Capítulo 34
La vida es aquello que te sucede mientras tú te empeñas en hacer otros planes.
Creo que esa es la frase que definiría a la perfección un día como aquel.
El último día del año no había salido como lo había planeado y, sin embargo, había sido uno de los mejores de los últimos meses. Y todo se lo debía a Adrián.
Como ya habr éis deducido, perdió el tren que debía llevarlo al pueblo de Pablo para pasar la noche de Fin de Año con mi novio y su familia.
Salimos del hospital cerca de las dos y casi conseguimos llegar, pero…
¡oh , sorpresa! Atasco en todas las entradas a Madrid.
Cuando aparcamos en Atocha, el tren ya se había ido.
Intentamos cambiar el billete para otro horario, pero todos los servicios estaban completos y fue imposible encontrar nada para ese mismo día.
—No entiendo que no haya ni un solo asiento en ningún trayecto.
¿Podría comprobarlo otra vez? —dije de nuevo a la mujer que nos atendía en el mostrador, y que negaba con la cabeza ante mi insistencia—.
Pero tiene que haber alguno, ¿ no ve que tiene que coger ese tren hoy?
¿E s que no lo entiende? —El tono de mi voz iba subiendo.
—Ya está, Ana —trató de calmarme Adrián—. No te preocupes, vámonos. Muchas gracias por su amabilidad y feliz año —dijo a la taquillera—, y perdone a mi amiga, es muy impetuosa.
En el parking de la estación, di vueltas alrededor del coche buscando las llaves en el bolso y gritando enfurecida.
—¡No puedo entenderlo! ¡Te van a dejar en Madrid!
—Tranquila, no pasa nada. Llamaré a Pablo para avisarle de que no voy a cenar con ellos, y ya está. — Entonces me di cuenta: si Adrián no pasaba esa noche con Pablo, no tenía a nadie con quien pasar el Fin de A ño.
—Si no vas a pasar la Nochevieja con Pablo, ¿qué vas a hacer esta noche?
—Algo se me ocurrirá. Llamaré a un par de amigos que organizan una fiesta y me pasaré por allí. Tú vete a tu casa ya; no quiero seguir abusando más de ti hoy , que ya has hecho bastante, y seguro que te he fastidiado los planes para el día.
Os voy a contar cuál habría sido mi plan para ese día si no hubiera acompañado a Adrián a la prueba.
Me habría levantado pronto, habría desayunado y habría cogido el metro hasta Sol para perderme entre los miles de personas que visitaban en esos días el centro de Madrid.
Habría paseado por la calle Arenal hasta la plaza Mayor.
Allí habría rebuscado entre los puestos algo que llevo buscando durante muchos años: una estrella para el árbol de Navidad.
Y diréis: hay millones de estrellas para poner en el árbol de Navidad.
Es verdad, pero yo buscaba una en concreto.
Hacía cinco años, alguien muy importante para mí me había regalado, tal día como ese, en esos mismos puestos de la plaza Mayor, una estrella para coronar nuestro árbol de Navidad.
Hacía tres años, en un momento muy malo, cuando el segundo amor de mi vida acababa de morir, esa estrella acabó en el suelo, destrozada, y desde entonces, cada Nochevieja, había repetido el mismo ritual y había recorrido cada uno de los puestos de la plaza Mayor en busca de otra igual.
—Iba a recorrer los puestos de la plaza Mayor y a dar una vuelta por el centro.
—Miré el reloj—. A ún puedo hacerlo . —De pronto, la idea surgió nítida en mi mente—.
No sé si será bueno, pero si te apetece venir conmigo, estaría encantada de que me acompañaras.
Ya que tú me has invitado a desayunar, yo prometo invitarte a la comida, un rico bocadillo de calamares.
—Realmente tentador, la verdad; además, tenemos que celebrar mi alta.
—Ups —dije al ser consciente de mis palabras—, no me había dado cuenta. Meterte hoy por el centro puede ser como poner un caramelo en la puerta de un colegio el último día de clase.
—¿Por qué? No te entiendo.
—No sé, ¿no te agobiaría mucho?
—No más de lo normal. Además, hay dos cosas muy útiles que se llaman gorro y gafas de sol —dijo, poniéndose los que llevaba en la mano—. Creo que así puedo pasar desapercibido, ¿no crees?
—Excelente técnica de camuflaje —bromeé.
—Ha sido perfeccionada a lo largo del tiempo. —Me devolvió una mueca y una mirada que me desarmaron por completo—. Me apetece mucho ir a Sol. Hace años que no voy en Navidad, así que acepto tu invitación si sigue en pie.
