Capítulo 35
Estaba en casa de mis padres. La mesa casi lista, toda mi familia hablaba y reía sin parar a mi alrededor, y, sin embargo, yo tenía una sensación extraña en el pecho.
Esa inquietud cuando sabes que algo no está bien, ese sexto sentido que te indica que no estás haciendo lo correcto.
Miré el reloj, eran más de las nueve de la noche.
Ya había hablado con Pablo un par de veces y, a pesar de que lo echaba de menos, sabía que estaba bien.
¿Por qué me sentía así? Una imagen cruzó mi mente, y entonces lo supe: Adrián.
No me había quedado tranquila tras el abrazo al despedirnos.
Aunque me había dicho que iría al cotillón, no había terminado de creerlo, y algo me reconcomía por dentro.
No podía dejar de pensar que estaba solo, en su casa, pasando aquella noche sin nadie que lo apreciara.
S é que era irracional, pero no podía evitarlo, así que hice algo que pensé que nunca iba a hacer.
—Mamá, tengo que salir un momento.
— ¿ Ahora? Ana, no digas tonterías, vamos a sentarnos a la mesa en diez minutos.
—Lo siento, pero tiene que ser ahora mismo. Si no lo hago, no voy a estar tranquila en toda la noche. Voy en coche, tardaré media hora; si queréis, empezad a cenar.
Las últimas palabras llegaron ya como un eco lejano. Cogí las llaves del coche y cerré la puerta a la carrera. Seguramente estaba cometiendo una estupidez y en casa de Adrián no habría luz, porque él no estaría allí, pero tenía que asegurarme.
Veinte minutos después enfilaba ya su calle. «¿ Qué estoy haciendo? ¿Qué voy a decirle si está en casa? ¿Y si no está? M e voy a sentir totalmente ridícula » .
Localicé su casa y aparqué. Mi instinto no me había fallado; había luz en el salón. Salí del coche corriendo y llamé a la puerta de forma insistente. Me había marchado tan rápido de casa que no había cogido ni el abrigo, y la noche estaba muy fría.
—Ya voy —o í la voz de Adrián desde dentro. Abrió vestido con un chándal y la cartera e n la mano—. ¿Qué le debo?
Al levantar la vista y encontrarme en la puerta de su casa, una mirada de incredulidad le recorrió el rostro al ser consciente de la situación.
— ¿Q ué estás haciendo aquí? Deberías estar cenando con tu familia.
—Iba a empezar a hacerlo, pero tenía la sensación de que había olvidado algo y ya sé qué era.
—¿Sí? ¿Y puede saberse qué habías olvidado?
—A ti. Venga, no me engañas. Sé que no hay cotillón, y también sé que no tienes a nadie con quien pasar esta noche.
—Su cara cambió al comprender mis palabras—.
No digas nada y, por favor, no mates a Pablo; me lo contó todo hace mucho tiempo.
Así que cámbiate de ropa y vamos a mi casa .
Nos están esperando para una verdadera cena de Nochevieja.
—Ana, yo…
—Venga, sin rechistar, que no tenemos tiempo que perder.
Como tardemos un poco más, a mi madre la va a dar un síncope, y tenemos que cenar antes de tomar las uvas.
Ya habrá tiempo para que hablemos y me des las gracias después.
Corre, corre —dije entrando en la casa—.
Tienes cinco minutos para vestirte, antes de que suba yo personalmente a tu armario a por la ropa.
—Está bien. —Se rindió sin poner más objeciones—. Bajo en dos minutos.
Así era como había acabado sentada a una mesa llena de comida por todas partes, rodeada de todos los miembros de mi ruidosa familia, y con Adrián.
Si bien al principio, cuando me vieron entrar con él, todos se quedaron de piedra al verlo en casa, en cuanto Adrián empezó a hablar, todos olvidaron quién era y lo trataron como uno más.
Durante toda la cena no pude apartar mi mirada de él; se había puesto un vaquero y una simple camiseta negra de manga larga, pero estaba tan guapo que era imposible no mirarlo.
Sus ojos relucían en un verde brillante.
Reía y jugaba con mi sobrino Raúl, charlaba sin parar con mi padre y mi hermano, y le dedicaba a mi hermana sonrisas seductoras que la volvieron loca toda la noche.
Cuando las doce campanadas estaban a punto de sonar, me senté a su lado, y él se acercó a mí y me rozó el brazo con el dedo. Un simple roce que erizó toda mi piel. Sin palabras, me giré y me encontré su rostro fijo en mí.
—Gracias —vocalizó en silencio.
—De nada —repetí el gesto con una sonrisa en la cara y la mirada perdida en sus ojos.
