Capítulo 36
Abrí los ojos; me costó unos minutos enfocar y asimilar dónde estaba.
Esa habitación no era la mía, aunque en realidad, sí lo era.
Era la habitación de la infancia y adolescencia.
Me había quedado a dormir allí después de que la noche anterior acabáramos con todas las reservas de champán, mojito y ron que mis padres habían comprado.
Mi madre se negó en redondo a dejarme salir de casa en mi estado, y mucho menos a que cogiera el coche, y dado que Adrián había venido conmigo, él tampoco pudo salir.
Se había quedado a dormir en el sofá de la antigua habitación de mi hermano Fran, y yo estaba de nuevo en mi antigua cama.
Hacía años que no dormía allí. Cuando pasó todo, estuve durante meses en casa de mis padres. Al final, un día decidí volver a mi ático y enfrentarme a la habitación vacía.
Mi hermana no estaba, había salido con sus amigos, y tenía la habitación para mí sola.
Mir é a mi alrededor y todo me result ó familiar y querido: los mismos peluches y muñecas que mis padres nos regalaron a mi hermana y a mí de niñas, incluso los edredones eran los mismos que cuando Diana y yo dormíamos juntas.
Eran cerca de las ocho de la mañana y tenía ganas de ir al baño, así que salí de la habitación sin hacer ruido; toda la casa dormía.
Mi vista se detuvo en el cuarto que estaba a mi derecha; allí dormía Adrián.
La puerta estaba cerrada. Ya en el baño, me miré en el espejo.
Estaba tan cansada que no me había entretenido en quitarme el maquillaje, y mi aspecto parecía sacado de una película de terror: restos de rímel a pegotazos por los ojos, colorete por las mejillas y el pelo en un estado difícilmente descriptible.
Bueno, ¿y qué? Nadie iba a verme hasta que estuviera presentable.
Bebí un vaso de agua y fui hacia la puerta para volver a mi habitación, pero estaba muerta de sed, así que di la vuelta y cogí otro vaso más para llevarlo conmigo.
Entonces todo se volvió caótico.
Yo abrí la puerta para salir del baño. Desde fuera, otra persona la empujó directa a mi cara.
Traté de frenar el golpe, pero lo hice con la mano en la que llevaba el vaso, que se estrelló contra el suelo.
Uno de los cristales se clav ó en mi pie descalzo y yo caí de espaldas y me quedé sentada sobre las baldosas.
—Lo siento, lo siento, Ana. —Miré hacia arriba, a la voz que se disculpaba conmigo. Adrián, ¿cómo no?
Al darme cuenta de lo surrealista de la situación, comencé a reír sin parar. Cerró la puerta del baño y encendió la luz mientras yo seguía en el suelo, con el pijama de Hello Kitty que me había dejado mi madre, empapado de agua, y con lágrimas en los ojos a causa del ataque de risa.
—Shhh, shhh —trató de hacerme callar y me puso una mano encima de la boca—, vas a despertar a toda la casa. ¿Estás bien? —Se mostraba serio, pero yo no podía parar de reír.
—Perdona —conseguí articular—, pero es que… la mano…, el vaso ha salido volando…
Por fin, Adrián se relajó al ver que estaba bien y se sentó en el suelo a mi lado. Respiré para calmarme, pero, al mirarlo de nuevo, no pude reprimir otro ataque de risa. Esta vez él también se unió a mis carcajadas.
—Shhh, shhh, Ana. En serio, vamos a despertar a toda la casa.
—Lo siento. —Tom é aire y trat é de mantener la compostura—. Ya. Creo que ha sido el momento más tonto de toda mi vida. —Noté un dolor en el culo—. Ay, creo que me he dado un buen golpe. —Al levantar la mano, vi sangre.
—Estás sangrando. D éjame ver qué te has hecho.
Distinguí preocupación en su cara y…, ¿sabéis qué? Me gust ó . No el hecho de que estuviera preocupado, sino que se preocupara… por mí.
—Tranquilo, no es nada. Mira, no es más que un pequeño arañazo —dije señalando el pie—. Eso me pasa por andar por ahí descalza.
—Vale, espera, voy a levantarme para buscar algo con lo que limpiar y desinfectar la herida, pero primero dime dónde está la escoba para recoger todo esto antes de que nos clavemos algún cristal más.
—No, yo lo hago.
