, ¿verdad?

—Sí, lo siento, no era mi intención espiar. ¿Qué pasa con Adrián?

Diana me miró y, con un gesto, me indicó que me metiera en la cama a su lado, igual que hacíamos cuando era más pequeña y quería contarme algo. Secretitos de hermanas, lo llamaba. Sin dudarlo, abrí la manta y me tumbé junto a ella.

—Ana, soy tu hermana, estoy de tu parte. Te he visto con Pablo y no tengo dudas de que sientes algo por él, pero no puedes negarme que con Adrián pasa algo, yo también lo he notado.

—No lo sé, Diana, te juro que no lo sé. Soy feliz con Pablo, lo adoro, pero Adrián es tan…

— Sexy , guapo, irresistible… ¿Quieres que siga?

—No es solo eso, Diana. Si fuera una simple atracción física, no tendría importancia.

Estoy acostumbrada a ese tipo de hombres.

En el mundo en el que me muevo he conocido a hombres impresionantes, mucho más que Adrián.

Nunca me han llamado la atención, pero con él es diferente.

Con él me siento bien, soy yo, sin medias tintas.

Incluso le conté lo de la estrella del árbol de Navidad.

¿Sabes que no se lo he contado ni siquiera a Pablo?

Y, sin embargo, se lo conté a Adrián, ¿por qué lo he hecho, Diana?

—Creo que sabes la respuesta tan bien como yo.

—Esto no me puede estar pasando, Diana. Yo era feliz con mi vida, mi trabajo y mi decisión de estar sola. ¿Por qué ahora tienen que aparecer dos hombres maravillosos para complicarlo todo?

—Siento decirte, hermanita, que así es el amor: llega cuando menos te lo esperas. Si me dejas darte un consejo, aunque sea de hermana menor, sé fiel a lo que realmente sientes, y de esa forma nadie saldrá dañado. El amor es complicado ya por sí solo, como para que lo compliquemos más nosotros.

—¿Cuándo te has vuelto tan sabia en temas amorosos?

—Ay, hermanita, si yo te contara…

—¿Cómo que «si yo te contara»? —Me tiré sobre ella haciéndole cosquillas—. Empieza ahora mismo.

Y me soltó todo. Me explicó que tenía novio desde hacía unos meses, pero que ya no sabía por qué estaba con él. Se habían sido infieles mutuamente y habían roto varias veces; al final era débil y siempre volvía a su lado.

Hacía muchos años que mi hermana y yo no nos sincerábamos la una con la otra de esa manera.

Antes de lo que había pasado en mi vida, Diana y yo éramos uña y carne, yo le contaba absolutamente todo, y ella a mí, pero después de eso, mi vida cambió, y me alejé de mi hermana y de mi familia.

No quería ni podía explicar a nadie lo que realmente estaba sintiendo, por lo que me encerré en mí misma.

Me escudé bajo un caparazón y dejé a todos fuera de él.

Necesitaba protegerme, y esa fue la única forma en que supe hacerlo.

Seguíamos en la cama, hablando y riendo, cuando oímos ruido de puertas. En silencio, Diana salió de la cama, abrió una pequeña rendija en la hoja, observó, cerró y regresó a mi lado.

—¿Adrián? —pregunté aun cuando conocía la respuesta. Diana asintió—. Es mejor así.

A pesar de mis palabras, una sensación de vacío y tristeza enorme me invadió, y unas inoportunas lágrimas brotaron de nuevo. Las sequé con la palma y sonreí a mi hermana, que me miraba con inquietud.

—¿Estás segura, Ana? —Agarró mi mano—. ¿Sabes lo que eso significa?

—Estoy con Pablo, y voy a luchar por eso.

—¿Y estás preparada para hacerlo?

—Tengo que hacerlo —contesté, como un mantra interior que debía asimilar mientras trataba de alejar de mi mente las imágenes de los dos últimos días vividos con Adrián.