Ya sonaban los cuartos y ahí venían las campanadas… Una…, dos…, tres…, cuatro…, cinco…, miré a Adrián…, seis…, siete…, Adrián me estaba mirando…, ocho…, nueve…, diez…, ¿qué estaba haciendo?, once…, doce… ¡Feliz año nuevo!
Todos estallaron en gritos en mi casa. Besos, abrazos y felicitaciones por todas partes.
Mi madre me abrazó emocionada, como todos los años; después mi sobrino se abalanzó sobre mí.
Entre la multitud de brazos que tiraron de mí, sentí unos diferentes, más fuertes, más seguros.
Adrián me abrazó, pero no rompió el contacto enseguida, sino que lo mantuvo durante un rato.
Noté sus brazos alrededor de mi torso. Y de repente el tiempo se paró.
Me gustaba el olor que desprendía su cuerpo junto al mío, sus manos en mi espalda; sus labios se posaron en mis mejillas y, en un murmullo que me hizo temblar como una hoja, me dijo al oído:
—Feliz año, espero que este sea el año en el que todos tus sueños se hacen realidad.
El sonido de una botella al ser descorchada me trajo de nuevo a la realidad.
Me separé de Adrián con la mejilla ardiendo y el pulso acelerado.
¿Qué había pasado? ¿Qué había significado ese abrazo?
Temblando, tomé la copa que mi madre me ofrec ía y brind é por el año nuevo que comenzaba.
Adrián me miró y en sus ojos descubrí algo que no esperaba encontrar y que hizo que me girara como una boba al darme cuenta de que estaba mirando sus labios, no como una amiga, sino con auténtico deseo y pasión.
— ¡ Ana, al teléfono! —gritó mi hermana por encima de las voces de todos—. ¡ Es tu novio!
¿Mi novio? Me costó entender las palabras cuando aún tenía los ojos de Adrián clavados en los míos.
¡ Mierda! Es verdad, tenía novio. Pablo, un hombre maravilloso, encantador y guapo que en aquel instante sentía a más kilómetros de los que realmente nos separaban.
Como si fuera un sueño, Adrián giró la cabeza.
El momento se esfumó y me dejó un vacío en el pecho que no era capaz de entender.
—Hola, cariño. —Cogí el tel éfono y salí de la habitación—. Feliz año nuevo.
—Hola, cielo; feliz año.
Sabía que estaba sonriendo, y yo me sentía morir porque estaba jugando de la manera más miserable posible con él. Traté de responder, pero no fui capaz; aún s eguía en estado de shock , y unas inoportunas lágrimas amenazaban con salir.
— ¿Q ué te pasa? —dijo al otro lado del teléfono el hombre por el que llevaba meses suspirando y que ahora era mi pareja—. Ana, ¿ estás bien?
—Sí, es solo que te echo de menos. —Conseguí reponerme y controlar las lágrimas.
—Yo también a ti, pero tranquila, que nos vemos pronto.
—Lo s é , pero aun así te echo de menos.
—Voy a tener que marcharme más a menudo para que te pongas así de tierna. Prometo resarcirte de mi ausencia en cuanto vuelva. —Bajó la voz a modo de confidencia—: No voy a dejarte salir de la cama hasta el día de Reyes.
— ¡ Pablo! ¿ Qu é va a decir tu familia si te oye?
—Nada, solo que tengo una novia que merece eso y mucho más.
Empecé a reír con ganas. Las dudas se habían diluido. Esa era una de las cosas que más me gustaban de Pablo: sabía sacarme una sonrisa cuando más la necesitaba.
—Bueno, ¿qué tal ha ido la noche? ¿Alg ún problemilla con las uvas? —bromeó—. Adrián está ahí, ¿no? Me ha mandado un mens aje hace un rato para contarme lo que has hecho por él y decirme lo estupenda que es mi novia. Tiene razón; gracias por no dejarlo solo esta noche.
—Nunca lo hubiera permitido.
—Lo sé, y por eso eres más increíble aún. Ana, tengo que dejarte. Mi madre quiere llamar al resto de la familia para felicitarlos. Nos vemos en un par de días, pero hablamos mañana. Un besazo.
—Otro enorme para ti.
Adrián había escrito para decirle que estaba en mi casa, y además le había dicho que yo era estupenda. Menuda novia estaba hecha. Adrián solo era un amigo, y yo estaba viendo fantasmas donde no los había, ¿o sí estaban ahí?
Un par de botellas de champán y varios mojitos después, todos cantábamos y bailábamos al son del último juego de la PlayStation de mi hermana. Sin embargo, no podía olvidar la forma en que Adrián me había mirado ni el tacto de su cuerpo al abrazarme.
Y mientras veía cómo toda mi familia celebra ba el nuevo año, un pensamiento cruzó mi mente y me dejó helada: ese año nuevo no iba a resultar nada fácil.