—Ana, no digas tonterías. Estás descalza y no me apetece nada tener que empezar el año en urgencias por tu cabezonería cuando te hagas algo peor en los pies. Yo tengo zapatillas, así que yo voy a por la escoba y yo lo recojo, ¿entendido?
—Vale, vale —admit í finalmente. Tenía razón, mejor me estaba quietecita. Creo que ya había liado bastante por una noche—. Está en la cocina, detrás de la puerta.
Salió del baño y me quedé sola, sentada en el suelo, con un tremendo dolor en el culo y una sensación extraña.
Ech é una ojeada al espejo. ¡Dios, se me había olvidado la pinta que ten ía!
Alargué la mano para coger el cepillo antes de que volviera, aunque ya era tarde; estaba en la puerta barriendo los trozos que habían salido, así que abandon é mi idea de peinarme.
Terminó de recoger todos los pedazos y, después de tirarlos a la basura, volvió al baño. Cerró la puerta.
—Esto ya está, ahora vamos a echarle un vistazo a ese pie. ¿Agua oxigenada? ¿ Betadine?
—Está todo en el armario detrás de ti.
Tomó lo que necesitaba y regresó junto a mí en el suelo.
Estiró mi pierna para poner mi pie justo delante de él, mojó una toalla pequeña y limpió con delicadeza la sangre alrededor de la herida.
Después, con mimo, pasó un algodón empapado en agua oxigenada por el corte, y cuando quedó satisfecho al ver que estaba limpio, aplicó un poco de Betadine y una tirita.
—Ya está. —Pas ó la mano por encima de la herida de forma sutil—. Perfecto. Creo que no habr á que amputar después de todo — brome ó .
Intenté sonreír, pero mi corazón estaba desbocado. Sentía que mis pulsaciones se habían descontrolado por completo y tenía miedo de que pudiera oír cómo martillea ba mi corazón en el pecho.
« No debería sentir esto, no está bien; es solo un amigo y, además, es el mejor amigo de mi novio y… ».
Perdí el hilo de mis pensamientos cuando él me miró de esa forma, con esos ojos de un color verde como el de las hojas empapadas de rocío.
No podía apartar mi mirada de su cara casi perfecta, de ese cuerpo pegado al mío, rozando mi rodilla.
Sentía toda la masculinidad que exudaba por cada poro de su piel, y su calor.
Mis ojos se detuvieron en su boca, a medio abrir, y fui consciente de que si no salía de allí iba a hacer algo de lo que me iba a arrepentir, porque no podía apartar los ojos de los sensuales labios que ahora se curvaban en un amago de sonrisa.
Se apoy ó sobre las rodillas, y su cara quedó frente a la mía.
«¡Ana, maldita sea, reacciona!» .
—Ana, gracias por esta noche. —Se acercó, y su voz era un susurro que me dejó sin aliento—: En realidad, gracias por este día tan maravilloso. — «¡ Ana, haz algo! » —. S é que esto no está bien, sé que no debería, pero no puedo evitarlo, llevo queriendo hacerlo toda la noche y…
Sus labios estaban casi pegados a los míos, separados apenas por unos milímetros; podía sentir su respiración sobre ellos, tan alterada y entrecortada como la mía.
Un rayo de lucidez cruzó mi mente justo cuando Adrián se aproximó aún más.
Su pecho se agitó debajo de la horrible camiseta blanca de manga corta que mi madre le había dejado para dormir.
Quería poner las manos sobre ese pecho, ¿cómo se sentiría su piel bajo mis manos?
«¡Ana, huye!».
Me levant é tan rápido como pude y salí del baño dejándolo allí.
« Por favor, que no me siga. Por favor, que no me siga » .
Una mano cerró la puerta de mi habitación cuando estaba a punto de entrar.
—Por favor, Adrián —supliqué; sabía que estaba detrás de mí, podía notar su cuerpo, su calor y su olor.
—No, Ana, mírame. No puedes negar que tú también has sentido que está pasando algo. Ana, por favor —su voz más cerca, justo detrás de mi oreja—, date la vuelta y mírame, te lo ruego.
El sonido de las llaves en la cerradura lo distrajo un segundo; apart é la mano y entré en la habitación cerrando tras de mí.
Lo escuché hablar con mi hermana y darle los buenos días antes de entrar en su habitación.
Aún apoyada en la puerta, mi respiración seguía siendo irregular, y, sin poder evitarlo, las lágrimas inundaron mis ojos.
«¡Mierda, mierda, mierda! ¿Qué estoy haciendo?».