—Por supuesto que sigue en pie. —Carraspeé—. Si te parece bien, podemos dejar el coche aquí mismo y coger el metro; son apenas tres paradas a Sol, y así no tenemos que preocupar nos por el aparcamiento.
Al salir por la boca de metro de Sol, nos encontramos con una multitud que trató de engullirnos por todas partes.
Era casi imposible dar dos pasos seguidos sin chocar con alguien o sin perdernos de vista.
Todo estaba realmente precioso. Se respiraba el aroma de la Navidad en el ambiente, y se veía en las caras de la gente ese espíritu especial propio de las fechas.
Lo que más me gustaba de esa época era la mirada de los niños, cómo descubrían entusiasmados, con ojos brillantes, todo lo que había a su alrededor, y lograban que los mayores, por un ratito, volviéramos a creer en la magia de la Navidad.
Para evitar separarnos, Adrián me cogió de la mano cuando subíamos por la calle Postas hacia la plaza Mayor. Al principio me resultó violento, pero después me sentí cómoda paseando a su lado, bromeando y disfrutando de la ciudad.
— ¿ Buscamos algo en concreto en los puestos?
No sabía si debía contarle por qué llevaba tres años yendo cada año, en la misma fecha, a buscar esa estrella.
No se lo había contado a nadie, ni siquiera a Pablo, pero sentía que podía confiar en Adrián, y lo más raro era que quería contárselo.
Como si necesitara decirlo en voz alta para que adquiriera sentido.
O, al menos, que adquiriera una pizca de sentido para mí.
—Hace años, alguien muy importante me regaló una estrella para el árbol de Navidad, pero un día se rompió y, desde entonces, cada año vengo a los puestos este día para buscar una igual.
Mi búsqueda ha sido infructuosa todos estos años.
—Un nudo amenazaba con atenazar mi garganta, y las palabras se quedaron rotas en los labios.
—Lo siento, Ana —apretó la mano que llevaba asida de la suya—, por todo. No me gusta verte triste, así que vamos a buscar esa estrella, a ver si este año tenemos suerte, ¿de acuerdo? —dijo mientras me miraba con ojos inquietos—. Una sonrisa para mí.
—Está bien. —Sonreí tímidamente.
—Esa es mi chica; así me gusta.
Durante casi una hora recorrimos cada uno de los puestos, compramos un par de barquillos en uno de los tradicionales barquilleros e incluso unos gorritos espantosos llenos de luces de colores para cada uno, y nos sacamos fotos con el móvil, que enviamos a Pablo para que nos viera.
Agotados y con hambre, decidimos dejar la búsqueda de la estrella; tampoco la había encontrado ese año , pero, a diferencia de años anteriores, al salir por los arcos de la plaza no había lágrimas en mis ojos, sino una sonrisa enorme en mi cara.
Sin darse cuenta, y sin proponérselo, Adrián había sido el bálsamo que mis heridas necesitaban para cicatrizar de una vez por todas.
Sabía que volvería al año siguiente, pero no lo haría de la misma forma.
Ya no habría dolor por la pérdida, sino un recuerdo bello de un pasado bonito.
Como lo prometido es deuda, disfrutamos de un tradicional bocadillo de calamares antes de bajar hasta el mercado de San Miguel a tomar unas tapas y unos vinos.
A pesar de que parecía imposible, Adrián había pasado casi desapercibido.
Únicamente al entrar al mercado y quitarse las gafas de sol, se montó un poco de revuelo a nuestro alrededor cuando un par de niños lo reconocieron.
Adrián se lo tomó con filosofía, firmó autógrafos, se hizo fotos con quien se lo pidió —siempre con una sonrisa— y tuvo palabras amables con los más pequeños.
Eran casi las siete de la tarde cuando lo dejé en su casa. Había hablado con un amigo que organizaba un cotillón y quedó en pasarse por allí para celebrar la noche. M ás tranquila sabiendo que no iba a pasar solo la Nochevieja, nos despedimos ante su puerta.
—P ásalo muy bien esta noc he y cuidado con lo que haces —bromeé.
« Dios, cada vez me parezco más a mi madre » .
—Muchas gracias, tú también.
Me pilló totalmente desprevenida cuando alargó el brazo y me atrajo hacia él para abrazarme.
—Gracias por hacerme recordar lo que es la Navidad y, sobre todo, gracias por ser una buena amiga —susurró en mi o ído mientras me abrazaba con fuerza.
Respondí al abrazo con la misma energía.
Podía ser odioso en algunas ocasiones, pero no podía negar que ya se había ganado un trocito de mi corazón.